Y a vos, ¿quién te espera?


Parte de lo que me gusta de este deporte es todo lo que uno ve en la meta. Y se me parece mucho, guardando las distancias, a ese argumento con que inicia la película “Love actually”, explicando que en los aeropuertos, tantas despedidas y bienvenidas son la prueba de que sí existe el amor.

En la meta, para quien sea buen observador, hay tanto amor que hasta los que no tenemos quién nos espere, nos sentimos motivados.

Escribo sabiendo que esto no lo leerán mis papás, ni mi hermana o mis sobrinos. Nunca leen el blog. Yo igual sé que si lo leyeran, no se molestarían, porque ya hemos hablado de esto.

A veces les pregunto por qué no van a las carreras, pero ya dejé de preguntar. Cuatro años después, pienso que debe ser medio aburrido levantarse temprano un domingo a esperar a alguien que “otra vez hizo una carrera de esas”.

Lo que sé es que en la meta veo escenas lindísimas. Hace una semana, mi amiga Waleska tuvo, antes que la medalla, el abrazo y el beso de su esposo y su bebé. A otros corredores los reciben sus papás. Los novios, los esposos, los hermanos. He visto chiquitos esperar a sus papás y a sus mamás con esa mirada de “ahí viene mi héroe”. Bueno, ¡he visto a los Elizondo Vincenzi, que corren juntos! Liris espera a Memo, o corren juntos. O juntos , esperan a sus hijas que van corriendo, y les dan bolsitas de Gatorade en el camino.

Es chivísima ver a tus compañeros de grupo en la meta. Muchas veces, de no ser por esos gritos, uno no llegaría. Da como una chispita final antes de acabar la ruta.

Como nunca hay alguien esperándome solo a mí en la meta, soy super agradecida con la gente que me dice algo de camino. A veces escucho “Nelitaaaaaa”… y yo algo contesto, ¡algo digo! Aunque no conozca, igual regreso la cortesía. Le doy las gracias a los del tránsito, que cierran las calles. La gente que aplaude y dice algo lindo. Ellos no son nada de uno, ¡cómo no agradecer!

En las maratones es diferente. La línea de meta suele estar repleta de gente, a uno lo van sacando “ligerito” para que no haga bulto, y entre 40 o 50 mil personas, es casi, casi imposible que alguien te diga “ahí te espero” y te dé un buen apretón.

Ahora que digo apretón… ¡Un abrazo en la meta vale por tres!

Sudados. Chorreados de hidratante. Hediondillos – no todos ni siempre, bueno, depende la distancia o el clima -. ¡Si a uno lo abrazan en esas condiciones, de verdad hay amor!

Lancé la pregunta en twitter “Corredores: ¿quién los espera en la meta?” y creo que una de las respuestas más lindas me la dio Tomás Restrepo: “Siempre me esperan mis papás. No se pierden una carrera. Es un sentimiento de agradecimiento enorme. Es la confirmación que siempre van a estar ahí para uno, y eso no tiene precio.”

Muchos me dijeron: “Nadie”. Otros: “Me espera en la meta la sensación de realización”.

Correr es una experiencia personal, que se vive en un contexto masivo. No importa si uno es un puntito en ese cardumen que llena las calles un domingo en la mañana, y va rodeado de cientos de personas. ¡Uno va ahí solito! A ratos te jala alguien, pero ¡ahí vas! Todo valiente. Solo vos sabés qué dolor sentís, qué te lleva agobiado, qué te pasa por la cabeza.

Por eso mismo, que alguien que no corre también se levante temprano, vaya, te espere, se pregunte “por qué durará tanto”, te dé agua de camino, te diga algo vacilón para animarte o sencillamente te espere como si fueras Gebreselaisse en la meta… ufff! Eso… eso vale un mundo.

A los que tienen quién los espere: ¡disfrútenlo! Qué dichosos. No se acostumbren. Digan “gracias por venir”. Digales lo chiva que es sentirse único en medio de ese montón de corredores. Tomás dice que sí, que en cierta forma uno corre con un poco más de ganas porque sabe que le esperan. Yo le creo.

A los que esperan a sus corredores de la familia en la meta: qué lindo. Sobre todo porque no esperan al campeón, al del primer lugar, ni segundo… ni tercero. ¡Esperan a la persona, no al número! Esperan a alguien que quieren para decirle, con un abrazo, que entrenar sí vale la pena. Que la disciplina importa. Que no están tan locos por “la corredera”. O bueno, que aunque lo estén, hay quién les abrace en ese sudor y locura, sin cuestionarles por qué lo hacen.

A los que sin ser mi familia me han esperado, como Majo, gracias. Majo, ¡sos la mejor del planeta y de la galaxia! Jamás olvidaré que me buscaste en medio Central Park, según vos fijándote quién andaba las tennis azules… ¡Y me esperaste! Qué gata. 2 millones de personas en las calles y nos encontramos.

A los que nunca han ido a abrazar un hijo, un hermano, un “compa”… sorpréndanlo. Ese rostro, ese encuentro no se va a olvidar nunca. Dice tanto ese gesto de esperar. ¡Lo dice todo! Nunca subestime el poder de un abrazo en la meta y la cara de sorpresa de quien viene rendido, sin fuerzas.

A los que no tenemos quién nos espere… ¡Pues nada! Si vemos a alguien llorando de felicidad solito porque lo logró… ¡venga el abrazo! ¿Quién entiende mejor a un corredor, que otro corredor?

Ojalá a pesar del cansancio y la fatiga de la carrera, la próxima vez podás ver alrededor todo eso que sucede en la meta. Es lindo. Sea o no para uno, es sublime ver los gestos de cariño que provoca el deporte. Te dejo las fotos de Mauricio Ureña, los abrazos y las muestras de apoyo que uno jamás olvida. Son mucho mejores que una medalla, o un récord. Dicen que sabe a gloria.

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Acercándome a Atenas desde San José


¿Cómo va a ir uno a correr tan lejos y no entender por qué?

(Eso digo yo.)

Si uno va a ir a gastarse la vida en 42 km, debería saber por qué ahí. O tener buenos motivos.

La maratón de Atenas, en Grecia, aparte de ser la ruta original, es una maratón poco conocida. Menos de 10 mil corredores. Ruta complicada. Nada de planos bonitos ni público alegre. No. Es enfrentarse a ese paisaje que recorrieron los griegos, cuando tenían que alertar a su gente en Atenas de que los persas, vencidos en Maratón, iban hacia su ciudad tomando un atajo, con sus barcos.

Yo pensaba que muchos maratonistas o corredores conocían la historia de la maratón, que sabían de un tal Filípides, pero poco a poco me he dado cuenta de que no es tan común que se conozca el por qué de los 42 km y todo lo que provocó esa distancia.

Y bueno. Para eso están los libros, la historia, y los expertos.

imageSe me ocurrió que antes de irme, por cultura general, y por qué no, como motivación extra para la carrera, podría pedirle a la gente de Nueva Acrópolis que me ayudaran a tener la información histórica necesaria para entender el contexto de Grecia, de las guerras médicas, de la batalla de Maratón y por supuesto, de la figura del famoso y misterioso Filípides.

¡No pude haber elegido mejor fuente!

Para los que no los conocen, Nueva Acrópolis es una asociación cultural que se dedica al estudio y la difusión de la filosofía clásica. Una maravilla. Están en muchos países, y en Costa Rica, hace 20 años, han dejado huella. Si no han ido a sus cursos, seguramente los habrán visto en diciembre, haciendo un enorme donativo a la Teletón. Son gente joven que retoma todo ese legado de los grandes nombres de la historia de la filosofía, y los repasa, y los pone en contexto.

Cuando les escribí les conté que quería aprender sobre Grecia y la maratón, y que si me darían una clasecita, me dijeron que sí, que con gusto. ¡Vaya clase!

Marianela Castro Nieto preparó una completísima clase que se me fue volando. Mapas, videos, batallas. Atenas. Troya. Creta. Guerras. ¡Y yo en tennis, deseando salir espantada a correr a la par del ejército griego a ver en qué ayudaba!

No solamente me sirvió para comprender la dimensión histórica de este deporte, sino para apuntar cosas que quiero ver, que quiero preguntar allá en Atenas. Por ejemplo: si la batalla de Maratón fue el 12 de set. del 490 a.C., ¿por qué entonces la maratón de Atenas la hacen en noviembre? Sería épico correr el mismo día.

