El fin de Una Vuelta a la Manzana


Acabo de darle play a una canción que me encanta: “La última revolución”, de Eros Ramazzotti.

Desde el primer riff de guitarra, no importa dónde esté, siento un deseo incontrolable de salir corriendo. Descalza, con tacones, en tennis. ¡Y corriendo rápido! – sea lo que sea “rápido” para mí -.

Cierro los ojos y puedo sentirlo. Se me acelera el pulso. Subo el volumen, el viento me alborota el pelo.

Eso es lo que siento cuando corro. Es bailar, es música, es moverse, es ir hacia delante.

Es estar en un estado perfecto de felicidad.

(Viene el riff de nuevo.)

Nada me detiene, estoy moviéndome de pies a cabeza. Corro bailando, o bailo corriendo.

Esta sensación deliciosa de libertad yo no la conocía. Viví 33 años sin ella, y me arrepiento de no haberla probado antes.

Ha pasado una semana desde que regresé de la maratón. Acaba de pasar mi primer viernes en meses, sin poner la alarma ni alistar cosas para el fondo sabatino. Pero por supuesto, a las 4 am ya estaba despabilada…

Este sábado me merecía perecear entre las sábanas. Pero sabía que no pasaría mucho tiempo para volver a la rutina.

No me he dado el atracón post maratón que uno sueña – en mi caso, pan con natilla – ni he dedicado largas horas al dolce far niente… creo que como todo corredor, me da miedo acostumbrarme a “no hacer nada”.

El martes vuelvo a correr.

No sé si es muy pronto, pero mis piernas no están tan cansadas. Ya recuperé sueño. Vivo todavía de los flashbacks de Atenas. ¡Extraño Atenas!

Ya lo hice. Ya pasó.

¿Qué sigue?

No se trata de elegir un destino exótico, ni de correr a inscribirme a la primera media maratón que me encuentre en el calendario.

Creo que sigue lo que ya intuía.

Sigue, sencillamente, correr.

Correr porque sí. Por gusto. Porque es parte de quien soy.

Correr con ganas aunque nos toquen intervalos, aunque el profe diga que vamos para Piedras Negras. Correr para mejorar lo que pueda.

Correr para mantener lo que he ganado.

Manejo mejor las preocupaciones, tengo dónde descargarlas. Tengo cómo celebrar lo bueno, tengo amigos nuevos que también corren, … y algunos de mis viejos amigos, ahora corren.

Gané salud. Paciencia. Capacidad de asombro. Veo a la muchacha que soñó con correr una vuelta a la gran manzana en 2010, y la veo con esa inocencia y ese miedo de comenzar a entrenar…

Quisiera devolverme en el tiempo para decirle a esa Nela que tomó la mejor decisión. Que ese repentino antojo de correr una maratón le va a dar un giro radical a su vida.

Que corriendo, conocerá a las personas increíbles.

Que no solo sí podrá con esa Manzana, podrá con otras 4… de maneras inimaginables.

Que ninguna maratón es igual a la otra, aunque midan lo mismo.

Que todas la harán llorar distinto, y le van a doler distinto, pero que cada meta va a renovarla desde adentro.

Que siempre va a querer repetir las carreras que la apasionan: Palmarín, Santaneña, Tamarindo, San Silvestre.

Que siempre la esperan sus rutas preferidas: la vuelta a Santo Tomás de Santo Domingo, la bajada de Heredia al Aeropuerto, la vueltica a la Sabana…

Que aunque no termine siendo la más rápida, va a moldear su carácter y será mejor persona al final de este viaje.

Llegó el momento de dejar de escribir, no porque deje de correr, sino porque la próxima etapa se trata de disfrutar las pequeñas o grandes manzanas que cada día descubro entrenando.

¿Sueños? Muchos. Correr más rápido. Mejorar el tiempo, quizás. Chicago sería lindo… ¡Tamarindo sería increíble!

Pero al final, toda carrera – corta o maratón – comienza de la misma manera. Comienza con un deseo.

El deseo te lleva a poner la alarma, levantarte y abrir la puerta para salir a entrenar.

Te deja ver el amanecer y mientras ponés un pie delante del otro… uno delante del otro. Más rápido. Con ritmo, con ganas.

Seguro tengo los mismos enredos – y algunos nuevos – que tenía cuando comencé a correr, pero yo soy distinta y aprendí de Alvaro y de Andrés que en términos de correr, no importa qué tan difícil parezca, ¡la cosa es comenzar! ¡Hacerlo! Braceando, diría Alvarito. Corajeando, diría Andrés.

Desconocidos han tropezado con este blog y tal vez se han burlado. Otros, quizá sintiendo ese mismo anhelo de hacer algo grande que parezca imposible, hayan decidido ponerse los tennis y correr su propia vuelta a la manzana. Si para eso ha servido el blog, qué felicidad. Algo hice. Para algo serví.

Hoy cierro este viaje de pasos y palabras sabiendo que sí puedo – si entreno -, y que aunque otros crean que es una moda para sentirse muy cool, correr es en realidad el gran alivio a la soledad, las dudas y el estrés de los que a veces uno quiere escapar. Una vez que se emprende ese camino, aparecen las emociones y las experiencias más lindas, inesperadas. Un aprendizaje interno que no se termina.

Reconociendo que soy afortunada por tener la salud y el ánimo para correr, cierro este cuaderno de viaje porque entendí que esto no es un plan: es mi vida. Comencé a escribir para ver si podía correr. Ahora corro con la misma naturalidad que escribo. El reto conmigo misma terminó.

Comencé a correr, y no quiero parar nunca más. ¡Así de simple!

Si usted ha tenido paciencia de leer desde aquellos posts de noviembre de 2010, solo le puedo decir:

¿vio?

¡Sí pudimos!

… y Domingo de Felicidad (parte II)


La noche del sábado, previo a la maratón, el clima no era muy esperanzador. Truenos, relámpagos, aguacero. Aguacero parejo en Atenas. ¡Como si uno necesitara preocuparse de algo más, lluvia! No importa la ruta, a nadie le gusta correr con lluvia… y menos 42 km.

En eso estaba pensando al regresar de la casa de la familia Penthedourakis. ¿Se acuerdan de la familia griega que conocí en París? Aquí los encontré, y fueron los anfitriones más increíbles, generosos y amables del mundo. Nikos, el papá, también se inscribió para la maratón – esta sería su segunda -. Pude compartir con ellos el sábado, conversando y comiendo de la maravillosa cuchara de Elizabeth – la mamá -, que hizo que nuestro “carb load” fuera sencillamente celestial.

Cuando llegué al Hotel, solo faltaba dormir. Afuera llovía muchísimo.

ATENASEmpecé a alistar “el muñequito”, la ropa, el BIB, los geles. Tuve que detenerme un instante porque me di cuenta de que me temblaban las manos y las rodillas. Así de tonto como suena. ¡Me estaban temblando las rodillas! Asustada, como un perrito en la pista, estaba súper asustada.

Puse el despertador, y dormí lo que pude.

Domingo. 4 am

Hoy es el día.

Se acabaron los conteos regresivos. La quejadera por entrenar cuestas. Los masajes, las medias maratones, las idas al gimnasio, aquellos 30 km en Tamarindo,… todo acaba hoy. Aquí.

Me bañé, me comencé a vestir. Bajé a desayunar a las 5 a.m.

No estaba lloviendo, pero sentí que hacía frío, así que alisté unas mangas que, en caso de tener calor, me las quitaba y las botaba.

Todo listo.

Salimos caminando del hotel a las 5.45 a tomar los autobuses que nos llevarían a todos a la línea de salida. ¡Trece mil corredores en bus hacia la ciudad de Maratón! La organización me sorprendió, porque fue muy ordenado y rápido el transporte, nada que envidiar a Nueva York, que lleva el triple de gente también en bus. Uno tras otro salían los autobuses, yo tomé el mío y ahí, en la ventana, hecha un puñito, iba viendo el recorrido que me tocaría hacer a la vuelta.

La verdad no parecían ser cuestas muy pronunciadas, pero sí largas. Bastante largas.

Traté de no “autodeterminarme” como diría Alvarito.

En menos de una hora estábamos bajándonos en Maratón. Frío amanecer, ya comenzaba a salir el sol. Casi las 7 am.

Me senté en las graderías del estadio de donde sale la carrera, para recibir un poquito de sol. Y a ver gente. ¡Tan bonito que es ver gente! Algo que me encanta de las maratones es la diversidad. Corredores de todos los países – se suponía que había dos ticos más corriendo, pero no los vi nunca -. Todos los colores, tamaños y nacionalidades. Todo mundo con cara contenta. Yo,.. yo quién sabe qué cara tenía.

La salida estaba para las 9 am. A las 8 encontré a mi amigo Panagiotis – que estaba un poquito ansioso también -. Con él estuve hasta poco antes de la salida. Ese abrazo previo, lleno de buenos deseos, fue muy reconfortante y tranquilizante.

A él le tocaba salir antes que a mí.

Parecía que tendríamos cielo despejado y buen clima para correr. Nos alineamos en nuestros corrales, y empezamos a salir, uno por uno.

Lo que sucedió en ese momento, siento yo, rompió el hielo entre esta temida maratón y yo:

…en los parlantes, antes del disparo de salida, sonó fuerte el tema musical de “Misión imposible”.

“Táraraaaaaaaaaaaaaa, táraraaaaaaaaaaaa, táraraaaaaaaaaaaaa rara…..”

¡La carcajada fue unánime!

Nos hicieron reír y este pequeño chiste – “ay sí, es imposible hacer 20 km de ascenso” – fue suficiente para que por fin se me quitara el susto. Me dije: “¡Dale, tontilla! ¡Pasála bien!”.

Una vez más, al darle start al Garmin supe que empezaban varias horas en movimiento… la pregunta era cuántas. No menos de 5, según mis proyecciones.

La noche anterior había conversado con el profe y quedamos en que comenzaría los primeros 12 kms “fáciles” y planos a un pace de 6:45. Supongo que él proyectaba que los 20 de subida fueran a pace de 7.

Pero a los pocos metros de haber arrancado, me di cuenta de que iba mal.

Iba como a 6.

“No me duele nada, qué raro… pero si me siento bien, ¿por qué no sigo a este pace hasta los 12?”. Seguí a 6.

Esos primeros 12 fueron como me habían contado: fáciles, planos, lindos, divertidos. Aunque es una parte solitaria, vieran qué montón de gente salía a saludar y aplaudir. Nos decían “bravo, bravo”, y varios viejitos salieron a regalarnos unas ramitas de olivo… sencillamente hermoso.

Y bueno, consciente de que había comenzado más rápido de lo que me dijeron, pensé “en el 12 se acaba la fiesta, cálmese… vea que falta demasiado… demasiado!” y recordé las sabias palabras de don Nikos: “Respete la distancia. Respete la Maratón”.

Porque uno cree que va sobrado a los 12 o los 15, pero no puede perder de vista que falta la peor parte.

El paisaje comenzó a hacerse un poco más urbano, y contrario a lo que me esperaba, ¡más gente salía a saludar! Y apenas comenzamos los 13 ya sentí las primeras muestras de “ascenso”.

¿Cómo explicarlo? Imagínese que se tiene que aguantar el bulevar de Rohrmoser durante 20 km. Es decir, no es una “cuesta” empinada, pero sí es un ascenso constante. Durito. Mi pace no subió mucho, ni a 6.10– “Alfaro me va a regañar, sigo yendo más rápido de lo que me dijo al inicio” -. Pero bueno, también Alfaro insiste en eso de “arriesgar, salirse de la zona de confort… corajear”. Yo iba bastante feliz porque ¡no me dolía nada! Y el paso era bueno.

Lo que sí hice fue quitarme las mangas que llevaba porque en lugar de la temida lluvia, estaba saliendo el sol y me estaba cocinando. Boté las mangas. Aquello era un calor familiar, como el de correr en Lindora, Santa Ana o Belén. ¡Rico!

Los puestos de asistencia fueron buenísimos. Nos daban agua en botella – esta vez no me estorbaba tanto llevarla conmigo un ratito-, y en cada puesto había paramédicos. ¡Me pareció buenazo!

Veía hacia el frente y el hormiguero de corredores siempre parecía ir subiendo algo peor al frente. ¡Pero me sentía bien! Iba tomando las pastillas de sal y los geles con una exactitud matemática – los geles cada 8, una pastilla de sal por hora -. El sol ya estaba más fuerte y llegué a echarme agua encima, por si acaso.

