“Cursilerías” de corredor


“¿Para qué hace una despedida antes q a volver?”

La pregunta le choca a uno, que corre. Pero la verdad tiene su lógica para el resto de la gente.

Las despedidas antes de una carrera son importantes para los que van a correr fuera del país. Y cuando uno corre aquí, pues tal vez no es “despedida” pero sí es la cena de pastas, una reunión bien linda con la familia y los compañeros del grupo. Algo para verse antes del reto, y animar al corredor.

“Qué es, ¿que se va y no va a volver?”

Sostengo que la persona que comienza la maratón, no es la misma que termina. Así que técnicamente podría haber contestado “Correcto. Yo, así como soy ahora, no vuelvo nunca más. Regreso nueva”

Las despedidas son apenas uno de esos pequeños ceremoniales, mañas, gestos o rituales de los que corremos. Probablemente, visto desde afuera, sea algo “cursi”, innecesario, exagerado. ¡Ay, ay! ¡Qué importancia se dan! ¡Si van a pasear, y eso qué!

Iba a escribir un post acerca de algo que no es cursi – la comida – pero preferí dejar ese delicioso tema para más adelante, y ahondar en esas cosas “cursis” que hacemos los que corremos, de manera que resultamos más molestos para el prójimo, o bien, más emotivos, entre compañeros. A ver, si se me olvida alguno, me lo recuerdan porfa.

“Cursilerías” del corredor

Poner su nombre o apodo en la camisa. La bandera, el diminutivo, una frase inspiradora,… ¿para qué? Sí, normalmente diría que es para que la gente que está a los lados del recorrido de la maratón pueda decir “Ánimo, Luis” o “Good job, Patri“. Uno sabe que esa persona no tiene ni idea de quién carambas es uno, pero si se corre lejos de amigos y familia, ese es un gesto que se agradece profundamente.

Llevar la bandera de Costa Rica. “Seas tan bañazo, ni que fueras César Lizano”. No, no lo soy, ¡ya quisiera uno ser semejante atleta! Llevar la bandera, sacarla en la meta o imprimirla en la camisa no es para “sentirnos representantes del país“, ¡pena me daría que mi tiempo final se le atribuya a mi país! ¡Ni soñar con podio! ¿Yo? Jaja.  Más bien llevamos la bandera para que sepan que uno se siente super orgulloso de dónde vino, y que entrenó en el país más lindo del mundo. ¿Cierto, o no? Y cuando en medio de la carrera alguien grita “Costa Ricaaaaaaa”…. ¡uh! Ni le cuento el empujón de contentera que es eso.

Medallitas. Rosarios. Estampitas. Escapularios. No exagero si digo que por más entrenado y listo que uno vaya, en esa línea de salida le pedimos de todo al Creador. “Que no llueva. Que no me duela nada. Que pueda terminar sano y salvo. Que esto sea para ofrecértelo por tal o cual intención“. Sí. Muchas oraciones le llegan a Dios como kilómetros de cansancio. Sé que a Él le gustan, lo sé: Jesús recorría larguísimas distancias cuando estuvo en la Tierra. Conoce de cansancio. Comprende de dolor. Qué caminadas se daba. ¡Qué fondista increíble!

Check-ins, posteos pre y post maratón en facebook. “Qué cansado, este mae otra vez con esa habladera de correr”. ¡Agradezcan que no posetamos durante la carrera! ¡No ve que nos pasa la vida por la mente! Solo quien corre entiende la emoción de contar en su timeline estos momentos, y leer de lejos abrazos y apoyo virtuales.

Despedidas. No, uno no se va a quedar a vivir en esa ciudad. Tampoco nos despedimos pensando que nos vamos a morir corriendo, ni nada similar. Cierto, en menos de una semana estaremos de vuelta, caminando feo y hablando como tarabillas de la maratón. ¿Sabe para qué son las despedidas? Son para sentirse acuerpado. Uno tiene muchas dudas en la carrera. Uno va abrumado. A ver, 42 kilómetros no son poca cosa. ¡Si lo fueran, todo mundo lo haría! Y no. No todo mundo lo hace. Uno sabe que va a para un esfuerzo desgastante. ¿Cómo no va a añorar uno que la gente que quiere y que sabe de esta pasión, le dé un abrazo, sus buenos deseos y le diga “hey, te va a ir bien, campeón”? Se despiden de un corredor ilusionado. Debo aclarar que no me gustan las despedidas, nunca me han gustado. A veces se me ocurre que lo mejor sería hacer bienvenidas, porque ya hay una medalla qué mostrar, anécdotas qué contar y un motivo de fiesta. Pero no por eso menosprecio el valor de un abrazo y un “que te vaya bien”. Aunque la gente que va a la despedida no entienda el afán, se agradece tanto, pero tanto, cada “Que Dios te acompañe”… ¿cursis? Bah. Sí. ¿Y qué?