 ¿Corrió Filípides una “ultra” de 240 km antes de la famosa carrerota de 42, cuando fue a pedir ayuda a Esparta?

¿Por qué nunca mencionamos que aparte de que él iba como alma que lleva el diablo hacia Atenas… detrás suyo también iba TODO el ejército griego? ¡Imagínense la clase de condición física, ganarle en batalla a los persas, forzarlos a la huida, y luego… apúrele, porque hay que ir a avisar a la casa que van para allá!

Adjunto la altimetría de la Maratón de Atenas. La original. (comienza de der. a izq.)

ALTIMETRIA

Como podrán ver, por semejantes ascensos, uno no va a ponerse “gallito” a decir que va a ir a hacer equis tiempo, pero lo que sí sé es que aunque no haya multitudes ni edificios impresionantes como en Nueva York, o una Torre Eiffel coqueta saludando a la izquierda, sino un camino medio solitario hacia Atenas, sí iré muy inspirada en esa valentía y esa pasión de los guerreros que una vez corrieron sin tennis, sin hidratante, sin geles, sin Garmin, por ese trayecto.

Por cierto. Filípides, presumen algunos historiadores, podría haber  completado en 2 horas los 42 km.

¡Qué grande!

¡No deje de asombrarse!


correc

Mi primera carrera con la camiseta de Lagartrotter :)

- “¿Por qué no ha vuelto a escribir? ¿Por qué no va cantando?”

Íbamos más o menos por Zapote, durante la Correcaminos, cuando escuché esas voces al lado mío.

Me estaban hablando a mí.

Le dije: – “¿Vos sos la muchacha que un día me escribió porque me oyó cantando Pink en una carrera?”

Ella me dijo riéndose: – “Sí, ¿por qué no va cantando hoy?”

Me reí porque a pesar de que venía escuchando música, efectivamente no venía cantando ni bailoteando. Venía concentrada en salir de Zapote.

Hacía dos años, por esta misma ruta, ya venía arratonada, enojada, adolorida y derrotada.

Por ahora iba “bien”, pero no cantaba victoria.

La cosa es que conversé un ratito con ella y con su novio, que estaban haciendo la media maratón como parte de su preparación para Chicago.

En pocos metros, se me adelantaron. Y me quedé pensando “Pucha, de veras que hace rato no escribo nada”.

La verdad es que me hace tanta falta escribir de correr como correr. Y he seguido entrenando, pero no escribiendo. Mal. Mal.

Y quería esperar el momento para hacerlo, pero ¡no se vale! Hay que ser constante.

Este año Correcaminos fue distinta; primero porque yo seguía “enojada” con la ruta – no siempre es lindo atravesar San José, pero ya yo estaba predispuesta por la última vez -. Así que yo lo que quería era sobrevivirla sin dolor, salir lo más pronto posible de Tres Ríos y llegar a La Sabana sin llorar.

No hacía 21 km desde marzo, antes de la maratón de París.

Ya iba más o menos por la mitad de la carrera y estaba “bien”, pero como le dije a ellos, “no podía cantar ni victoria”, y prefería ver cómo me la iba jugando.

Lo bueno fue que, poquito antes de llegar a la meta, cuando de veras venía casi con el tanque en 0, sin fuerza, los pude alcanzar otra vez, y los pude animar a que cerraran con fuerza.

- “Déle, cierre bonito, ¡imagínese Chicago!”

No había terminado de decir eso, cuando ya iban como cachiflines, y supongo que cerraron bonito porque yo me quedé atrás.

No mejoré mi tiempo en media de 2.05 (pucha, cómo ha costado) pero lo que sí me gustó fue volver a “sentir bonito” en una competencia.

De hecho, vi algo precioso. Mis amigos, los gemelos Figueroa, corrieron juntos. Frank ya ha hecho maratón, su hermano Rudy se estrenaba ayer en Media. Verle los ojillos de susto a Rudy pero saber que terminó sus primeros 21, fue genial.

Estuve detrás de ellos en la línea de salida, mientras me acomodaba los audífonos. Pensé “Santísima, ya yo no me acuerdo cuántas medias he hecho, y Rudy va a hacer la primera… qué emoción”. No quise aconsejarlo porque en esto las emociones y las vivencias son muy personales, solo le dije “Vea Rudy, nunca es tan feo como la gente dice, y lo feo que a uno le pase siempre es distinto y es genial”. Se echó una risilla y listo.

Ayer me di cuenta de que probablemente haya carreras que uno nunca quiera hacer – yo jamás he querido, ni haría, Sol y Arena, por ejemplo.- Otras, que siempre quiero repetir – este año hice mi quinta Santaneña, la espero con ansias para el cumple-. Y otras, que por haberlo hecho llorar a uno, hay que hacerlas de nuevo para quitarles el “feo”. Para sacarse el clavo.

Ese caso fue el de mi Correcaminos 2014.

De lo que estoy segura es de que no hay que acostumbrarse jamás a decir “uff esta es mi media maratón número tal o cual”. No importa cuántas sean. Uno no puede ser así de confiado, soberbio, o malagradecido. Es más, ¡no hay que perder esa inocencia en la línea de salida! Esa capacidad de asombro. Las mariposas en la panza.

Lo que estamos a punto de vivir puede ser la peor carrera… la mejor carrera… el mejor tiempo… puede que en esta carrera se tope gente que hace mucho no ve! ¡Puede que vea algo asombroso, como el señor que corre apoyado en una sillita de ruedas! ¡Puede que vaya a escuchar cosas loquísimas, como el borrachillo que al ver los bolis de agua me preguntó que dónde daban ese guaro! ¡Puede que cierre casi desvaneciéndose… o que entre a la meta como un titán!

Todo es posible en la próxima hora y media de su vida… o dos horas… o lo que dure corriendo.

Eso es lo hermoso y nunca hay que acostumbrarse. Siempre hay que agradecerlo. La salud. La emoción. Todo.

Esto lo escribo pensando en una persona que no pudo correr por una lesión. Esa persona hizo que mi quinta Santaneña fuera absolutamente distinta de las 4 anteriores, y gracias a él, estos 21 km tuvieron otro sentido. Y fueron geniales.

Escribí esto pensando en vos, Manolo.

Destino: Atenas – cuando todo se ponga cuesta arriba…¡corré!


Cada vez escribo menos por aquí. ¡Y eso me entristece! Porque no significa que corra menos ni que piense menos en la maratón. Sencillamente las obligaciones se multiplican. Y el poco tiempo que es mío,… entre usarlo para correr o para escribir… bueno… he elegido usarlo para correr.

A menos de 5 meses de otra maratón, las decisiones de cara a Atenas ya están tomadas. El profe ya sabe de esta nueva meta. Ya vio la altimetría – y lo peor es que le gustó, jaja -. Comienza la parte que es difícil: entrenar.

El mes pasado comencé a escribir en un calendario cuánto y cuándo corría. Si iba al gimnasio, o si iba a nadar. Al final de mayo, hice la suma final, y no me gustó. Al ver el calendario completo en la pared, me di cuenta de cuánto pierdo con solo perderme un entrenamiento. Yo creí que iba “bastante” al gimnasio, pero qué va. 8 visitas en un mes no es nada.

Junio arrancó con el desafío de correr siempre que haya entrenamiento, ir al gimnasio siempre que haya tiempo, y sumar mucho más que los 118 km de Mayo. Con la aprobación del profe, lo logré la primera semana. Pero es súper cansado.

Aparte de que el cuerpo resiente el desgaste, que hay que recuperar con sueño y masaje, me veo al espejo del gimnasio y pienso: “otra vez aquí”. “Cuidado te aburrís”. Y sin embargo, luego de una semana de no dejarme vencer ni por la pereza ni por los pretextos de “no tener tiempo”, me doy cuenta de que entre más ejercicio hago, más energía tengo. Claro, ya el domingo dormí como una piedra. Pero el cambio es positivo y me siento satisfecha de ver bien tachados los primeros 6 días de Junio.

route_marathon_fullAtenas – adjunto mapa de la maratón – no es una maratón para hacer tiempos. Tampoco está llena de espectadores. Voy para absorber la esencia de la distancia. La historia detrás de la competencia. ¡Vamos hacia la cuna de la maratón… hacia la Bahía de Maratón!

Y digo vamos porque en este nuevo sueño, esta quinta carrera de 42 kms, se unió una persona a la que he tratado de convencer por todos los medios de no hacerla. Se trata de mi amigo Rubén, quien acaba de comenzar a correr. Nunca ha hecho una carrera de 10 kms. Pero un día, y según él, por mi culpa, decidió que si hacía una maratón, la hacía en Atenas.