Perdonen por el francés, pero lo que tenía en la cabeza era “¿cuándo p… se acaba esta cuesta?”. Siempre veía gente subiendo, en el horizonte. “Llegue al km 25 y se calla” – me dije. Yo sabía que la parte más difícil era llegar al 32, todo mundo me había dicho que cuando viera una iglesia al lado izquierdo, ya podía decir que me la había jugado. No solo nunca vi la iglesia, sino que en serio, la cuesta se me hacía interminable.

Pero bueno, mantuve el paso constante y llegué al 25. Luego, al 30. Me sentía bien y disfrutaba cada paso. ¡Había muchas familias viendo a los lados la carrera, muchos chiquitos dándonos la mano! Aplausos y aplausos por todas partes… ¿por qué me habían dicho que casi no había público en esta carrera?

¡No es cierto! ¡Todo mundo vino a vernos!

Me jalé las orejas a mí misma porque estaba confiada, “sépalo enana, le falta un montón” – así me hablo yo cuando soy grosera conmigo -; “no juegue de peligrosa, todavía puede caérsele el piano… no haga loco… disfrute, no hay prisa”.

El ascenso hacia el famoso 32 era una carretera sinuosa, pero esa emoción de saber que ya iba a llegar al final de la cuesta me tenía muy emocionada… de lejos vi el rótulo, y vi un puente con mucha gente… “se acaba el sufrimiento, queda bajar”.

Desde la calle, veía hacia arriba a la gente que nos aplaudía en el puente… digamos, yo no entiendo nada de griego, pero nos decían muchas cosas.

Y después del 32, las piernas lo sintieron.

Se acabó la subida.

“No haga loco, ¡pero disfrute, solo le queda bajar!” me dije.

En esa contentera iba cuando se me apagó el iPod. ¿Yo, correr sin música? ¡Nunca! ¡Menos en una maratón! ¿Y ahora, qué, voy a ir oyéndome hacer feo todo el camino…?

Parece que sí, Nelita.

No he sido muy fan de oírme respirar mientras corro, pero qué bueno que se apagó el iPod por dos razones: una, efectivamente tuve consciencia del ritmo de mi respiración, así que aparte de controlarla la pude mantener constante, y dos: ese fue el ritmo que seguí, el mío.

Y ya sin la música, pude disfrutar del gentío en las calles de Atenas.

Altimetría de la maratón.

Altimetría de la maratón.

Diez kilómetros siguen siendo un montón, pero saber que ya había pasado la peor parte me tenía tan feliz, que escogí disfrutar y hacer lo imposible por cerrar bien.

La gente comenzaba a leer mi nombre y el de Costa Rica en mi camiseta – los escribí en griego, “Κόστα Ρίκα” – así que las sonrisas eran más frecuentes. Sentí cómo le iba pasando a algunos corredores que ya iban cansados. ¿Muro? Todavía nada. Y si el profe dice que es mental, y que no existe, yo le creo.

35 km sin dolor, pero algo de cansancio, por supuesto. “Siete no es poco, te falta un montón”, me dije mientras buscaba el rótulo siguiente. A los 35 le había prometido a Leo Esquivel – el muchacho aquél que corrió la maratón de Tamarindo – que me iba a acordar de él y que este kilómetro se lo regalaba. Por dicha recordé la hazaña de Leo, porque al mismo tiempo pensé en los fondos y las carreras que hice para estar aquí… había aire, había fuerza, había que seguir, como Leo en Tamarindo.

Hice números… a este pace, parecía que iba a terminar en 4 horas 30. ¡Cuatro horas treinta, Marianella! Mejorar el tiempo que hiciste en Roma, ¿aquí? ¡Sería demasiado! Un motivo más para no bajar el paso.

36, 37… la música estaba por todas partes. Grupos de gente tocando tambor, el famoso grupo de percusionistas en el túnel, como me había dicho Panagiotis,… ¡ahí lloré! El sonido de los tambores amplificado en las paredes del túnel era poderoso, y yo estaba cerrando con fuerza esta carrera tan dura y tan bonita… me acuerdo de tirarles besos a los de los tambores, salir del túnel y buscar con ansias el kilómetro 40.

El 40 era el de mis amigas con las que corro. Escogí pensar en ellas este kilómetro tan difícil porque las he visto entrenar, siempre me dejan atrás porque son súper fuertes y rápidas, pero yo quería que este kilómetro 40 sirviera de homenaje a ellas. ¡Del 40 al 41, todas ellas estaban corriendo conmigo, en mi cabeza!

Más gente en la calle, ¡pero qué es esta belleza! ¡Ya se puede escuchar el estadio! Kilómetro 41, este era el de mis papás. Sé que tal vez creen que estoy medio loca por hacer estas cosas, pero si hay algo que les agradezco en la vida es que crean en mí. Nunca me han dicho “eso es demasiado para vos”, y aunque nunca me animaron a hacer deporte, creo que han entendido cuán feliz me hace correr… pensando en ellos, llegué al 42.

¡Estas calles ya las he visto! Pasé por aquí antier, o ayer. ¡Estoy a la vueltita del estadio! Pegué un grito de felicidad, di la vuelta a la izquierda, en la esquina y ahí estaba, … 2500 años de historia, en mármol blanco, lleno de gente, ahí estaba el estadio, y los 195 metros finales los corrí con el alma en la garganta, porque iba a hacer mi mejor tiempo en maratón, aquí, y los últimos metros de cierre eran ya del profe Andrés. Nadie entendió cuando dije “¡Mire qué tiempo, Alfaro, mire el tiempo!”

Saqué dos banderitas que traía en el bolso de los geles – una de Grecia, y una de Costa Rica – y ya no estaba llorando, estaba muerta de risa, cuando crucé la meta…

4 horas 30.

A unos pasos de la meta vi dos caras conocidas: las dos muchachas que me ayudaron en la conferencia de prensa. Apenas nos vimos, me reconocieron y en un reflejo desesperado, corrí hacia ellas. Y entonces, tuve el abrazo que siempre quise en la meta.

Ahora sí estaba llorando, y llorando caminé hasta donde nos esperaban los voluntarios para darnos la medalla.

De lejos una señora mayor me sonrió y alistó la medalla para ponérmela en el cuello.

Le dije muchas veces “gracias, gracias, gracias…” luego me acordé que aquí solo me entienden en inglés, la abracé muy fuerte y le dije “You hold my heart!”.

Ella entendió que yo estaba muy emocionada y me sonrió y me felicitó.

Seguí caminando, viendo hacia los lados, hacia arriba este estadio tan perfecto. Aquí, donde solo los atletas olímpicos, los grandes, los de verdad, vienen a ganarse un espacio en la historia, aquí hoy yo vine a terminar la maratón más feliz de mi vida.

Sin dolor. Sin miedo. Sin muro. Sin prisa. Sin lluvia.

Repasé los números en el Garmin, “esto es absurdo, venir a hacer aquí lo que no pude hacer en ninguna ruta plana…” Me moría por llegar a la compu y contarle al profe.

Siempre corrí más rápido de lo que pensamos, en plano, en ascenso, cerrando. No sé si él se lo esperaba, pero yo tampoco.

neCaminé sola hasta el hotel, llorando y recordando cada metro que acababa de correr, desde las notas de Misión imposible en la salida, las ramitas de olivo, las sonrisas, la felicidad de correr sin dolor y sin miedo.

¿En qué momento pasó todo esto? Todo el entrenamiento, madrugar, correr el sábado, subir a Turrúcares, hacer Tamarindo…

¿En qué momento se acabó el susto de haberse inscrito en la Maratón de Atenas? Esa, la de dificultad 10/10. La que solo los locos, enamorados de la distancia, se animan a correr.

Me fui a bañar, y luego a comer, sabiendo que había vivido el día más feliz de mi vida, aquí, donde por primera vez, cuenta la leyenda, un mensajero del ejército griego corrió sin parar hasta avisarle a los ciudadanos de Atenas que contra todos los pronósticos, su pequeño grupo de soldados había repelido a los persas en Maratón.

 Nενικήκαμεν!

Nenikékamen!

“Hemos vencido”.

Viernes de sorpresas, Domingo de felicidad (parte 1)


Sin palabras: en la meta, el viernes. El estadio Panathinaiko.

Sin palabras: en la meta, el viernes. El estadio Panathinaiko.

Quedé de contarles sobre dos sorpresas preciosas que me tenían aquí: la primera, fue que la organización me invitó a estar en un programa de tele, y ¡bueno, como dos minuticos estuve! Pero eso no fue lo bonito: fue que la entrevista me la hacían en el estadio donde terminaba la maratón.

Queda a distancia razonable de mi hotel, así que fui caminando… se me fue el alma a los pies cuando lo vi. Mármol, graderías impecables… 2500 años de historia. Las banderas de Grecia.

Fue genial haber visto antes de la carrera el estadio, porque eso me motivó muchísimo y me sirvió para mentalmente comprender que lo que hubiera que tolerar antes, valdría la pena. Típico yo, me hice la película mental de cómo sería entrar al estadio… uffff… y lleno de gente!

La entrevista fue rápida pero linda. Básicamente la pregunta era por qué vine hasta tan lejos por correr, y expliqué que para mí era importante correr la ruta original.

Por la tarde, la otra sorpresa me trajo un aprendizaje.

Los organizadores me permitieron estar en la conferencia de prensa con Dennis Kimetto y Florence Kiplagat. Kimetto, ni tengo que recordárselos, acaba de establecer el récord mundial en Berlín (2.02. 57). Yo estaba super emocionada de conocerlo, y por supuesto de poder preguntarle muchas cosas.

En cuanto arrancó la conferencia, por supuesto las preguntas fueron para él, que con un hilito de voz, muy poquitas palabras en inglés y no sé si timidez, o miedo, nos respondía a cuentagotas. A veces contestaba por él Florence, la otra keniana que también tiene récord mundial pero en media maratón, o respondía su representante.

Estas fueron mis preguntas.

“Dennis: ¿en quién pensó en cuanto cruzó la meta en Berlín y supo que rompía el récord?”.

“Iba en focado en hacer el tiempo previsto”. 

“Pregunta para ambos: ¿alguna vez corren por diversión, para distraerse o pasarla bien un ratito? ¿Correr sin reloj, por ejemplo”

Ésta pregunta solo me la contestó Florence.

“Para ser honesta nunca lo he hecho. No he probado a hacer eso desde que soy atleta”.

Salimos de la conferencia y me quedé pensando en que los dos tienen un talento increíble, que uno ni soñaría alcanzar, ni reencarnando. Y cuánto cambian sus vidas cuando lo descubren, y un entrenador los lleva a estos niveles de excelencia… Hace 5 años, Kimetto era un granjero. Ahora, con apenas 30, puede soñar con bajar ese tiempo, entrenando aún más duro.

Lo que no concibo, en mi pequeña mente de corredora aficionada, es que no tengan chance de disfrutarlo. Claro está, para ellos es su manera de sobrevivir, de dar un futuro a su familia; en cambio uno lo hace por diversión.

Me encantaría saber que lo disfrutan, un poquito. Porque para uno ellos son poco menos que rockstars… Queda mucho por aprender de ellos y su disciplina.

Paco Borao, AIMS; Dennis Kimetto, récord mundial de maratón vigente, y Florence Kiplagat, récord mundial de media maratón femenino. Yo, contenta, en medio.

Paco Borao, AIMS; Dennis Kimetto, récord mundial de maratón vigente, y Florence Kiplagat, récord mundial de media maratón femenino. Yo, contenta, en medio.

Aquí está la foto que todos queríamos. Por cierto, a la izquierda estaba Paco Borao, presidente de la AIMS (AIMS (Association of International Marathons and Distance Races), quien me habló con mucho cariño de sus visitas a Costa Rica para conocer el Estadio Nacional, y certificar carreras como Correcaminos.

Me quedo con esa pregunta: ¿Uno corre por diversión? ¿Por pasarla bien? ¿Lo ha intentado?

Esa era mi misión para el domingo: PASARLA BIEN.

Y así fue. Se los cuento en la segunda parte.

Una herediana en Atenas


IMG_2290

Callecita con restaurantes, café,… muy sereno el barrio. Acrópolis.

…no entiendo nada. ¡Todo está en griego!