Le dije: “¡Estás loco! Uno no elige una meta como esa de primera entrada. Primero tenés que entrenar mucho. Esto no es fácil. Así no son las cosas…”

Ya lo iba a regañar por aspirar a una meta tan ambiciosa, cuando vi en él a la Marianella que en 2010, sin haber corrido nunca más allá de La Sabana y alrededores, se antojó de hacer Maratón en Nueva York, por culpa de un minero.

…Y ¿quién soy yo para decirle a Rubén que no puede? Al estilo Chini, me mordí la lengua y le dije “por qué no lo intentás”.

La ilusión por la maratón va acompañada de un buen entrenamiento, pero también, de algo que para mí es indispensable, de un interés por todo lo que la rodea. En este caso la música, el idioma, la cultura griega. Comencé por regalarle a Rubén un librito de frases en griego, como el que yo tengo desde diciembre. Hace poco, con la loquera del mundial, nos compramos en un semáforo unas banderitas griegas. Y ya me mandé a comprar en Amazon dos películas muy distintas, pero igual de importantes para mí en este caso: Zorba el Griego (con Anthony Quinn) y My big fat greek wedding (Nia Vardalos). Sugerencias de música, libros, y más recursos para aprender sobre Grecia, serán bienvenidos.

Estos días, cuando hay tanto trabajo y llego agotada a la casa, me he dado cuenta de que antes, cuando estaba estresada y muy ocupada, no corría. Ahora, cuando estoy muy estresada y ocupada, con mucha más razón, corro. Y saben qué… ¡¡¡FUNCIONA!!!!

 

…reencontrando motivos para correr.


Como quien abre un cuaderno donde hace tiempo no escribe, así regreso al blog. No es que no haya entrenado todo este tiempo, ni que esté peleada con correr. ¡Todo lo contrario!

Después de una maratón quedan un montón de emociones y sensaciones latentes, mucho qué pensar. Mucho qué cuestionarse.

Algunas personas creyeron que “odié” París, y más bien con el tiempo aprecio más la belleza de maratón que viví. Al volver a amarrarme los tennis para correr, pensé que necesitaba nuevas motivaciones.

Porque, aunque a veces parezca que sí, nadie corre por correr. Uno corre por algo.

De hecho, cuando no hay un motivo particular, cuesta más levantarse a entrenar, por lo menos en mi caso es así.

No tenía en la mira ninguna carrera, todavía no estaba segura de cuál sería el siguiente reto grande, y en general, estaba como en neutro. Si quería, corría. Si no, no.

Pero la vida se encarga de volver a ponerte a correr, de manera figurativa o literal.

Las semanas recientes han estado tan cargadas de trabajo, que correr pasó a segundo plano. Tercero inclusive. Una trasnochada, un día complicado, el cansancio, y sencillamente no lo lograba. No me levantaba.

Y después, dos circunstancias muy fuertes me dieron el empujón que buscaba.

Una, la tristeza.

La segunda, el enojo.

Cuando uno sale a correr triste, poco importa la ruta o el calor. La idea es no pensar – aunque en algún momento siempre uno se acuerda por qué anda triste… -. Suele ser el día que más distancia se corre, y uno solamente se detiene porque ya no le dan las piernas.

El enojo en cambio es un insumo importantísimo… ¡uff! Si uno anda con “chicha”, se desquita con una cuesta, aguanta el sol de frente, va peleando o discutiendo en la cabeza… (aquello es como una radionovela) y van sonando voces en la mente hasta que uno más o menos, entre un kilómetro y otro, va digiriendo el colerón.

En los dos casos, al quitarse los tennis, uno se siente mejor.

Yo pasé las dos emociones, muy seguidas, y honestamente lo digo: ¡qué dicha que me pasó! Volví a hacer un trato conmigo, para que nada me quite mi tiempo conmigo. Ese es mi tiempo de correr. Solo mío. Conmigo.

Decidí anotar en mi calendario no los días que voy a correr, sino los días que corrí y cuánto corrí. Ir viendo el kilometraje acumulado me motiva. Además, anoto si fui al gimnasio y a nadar. Todo esto con miras a tres carreras que para mí son importantes:

- Correcaminos, el 13 de julio. No es mi favorita, pero el profe dijo que hay que hacerla. Y estoy decidida a hacer caso. Para mí, en esta etapa, es importante hacer caso y no perderme los entrenamientos, ninguno. Todos esos kms cuentan y se van viendo muy bien en ese calendario de pared.

- Santaneña el 6 de julio. Estos son 13 kms pero absolutamente recrativos. Es mi carrera preferida para vacilar, es mi ruta favorita de correr sin presiones. Y este año, cae justo el día antes de mi cumpleaños, así que me encanta que sea “mi fiesta” de bienvenida a los 37.

-Y Atenas.

La decisión está tomada, y estoy inscrita en la Maratón de Atenas 2014. La ruta no es plana, apenas la corren 10 mil personas, pero es la maratón original. No voy a presionarme por un tiempo, pero quiero ir a disfrutar el recorrido histórico. Soy maratonista, ¿cómo no voy a querer estar ahí, donde comenzó esta pasión? ¡Es histórico!

Con esas tres metas en mente, es que me levanto a entrenar.

photoY con la seguridad de que no hay nada que me haga sentir tan feliz como salir a correr. Las lágrimas se secan con el viento, el enojo lo aplasto a cada paso, lo que queda de mí después de correr es la mejor versión de mí misma, al menos con la que me siento mejor.

Termino este post mencionando una gran motivación para correr, y se trata de dos personas que de alguna forma, vienen sumándose a esta disciplina, cada uno por sus razones, con sus motivos.

Ellos saben quiénes son. Rubén: esto no es fácil, pero te cambia para siempre y para bien. Melissa: tus primeros 5 kms serán mis más felices 5 kms. Su comienzo en el atletismo, me motiva a mí a entrenar.

No importa si uno quedó cansado, desmotivado, o inclusive si viene saliendo de una lesión o del descanso post maratón: siempre es bueno encontrar nuevas motivaciones para correr. Es como si uno descubriera nuevas razones para ser mejor persona, aunque probablemente solo uno lo note.

En resumen: a veces uno anda como de chicha, y no entrena. O triste, y no entrena. O muy ocupado, y no entrena. Consejo: vaya inscríbase en algo pero YA. Y encuentre nuevos motivos para hacerlo.

Una semana después…


photo 1No quisiera que quede la idea de que no es lindo correr en París. ¡Lo es, y mucho! Entre más días pasan, más me convenzo de que fue una experiencia hermosa, inolvidable… caminar con la medalla en el pecho, por esas callecitas hermosas, ahhhh ¿cómo se acaba tan rápido? El entrenamiento es largo, y ese día de la carrera es efímero. Disfrútelo, sea donde sea, ¡viva su maratón y ríndala como ese dulce que no queremos que se nos deshaga en la boca! Tal vez diría que no es una maratón para hacer “equis” tiempo, pero ¡uno nunca sabe! Vaya. Disfrútela mucho.

Algunas cosillas que se me quedaron sin decir:

  • Muchachas, muchachas, muchachas:… si van, lleven cámara para tomarle foto a los bomberos. No hay palabras la guapura. Qué digo bomberos. Todos. Todos. Impecables, educados, encantadores. Y aquel acento.
  • No entendí muy bien a los parisinos. Uno de ellos al leer mi camiseta “Paris vaut bien un marathon” se puso a reír – ¡y me cayó maaaal! – pero otro que venía detrás de mí, al leerlo en mi espalda me dijo “Bgggavó! Nelá!” Al final no supe si entendieron que me sentía honrada de correr en su ciudad, pero bueno, a mí sí me importaba.
  • ¿Premio? Aparte de la medalla, yo elegí probar todas las “créme brulée” que pude… ¡irresistible!
  • Hubo una segunda maratón, y esa fue la que caminé entre lunes y martes. Entre museo, con gradas incluidas, y buscar por todo el cementerio las tumbas que quería ver, calculo que o me terminé de cargar las pantorrillas, o ya estiré y aflojé. No sea tan ingrato: ¡cómo fueron a enterrar a la Piaf allá, hasta el puro final del cementerio!
  • Volviendo a lo deportivo: ya fui a masaje, vamos a revisar bien los suplementos para la alimentación, y a retomar gimnasio. Pero todo esto, poco a poco. Por supuesto que ya salí a trotar. El domingo, con un susto enorme me volví a poner los tennis a ver si me sentía “igual de contenta”. Bueno, me sentí lenta. Pero feliz. Mi ruta Heredia-Aeropuerto me fascina. Volver a toparme a los ciclistas que entrenan por ahí, llevar el sol en la espalda, parar en la misma pulpería de la chinita… ahhh. Se siente rico volver a esas rutinas.

photo 2Y qué viene… seguir nadando. Seguir con el profe. ¿Carreras? Veremos. Algunas del año no me las quiero perder por nada del mundo – Santaneña, Powerade – pero si hablamos de maratón de nuevo, quiero hacerle caso al destino.

Porque recibí un correo de la familia Pentheroudakis. ¡Me esperan!

Y nos encontraremos en noviembre, donde todo comenzó! No por tiempos, no por reloj, por la historia, y por comprender la maratón en su casa: ¡Atenas! ¡La primera y auténtica maratón! ¡A lo Filípides, pero sin morirse! Una vuelta a la manzana original, el 9 de noviembre de 2014.

“Nunca más, nunca más…”


¿Y por qué tardé tanto para escribir? Me alegra haberme tomado mi tiempo. Si me hubiera sentado a escribir apenas terminé la maratón, esto sería una amargura. Ahora, con los días y el cansancio ya pasados, puedo ver todo más claro y seguir celebrando, sí, celebrando la cuarta maratón.

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Toda contentilla… jaaaaaaaa ni sabía lo que venía. ¿O sí sabía?

Luego de un vuelo laaaaaargo, laaaaargo, llegué a París y se me activó un lado del cerebro que hace rato no usaba. Estaba archivado en la Alianza Francesa, pero resultó estar bastante fresco porque logré, hablando y no por señas, llegar del aeropuerto a la ciudad.

Tomé el metro, y al subir las escaleras lo primero que mi ojos se toparon de frente fue el Arco del Triunfo. Allí, me rendí. Los Champs Elysées ya lucían sus banderines de la maratón, ¡la ciudad más hermosa del mundo estaba vestida de verde! ¡Y para nosotros!

Caminé un poquito y llegué al apartamento. Aclaro: hablamos de un “cuartobañococina” diminuto, apenas para una persona, perfecto para la maratón, ubicado a cuatro cuadras de la línea de salida. Con lo que uno paga en un hotel por una noche, alquila este sitio por una semana. Increíble. Lo único malo: estaba en un cuarto piso, sin ascensor. ¡Esos escalones iban a doler el domingo! Pero la amabilidad de la señora que me lo alquiló, y el gesto de tenerme flores frescas como bienvenida, lo compensaron. Gracias, Béatrice.

Inmediatamente me aclimaté, sentí el aire fresquito, unos 13 o 15 grados. Fui al super por comida, cené fuera, y comencé a imaginarme qué se sentiría correr en un lugar tan ordenado, tan perfecto. Es perfecto.

Al amanecer del viernes fui a la feria a retirar mi número: sigue siendo muchísimo más pequeña que la expo de New York, a pesar de que es casi la misma cantidad de corredores.

Salí de ahí, y en la noche sí tomé el metro para ver un ratito la famosa Torre. El sábado iba a pasar encerrada y con “las patas arriba”, pensando, tomando agua, tomando Gatorade, y comiendo pasta. Así que me di permiso de ir a darme esa vueltita.

Nunca pensé que lo iba a decir, pero en serio, ya para el sábado no me cabía un solo fideo más. Ni uno. Encontré un restaurante italiano en la calle de al lado, y dije: aquí almuerzo y ceno. No sé qué habrán pensado los meseros de verme llegar dos veces, y comer exactamente lo mismo.

La segunda vez, el señor de la mesa de al lado vio mi bolsito verde – el que le dan a uno en la expo -. Y como él tenía uno igual, me sonrió y me dijo con un acento muy vacilón:

-Good luck tomorrow! Are you a runner?

Le contesté que sí, y que de Costa Rica. ¿Y usted?, le pregunté.

- I am from Athens, Greece.

¡¡Se me fue el corazón a los pies!! Pegué un brinquito en la silla y aplaudí, el señor se rió y su familia también. Les conté que esa es la maratón que había pensado correr en noviembre.

- You know it is the authentic one, the original! – me dijo.

Claro que lo sabía, y por eso, y por Filípides, y por los 42 kms que lo mataron y que nos dan vida a miles de corredores, es que venía hace meses pensando en la maratón de Atenas. Total, terminamos de comer y conversar sobre maratones, sobre Grecia, y nos despedimos esperando que a cada uno le fuera bien al día siguiente.

No dormí casi nada.

Me dieron las 2 am y no había dormido nada. Los videos de motivación, el bolsito con los blocks, el iPod cargado, el bib ya pegado en la blusa… todo estaba listo.

Me dio la pensadera, la ansiedad, y al final ya eran las 5 am y había que levantarse.

Desayuné en el apartamento, y me fui, según yo, a llevar “frío” mientras esperaba la salida.

Les Champs Elysées pertenecían a los corredores. La gran avenida estaba repleta, corral por corral, y el cielo estaba peligrosamente despejado. ¡Riquísimo!

La espera se prolongó bastante, y me sorprendió sentir calor. ¡Calor! Probablemente estábamos a 17 grados, pero con el sol directo, muy pocas nubes. Y yo con manga larga. ¡Ni modo!

El corral se llenó de gente tomándose “selfies”. Me encontré a varios ticos de mi otro grupo, lo cual me animó montones, y se llegó la hora de arrancar: una vez más mi cerebro le dijo a mi cuerpo lo de siempre, “Prepárese, las próximas 4 horas y resto las vamos a pasar corriendo”.

El plan era quedarme en un pace de 6:30 los primeros 21 kms. Suena super fácil, pero conforme pasaban los kms me di cuenta de que no lo es, al menos no para mí. A como pude, lo mantuve, pero fueron 21 kms que se me hicieron eternos, justo por estar viendo el Garmin.

El calor aumentó, y yo comencé a sentir “bochorno”. Claro, hay que tomar en cuenta que en París la asistencia no está cada 2 kms, sino cada 5 kms. Me dio sed ¡Y el agua, la dan en botellita! No puedo imaginar algo más incómodo, pero bueno, así lo hacen ellos. Me di cuenta de que tenía que bajarme toda la botellita en cada estación, porque si no no aguantaría hasta la próxima. Gatorade, nada. Solo agua.

Algo que me llamó montones la atención fue la poca reacción del público. A ver. No es que no hubiera gente a los lados de la calle, ¡es que no reaccionan como uno espera! Nos veían pasar con una sonrisa… y nada más. La monotonía y el silencio los rompió una banderita pequeña, de Costa Rica, que me encontré al lado derecho. Y grité como un perdido cuando lo encuentran,… una muchacha y un muchacho, ¡dos ticos!, me refrescaron el alma con solo verlos. El grito que él dio lo decía todo: “¡Vaya por ese fondo de 42!” Quienes quieran que sean, ¡gracias!

Pasamos un bosque – Vicennes – y para ser sincera, antes de los 21 ya iba cansada, particularmente las piernas cargadas… pero nada. No le puse atención. Traté de hacerme la tonta.

Al llegar a los 21 tenía que decidir: ¿bajaba el pace? ¿Lo podría hacer? Lo intenté pero me dolía mucho. Pensé qué sería mejor, bajarlo por 5 kms y luego fundirme, o seguir igual, sosteniéndolo hasta los 30 tal vez.

Lo intenté. Pero las piernas estaban super “tiesas”. Qué le iba a hacer.

Iba bastante incómoda con el tema del agua. Uno se acostumbra a tomarla más seguido. Varias estaciones de guapísimos bomberos franceses sacaron sus máquinas y nos rociaban agua. Procuré devolverles una sonrisa, porque sí refrescaron bastante el calor, que por suerte comenzó a bajar.

Recordaba que los 30 kms serían más o menos cuando viera, al a izquierda, la torre Eiffel. Ya hace rato había pasado al lado de Notre Dame, y comenzamos a pasar por una serie de túneles que yo ni recordaba. ¡En serio que no!

Ese subir y bajar de los túneles me terminó de cansar… esperaba pasar los 30 en 3 horas 20, pero sabía que iba un poco más arriba de ese tiempo. “Siga, usted siga” pensé. Llegué al punto en que o me concentraba en seguir, o me estresaba por los números.