Llegué a Atenas alrededor de las 2 de la tarde. Un aire fresco, tarde soleada. Subo las escaleras después de salir del metro, y me encuentro en una calle peatonal, con el rótulo que me da la bienvenida:

“Acrópolis”. Este será mi barrio durante una semana.

Es muy probable que estuviera haciendo cara de tonta por varios minutos, viéndolos a todos ir y venir, escuchando su acento, tratando de entender algo, pero es imposible.

Hay una sola palabra que sí reconozco, y la dicen a menudo, la escucho muchas veces en sus conversaciones: “maratón”.

Estoy en la casa de la maratón. Y todos andan hablando de la carrera del domingo.

Será por eso que llegué y me sentí feliz, en casa. Dejé las ansias en el avión – igual que el celular, por estúpida – pero ahora que estoy aquí por fin, me siento serena. Me siento en casa.

Dejé las cosas en el hotel, y regresé a esa calle frente al Museo de Acrópolis, buscando un restaurante para almorzar.

Hubo un muchacho muy amable que me habló en perfecto español, y ahí mismo me quedé a comer. El lugar se llama “Arcadia”, y aparte de que el nombre es muy significativo y ligado a la mitología griega, también dicen que “arcadio” es sinónimo de valiente y perseverante.

El muchacho y sus compañeros se sonrieron cuando dije que soy de Costa Rica, y a ratitos conversamos sobre la maratón, sobre futbol, y sobre cómo estará el clima.

IMG_2288

Ha iniciado el carb loading… estilo griego.

Pedí una pasta sencilla, un plato de spaghetti arreglado en una salsa con aceitunas, tomate, cebolla y queso feta. Dios santo. Qué delicia. Apenas la probé supe que aquí voy a comer todos los días. Además, a la par hay una cafetería que vende gelato, se llama “Leónidas”. Jeje. Aplicando la experiencia previa, si en Roma la fórmula “pizza + birra italiana” dio buen resultado, aquí la repetí pero con cerveza griega.

Regresé al hotel, trabajé un rato en la compu, y he pasado viendo tele sin entender nada. ¡Qué importa!

Entre los correos que revisé, estaba uno que me emocionó muchísimo.

Los organizadores de la maratón me invitaron a estar hoy en vivo en un programa de televisión que se llama “Tora“; es una revista matutina – como Giros o Buen día – y quieren entrevistar corredores que vienen de lejos a la Maratón. La nieta de Yolanda va a contar por qué vino hasta acá. Este es el link para la entrevista, por si la pescan. Y si no, pues para que vean televisión griega y escuchen música griega, hermosa. http://www.skai.gr/player/tvlive/ 

Lo asombroso es que la entrevista se hará en el estadio Panathinaikos… sí. En donde termina la maratón el domingo.

En un par de horas, voy a conocer ese lugar con el que estaba soñando desde hace meses.

Ahora mientras desayunaba estaba pensando en todo lo que ha cambiado mi vida desde que corro.

Entre tantos cambios positivos, uno es este: jamás hubiera viajado tan lejos, solo por correr. No estaría en este lugar tan hermoso, en la cuna de la civilización occidental, de Platón, de Aristóteles, de tanta maravilla, si no me hubiera enamorado de la maratón.

En el camino han pasado muchas cosas, pero en este momento tendría que resumir que después de aquella primera carrera de 10 km de Curridabat a Sabana, todo ha sido para mejorar.

No tengo muchas fotos por ahora, pero ya voy saliendo hacia el estadio, luego la expo. Y luego, otra sorpresa maravillosa que les contaré mañana.

Este fue mi guardián mientras dormía: desde la ventana, Acrópolis.

IMG_2294

Si Mafalda pudiera… (por Lucho Runner)


MAFALDA¿Quién me puede decir que no se hacen amigos corriendo?

A Lucho, que no lo conozco, que no he corrido a su lado, que no le he dado agua ni él a mí, a Lucho lo llamo mi amigo. Este periodista y maratonista argentino, de palabras rápidas como sus pies, me ha emocionado como nadie con este texto.

Le pedí que, en vista de que no tengo palabras ya para explicar qué significa viajar a la cuna de la Maratón, lo escribiera él, para el blog. Y siento que me hizo una radiografía. Ya no sé escarbar mis emociones, los post que escriba desde Atenas serán muy descriptivos, quiero servir de corresponsal para quienes alguna vez se hayan preguntado cómo es esta maratón, que sin ser glamorosa ni famosa, es, sin embargo, la primera. La original. Dicen que de las más duras del mundo, pero también… puede que no!

Así es, Lucho. Soy una Mafalda, y corro con el corazón porque no tengo mucho talento para el atletismo. Gracias enormes, totales, por estas palabras que me llenan de emoción, y me tienen hecha un mar de lágrimas a punto de subirme al avión.

Si Mafalda pudiera…

Lucho Runner.

Domingo en el barrio de San Telmo, Buenos Aires. Calle Defensa. Como cada domingo está atiborrada de gente, más de la mitad extranjeros, turistas que recorren la feria sorprendiéndose con esas calles empedradas y antiguas, llenas de tango, milonga y café, que se entrelazan con el aroma a café colombiano, con el acento inglés y las sonrisas europeas. Pieles morenas, cabellos rubios, ojos achinados, manos curtidas.

Una chiquita protestona y adorable mira pasar esa procesión sentada en un banquito de madera. Se llama Mafalda, la hijita de Quino, el caricaturista argentino.

Está inmortalizada en una pequeña escultura, toda sonriente y bella, toda cuestionadora del mundo, toda pensativa, sentadita en Defensa y Bolivar. Nadie la piensa ahí quietecita, no nos engaña con su inmovilidad aparente; todos sabemos que de noche sale corriendo a escuchar a Los Beatles y a jugar con Manolito, Susanita y Libertad.

Ninguna niña más inquieta, más simpática, aventurera y ácida a la vez.

Y sí; mi amiga Marianella se ve como una pequeña Mafalda cada tanto, y no puedo dejar de imaginarlas parecidas; inquietas y cuestionadoras, intensas, apasionadas en lo cotidiano, desafiantes. Y pensativas.

Marianella, es maratonista. Nació lejos de San Telmo (porque Heredia, en Costa Rica es lejos, verá).

Y me la imagino cual Mafalda cuestionándose a sí misma por qué se metió en tal embrollo; “Que por qué se anota usted en cosas tan difíciles, si después va a tener miedo de hacerlas”, “Por qué se anota usted en la Maratón de Atenas, Marianella, si sabe que es complicada, que tiene muchas cuestas”… la imagino como si fuese una Mafalda, obviamente cuestionándose.

Y con las manos transpiradas llegando al Aeropuerto de Atenas en unos días, retirando su kit, con nervios la noche previa.

¿Acaso Marianella tiene miedo?. Sí, parece que sí. Es ese miedo que nace en cada maratonista cuando sabe que se ha metido en una “gorda”.

Y entrenó y entrenó, en cada calle de San José, en cada cuesta, en cada ruta, en cada mañana, entre redacciones y estudios de radio, como lo hace cualquier maratonista amateur que a la vida le inyecta una sobredosis de desafío, porque con vivir de manera estándar no alcanza o aburre.

Eso ha hecho Nella en estos meses en su Costa Rica, lejos de San Telmo, cerca de Mafalda.

Está llena de dudas; que si termina en una larga cuesta esa bendita maratón, que si va a darse contra el muro, que si las piernas vana responderle en el bendito-maldito kilómetro 39, que si está segura de que lo va a lograr.

Es que las dudas, los miedos, las ansiedades, toman por asalto al corredor, lo rodean, lo sujetan por momentos, no lo dejan dormir y uno tiene como banda de sonido;

”No hago otra cosa que pensar en ti”… y pasan las fotos de Atenas, Paris, Nueva York, Roma o la ciudad que sea, todas apasionadas también.

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin?… todo eso se pregunta un corredor cuando siente que el vértigo y las dudas lo invaden.

Sepa amiga maratonista, amigo corredor, que no es la única ni el único.

Sepa que esos miles que están con usted en la largada están igual de temerosos. Lo notará en los ojos brillosos, en la respiración agitada, en esas sonrisas nerviosas, en esos abrazos previos, en esos pies que no se quedan quietos y rebotan una y otra vez en el piso antes de largar.

Mírelos, obsérvelos, Nella… se lo digo yo; su voz interna… esta misma que tantas veces le ha hablado a usted y la ha retado por desafiarse.

¿Para qué lo hace?, por qué?… eso lo sabe bien usted, es su “secreto”. Ahora vaya y hágalo.

¿Tiene miedo?, entonces está todo bien… será el combustible que no la dejará caer ni cometer locuras.

¿Cree que podría no llegar?, perfecto; salga y desmienta esa burda falacia que algún fantasma le susurra al oído.

¿Le teme a las cuestas?, hágame reir; como si no hubiera superado ya un par en la vida, como todos nosotros, como todos esos que están en la largada.

Cómo se atreve usted a comparar unas cuestitas en el pavimento con las cuestas de la vida que cada tanto se atreven a cruzarse por nuestro camino…

Vaya y ponga el corazón, maratonista. Ese corazón que vale por dos, por valiente y rebelde a la vez, pero que nunca engaña. Porque la gente apasionada riega sus deseos con la sangre que fluye de él.

Tecnicamente nada le diré; nada que no sepa al menos. Respire mucho, una y otra vez de manera profunda. Hidrátese, mueva los brazos, levante los talones. Y la instrucción indispensable e innegociable; sonría, pues!…sonría y agradezca a la vida el privilegio de correr esas tierras llenas de hazañas, historias, leyendas y románticas proezas.

Usted ha elegido el lugar correcto más allá de la dificultad del camino; Atenas es para usted, maratonista… porque es una tierra que sabe de pasión y de relatos épicos. Leónidas, Filípides y caballos de Troya. Entonces, salga ya mismo a esa ruta y escriba el suyo propio, como las veces que tuvo que sentarse a escribir historias sobre otros. Usted seguirá creyendo que es difícil, pero sepa, maratonista, que usted puede hacer de esto un final feliz, y que si cree en algún momento que no va a poder, REBÉLESE ante eso, deje de cuestionarse a sí misma y cuestione al cansancio y al dolor.

Vaya. Traiga esa medalla desde Atenas. En Costa Rica la esperan esos rostros que usted conoce y sabe que la esperan.

Y por último, le aseguro que Mafalda estaría orgullosa de usted, porque Mafalda, si pudiera, también correría una maratón, solo para cuestionar el “no se puede”.

¿Usted va a ser menos?

Ya sé la respuesta. Lo mejor, es que usted también.

Llorando con MaryTere


Bastó verla llorar para que le hiciera segunda.

MaryTere es una de las compañeras del grupo que va a correr en New York este fin de semana. Aparte de que estaba emocionada en la mañana, y lloró un poquito al despedirse del profe y del grupo, hace un ratito compartió con nosotras un video suyo, en el que se le ve terminar el fondo de 23 km que hizo solita, con la asistencia de su esposo. En el video se ve a Mary que, al terminar de correr, rompe en llanto. Sobra decir que apenas empezó a llorar ya yo estaba llorando.

Hace rato no lloro y gracias a Mary pude “botar el tapón”.

Uno se emociona mucho. Es probable que para quienes no corren esto parezca muy cursi, o exagerado, pero llega un momento en que el cansancio acumulado, el susto – susto, no miedo -, la carga de tanto acomodar horarios para entrenar, estrés de trabajo, casa o familia, todo se junta.

El proceso de entrenamiento también lo lleva a uno por estados de ánimo muy fuertes, que van desde la frustración en los malos días, cuando uno anda ralo; el dolor de una lesión, si la hubo; hasta la euforia de un buen fondo, un tiempo meta logrado, un pace mejor al anterior. Y ahora que no contamos los días, sino las horas, la emoción es muy fuerte. El llanto de Mary no es casual.

Hace semanas no lloraba yo con ganas, de tanta cosa guardada. Esta casa parece de locos, con los mapas, los libros, las películas. El salveque que va y viene con tennis, con ropa de gimnasio. Las noches en que uno cae como una piedra – porque está en pie desde las 5 am – y los días que logra pellizcar más tiempo para un masaje.

Al final estas lagrimotas calientes y gordas que se nos resbalan por los cachetes son de emoción. De ver que ya no faltan 100 ni 50 días. Ni un mes.

Quedan horas.

¡Y cómo ha costado! Esos sábados a las 4 am; el sol de Turrúcares, el Garmin que te dice “quedan 12 km más para completar 28″.

Para los que nos llamamos maratonistas, cada gran carrera en la que nos inscribimos es un premio por lo bueno que hemos hecho, un consuelo para olvidar lo malo, una excusa para exigirnos más, un motivo para seguir. Una ilusión grandota. Lo que más nos gusta es correr, pero correr 42 km ¡eso, ya es otra historia!

“Somos raros, así es esto. Nos gusta sufrir” – dijo el profe hoy.

Creo que en el fondo sufrir, para nosotros, sería no correr. Con todo y el esfuerzo económico, de tiempo, de energía que significa entrenar para una maratón… nada nos dolería más que no correr. Uno quisiera “salir de esto ya”. Matar la ansiedad.

La línea de salida está ahí, y quedan poquitas horas para que Mary, Cris, Viviana, Luisana, y todas ellas, tantos amigos míos, estén ahí. Y no es fácil pararse en la salida: ahí hay que dejar botadas las dudas de lo que sea.

Gracias a ese llanto de MaryTere pude soltar todo esto aquí, sola en la casa, llorar con ganas, llorar con fuerza, porque sé que en Atenas no quiero llorar, ¡no puedo! Tengo que ir valiente, fuerte, concentrada en que no importa si es dificilísima o no, yo la escogí y la quiero vivir de principio a fin.

Me voy a dormir y a llorar otro rato todo este torbellino de emociones. Lo que me ha dolido, lo que me ha costado, lo que he ignorado con tal de no perder de vista la maratón. El cansancio acumulado, todo lo lloro hoy, con Mary. Con los que están preparándose para correr su maratón.

Si usted conoce a alguien que corre y lo ve llorar, déjelo que lo haga con ganas, y que bote todo. Porque el resto de agua salada que nos quede en el cuerpo, será para sudar. No para llorar.

Este llanto es emoción, no debilidad. Y se vale emocionarse. ¿Acaso se corren 42 km todos los días?

Gracias Mary. ¡Me ayudaste tanto a soltar lo que tenía guardado!

“Cursilerías” de corredor


“¿Para qué hace una despedida antes q a volver?”

La pregunta le choca a uno, que corre. Pero la verdad tiene su lógica para el resto de la gente.

Las despedidas antes de una carrera son importantes para los que van a correr fuera del país. Y cuando uno corre aquí, pues tal vez no es “despedida” pero sí es la cena de pastas, una reunión bien linda con la familia y los compañeros del grupo. Algo para verse antes del reto, y animar al corredor.

“Qué es, ¿que se va y no va a volver?”

Sostengo que la persona que comienza la maratón, no es la misma que termina. Así que técnicamente podría haber contestado “Correcto. Yo, así como soy ahora, no vuelvo nunca más. Regreso nueva”

Las despedidas son apenas uno de esos pequeños ceremoniales, mañas, gestos o rituales de los que corremos. Probablemente, visto desde afuera, sea algo “cursi”, innecesario, exagerado. ¡Ay, ay! ¡Qué importancia se dan! ¡Si van a pasear, y eso qué!

Iba a escribir un post acerca de algo que no es cursi – la comida – pero preferí dejar ese delicioso tema para más adelante, y ahondar en esas cosas “cursis” que hacemos los que corremos, de manera que resultamos más molestos para el prójimo, o bien, más emotivos, entre compañeros. A ver, si se me olvida alguno, me lo recuerdan porfa.

“Cursilerías” del corredor

Poner su nombre o apodo en la camisa. La bandera, el diminutivo, una frase inspiradora,… ¿para qué? Sí, normalmente diría que es para que la gente que está a los lados del recorrido de la maratón pueda decir “Ánimo, Luis” o “Good job, Patri“. Uno sabe que esa persona no tiene ni idea de quién carambas es uno, pero si se corre lejos de amigos y familia, ese es un gesto que se agradece profundamente.

Llevar la bandera de Costa Rica. “Seas tan bañazo, ni que fueras César Lizano”. No, no lo soy, ¡ya quisiera uno ser semejante atleta! Llevar la bandera, sacarla en la meta o imprimirla en la camisa no es para “sentirnos representantes del país“, ¡pena me daría que mi tiempo final se le atribuya a mi país! ¡Ni soñar con podio! ¿Yo? Jaja.  Más bien llevamos la bandera para que sepan que uno se siente super orgulloso de dónde vino, y que entrenó en el país más lindo del mundo. ¿Cierto, o no? Y cuando en medio de la carrera alguien grita “Costa Ricaaaaaaa”…. ¡uh! Ni le cuento el empujón de contentera que es eso.

Medallitas. Rosarios. Estampitas. Escapularios. No exagero si digo que por más entrenado y listo que uno vaya, en esa línea de salida le pedimos de todo al Creador. “Que no llueva. Que no me duela nada. Que pueda terminar sano y salvo. Que esto sea para ofrecértelo por tal o cual intención“. Sí. Muchas oraciones le llegan a Dios como kilómetros de cansancio. Sé que a Él le gustan, lo sé: Jesús recorría larguísimas distancias cuando estuvo en la Tierra. Conoce de cansancio. Comprende de dolor. Qué caminadas se daba. ¡Qué fondista increíble!

Check-ins, posteos pre y post maratón en facebook. “Qué cansado, este mae otra vez con esa habladera de correr”. ¡Agradezcan que no posetamos durante la carrera! ¡No ve que nos pasa la vida por la mente! Solo quien corre entiende la emoción de contar en su timeline estos momentos, y leer de lejos abrazos y apoyo virtuales.

Despedidas. No, uno no se va a quedar a vivir en esa ciudad. Tampoco nos despedimos pensando que nos vamos a morir corriendo, ni nada similar. Cierto, en menos de una semana estaremos de vuelta, caminando feo y hablando como tarabillas de la maratón. ¿Sabe para qué son las despedidas? Son para sentirse acuerpado. Uno tiene muchas dudas en la carrera. Uno va abrumado. A ver, 42 kilómetros no son poca cosa. ¡Si lo fueran, todo mundo lo haría! Y no. No todo mundo lo hace. Uno sabe que va a para un esfuerzo desgastante. ¿Cómo no va a añorar uno que la gente que quiere y que sabe de esta pasión, le dé un abrazo, sus buenos deseos y le diga “hey, te va a ir bien, campeón”? Se despiden de un corredor ilusionado. Debo aclarar que no me gustan las despedidas, nunca me han gustado. A veces se me ocurre que lo mejor sería hacer bienvenidas, porque ya hay una medalla qué mostrar, anécdotas qué contar y un motivo de fiesta. Pero no por eso menosprecio el valor de un abrazo y un “que te vaya bien”. Aunque la gente que va a la despedida no entienda el afán, se agradece tanto, pero tanto, cada “Que Dios te acompañe”… ¿cursis? Bah. Sí. ¿Y qué?

Dedicar la maratón. No siempre lo he hecho, pero en casos especiales – y los que me leen y son mis amigos, saben cuáles – me he acercado a alguno y le he dicho a alguien: “elegí un kilómetro del 1 al 42, quiero correr por vos ese kilómetro“. Es un regalo que suena “tacaño” – porque no se envuelve – pero uno no anda regalando esfuerzos ni medallas a cualquier “patas vueltas”. Así que suelen ser dedicatorias bonitas. Recuerdo que a mi sobrina le regalé del 30 al 40 en Roma. Diez, solo para ella. Nunca corrí tan feliz pensando en ella, porque la adoro. Si le he dicho a alguien que elija un kilómetro, ha sido de corazón. Por supuesto, jamás se lo diría a alguien que se ría de la idea. Y algunas personas, como mi papá o mi mamá, jamás me lo han pedido ni saben cuáles les he regalado, sin pedirles permiso ni aprobación. Ellos ni preguntan. Yo, ni les cuento. Pero es de ellos.

La foto mordiendo la medalla.Eso lo hacen los atletas olímpicos, y porque la medalla es de oro, plata o bronce. La de maratón es una medalla cualquiera, y son todas iguales“. Este… sí. ¿Y? ¿Ha visto la belleza de medalla que le dan a uno al final de la carrera? Viera que yo, las mías, no las cambio por oro. Es que han costado tanto, que no me importa el color, el tamaño o el material, bien puede ser plomo, que en para uno, en la meta, eso es una joya… y la vamos a morder. Y nos haremos la foto. Y la vamos a subir a facebook. Yo no las muerdo, les doy un besito, porque siento un profundo amor por ese recuerdo que es solo mío y que resume meses de vida.

Algunos gestos son muy impactantes: uno ve maratonistas con fotos de sus familiares enfermos o fallecidos; camisas que llevan escrito un salmo, un versículo. Todo eso cuenta. Y jamás me burlaría de eso. Todos llevamos un mundo por dentro.

Mi broche del Padre Pío. Mi pulsera de Just Training. La camiseta que no he diseñado. La bandera tica que sacaré en Atenas – aunque me linchen, dado el marcador del mundial pasado, jeje – y sí, mi despedida: esas son mis cursilerías. El abrazo de papi,  que me lleva al aeropuerto, y su cara cuando al regresar, me ve desde lejos, enseñándole la medalla que traje… no cambio eso por nada.

“¡Para qué se apunta en una carrera difícil!”


Hace tiempo no se peleaban tan feo como el sábado.

La primera iba llorando, con dolor de piernas y estaba harta de correr. La otra iba a la par con un colerón de ver esa “mariqueadera” y repitiéndole todos los mantras posibles.

-“¡Este es el peor fondo que he hecho!”

-“Diay, idiota, si va a hacer una maratón con cuestas, qué quiere, ¿correr en la pista? ¡Está bueno que la pongan a subir!”

-“¡Hoy son 21, y me siento super inútil!”

-“Ah no, Nela, ¡no se ponga miedosa! ¡Qué pereza! ¡Tanta cosa que ha leído, tanto entrenar y va a venir a ponerse pendeja ahora! ¡No joda, corra!”

Marianella 1 y Marianella 2. La primera tuvo un mal día de correr – como lo tiene cualquiera – y de la nada, por ahí del kilómetro 18 estaba llorando. Llorando, como decimos en Costa Rica, “esmorecida“. Se me iba el aire y todo. Ahora que veo hacia atrás, creo que fue el momento máximo de cansancio general. Además, Mercurio anda retrógrado, salí tarde del trabajo la noche antes, en fin, muchas cosas se sumaron para que me afectara ese recorrido de 21 kms Lindora- Cenada-Lindora con orejita en Pozos. ¡Peores cosas hemos hecho! Pero no, sencillamente ese día se me cayeron las defensas – bueno a ella, a ese lado mío que estaba cansado.

Afortunadamente la segunda Marianella tomó control en el último kilómetro. Y aún así, encaré al profe – qué malacrianza, qué vergüenza – y cuando terminé le dije que había odiado esa ruta, lo odiaba a él y que no lo quería ver.

Al principio al profe le dio risa, pero seguro vio que de verdad tenía cara de “sufrida”. Y me espetó tres verdades.

“Esa es la ruta perfecta para su maratón.”

“¡Para mí, eso es lo mejor que me puede decir hoy, que sufrió y que me odia! ¡Viera qué feliz me hace oír eso!”

“¡Y además, para qué se apunta en una maratón difícil!”

Me fui a callar a otro lado.

El domingo, con más calma, me puse a leer el libro que me regaló mi amigo Josefo, “Maratones del mundo” (Hugh Jones, Alexander James). En la página 54, el resumen de Atenas es como, para no ir:

“Considerada una de las maratones más difíciles del mundo, en gran medida a causa de las colinas que salpican largos tramos del recorrido. Las temperaturas pueden pasar en poco tiempo de calurosas a frías, lo que dificulta la aclimatación”.  Grado de dificultad: 8/10

¡Muy bonito!

Luego, mientras veíamos por internet a nuestros amigos del grupo llegar a la meta en Chicago, me puse a hacer números.

Con semejantes cuestas, la pregunta no es si las puedo subir – sé que sí puedo -. La pregunta es… ¿cuánto voy a durar?

Suponiendo que puedo mantener el pace que practiqué en las cuestas – 6:40 – y que no me duela nada… y que al rato pueda bajar con alguito de fuerza hacia el último tramo… no sé. Ayer me puse a pensar en eso. Está claro que el tiempo no importa, pero tengo que preparar mi cabeza para, tal vez… 5 horas de esfuerzo. O más.