Finalmente pasamos los 30 kms, y volví a ver unos ticos, a los que sí conocía: doña Lilliana, qué lindo verla, ¡me dio un empujoncito al corazón! Creo que la asusté un poco porque la abracé y le di un beso, pero le dije “¡Ya voy a terminar esto, vas a ver!” y seguí corriendo… ¡pesadísima me sentía! Luego me topé el primer cartel en francés, primer y único cartel hecho para los corredores: “En una hora… ¡estarás tan feliz!”

Si quería intentar lo que venía a intentar, tenía que hacerlo ya. O no me saldría. Peor aún: si lo hacía ya era a un pace mucho menor al que traía… y con estas pantorrillas? Estaba muy adolorida. Comencé a reprocharme por todo. “Esto es nadando, ahora imagínese si no nadara…” “Tanto correr con cuestas, y mirá, te costó igual o más que antes…” “Mejor que esta sea la última, mejor no correr más… ¡nunca más, nunca más! Y no escribir más… qué vas a contar esta vez? Cerrá ese blog, qué vergüenza”.

En fin, me desinflé el ánimo yo sola, cuando comencé a sacar cuentas y supe que los números no me daban para 4 15, ni 4 20, ni 4 30 ni los 4 34 de Roma. Iba a hacer más. Cuando a uno le duele todo, incluido el orgullo, cuesta mucho levantarse. “Cuatro maratones es más que suficiente, no te parece… todo mundo pasea y vos sufriendo”.

Me llamó la atención la cantidad de corredores que se iban quedando a los lados. Algo sí sabía yo: salirme no era una opción, eso solo me haría sentir peor.

“Por qué se siente mal, acaso no intentó…” me dije…

“Sí, pero no me dieron las piernas, qué hice mal, qué hice mal…” me contesté.

En esas venía hasta que entendí que la respuesta no la iba a encontrar corriendo: “Mejor cállese, termine la carrera y luego hablamos”.

Y por dicha me callé, porque los últimos kms venían duritos. ¡Duritos! Los que cuestan más, los últimos, se pasan dentro de otro bosque, que parece interminable y monótono. Ni castillos, ni torres, ni cafecitos lindos en el panorama: un bosque que no se acababa, y que rendí kilómetro a kilómetro.

- 36.

- 36.4

- 36.8

- 37 kms… dale. Acabá el 37… vas para 38.

- 38.3… 38.7…. viene el 39! 39.2… no falta nada…. 39.7… 40.

- Solo dos. Solo dos, Nela. Vaya, no pare. No vea a todos los que están caminando. Siga siga.

- 41… 41.6… si llega al 42 ya puede estar feliz, a ver… 42…! Allá está la meta!

¿Por qué no había gritos, ni gente feliz? Éramos un montón de adoloridos entrando a la meta, y solo nosotros lo vimos. Paré el Garmin.

Hice una mueca cuando vi el tiempo. Avancé hasta que un amable señor francés me puso la medalla en el cuello. “¿Le gustó la carrera?” me dijo.

finish

“Se acabó” pensé.

Suspiré y le dije: “Cómo no”.

De camino, por casualidad, volví a toparme a la familia griega, y nos dimos un gran abrazo de felicitación. “¡La esperamos en Atenas!” me dijeron. Yo no supe qué contestar.

Como el apartamento estaba cerca, no tardé tanto en llegar y quitarme los tennis, suspirar, quitarme el bib.

- “No lo hago otra vez. No pude”.

- “Me duele tanto todo”.

- “Ay ya. Quiero bañarme y no pensar más”

- “Qué pena con el profe. No pude. Qué inútil”.

- “Qué hice mal…”

Me bañé, me alisté – esta vez, con tacones – y salí a comer y a ver la ciudad, ya no como corredora sino como muchacha nueva en París.

Subí al metro, y me fui a la torre. Una pareja de muchachos me hicieron el favor de tomarme una foto. Saqué la medalla con timidez.

Me fui a comer y decidí que aunque fuera en tacones, y con las piernas adoloridas, los próximos dos días iba a caminar y conocer la ciudad.

Imposible ver tanto en dos días, pero conforme fui conociendo, conforme pasé más tiempo en la ciudad, entendí muchas cosas acerca de lo que pasó.

Primero: por qué me estaba sintiendo tan triste. ¡Ni que no hubiera entrenado! La medalla tal vez no reflejaba lo que yo viví en 42 kms en París, pero sí lo que viví entrenando, y en los fondos. A veces – y me entenderán los que corren – hay fondos en los que uno tiene mejor desempeño que en una carrera. Así que ¿por qué la cara larga?

Segundo: no hice mal 10, ni 21, ni diría que hice mal los 30 kms. Yo iba pensando en una ruta plana, y no. París no es plana. Si quiero una ruta plana, mejor me olvido de Atenas, y pienso en Chicago o Berlín. Es más, ¡ni viajo! Plano, ¡agarro la pista! Sin complicarme. Ya debería entender que hay una cuota de riesgo en correr donde nunca he corrido. Es parte de. En Roma me fue muy bien, ¡sorpresa! Aquí no fue igual. ¡Sorpresa!

Tercero: Lo intenté, y no tuve un mal día. Pero sí lo intenté. Se me olvida a veces que esto es un privilegio que comenzó como una idea, un chispazo. Me lo tuve que decir a mí misma, viendo las calles de París, frente al Louvre, junto al Sena: ¿es que acaso uno corre todos los días aquí? No. ¿Es que todos los que se inscribieron, llegaron a la meta? No. ¿Y entonces, terminaste la cuarta maratón y no estás celebrándolo? Qué mensa. Igual, mientras lo escribo, se me sale alguna lágrima. Demonios.

Erick Amador, mi amigo el @ticorunner, me lo dijo con la sabiduría y la calma que le envidio: “Nela, dicen los que saben que hasta después de la octava o décima maratón uno lo puede predecir, lo demás, salen todas distintas”.

No sé si yo llegue a 8, mucho menos a 10, pero creo que tengo que entenderlo.

Si me esforcé, si hice de verdad todo lo que podía, ¿me voy a seguir castigando mentalmente?

Lo tengo claro: hice mejores fondos que esta maratón.

Pero no por ello deja de ser un esfuerzo mío, válido, importante.

Y si vine a aprender esto a París, ¡qué dicha!

Cuarto, y no menos importante: créanme que hasta ahora hago la cuenta. Entre la maratón de NY 2013 y esta, no hay ni seis meses de diferencia. Qué bruta. ¡Ni que yo fuera Gabriela Traña! Tal vez el timing no estuvo tan bueno. Tal vez es mejor dar más tiempo entre una y la otra. Yo quería hacer menos de 4.34, hice 4.55 Ya. Fin del drama. Maratonista, cuatro veces maratonista. ¡Pare de sufrir!

Luego supe que Bekele rompió el récord de la ruta. Debutó y rompió el récord. ¡Maravilloso!

Cayó la noche, y ese último día, mientras volví a pasar por los Champs Elysées, pero caminando, ya no en tennis, me di cuenta de que había vivido una gran maratón, y que es un sueño hacer lo que a uno más le gusta en un lugar que es sencillamente perfecto, lleno de historia, de rincones hermosos, de instantes irrepetibles, como ese pestañeo de luces de la torre cada hora, robándonos el aire a los que no estamos acostumbrados a verla.

¿Qué salió mal?

No todo salió mal. Vamos a ver qué puedo mejorar.

Lo que sé es que ya se me pasó la chicha de “nunca más, nunca más”; sé que ya me perdoné por no hacer mejor esa segunda mitad de la maratón, sé que estoy feliz, consciente del sitio tan hermoso que conocí, y sobre todo: sé que habrá muchos entrenamientos en los que me vaya mejor o peor, pero lo que importa es la voluntad de levantarse temprano, exigirse otro poco más, nadar, sí, otro poco más, y quién sabe. Quién sabe si un día se repita Roma. Eso no lo sabré hasta que lo vuelva a intentar.