El profe nos recuerda constantemente el entrenamiento invisible – dormir bien, hidratarse y comer bien-. Ese no se puede descuidar a tan poquitos días. Pero creo que llegó el momento de reforzar este músculo que puede ser aliado o traicionero: la mente.

Así que veré 300!, Gladiador, Spirit of the Marathon, las narraciones de Diana Uribe de Grecia, documentales de la batalla de Maratón y cuanta cosa motivadora me encuentre, unas cien veces más. Repito: no tengo miedo. Yo sé que voy a terminar, pero creo que entre más se acerca la fecha mejor comprende uno la dimensión de la bronca en que se metió. Ya siento ese Minotauro bufando detrás de mí.

El sábado, mientras amenazaba al profe con tirarle los tennis en la cabeza – y él se reía – y mientras las dos Marianellas se reconciliaban, me acordé de lo más importante.

Hago esto porque me gusta.

Me gustan las largas distancias.

Antes no podía. Ahora, puedo.

Y sobre todo, voy a vivir una aventura memorable. Voy a ir a un lugar que no conozco, conocer gente nueva, correr donde jamás he corrido, pisarle los talones a la historia… Y todo eso no se puede hacer llorando. Hay que armarse de actitud, como los espartanos con su famoso escudo. Y también, debo pensar en que no correré sola. Me he estado comunicando con varios corredores de México, de Estados Unidos, de España, y seguro nos veremos en la expo. Al final, somos todos iguales en esa línea de salida, y espero que en la ruta, seamos como los soldados espartanos, solidarios y generosos con quien peleaba a su lado.

Estoy segura de que esas lágrimas eran cansancio acumulado. Esto es pesado, y para alguien que no conversa sobre esto con la familia, a veces la carga emotiva es más grande. Por eso escribo. Nada, esto no fue nada. Masaje, estirar, y a empacar. A llorar en la meta, cuando vea el estadio Panathinaiko, y mi medalla, y escuche esos tambores a los lados de la pista. Transcribo, de nuevo, del libro “Maratones del mundo” :

A medida que uno se acerca a Atenas se produce un cambio brusco en el nivel de ruido, y se pasa de la relativa calma del campo a los bocinazos de los coches y el bullicio de los espectadores que animan y vitorean. Al acercarse a la línea de meta, aparecen unos niños armados con coronas hechas de ramas de olivo, que impondrán en las cabezas de los héroes inminentes. Cuando los corredores hacen su entrada en el estadio de mármol blanco para recorrer los últimos cien metros, pueden recrear mentalmente sus propias imágenes de pasadas glorias. Lo viven como un privilegio, pero cuentan, con humildad, que su gesta les resulta poca comparada con la de los soldados que participaron por primera vez en ese viaje, a través de espesos matorrales, soportando el dolor de las heridas sufridas en la batalla. Aquí, los participantes muestran sus respetos a aquellas legendarias figuras de la carrera.

Tan abrumador ha sido todo esto que ni he pensado en qué camiseta llevar, ni qué poner en mi espalda. Quedan 27 días. En el próximo post, quisiera contarles las palabras de aliento que me dio un amigo corredor argentino, que ya pasó por Atenas… y cree que yo puedo lograrlo también.

Un mes. Para toda una vida.


image1Hoy, muchos de mis amigos salen hacia Chicago a correr su maratón.

Para algunos, la primera. O la tercera. O la décima. Algunos van chineando una lesión. Otros, obsesionados con romper su marca personal. Yo los veo a todos con una ternura infinita alistar su camisa, postear sus nervios, sus ansias. ¡Tanta ilusión!

Es tan curiosa esta inocencia del corredor, sea novato o veterano,… siempre hay un brillo casi infantil en sus ojos cuando se acerca la maratón. Sé que llevan semanas haciendo su maleta, hace días han tachado ese “checklist” para asegurarse de que llevan todo: tennis, vaselina, guantes, licra, medias de compresión. Todo. Su maratón comienza desde el momento en que se cierra esa valija. No hay marcha atrás.

Y siempre habrá quién se pregunte “para qué corren otra, una es suficiente“. Por supuesto que lo es. Pero correr es un deporte que lo hace a uno valorar instantes, imágenes breves, sensaciones efímeras… a pesar de que nos tome horas llegar de la salida a la meta. Y es tan hermoso que uno  siempre se ve tentado a repetirlo. “Tal vez pueda hacerlo mejor la próxima vez”, pensamos.

Venimos de pasar meses madrugando, fondeando, comiendo bien, yendo al gimnasio, a masajes, a nadar. Semanas de cuenta regresiva aumentando el millaje, subiendo cuestas, sudando intervalos y quedándonos sin aire en un sprint. Todo eso, ¿para qué? Para un solo día. Para unas horas. La maratón es apenas una mínima porción de un día, menos de una cuarta parte de un día cualquiera… y se acabó. Ese día pasa, y se acabó. Solo a uno le importa. No es noticia, no le cambia la vida al prójimo.

Nos queda la camiseta, la medalla, el recuerdo de la emoción que cuesta tanto describir, cuando la gente grita y estás a doscientos metros de la meta. Aunque lo acompañe la novia, los papás, los hermanos, sus amigas, ese instante tan suyo… pasa rapidísimo. Uno ve hacia atrás, y reconoce que la persona que cruzó la meta es muy distinta de aquella que quedó 42 kilómetros atrás.

Para mí, ahora que veo hacia atrás, cada una de esas maratones fue una limpieza, un crecimiento personal, un alivio, un amor, un encuentro conmigo y una explosión interna de felicidad. Termino más callada, pensativa – con esa famosa “goma maratonera” -. Pero sé que he termino distinta y con una lección aprendida.

De la primera, aprendí a creer en mí. Nunca más, después de ese día, dudé de que yo soy capaz de hacer algo si me esfuerzo. De la segunda, aprendí a maravillarme y a adaptarme a las circunstancias. De la tercera, que sino le dedico el tiempo a entrenar, luego me va a doler. Y de la cuarta… que por estar viendo el Garmin, me puedo perder el paisaje.

De hoy, en un mes, correré la quinta. Si Dios lo permite.

Aunque no soy religiosa, pienso mucho en Dios cuando corro. En la salud que me dio para que yo la cuide, la conserve. En qué pensará él, cuando lo ve a uno “empunchado” dedicarle tanto tiempo al deporte, y probablemente, poco tiempo a Él. En las veces que lo llamo, porque me duele algo, porque estoy cansada, porque se me hace muy larga la carrera o porque quería seguir durmiendo en lugar de madrugar.

Esta quinta maratón es otra cosa.

Nació de un deseo de conocer cómo comenzó todo. Nació de una enorme curiosidad por la cultura griega – por cierto, que el cielo bendiga a Diana Uribe porque con su voz, me transporté y me imaginé el esplendor de Atenas -. Al conocer mejor el carácter de los atenienses y los espartanos, he ido comprendiendo que para completar esta maratón y su altimetría imposible, hay que ser como ellos, que no iban a la batalla amargados ni desprevenidos. No.

Ellos llevaban una estrategia clara, iban con valor, conocían los riesgos…. ¡pero iban felices! Sabían, como aquellos espartanos de Leónidas, que la iban a pasar mal – “Desayunen bien, porque cenaremos en el infierno” gritaba Leónidas con una sonrisa en el rostro -. Es decir: le ponían el pecho al desafío y hasta se lo tomaban con humor, cumplían con honor la tarea.

La mía no es una guerra, ni siquiera una tarea: me compliqué la vida por gusto. Escogí esta ruta, escogí esta maratón y la abrazo con una alegría muy grande. Sé que probablemente la vea “complicada” en ese ascenso de 22 kilómetros, tal vez haya muchos momentos de “ya no doy”. El viaje es largo y tedioso, y no hay millones de personas haciendo porras… pero es mi carrera. Elegí que esta fuera mi quinta y seguramente mi más difícil maratón. Y ya comencé a hacer la maleta.

No me voy quejando, ni me voy a quejar. Voy muy feliz. He entrenado mucho y muy bien. Andrés Alfaro no ha tenido dudas en decirme que yo puedo, y yo al profe le creo. Mis compañeras van fuertes y felices hacia Washington, Chicago y Nueva York. Entrenamos juntas para nuestras carreras, y esta fuerza que tomamos prestada unas de las otras, se multiplica y nos acompaña a cada una en su carrera.

Así que de hoy en un mes, a esta hora, si las cosas salen bien, habré completado esos 42 kilómetros. Una vez más, como quien muda de piel, me voy a sentir distinta, más vieja, más liviana -. ¿En cuántas horas? Esta vez no importa. El tiempo no me importa.

Allá a lo lejos, en algún momento, se verá en el horizonte Atenas, y el estadio, y ya se escucharán esos gritos que nos van a “halar” hacia la meta…

Todo está en la mente. Las piernas están listas. No tengo ladrillos para prestarle al muro. A partir de hoy, quedan treinta días para emocionar el espíritu y sacar el lado valiente de mí; olvidar lo pequeña que soy y transformar la ansiedad en determinación.

Por eso corro. Por eso corremos. Por eso no me duele levantarme temprano, comer bien y decir “no gracias, mañana entreno“.

Kimetto entrena cada día buscando bajar un segundo, medio segundo. Nosotros, los demás “perdedores”, entrenamos por vivir en horas toda la emoción que cabe en una vida.

Esa es la maratón. Una lección de horas para toda la vida.

No sé si será la última maratón que haga, pero sé que con ella se acabará este blog.

Lo que pasó en Tamarindo no se queda en Tamarindo


BIBLes voy a contar por qué este año, más que en los tres anteriores, esta carrera – sin duda la mejor del país – me marcó la vida.

Gracias a que entrené mucho mejor que otros años, y que por eso, logré terminar 10 minutos antes de lo acostumbrado – mejorar 10 minutos es un montón, ¿verdad? – pude hacer algo que casi nunca hago: quedarme a esperar en la meta a mis compañeros, y este año, al profe.

Esperándolos a ellos, que venían corriendo maratón, aprendí por qué nos enamoramos de esta carrera, a pesar de la radiación solar, la temperatura, la humedad, la dificultad y el agotamiento que aquí son implacables.

Yo hice mis 30 km – sí sí, los que había prometido no repetir – pero los hice tan feliz, con un pace constante, que se me dibujó una sonrisa que hasta hoy no se me borra. Cuando iba cerrando hacia la meta, escuché lo que sonaba como un club de fans de Chayanne: las chiquillas Lagar. Qué lindas, cómo me animaron. Pao hasta me dio una nalgada – de cariño – y con esa gasolina de ánimo y risas cerré mi carrera, deseando contarle al profe  “Vio, ¡pude bajar el tiempo!“.

1419981_10204881906157532_61966272_n

Lagartrotters + Just Training + TriZone la cosa es que todos nos esperamos a todos. Aquí antes de la llegada del teacher.

Al terminar, me fui con ellas a esperar a los que faltaban. La verdad, desde que me quedaban como 5 km y sentía el calor aumentar en el ambiente, pensé: “Señor, acompañá a mis amigos; yo por lo menos ahorita termino pero ellos hacen 42. No los dejés solos”.

Así fue como el Señor escuchó esa oración, y gracias al esfuerzo enorme que cada uno de ellos hizo, pude ver escenas que me llevo en la retina para siempre.

Empecé por ver a Lorna Solano, la dulce Lorna, tan calladita y serena, la misma que a las 4 y 30 am estaba llorando de emoción porque iba a hacer maratón.  Pero esta Lorna que iba entrando a la meta venía transformada… qué digo… ¡transfigurada! Parecía que se avecinaba una locomotora. Lorna cerraba su maratón sin lágrimas, venía tan feliz, acelerando en la curva y levantando la mano en señal de victoria… ¡épica, Lorna! Una mujer súper fuerte, que hace natación, anda en bicicleta y corre, pero que con humildad se había fijado esta meta… increíble. Uno de los cierres más emotivos que recuerde.

Luego vi que venía Catalina Soto: Catalina, mi amiga, maestra de escuela, que corre con la alegría de una niña, también entró a buen paso, con el rostro aún lleno de bloqueador solar… al verla no lo dudé y  la seguí, iba a la par corriendo y la acompañé hasta la meta, diciéndole lo carga que es; allí entró triunfal esa muchacha, todos sus amigos le aplaudían y la esperaban. ¡Uno, cuando ve a alguien querido terminar una carrera, se emociona tanto! Yo la vi cruzar la meta y llevarse las manos al rostro. Bravo, Cata. Lo lograste. ¡Y en Tamarindo!