No lo sé. Tal vez salude a la familia Pentheroudakis en noviembre. Todavía no estoy convencida de que quiera volver a pasar por todo esto, aunque, sinceramente, siendo la ruta original, la de Filípides, la histórica, que termina en el Panathinaikon Stadium, la tentación es enorme. Me gustaría mucho ir, ahí sí no por tiempos – la ruta es conocida por sus cuestas – sino por acercarme más a la historia de esta distancia que me agota, me desvela, me gusta, me mata, me apasiona, me emociona, me decepciona… me hace levantarme a las 5 de la mañana. Para conocer la maratón, donde nació.

medallaPor ahora, descanso de tennis, de Gatorades, de blocks Cliff, de Garmin. Me quedo con el aroma de París, con la nostalgia que sentí en Père Lachaise ante la tumba de Edith Piaf, con la fascinación en el Louvre… 42 kms en la ciudad más hermosa del mundo, lo cambian a uno. Este deporte lo cambia a uno. No por más o menos flaco. Lo cambia por dentro. Y esta vez, me encantó la lección.

Mi parte favorita de todo esto es cuando al llegar al aeropuerto, le puedo poner mi medalla a mi papá. Ahí, con esa sonrisota que me devuelve,  se me olvida todo.

Lo voy a intentar


picstitchNo hay momento más extraño que éste, las horas previas a la maratón. Todas las dudas, todos los dolores, todos los amores se te juntan en un silencio abrumador, y te volvés a preguntar “qué hago aquí”. No hay pastas o gatorades que sean suficientes, se siente miedo de no haber comido, dormido lo suficiente. Pero el reloj sigue avanzando, y además, aquí vamos 8 horas adelante, así que se me aceleró la llegada de este rato sola, en silencio, alistando por cuarta vez mis cosas para correr.

El plan del profe es ambicioso. Del profe no, ¡mío! Tengo que sostener un pace hasta los 21 kms, y a partir de ahí, bajarlo. Volver a correr como en Roma, de menos a más. 21 kms a un pace constante y luego ir más rápido. Tengo un margen flexible, pero la idea es hacer 4 horas 15, más o menos. La idea es mejorar los 4. 34 de la vez pasada. Esto implica mucha concentración, implica creer que puedo, hacerlo, y si hay dolor, ignorarlo. Porque es posible, y lo voy a intentar.

El cuarto es un caos de barritas, botellas de agua, papeles, mapas. Ya me asomé a la ciudad que voy a conocer corriendo, y es hermosa. El clima está muy bueno, la salida es este domingo a las 8:30 am (12:30 am del domingo en CR). Me pierdo la segunda vuelta de las elecciones en mi país, pero cambio ese “salí a votar” por un “salí a correr”, y espero hacer un “Luis Guillermo”, es decir: comenzando despacio, a paso seguro, pero terminando rápido y cumpliendo el objetivo que parecía imposible.

Y repito el ritual: Gladiador, Spirit of the Marathon 1 y 2, oír mi playlist. Mañana el despertador sonará con La Marsellaise, y este susto y estas dudas, y esta lloradera la cambiaré por unas ganas enormes de conocer París corriendo. Sí, mañana voy a salir a dar una vuelta de 42 kms a París. ¡Y hay que hacerlo con actitud positiva!

Seré una de las 50 mil personas en la salida. Una de ese 21% de mujeres corriendo en París. Hay 138 países representados aquí, uno es el mío. 3 mil voluntarios, 250 mil espectadores… y si siento que no puedo, pensaré en el corredor de 86 años, el de más edad inscrito para la maratón. Si él lo va a intentar, yo también.

Aquí comienza el dopaje mental. ¡Aquí comienza la maratón!

 

 

 

“La plus belle ville du monde”


picstitchYo no sabía qué esperar de esta ciudad, y hoy me quitó las palabras. Ni escribir podía

Luego de un viaje largo, pesado, cansado, por fin llegué a París y el encuentro ha sido hermoso. Tomé el metro desde el aeropuerto hasta la estación más cercana a mi alojamiento, y al salir del metro, lo primero que veo es esta belleza: les Champs Elysées, luciendo ya los banderines de la maratón, y ahí, soberbio y elegante, el poderoso Arco del Triunfo que nos verá partir y llegar a casi 50 mil corredores el domingo.

Me instalé en un apartamentito que es como del tamaño de una sala de una casa: sala-comedor-cocina-baño-dormitorio, todo en uno. Así es aquí. Estoy a unas 3 cuadras de la salida, y mañana me toca ir a la Expo a traer mi número.

Detalles: 1. El clima está perfecto para correr, unos 17 grados, poca brisa, apenas fresco. 2. ¿Cómo yo no sabía que aquí había adoquines, como en Roma? Siempre me asustan esas calles irregulares. 3. ¿Por qué nadie me avisó qué tan re guapos son los franceses? Y yo, haciéndole caso al entrenador, ando en medias de compresión y tennis…!

Por hoy hice el trote de tarea que me dejó el profe. Mañana, reposo, otro trotecito el sábado, y como dijo él, “¡el domingo le toca hacer fondo de 42 jaaaaaaa….!”.

Sinceramente, y viéndola así, rápidamente, esta ciudad de verdad bien vale una maratón. Lo vale. Fui a cenar, y la torre me guiñó sus luces a la medianoche.

Mañana les cuento cuál es el plan de carrera del profe, y qué tal nos fue en la Expo.

“¿Y si lo intentas?”


10170226_10152064515422643_385619840_oElla se llama Chini, somos compañeras de trabajo y hoy me hizo reír… y me retó a soñar también. Hemos estado trabajando mucho para tener a tiempo todo – yo no me puedo ir si no dejo hecho lo que me corresponde -. Y bueno, hablando un ratito en la mañana, Chini me hizo esta pregunta, y me la hizo en serio. (Me habla de tú porque es ecuatoriana. : )

- “Nela, ¿cuánto le pagan al que gana la maratón?”

- “Son como 200 mil euros”

- “¡Entonces gánala!”

- “Chini, ¡es imposible, eso solo ganan los kenianos!”

- “..¿Y si lo intentas?”

Cerramos con carcajadas la conversación, en parte imaginando lo que haríamos con 200 mil euros – ¡shopping con Ana en el Corte Inglés! – y en parte por lo absurdo que sería ver que yo gane una maratón, o sea, absurdo por no decir imposible, impensable, cero probabilidades. Se imaginan qué desastre. ¡Yo, estorbando ahí adelante!

Lo que pasa es que la mejor parte de la conversación es ese “¿y si lo intentas?” que dicho con una sonrisa suena a “hey, lo menos que podés hacer es imaginártelo“, y me gustó mucho pensar que lo puedo intentar.

Póngase una meta“, dijo en enero Andrés, el profe. La tenemos clara – mejorar el tiempo anterior de 4.34 en Roma -. Mejorar significa un segundo, 15 segundos, un minuto, cinco minutos,… no sé. Los que corren saben que bajar 5 minutos cuesta un mundo, ni qué decir 10 o 20… ¡pero hay que intentarlo! Y estoy segura de que aunque no me den 200 mil euros, me sentiría como una keniana si me gano a mí misma.

¿Y si lo intentas?” aplica para todo. Y si uno quiere un trabajo, ¿ya intentó aplicar? Y si uno quiere salir con alguien, ¿ya intentó invitarlo a salir? Y si siempre ha querido tocar un instrumento, subir una montaña, cantar, no sé, lo que sea, ¿ya por lo menos hizo el intento?

Esta es mi cuarta maratón y cada una ha sido un intento por algo diferente. La primera, ¡intentar terminar! La segunda, ¡intentar mejorar! la tercera, intentar terminar a pesar de la lesión,… y ésta? ¿Qué voy a intentar?

Si no intento “ganar”, es un paseo. Y yo quiero “ganar”, mi equivalente a ganar es bajar mi tiempo. Las condiciones están perfectas para que lo logre, falta… intentarlo. Que no se diga que no lo intenté, que nunca me quede con el “hubiera”… que de intentos están hechas las lecciones y los logros.

Gracias Chini. Qué linda.

La foto es el conteo regresivo en la “app” de la Maratón de París.

“París bien vale una maratón”


Cada loco con su tema, yo con el mío – París -.

No iba a cortarme el pelo a lo Amélie, ni dejarme las cejas a lo Piaf, pero ¡algo muy francés había que ponerle a la Maratón!

Y entonces, aparece mi buen amigo del colegio, Diego Brenes, con una historia muy peculiar.

Yo le estaba preguntando sobre lugares interesantes que conocer, y que la tumba de aquel, y el monumento de tal, y me sale con una historia muy bonita, aquella de la frase que se le atribuye al rey Enrique IV, de Francia: “París bien vale una misa”.