Aún faltaba ver entrar al profe y a Milena. El profe la acompañaba en esta carrera y ya comenzamos a inquietarnos. La temperatura – unos 33 grados -, la ausencia de aquella nube que nos había perdonado el calor a los de 30 km todo sumaba preocupación. Los esperábamos y veíamos pasar los minutos, ya con algo de angustia. Si esta maratón era difícil para los que la cerraron en 4 horas, lo sería aún más para los que tardaran en llegar.

Pero cuando por fin los vimos venir, fue precioso. Todos corrimos a acompañarlos, íbamos aplaudiéndoles, diciéndoles lo valientes que habían sido. Nosotros, este grupo grande, corrió detrás de ellos, los llevamos hasta la meta y a 50 metros de entrar, increíble, los dos aceleraron y cerraron como titanes. A pesar del sol, de maltrato acumulado, de esos músculos adoloridos, entraron y se abrazaron, y nosotros los aplaudimos de lejos.

Yo como buena llorona alguito de lágrimas solté (tal vez no muchas, porque ya había sudado toda el agua posible), y mientras caminaba para ir a cambiarme empecé a ver más gente, más maratonistas. El sol que nos castigaba a esa hora, quemándonos la espalda, me recordaba que ellos, los maratonistas de Tamarindo, eran más que espartanos, más que valientes. Me detuve cuando vi una familia fotografiarse todos juntos, alrededor de su corredor. Metiche que soy, no lo pude evitar.

- “Hey, muchacho, ¿usted hizo maratón?”

- “Sí…

- “¿Usted tiene idea de lo que acaba de hacer? ¡Usted es un grande!”

nosotros

Aquí yo de metiche con el maratonista de la gran sonrisa… Leonardo Esquivel. Es como para hacerle un monumento. ¡Bravissimo!

La familia le tomaba fotos; viendo el cuadro completo comprendí que el papá, el de la bici, le había dado agua en el recorrido, que la esposa y los otros que llevaban medalla al pecho, también habían corrido… una familia reunida alrededor de él, que con esa sonrisa triunfal no parecía que acabara de padecer 42 kilómetros.

Terminamos tomándonos esta foto juntos, y no me canso de decirle: Leonardo, ¡qué grande! Su doping fue su familia. Es ese apoyo, ese amor, lo que lo trajo hasta la meta. Si usted corrió esta maratón, no hay nada que no pueda lograr. Todo es posible. ¡Sépalo!

Finalmente recordé mis pequeños 10 minutos de diferencia. Le conté al profe, que ya estaba recuperándose. Ya habíamos llorado todos, ya nos habíamos abrazado y aún así me felicitó y se alegró conmigo.

Yo me alegro más por tanta valentía que vi que por mis 10 pequeños minutos. Al final, sí, esta humedad y este esfuerzo en ruta columpiada me sirven de enorme base para mi maratón, pero lo saben ustedes que corren: lo que hay que entrenar más es la cabeza, el espíritu, la mente, y yo me llevo la imagen de tantos valientes, que dudo de que haya cansancio que me pueda quitar las ganas de imitarlos, de ser un poquito como Milena, como el profe, como Lorna, como Cata, como Leonardo. Honor para ellos, y toda mi admiración. Su hazaña no se queda en Tamarindo, me la llevo conmigo.

 

San José, Madrid, Barcelona, Tamarindo: ¡a correr, donde sea!


Lo que uno nunca calcula, a 60 días de la maratón, es tener que salir una semana de viaje. Casi una semana en España – cosa que a nadie le puede parecer feo, creo yo – pero por supuesto, viajar por trabajo es distinto.

Esta vez supe que aparte de la computadora y la ropa de trabajo, tenía que empacar la ropa y los zapatos de correr. Si martes, jueves y sábado iba a estar sin el profe y las chiquillas, eso no podía detenerme. A estas alturas, no se puede frenar el entrenamiento, y la verdad es que para la voluntad es un reto. Sé que muchas veces el trabajo no nos deja entrenar, pero otras veces, es la excusa perfecta. Yo no quería eso. Si había que levantarse más temprano, como lo hago en San José, pues lo haría en otro lado también.

Pero la aventura de “no dejar de correr” comenzó desde el día que volábamos. Era sábado. Si el vuelo salía a las 5 p.m y el fondo lo hacíamos a las 5 am… ¡nada! ¿Cuál excusa podía poner? Dejar la maleta casi lista el viernes, eso era todo. Y por supuesto, no cerrarla hasta que, al regreso, pudiera guardar los tennis.

Así que no me costó mucho dormirme en ese vuelo de ida, con el sabor del cansancio de mis 21 km de la mañana. Ahora, ¿me lograría despertar el martes?

photo

Yo (izquierda, abajo, de amarillo), los Drinking Runners y la luna que se coló en ese martes 10 de setiembre.

No solo sí me desperté, sino que gracias a mi colega, también corredor, Luis Arribas, pude llegar al Parque Juan Carlos I a correr con los Drinking Runners. Luis pasó por mí, y me llevó al Parque. Sí, leyeron bien el nombre del grupo: Drinking Runners. Búsquenlos así en Facebook y Twitter. Ellos son de esos amigos que hacés en redes, y bueno, con ese nombre, ¡cómo no seguirlos! Con ellos quedé para martes, sabiendo que no son tan drinking, pero sí muy runners. Lo que les sobra es sentido del humor.

Allá a las 6 am es de noche, ¡muy noche! Tanto así que los Drinking corren con focos en la cabeza, y entonces me sentí parte de un enjambre de luciérnagas que subían y bajaban por el perfil del parque, que al igual que Madrid, era columpiado… era “terreno variado”.

Me dejaron sin aire y bastante rezagada – ¡qué rápidos son! – pero tres de ellos me acompañaron y así resistí la carrera matutina. Comenzó a salir el sol, pero casi todo el rato nos vigiló una luna enorme, gorda y brillante.

Entre los Drinking Runners estaba mi amigo el Dr. Carlos Mascías – con quien compartí en la maratón de Nueva York los “kilómetros contra el cáncer”- y también muchas caras nuevas; pocas, pero muy rápidas muchachas, que ahí nos ven, todos juntos compartimos en la foto y me obsequiaron con un pastelito al final del entrenamiento.

“Estás loca, ¿corriste con desconocidos?” me decía Ana, mi compañera de trabajo. Y yo ¿cómo le explico a Ana que los corredores somos amigos, en cuanto nos conocemos y corremos juntos? Ese momento de verlos allí, en el Parque, correr con ellos, a quienes solo leo y veo en sus fotos de carreras y maratones,… para mí, fue hermoso. Confirmaba la afinidad que siento con ellos, a 140 caracteres de distancia.

Y fue bastante vacilón llegar luego a la conferencia, sabiendo que había entrenado, como si nada, que había cumplido conmigo misma.

La próxima ocasión fue el jueves: ojo, que el miércoles había sido una noche llena de emociones. Esa noche recibimos un premio para nuestras revistas – ¡a menos de un año de circulación, en España, premiaban nuestro trabajo, y había que celebrarlo! -. La emoción y la alegría me quitaron el sueño. Pude dormir hasta las 4 am, y aún así, me dije “poné el reloj, vas a ver que sí podés correr mañana”.

Y puse el reloj. Todavía me pregunto cómo este cuerpo se levantó, y corrió allí, por el hotel, por la fuente de Neptuno, Atocha y esas largas calles de Madrid. Iba encantada, porque seguía feliz por el premio, iba oyendo música y ni cuenta me di de que iba como “cuesta abajo” – con razón iba tan rápido – . Al regreso sí lo sentí.

Al entrar al hotel, el botones me dio una botellita de agua, y así de feliz llegué a mi cuarto, pensando “no fallé”. Pude correr.

La historia cambia para el sábado, porque amanecí en Barcelona, y el jet lag y el cansancio acumulado me pegaron las cobijas como hace rato no me pasaba. “Hoy era el fondo largo”, pensé. Me molesté un poco al despertar y ver que ya era tarde, y pensé “Bueno, nada qué hacer. Mañana es domingo y mi avión se va a las 11 am”.

Sin embargo, otro buen amigo vino en mi auxilio y nunca le voy a terminar de agradecer que gracias a él, no solamente sí pude hacer el fondo que tenía que hacer, sino que conocí un buen tramo de Barcelona que probablemente, si no hubiera salido a correr con él, no hubiera visto.

Se trata de Juan Carlos Antón, también mi amigo por twitter, y con quien no logré coincidir en París. No logramos vernos en esa maratón, en abril, pero al saber de este viaje, de inmediato le conté que estaría en Barcelona. Y cuando menos esperaba, justo el sábado en la noche, me envió un mensaje para ver si corríamos domingo en la mañana.

Eso sí me sonaba complicado, porque para estar a las 8 y media en el aeropuerto tendría que levantarme aún más temprano, tener todo listo… pero ¿por qué no?

“Nos vemos a las 6”, le contesté.

image002¡Qué alegría conocer a Juan Carlos! Corrimos muertos de risa, diciendo “¡no puedo creerlo!”. Era como correr con un amigo con quien te has enviado cartas pero que no conocés, y bueno, conversando y conversando, corriendo y conversando, logramos hacer 15 kms con lo cual no solo pude conocer a mi amigo, conocer la hermosa ruta de la playa, conocer Barceloneta, sino que también pude fantasear con – tal vez – correr maratón allí, en Barcelona. Este mapa fue nuestro recorrido.

¡Por supuesto que se hacen amigos corriendo!

Nos despedimos, me alisté en minutos, y ya bañada y con el cansancio del entrenamiento, me fui hacia el Aeropuerto.

Creo que cuando empaqué los tennis y la ropa deportiva, jamás imaginé que iba a disfrutar tanto esta aventura de correr en otro sitio, con personas nuevas, rutas diferentes…

Pero correr es correr en todo lado. Por eso me alegra haber seguido entrenando, aunque fuera lejos.

Regreso, y me encuentro a mi profe re motivado para su maratón en Tamarindo – yo les dije, es un Leónidas – y todas mis compañeras y yo, motivadas también para nuestras distancias en esa, la carrera más húmeda, con la temperatura más desafiante.

En 2013 había pensado “Si vuelvo a Tama, mejor solo hago 21”. Pero con el profe no se vale retroceder. Alfaro siempre va por el máximo esfuerzo. Con él no se puede decir que no se puede.

Tamarindo tendrá condiciones de humedad similares a las que encontraré en Atenas, así que si estaba ilusionada con entrenar en Madrid o Barcelona, lo estoy aún más por completar esta prueba en Tamarindo: mi mejor ensayo a 50 días de la Maratón de Atenas.

Lo cierto es que, a la par de los tacones, siempre hay un espacio para los tennis. ¡Siempre!

Destrozando mis muros. Uno por uno.


Aquí con el responsable de enseñarme a romper muros, el entrenador Andrés Alfaro. (La cara de malo es porque yo le dije que hiciera cara de malo).

Aquí con el responsable de enseñarme a romper muros, el entrenador Andrés Alfaro. (La cara de malo es porque yo le dije que hiciera cara de malo).

Normalmente hablamos de “muro” al referirnos a ese momento de la maratón en que ni el cuerpo ni la cabeza pueden más; el momento crucial en que el glucógeno se agota, algo nos desespera y sentimos que ya esto no se puede acabar. No se puede más. Ni un paso más.

Algunas personas ni lo sienten, otros recuerdan haber topado con él y vencerlo a pura cabeza, o caer de rodillas a sus pies por un calambre, un dolor. Topás con él de frente y el kilómetro 42 parece inalcanzable.

Pues bien, en el entrenamiento hacia esta maratón he topado con varios muros que me han puesto a prueba; hasta el día de hoy puedo decir que los derribé, los traspasé. Y no son poca cosa. No sé si me toparé otro, el mío propio, en Atenas, después del kilómetro 35, pero quise hablar de estos muros porque sé que son comunes, y muchos corredores me van a entender o puede que al contárselos les sirva para que cuando se los topen, no les tengan miedo.

1. No perderse los entrenamientos. No puedo mentir, sí me he perdido un par entre semana en este mes. Uno por trabajo, otro por agotamiento – sencillamente mi cuerpo no se despegaba de la cama -. Pero los demás días, los he ido tachando en mi calendario. Voy a correr, y pongo la marquita. Hacer la tarea. Ir al gimnasio. No faltar a los fondos de los sábados. En este caso el muro se llamaba “estoy muy ocupada y no tengo todo el tiempo del mundo para correr“. Derribado. Sí tengo tiempo. Puedo hacer el tiempo. Tengo que ir los martes y los jueves, hacer la tarea sola o acompañada los lunes. La satisfacción de no faltar es enorme – y la culpa cuando falté, fue más grande todavía -. Sé que no tengo niños ni familia qué atender en casa y eso hace que mi tiempo sea absolutamente mío; así que cuando veo a mis amigos y amigas que con tantas obligaciones siguen entrenando puntualmente, me pregunto: Nela ¿cuál es tu excusa? Ninguna. Poner la alarma, alistarse, correr. Hágalo callada.

2. Me volví a cambiar de casa – siempre escojo el peor momento – pero lo hice. De nuevo, la mudanza pudo haber sido un muro – “estoy tan cansada de subir y bajar cajas”, “tengo que hacer esto primero, luego corro“. No. No hubo tal. Me animo a decir que la subidera de gradas al tercer piso me puso fuertes las piernas y estoy corriendo mejor. ¡Quién sabe! Claro, a veces terminaba agotada del trabajo, la mudanza y el entrenamiento. Pero sí pude hacer las tres cosas. Sí se puede. Otro muro al suelo.

3. La melancolía. Situaciones personales, gente que decepciona, sorpresas desagradables. Como que se le desinfla una llanta al ánimo. Tal vez fue el muro más difícil, porque cuando uno está contento corre mejor, y yo estaba muy contenta hasta que algo pasó. Lo que jamás me esperé fue que el remedio de correr me ayudara tanto. No importa quién le falle a uno, ¡yo no me fallo a mí! Y ahí entra el mejor motivador del mundo: el profesor. Andrés es un hombre de pocas palabras, pero tiene una manera sutil para motivarlo a uno. Él sabe a qué me refiero, no tiene que decir dos veces que “uno puede”, para que uno sienta como una obligación de cumplirle. Y gracias a que me dijo “Ah no Nela, ¡ahora póngale con más ganas!” descubrí que no hay tristeza que yo no pueda aplastar cuando entreno con el grupo, por 15, 20 o más kilómetros. A eso le sumo haberme topado con doña Viky – pronto les cuento su historia completa -, quien a sus 79 años me contó que desde hace 10 dejó las pastillas antidepresivas y las cambió por tennis. Ese muro de tristeza y decepción, puedo decir que lo despedacé a patadas. Hecho polvo. Ya no existe.

4. Dolor y esfuerzo. Muchas veces he dicho que no soy rápida, pero fuerte sí. El no perderme los entrenamientos, descubrir mi fortaleza interna corriendo y demostrarme a mí misma que sí puedo con todo – trabajo, deporte y mudanza – me dio un empuje que me ha ayudado a mejorar mi manera de correr. No puedo decir que pasé de un pace de 6:45 a uno de 5, pero… ¿a uno de 6:14 en un fondo de 30 km? ¡Eso sí pude! Andrés siempre nos dice que hay que pasar el umbral del dolor. Una vez, al final de un fondo, me dijo: “Diay la veo muy fresca… pareciera que puede correr unos 2 km más“. Me lo dijo en broma, pero la verdad era que sí… yo me había ahorrado fuerzas. Y ese día regresé a la casa pensando “pucha, la próxima vez tengo que terminar hasta que quede fundida“. Y me lo cumplí.

TURRUEste sábado hicimos un fondo de 30 km; de Heredia hacia Turrúcares. Pude haber hecho 21, porque haremos 30 en Tamarindo, pero yo estoy pensando en Atenas. Quiero acumular millaje. Le dije al profe: “mi mejor tiempo en 30 km lo hice en Roma en 2013″ – esa vez, el split de los 30 marcó 3 horas 17 min.-. Y le anuncié a Andrés algo que jamás me he animado a decirle a un entrenador: “Profe, la idea el sábado es igualarlo o mejorarlo”.

Bajo un sol fuerte, con un paso controlado y mejorado, de menos a más, terminé este sábado mis 30 km en 3 horas 7 minutos. Mejor que en Roma, mejor que en Tamarindo. ¡Mejor que nunca!

Cuando me faltaban como 3 kilómetros vi el Garmin, hice cuentas y sentí una alegría enorme. Me dije: “lo vas a hacer… ¡vas a mejorar el tiempo!“. Me imaginé la cara de sorpresa del profe, porque en lugar de venir más despacio, cerré fuerte esos últimos metros. ¡Diez minutos menos! Me sentí tan satisfecha. ¡Me sentí orgullosa de mí!  De regreso a la casa, venía como soñando despierta, asimilando lo bien que lo hice, y cuando empecé a subir las gradas – otra vez, hacia el tercer piso pero sin cajas – empecé a llorar.

Porque madrugar, entrenar, tragarme la tristeza y convertirla en fuerza, no poner excusas, correr contenta y sin quejarme de dolor, ¡todo ha valido la pena!

Hice 30 km en 3 horas 7 minutos. No es una marca mundial. Es mi marca personal.

¡Si uno tuviera la medalla que merece en fondos como ese, la mía sería grandota, pesada y colorida!

“All walls have doors” decía aquel rótulo en Central Park. Mi muro mental era “no soy rápida, me duelen las piernas, estoy triste, no tengo tiempo, es muy difícil mejorar”. AL SUELO LOS MUROS. “All walls have doors“. Y si no tienen puertas, destrócelos.

Esto es lo que hace que entrenar para maratón valga la pena.

Faltan 70 días para que corra mi quinta maratón en Atenas. Puedo decir sin miedo a equivocarme que llevo bien entrenadas las piernas, pero sobre todo la cabeza. No quiere decir que no aparecerán más muros, pero ya sé que sí puedo romperlos.

Este post lo escribo recordando una frase que leí en Facebook: “el rival más fuerte está en tu cabeza“. Probablemente ese rival es el que anda levantando muros, con los ladrillos de excusas que andamos dejando tiradas.

De mi parte, no más ladrillos.

A veces hay que pensarlo dos veces antes de decir “no puedo porque es difícil” o “no puedo porque me duele”, “no tengo ganas” o “no puedo porque estoy ocupado”.

Gracias Andrés Alfaro, con usted ha sido un gusto compartir la alegría, y también la tristeza o la frustración, porque me han servido de combustible. Gracias por ser como Leónidas, y enseñarme a ser valiente como esos 300 espartanos que se enfrentaron a los persas. ¡Ya casi se ve el Partenón!

Atenas, vista y vivida por un griego.


10608911_10152324858257643_1254412215_nHay miles de escenas y momentos que puedo imaginar de la maratón de Atenas. Pero solamente quien la ha vivido puede contarlo con tanta propiedad. Como lo hice antes con París, recurrí a un amigo que encontré en twitter – ¡bendito twitter! – para que me narrara la verdad sobre esta maratón. Porque sobre Atenas, muchachos, no hay mucha información, pero sí muchos mitos… ¡y esta imaginación volátil, la mía!

Sé que hay algunos ticos, muy poquitos, que han corrido esta maratón. Pero me gustó también tener el punto de vista de uno de ellos, un griego, que miren nada más la cara que llevaba al llegar al estadio… Wow. Eso es a lo que uno aspira. ¿Cuánto vivió antes de esa sonrisa?

Los dejo con el relato / entrevista de Panagiotis Balokas. A ver si a ustedes, como a mí, se les eriza la piel imaginando esta carrera, épica, valiente e histórica.

Primero, contame algo acerca de ustedes, los griegos. 

Los griegos somos personas muy cálidas. Ciertamente la crisis financiera nos pone muchos problemas en la cabeza, pero aún así, somos buenos anfitriones. Hay miles de cosas que ver en Atenas, y dudo que tengas tiempo de verlo todo antes o después de la carrera. ¡Mucha caminata! La gente joven habla inglés, así que les puedes pedir direcciones fácilmente.

¿Qué tan empapados y orgullosos están los atenienses de la historia de la Batalla de Maratón, y cómo esa batalla dio origen a todas las maratones alrededor del mundo?

No solo los atenienses, los griegos en general saben mucho sobre la Batalla, en 490 a.C. Fue una de las más grandes batallas contra los persas, una de las más grandes batallas de las Termópilas. – ¿Viste la película “300“? -. Fue un periodo muy vibrante para Atenas como ciudad. Pero hay muchos malentendidos acerca de Filípides y su historia,  y a veces ni los mismos griegos los saben. Por ejemplo, la gente cree que Filípides murió de fatiga luego de correr de Maratón a Atenas, al anunciar la victoria sobre los persas. ¡Y no fue así! De hecho hizo algo mucho más admirable.

Cuando los persas se acercaban a Atenas, el general Milcíades envió a Filípides a Esparta para pedir ayuda: la distancia es de 246 km, y la recorrió en dos días. Hoy, en memoria de Filípides hay una carrera famosa mundialmente, llamada “Spartathlon“.  Es una de las carreras más duras del mundo, que sale del Acrópolis de Atenas, y termina en Esparta. Pero hay más. Cuando Filípides llegó a pedir ayuda, los espartanos estaban en medio de una fiesta religiosa y no la podían detener porque esto enojaría a los dioses. Así que Filípides regresó a Atenas con las manos vacías… sí! Recorrió de nuevo los 246 km. Casi 500 km en apenas días. Creo que hasta el día de hoy, solo dos corredores han repetido esta hazaña: Yiannis Kouros, una leyenda entre los “ultra” maratonistas, que ha roto al menos 160 récords; y Maria Polyzou, la más famosa corredora de todos los tiempos. En fin, sí hubo un corredor que trajo el mensaje de victoria a Atenas, y sí, probablemente murió luego de gritar “Nenikikamen“, que significa “Hemos ganado” en griego antiguo. Pero no fue Filípides…

¿Por qué te inscribiste en esta maratón, sabiendo de las cuestas que tiene?

Bueno, la verdad es que… ¡yo no sabía de las cuestas! A ver, te voy a contar cómo fue que comencé a correr y terminé inscrito en la Maratón de Atenas.

En el verano de 2012 vi un anuncio de una carrera de 12 km que Nike organizaba. Me dije “¿por qué no?”. Comencé a entrenar, corrí, me gustó, y así me picó el “gusanito” por correr. En noviembre del mismo año era la maratón, pero había distancias de 5 y 10 km. Le dije a un compañero de la oficina que corriéramos 10, pero me dijo “lo siento, es que voy a correr los 42. ¡Eso me dejó abrumado! Para mí una maratón no era lo que la gente “ordinaria” hacía. Igual me inscribí en 10, y al terminar me fui a apoyar a mi amigo Themis, y pude ver a otros corredores. En ese momento sucedió algo increíble, vi a un atleta con discapacidad y sí, claro que se veía cansado, pero se veía tan contento… Fue una experiencia increíble. Casi lloré, y me prometí correr la maratón. Pensé: “si él puede, yo puedo”, y me lo dije con toda la admiración por ese atleta.

Me inscribí para el 2013 y no fue sino hasta dos meses antes que supe de los ascensos. Con mis amigos, manejamos por la ruta de la maratón y me di cuenta que de verdad estaba loco. Yo no entrené con un entrenador, lo hice solo. Hay que entrenar cuestas para esta carrera, y yo no lo hice. Sin embargo, creo que siguiendo un programa de maratón, uno llega a la meta. Los últimos kilómetros se recorren con el corazón.

¿Cómo es el clima en noviembre en Atenas?

El clima en Noviembre en Atenas es el típico de otoño: impredecible. Puede ser tan bajo como 10ºC, o tan alto como 25ºC. Pero de seguro, no es frío. La humedad es el problema. En 2013 cuando corrí esta maratón, tuvimos 23 grados y mucha humedad. Condiciones difíciles para correr… El favorito de los élite masculino se retiró en el kilómetro 15, por deshidratación. La famosa Paula Radcliffe también se retiró en el 2004 por la misma razón. Tienes que tomar mucha agua, y reponer electrolitos en esas condiciones, y cuidar mucho tus pies porque hay alta probabilidad de ampollas en este clima. Yo tuve ampollas desde el kilómetro 18. Cometí varios errores – era mi primera maratón- pero ya aprendí de ellos.

Ya me asustaste con la ruta. Describímela por favor.