Para no hacer confusiones, transcribo de infobae.com:

Enrique de Borbón era hugonote (protestante) y se salvó por poco de ser asesinado en la matanza conocida como Noche de San Bartolomé cuando cientos de correligionarios suyos fueron masacrados por los católicos instigados por Catalina de Médicis, el verdadero poder detrás del trono que ocupaba su hijo Carlos IX. Enrique había contraído nupcias con Margarita de Valois días antes de aquella noche siniestra y su matrimonio con la hermana del rey había sido concebido como símbolo de la reconciliación entre católicos y protestantes luego de la tercera guerra de religión francesa, de la cual Enrique formó parte siendo muy joven aún, con apenas 17 años.

Una semana después del casamiento, los extremistas católicos -alentados por la propia suegra de Enrique- rompieron la tregua derramando sangre de hugonotes en las calles de París. Para salvar la vida, el futuro rey tuvo que convertirse oficialmente al catolicismo; pero en 1576 consiguió escapar de la estrecha vigilancia de Catalina de Médicis y, declarando de nuevo su profesión de fe calvinista, se puso al frente del ejército protestante.

La muerte de Carlos IX y luego la de su hermano Enrique III en 1589 convirtieron a Enrique en heredero del trono francés, algo inadmisible para los católicos. La guerra civil continuó pero finalmente, con apoyo de Felipe II de España, logró ser coronado en 1593. Previamente, tuvo que abjurar del protestantismo y es por eso que se le atribuye la célebre frase: “París bien vale una misa”.

Y qué cosas, me contó esa historia y la dejé como en pausa, seguí en lo mío, y fue hasta horas después que le dije: “Mirá qué tonta, ¡me acabás de decir lo que tengo que poner en la camiseta!”

Paris vaut bien un marathon.

“París bien vale una maratón”

Y me lo dijo él, que sí conoce París, pero no corre. Me tocará comprobarlo a mí, que no conozco París.

Para Enrique IV, el trono bien valía ese sacrificio.

¿Vale París el desgaste de 42 kms corriendo? Tengo la fe que así sea.

Muchas personas pueden pensar que es absurdo ir a una ciudad tan linda, solo a correr. Conocer corriendo sus paisajes, en vez de sacar una semana de vacaciones para perderse en sus callecitas, sin la presión del tiempo, el cansancio o bebiendo hidratante.

Pero lo dijo Paula Radcliffe en Spirit of the Marathon II: “no hay mejor manera de conocer una ciudad, que correr en ella”.

Vamos a ver qué tal reaccionan los parisinos ante el mensaje. Puede que ni lo lean. Puede que no les importe. ¡A mí sí me importa!

Así que éste que ven abajo será mi saludo a París, desde mi camiseta. Como Enrique IV, pero con un final, espero yo, muy feliz.

Gracias Martín Fonseca por ponerlo bonito en mi camiseta.

CHEMA

Todo sea por París


20140313-184817.jpgA dos meses de entrenar con el grupo nuevo, también asumí otro reto.

El profe dijo :“Le haría bien nadar”.

A los lectores del blog que tengan memoria, recordarán que una vez lo intenté. La idea era tener aire, mejorar la resistencia, relajar los músculos.

Lo que pasa es que en aquel momento, solamente podía los sábados, y no pasé de “flotar”.

Estamos hablando de hace dos años, por lo menos.

Y bueno, el profe Andrés entrena triatlón así que es fan #1 de la natación, y me dio por donde era cuando me dijo, al analizar las metas del año: “Claro que puede mejorar su pace nadando, va a ver”.

Se lo dijo a una que tiene la imaginación volátil. Yo, bajar el pace… hm. Eso hay que verlo.

Desempolvé mis anteojos, mi gorra de nadar, el vestido de baño, y les puedo asegurar que lo que no estaba lleno de polvo, sino que muy fresquito, era ese miedo al agua. Qué horror. Tan vieja y tan… miedosa.

Podría decir que por amor a París – ciudad que ni conozco – me tiré a la piscina. (Qué mentirosa. No me tiré. No sé nadar, cómo me voy a tirar).

- “Ok, métase al agua, haga flecha, haga un superman, un par de piscinas, a ver qué tal”

- “Profe, creo que ud. no tiene muy claro, al chile no sé nadar”

Pasé por lo que yo llamaría, “la prepa” de la natación: las burbujas, la tablita, los pececitos de plástico en el fondo de la piscina… ¡ríase! Porque yo me reí mucho.

No sé cómo lo ha hecho, porque conmigo se requiere paciencia en serio, pero el profe logró que yo flote, brevemente –boca arriba todavía no, soy un caso, parezco una piedra – y aunque no he podido encontrarle el gusto a las patas de rana, ya puedo hacer un par de piscinas metiendo la cabeza y pateando, agarrada a la tabla como un náufrago.

Aparte de sentir que durante esa hora en la piscina el tiempo se me va volando, sinceramente sí me siento mejor de aire al correr. Lo probé en un fondo que me tocaba hacer 20 kms. Con todo y las cuestillas, no me fue nada mal – bueno, me caí: en 4 años de correr no me había caído corriendo, vieran qué raspón más vacilón, y eso que iba con licra – y en resumen, al final tenía las piernas cansadas, pero de aire… ¡bien! Bastante bien.

Nunca he buscado la natación por sí misma, ni me veo haciendo un tri porque ¡tampoco sé andar en bici!, pero ya puedo decir que espero con mucha ilusión los martes y jueves para tener esa sensación tan bonita de avanzar bajo el agua, mucho más despacio de lo que avanzo corriendo.

Yo soy esa, la del carril uno, que va con la tabla y no puede con las patas de rana.

Todo sea por París, profe.  ¡Usted sí inventa!

Mujeres que corren: las “Lagar”


imageSiempre me ha caído mal ese dicho de que “en un grupo de mujeres, es mejor no irse de primera, porque si no, las demás se quedan hablando mal de una.”

(Pero siempre hice caso.)

De hecho no soy la típica muchacha que tiene muchísimas amigas; tiendo a hacer amistad más con varones, y no tengo una amiga del alma que se sepa todos mis secretos.

Por eso cuando hice el switch a un grupo 100% femenino, lo hice con bastante temor.

A dos meses del primer contacto puedo decir: no me pudo pasar nada mejor.

Comencemos reconociendo que estas muchachas, las Lagartrotters, son fuertes. Están acostumbradas a esas rutas de “terreno variado” (léase cuestas) del profe, de manera que cuando uno las ve subir, pareciera que no les cuesta nada. ¡Nada! Usualmente me quedo de última y me cuesta mucho llegarles.

Y eso es buenísimo. Me obliga a mejorar.

Segundo: ¿competitivas? No lo diría así, pero ¡rápidas, y orgullosas de ser rápidas, sí que son! Me gusta mucho que el profe me diga “no se les despegue”, aunque voy sin aire y como decimos aquí, “de la relinga”, pero trato a mi máximo y cuando logro “llegarles”, ni tiempo tengo de volver a ver el Garmin, ¡si lo veo, las pierdo!

 Tercero: son trabajadoras, estudian, hacen muchísimas cosas aparte de correr. A veces las escucho hablar de exámenes de sus hijos, de que necesitan irse temprano para que no las atrape la presa para el trabajo. Tienen sus propios negocios, obligaciones, y me parece chivísima que saquen ese rato – el más difícil, el de madrugar – para sí mismas.

Llegamos “a lo que vinimos”, corremos, nos reímos si nos queda aire, y todas tienen una meta personal, una razón para correr, y al terminar el entrenamiento, nos vamos.

Es muy pronto para decir que ahora corro más rápido solo por correr con ellas, pero sí sé que resisto más y que me exijo más.  Mi meta no solo es la maratón de París, a veces mi meta es “no quedarme atrás”, fijarme cuál es la más rápida, esforzarme en alcanzarla o que no me deje muy botada.

Si ve un grupo colorido y fosforescente de muchachas por las calles de Santa Ana, esas muchachas son mi grupo, y estoy segura de que lo que pueda mejorar en mi tiempo de maratón no solo se lo debo al profe, que me dice que no las pierda de vista, sino a ellas, y a esa potencia y velocidad que espero tener un día y que ellas han desarrollado con tanta disciplina.

A ellas y a todas las mujeres que en medio de tantas obligaciones se ponen las tennis para correr, mi reconocimiento en este mes internacional de la Mujer. Porque aparte de ser profesionales y mamás, decidieron ser corredoras. Y eso es un gran título también.

De Chicago a Roma: Spirit of the Marathon II


Comienzo hablándole a quienes no han visto el documental Spirit of the Marathon. El primero, de 2008, cuenta simultáneamente el camino de seis corredores que enfrentarán la Maratón de Chicago.