Creo que se puede dividir la ruta en tres partes: la primera, hasta los 10 km. Es totalmente plana y es un buen calentamiento para el resto de la carrera. Hay que tener cuidado de no ir muy rápido por la adrenalina, porque esa ansiedad luego se paga caro. La segunda parte es de los 10 a los 32 km. Para mí, esa es la carrera: es una elevación contínua, aún con una bajadita a los 15, hay muchos giros y no mucho público para animarte. Tus piernas se cansan y tu mente también se rinde. Durante estos 22 km puede que cometas errores que lamentarás después, o puede que termines fuerte la carrera. La última parte, de los 32 a los 42, es la más sencilla para las piernas y la cabeza. Desde el km 28 comienzas a entrar a los límites de Atenas. Y ahí comienza la fiesta. Público, música, amigos que te esperan… todo se hace más fácil, creo yo. Ya la ruta se convierte en un suave descenso. Si guardaste energía antes, este es el momento para acelerar.

20x30-ACMW0564Contame lo más emocionante de la carrera.

Hubo momentos que aún me erizan la piel… Primero, en esas aburridísimas cuestas, vi a una señora de 75 años, en silla de ruedas, animándonos a todos… ahí, en el medio de la nada, nos gritaba “bien hecho”…! Luego en el km 30, encontré a mis amigos y mi familia que me estaban esperando…Fue un sentimiento increíble luego de esas cuestas. Ellos te dan fuerza para seguir.

A lo largo de la ruta hay muchas bandas, tocando música. De verdad se te para el pelo cuando escuchas los tambores, suenan como tambores de guerra. Usualmente están por debajo de los puentes… así que el sonido es impresionante!

Pero nada se compara a llegar al estadio Panathinaiko. Los últimos dos kilómetros son una fiesta. Música, miles de personas gritando y la vista del estadio… puedes oír al público! ¿Sabías que este estadio lo construyeron en 338 antes de Cristo? Es una experiencia única en la vida. Ninguna otra maratón te da la sensación que tienes aquí, de terminar en un estadio construido hace miles de años. Al entrar al estadio se te olvidan las ampollas, el dolor, el sufrimiento. Yo sonreía, la estaba pasando como nunca en la vida.  Y luego, en unos cuantos metros, luego de cruzar la meta, las emociones se me desbordaron y estallé en lágrimas… de alegría.

Tal vez lo viví así de intensamente por ser mi primera maratón. ¡Nunca se olvida la primera maratón! Claro que no es Boston, ni Berlin. Es empinada, y en ciertos tramos sientes que estás en el medio de la nada. ¡Ni siquiera es elegible la ruta para establecer récords!  Por eso los corredores famosos no vienen. ¡Pero aquí es donde todo comenzó! Creo que todo corredor que ame la maratón debe correr una vez aquí.

Panagiotis 

Y a vos, ¿quién te espera?


Parte de lo que me gusta de este deporte es todo lo que uno ve en la meta. Y se me parece mucho, guardando las distancias, a ese argumento con que inicia la película “Love actually”, explicando que en los aeropuertos, tantas despedidas y bienvenidas son la prueba de que sí existe el amor.

En la meta, para quien sea buen observador, hay tanto amor que hasta los que no tenemos quién nos espere, nos sentimos motivados.

Escribo sabiendo que esto no lo leerán mis papás, ni mi hermana o mis sobrinos. Nunca leen el blog. Yo igual sé que si lo leyeran, no se molestarían, porque ya hemos hablado de esto.

A veces les pregunto por qué no van a las carreras, pero ya dejé de preguntar. Cuatro años después, pienso que debe ser medio aburrido levantarse temprano un domingo a esperar a alguien que “otra vez hizo una carrera de esas”.

Lo que sé es que en la meta veo escenas lindísimas. Hace una semana, mi amiga Waleska tuvo, antes que la medalla, el abrazo y el beso de su esposo y su bebé. A otros corredores los reciben sus papás. Los novios, los esposos, los hermanos. He visto chiquitos esperar a sus papás y a sus mamás con esa mirada de “ahí viene mi héroe”. Bueno, ¡he visto a los Elizondo Vincenzi, que corren juntos! Liris espera a Memo, o corren juntos. O juntos , esperan a sus hijas que van corriendo, y les dan bolsitas de Gatorade en el camino.

Es chivísima ver a tus compañeros de grupo en la meta. Muchas veces, de no ser por esos gritos, uno no llegaría. Da como una chispita final antes de acabar la ruta.

Como nunca hay alguien esperándome solo a mí en la meta, soy super agradecida con la gente que me dice algo de camino. A veces escucho “Nelitaaaaaa”… y yo algo contesto, ¡algo digo! Aunque no conozca, igual regreso la cortesía. Le doy las gracias a los del tránsito, que cierran las calles. La gente que aplaude y dice algo lindo. Ellos no son nada de uno, ¡cómo no agradecer!

En las maratones es diferente. La línea de meta suele estar repleta de gente, a uno lo van sacando “ligerito” para que no haga bulto, y entre 40 o 50 mil personas, es casi, casi imposible que alguien te diga “ahí te espero” y te dé un buen apretón.

Ahora que digo apretón… ¡Un abrazo en la meta vale por tres!

Sudados. Chorreados de hidratante. Hediondillos – no todos ni siempre, bueno, depende la distancia o el clima -. ¡Si a uno lo abrazan en esas condiciones, de verdad hay amor!

Lancé la pregunta en twitter “Corredores: ¿quién los espera en la meta?” y creo que una de las respuestas más lindas me la dio Tomás Restrepo: “Siempre me esperan mis papás. No se pierden una carrera. Es un sentimiento de agradecimiento enorme. Es la confirmación que siempre van a estar ahí para uno, y eso no tiene precio.”

Muchos me dijeron: “Nadie”. Otros: “Me espera en la meta la sensación de realización”.

Correr es una experiencia personal, que se vive en un contexto masivo. No importa si uno es un puntito en ese cardumen que llena las calles un domingo en la mañana, y va rodeado de cientos de personas. ¡Uno va ahí solito! A ratos te jala alguien, pero ¡ahí vas! Todo valiente. Solo vos sabés qué dolor sentís, qué te lleva agobiado, qué te pasa por la cabeza.

Por eso mismo, que alguien que no corre también se levante temprano, vaya, te espere, se pregunte “por qué durará tanto”, te dé agua de camino, te diga algo vacilón para animarte o sencillamente te espere como si fueras Gebreselaisse en la meta… ufff! Eso… eso vale un mundo.

A los que tienen quién los espere: ¡disfrútenlo! Qué dichosos. No se acostumbren. Digan “gracias por venir”. Digales lo chiva que es sentirse único en medio de ese montón de corredores. Tomás dice que sí, que en cierta forma uno corre con un poco más de ganas porque sabe que le esperan. Yo le creo.

A los que esperan a sus corredores de la familia en la meta: qué lindo. Sobre todo porque no esperan al campeón, al del primer lugar, ni segundo… ni tercero. ¡Esperan a la persona, no al número! Esperan a alguien que quieren para decirle, con un abrazo, que entrenar sí vale la pena. Que la disciplina importa. Que no están tan locos por “la corredera”. O bueno, que aunque lo estén, hay quién les abrace en ese sudor y locura, sin cuestionarles por qué lo hacen.

A los que sin ser mi familia me han esperado, como Majo, gracias. Majo, ¡sos la mejor del planeta y de la galaxia! Jamás olvidaré que me buscaste en medio Central Park, según vos fijándote quién andaba las tennis azules… ¡Y me esperaste! Qué gata. 2 millones de personas en las calles y nos encontramos.

A los que nunca han ido a abrazar un hijo, un hermano, un “compa”… sorpréndanlo. Ese rostro, ese encuentro no se va a olvidar nunca. Dice tanto ese gesto de esperar. ¡Lo dice todo! Nunca subestime el poder de un abrazo en la meta y la cara de sorpresa de quien viene rendido, sin fuerzas.

A los que no tenemos quién nos espere… ¡Pues nada! Si vemos a alguien llorando de felicidad solito porque lo logró… ¡venga el abrazo! ¿Quién entiende mejor a un corredor, que otro corredor?

Ojalá a pesar del cansancio y la fatiga de la carrera, la próxima vez podás ver alrededor todo eso que sucede en la meta. Es lindo. Sea o no para uno, es sublime ver los gestos de cariño que provoca el deporte. Te dejo las fotos de Mauricio Ureña, los abrazos y las muestras de apoyo que uno jamás olvida. Son mucho mejores que una medalla, o un récord. Dicen que sabe a gloria.

20140721-044650.jpg

Acercándome a Atenas desde San José


¿Cómo va a ir uno a correr tan lejos y no entender por qué?

(Eso digo yo.)

Si uno va a ir a gastarse la vida en 42 km, debería saber por qué ahí. O tener buenos motivos.

La maratón de Atenas, en Grecia, aparte de ser la ruta original, es una maratón poco conocida. Menos de 10 mil corredores. Ruta complicada. Nada de planos bonitos ni público alegre. No. Es enfrentarse a ese paisaje que recorrieron los griegos, cuando tenían que alertar a su gente en Atenas de que los persas, vencidos en Maratón, iban hacia su ciudad tomando un atajo, con sus barcos.

Yo pensaba que muchos maratonistas o corredores conocían la historia de la maratón, que sabían de un tal Filípides, pero poco a poco me he dado cuenta de que no es tan común que se conozca el por qué de los 42 km y todo lo que provocó esa distancia.

Y bueno. Para eso están los libros, la historia, y los expertos.

imageSe me ocurrió que antes de irme, por cultura general, y por qué no, como motivación extra para la carrera, podría pedirle a la gente de Nueva Acrópolis que me ayudaran a tener la información histórica necesaria para entender el contexto de Grecia, de las guerras médicas, de la batalla de Maratón y por supuesto, de la figura del famoso y misterioso Filípides.

¡No pude haber elegido mejor fuente!

Para los que no los conocen, Nueva Acrópolis es una asociación cultural que se dedica al estudio y la difusión de la filosofía clásica. Una maravilla. Están en muchos países, y en Costa Rica, hace 20 años, han dejado huella. Si no han ido a sus cursos, seguramente los habrán visto en diciembre, haciendo un enorme donativo a la Teletón. Son gente joven que retoma todo ese legado de los grandes nombres de la historia de la filosofía, y los repasa, y los pone en contexto.

Cuando les escribí les conté que quería aprender sobre Grecia y la maratón, y que si me darían una clasecita, me dijeron que sí, que con gusto. ¡Vaya clase!

Marianela Castro Nieto preparó una completísima clase que se me fue volando. Mapas, videos, batallas. Atenas. Troya. Creta. Guerras. ¡Y yo en tennis, deseando salir espantada a correr a la par del ejército griego a ver en qué ayudaba!

No solamente me sirvió para comprender la dimensión histórica de este deporte, sino para apuntar cosas que quiero ver, que quiero preguntar allá en Atenas. Por ejemplo: si la batalla de Maratón fue el 12 de set. del 490 a.C., ¿por qué entonces la maratón de Atenas la hacen en noviembre? Sería épico correr el mismo día.

 ¿Corrió Filípides una “ultra” de 240 km antes de la famosa carrerota de 42, cuando fue a pedir ayuda a Esparta?

¿Por qué nunca mencionamos que aparte de que él iba como alma que lleva el diablo hacia Atenas… detrás suyo también iba TODO el ejército griego? ¡Imagínense la clase de condición física, ganarle en batalla a los persas, forzarlos a la huida, y luego… apúrele, porque hay que ir a avisar a la casa que van para allá!

Adjunto la altimetría de la Maratón de Atenas. La original. (comienza de der. a izq.)

ALTIMETRIA

Como podrán ver, por semejantes ascensos, uno no va a ponerse “gallito” a decir que va a ir a hacer equis tiempo, pero lo que sí sé es que aunque no haya multitudes ni edificios impresionantes como en Nueva York, o una Torre Eiffel coqueta saludando a la izquierda, sino un camino medio solitario hacia Atenas, sí iré muy inspirada en esa valentía y esa pasión de los guerreros que una vez corrieron sin tennis, sin hidratante, sin geles, sin Garmin, por ese trayecto.

Por cierto. Filípides, presumen algunos historiadores, podría haber  completado en 2 horas los 42 km.

¡Qué grande!

Follow

Get every new post delivered to your Inbox.

Join 23,988 other followers