Aparte de sus historias y retos personales, el documental procura contar la historia de la maratón como tal, entrevista a grandes leyendas del atletismo mundial, sin olvidar a la gente que sabe que no rompe un récord, pero logra una hazaña en la meta.

Este documental se ha convertido, me atrevo a decir, en parte del ritual pre maratón de muchos corredores. Aunque ya uno sabe qué le pasa a cada uno, y lo ve una y otra vez  para infundirse valor, siempre se emociona igual.

Las segundas partes sí pueden ser buenas, y justamente el año pasado se estrenó la segunda edición de Spirit of the Marathon, esta vez contando la historia de siete maratonistas… ¡en Roma!

Apenas lo pusieron en pre venta en Amazon me apunté, porque ¡cómo no iba a querer revivir los 42 kms de Roma, con otras historias, en otro año! Yo corrí en Roma en 2013, pero el documental se grabó en la maratón de 2012.

Sin quemarles la sorpresa,… ¡este segundo documental me ha emocionado todavía más que el primero! Por muchas razones. Por la historia personal de cada uno de los protagonistas, por volver a ver a esos mismos corredores italianos, alegres y divertidos, que yo tuve a mi lado el año pasado,… todos se ven ahí, en ese recorrido… ¡tan simpáticos, tan hablantines! Esa ciudad, absolutamente asombrosa e imponente. Y como dice Domenico, uno de los corredores, “al ver el Coliseo uno se llena de tanto valor, como los gladiadores, que se olvida el temor a los 42 kms”.

Este es el tráiler, para quienes no lo han visto aún. Yo no soy Giacommelli ni Arciniegas pero le doy un rotundísimo 10, y espero poder sentarme a verlo otro montón de veces con mis compañeras del grupo, con mis papás, con quien quiera llenarse del espíritu de la maratón.

Maratón en París: la belleza se une al sacrificio


picstitchUn amigo mío corrió París. Y tanto le gustó, que la repetirá este año.

Su nombre es Juan Carlos Antón, y así como a Rafa y a tantos amigos españoles que corren, me lo encontré en twitter. Este año espero que podamos saludarnos en la línea de meta. Muchas veces me ha dicho Juan Carlos que, por las bondades de la ruta en París, podría mejorar mi tiempo de Roma (4.34). ¡No lo sé! Eso sueño. Pero mientras entreno para lograrlo, le hice estas preguntas.

Solo puedo decir que su narración es épica, y que luego de leer su descripción me dan muchas más ganas de ponerme los tennis y estar allí. ¡Yo, que odiaba el francés!

– Primero, ¿qué hizo que eligieras esa ciudad para correr maratón el año pasado?

– ¡París no estaba en mi guión para 2013!  En marzo de 2013 estaba inscrito para correr la Maratona di Roma. En aquel momento se discutía la fecha de entronización del nuevo Papa Francisco y los pronósticos apuntaban al 17 de Marzo… ¡fecha de la Maratona! Se barajaron varias hipótesis para cambiar la hora de la carrera, peligrando mi participación, pues tenía el vuelo de vuelta a Barcelona muy ajustado. Busqué un plan B y decidí inscribirme de urgencia en la maratón de París. La verdad que fue agradable casualidad conocer París a través de su maratón, así como correr dos maratones en 3 semanas.

– ¿Qué consejos te dieron previamente, qué te dijeron de la carrera?

– Tuve poco margen para recibir buenos consejos. París es una buena maratón para mejorar tus marcas, con un trazado completamente plano y absolutamente turístico. Sabía que era una de las grandes del calendario internacional con más de cuarenta mil corredores y una organización impecable. Muchos la califican de la maratón más bella ¡Y no se equivocaron !

– ¿Cómo son los franceses como “público”? A veces uno cree que son bastante fríos, pero en los videos pareciera que son muy entusiastas para aplaudir. 

– Al margen de la maratón, si es verdad que son algo fríos, quizá  distantes, pero muy formales. Eso sí,  durante la carrera todo lo contrario, vi un público entusiasta, que animaba como el que más. París es muy cosmopolita y había mucho turista animando por los lugares más emblemáticos del recorrido como la Rue de Rivoli ó los puentes del Sena.

– Recuerdo que al finalizar y salir del recinto de la meta, cuando me dirigía al Hotel por la calle, algunos franceses me felicitaron y me estrecharon efusivamente sus manos.  ¡Muy grandes los franceses!

– Llegado el día de la carrera, ¿qué sensaciones tuviste? 

– El día de la carrera amaneció frio (10º), pero soleado. Mis sensaciones fueron bastante positivas, como te decía, venía de correr en Roma con la idea de no hacer grandes sacrificios, tocaba disfrutar. Por ello planifiqué mentalmente un ritmo cómodo, con un objetivo en el entorno de las 3:45, ¡sin ninguna exigencia!

– Hablemos del recorrido: ¿tuviste tiempo de, al menos brevemente, apreciar los monumentos y paisajes de París?

– Correr 42 kilómetros y 195 metros siempre es muy duro, pero hacerlo en un escenario plagado de lugares emblemáticos y grandes monumentos como París, se convierte todo en una experiencia gratificante. París es impresionante, una ciudad espectacular donde todo es bonito, todo es grande, sus parques, edificios, calles… y cómo no, también lo es su maratón, que cruza los Campos Elíseos,  plaza de la Concordia, Rue de Rivoli y Plaza de la Bastilla, alcanza el Bois de Vincennes. Pasa por la Catedral de Notre Dame, el museo D´Orsay, el Louvre, los puentes del Sena y la Torre Eiffel… ¡La belleza se une al sacrificio!

– ¿Qué tal la ruta y la altimetría, cuáles fueron los tractos más difíciles y cuáles los más bonitos?

– Te cuento: salida en ligero descenso por los Campos Elíseos hasta el km 3 donde iniciamos tramos más estrechos, ahí se formaron aglomeraciones de corredores, obligando a sortearlos, a cambiar el ritmo, a vigilar para no tropezarse… Del Km9 al Km19 seguimos corriendo por un bosque (Vincennes) muy bonito que invita a relajarse, siempre corriendo en llano. Lo más difícil: el sube-baja de los puentes del Sena entre el 23k y 29k , muscularmente se notan y también por ésta zona ¡ojo con los túneles!, alguno de ellos tiene casi 1 km, vi alguna caída justo en el famoso túnel del Pont de L’Alma. Tras superar la altura de la Torre Eiffel, donde es preciosa la vista, llena de gente animando, giramos hacia el Bosque de Boulogne (km 33) donde se libra la auténtica batalla del maratón. Son 8 km. de bosque en un momento que el maratoniano ya lo ha dado casi todo y no hay mucha gente y animación, un tramo monótono y mentalmente “difícil”. Cuando menos te lo esperas giras y te encuentras la meta con el Arco de Triunfo como telón de fondo.

 – Cuando terminaste, ¿estuviste satisfecho con tu tiempo final?

– Llegué a meta con la sensación de no haber sufrido prácticamente nada, lo justo en los kms. finales, como siempre. Ha sido una carrera la mar de placentera, sin dolor alguno y disfrutando como nunca lo había hecho. ¡Mi tiempo final, lo de menos! Mis sensaciones en aquel momento, indescriptibles, ¡no tenía nada que exigirme y mucho que disfrutar!

 – ¿Qué calificación le darías a la organización, las camisas, la medalla, y todos esos elementos de carrera?

– La Expo genial, pocas colas, recorrido señalizado y entrega de dorsal con chip incorporado, ¡no os olvidéis el certificado médico, es lo primero que verifican! En la salida para casi 50.000 corredores todo muy controlado, por cajones con salida escalonada, bien. Los avituallamientos bien surtidos pero ¡ojo!, sólo están a un lado del trazado, los corredores se cruzan, esto es mejorable. En la meta mucho espacio para todo, primero la medalla (original, preciosa) luego la camiseta técnica de Finisher y a continuación zona inmensa para recoger botellines, fruta, frutos secos, Powerades, junto a servicios médicos, publicitarios…etc. Se forma alguna cola para salir del recinto.

– Mi valoración: Carrera alucinante, temperatura idónea, recorrido insuperable y para la organización un notable alto. ¡Os espero el próximo 6 de Abril de 2014 en París!

¡Allá nos vemos!

(no me digan que no termina uno emocionado luego de leer esto)

Gracias por tu tiempo, Juan Carlos.

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