Dedicar la maratón. No siempre lo he hecho, pero en casos especiales – y los que me leen y son mis amigos, saben cuáles – me he acercado a alguno y le he dicho a alguien: “elegí un kilómetro del 1 al 42, quiero correr por vos ese kilómetro“. Es un regalo que suena “tacaño” – porque no se envuelve – pero uno no anda regalando esfuerzos ni medallas a cualquier “patas vueltas”. Así que suelen ser dedicatorias bonitas. Recuerdo que a mi sobrina le regalé del 30 al 40 en Roma. Diez, solo para ella. Nunca corrí tan feliz pensando en ella, porque la adoro. Si le he dicho a alguien que elija un kilómetro, ha sido de corazón. Por supuesto, jamás se lo diría a alguien que se ría de la idea. Y algunas personas, como mi papá o mi mamá, jamás me lo han pedido ni saben cuáles les he regalado, sin pedirles permiso ni aprobación. Ellos ni preguntan. Yo, ni les cuento. Pero es de ellos.

La foto mordiendo la medalla.Eso lo hacen los atletas olímpicos, y porque la medalla es de oro, plata o bronce. La de maratón es una medalla cualquiera, y son todas iguales“. Este… sí. ¿Y? ¿Ha visto la belleza de medalla que le dan a uno al final de la carrera? Viera que yo, las mías, no las cambio por oro. Es que han costado tanto, que no me importa el color, el tamaño o el material, bien puede ser plomo, que en para uno, en la meta, eso es una joya… y la vamos a morder. Y nos haremos la foto. Y la vamos a subir a facebook. Yo no las muerdo, les doy un besito, porque siento un profundo amor por ese recuerdo que es solo mío y que resume meses de vida.

Algunos gestos son muy impactantes: uno ve maratonistas con fotos de sus familiares enfermos o fallecidos; camisas que llevan escrito un salmo, un versículo. Todo eso cuenta. Y jamás me burlaría de eso. Todos llevamos un mundo por dentro.

Mi broche del Padre Pío. Mi pulsera de Just Training. La camiseta que no he diseñado. La bandera tica que sacaré en Atenas – aunque me linchen, dado el marcador del mundial pasado, jeje – y sí, mi despedida: esas son mis cursilerías. El abrazo de papi,  que me lleva al aeropuerto, y su cara cuando al regresar, me ve desde lejos, enseñándole la medalla que traje… no cambio eso por nada.

“¡Para qué se apunta en una carrera difícil!”


Hace tiempo no se peleaban tan feo como el sábado.

La primera iba llorando, con dolor de piernas y estaba harta de correr. La otra iba a la par con un colerón de ver esa “mariqueadera” y repitiéndole todos los mantras posibles.

-“¡Este es el peor fondo que he hecho!”

-“Diay, idiota, si va a hacer una maratón con cuestas, qué quiere, ¿correr en la pista? ¡Está bueno que la pongan a subir!”

-“¡Hoy son 21, y me siento super inútil!”

-“Ah no, Nela, ¡no se ponga miedosa! ¡Qué pereza! ¡Tanta cosa que ha leído, tanto entrenar y va a venir a ponerse pendeja ahora! ¡No joda, corra!”

Marianella 1 y Marianella 2. La primera tuvo un mal día de correr – como lo tiene cualquiera – y de la nada, por ahí del kilómetro 18 estaba llorando. Llorando, como decimos en Costa Rica, “esmorecida“. Se me iba el aire y todo. Ahora que veo hacia atrás, creo que fue el momento máximo de cansancio general. Además, Mercurio anda retrógrado, salí tarde del trabajo la noche antes, en fin, muchas cosas se sumaron para que me afectara ese recorrido de 21 kms Lindora- Cenada-Lindora con orejita en Pozos. ¡Peores cosas hemos hecho! Pero no, sencillamente ese día se me cayeron las defensas – bueno a ella, a ese lado mío que estaba cansado.

Afortunadamente la segunda Marianella tomó control en el último kilómetro. Y aún así, encaré al profe – qué malacrianza, qué vergüenza – y cuando terminé le dije que había odiado esa ruta, lo odiaba a él y que no lo quería ver.

Al principio al profe le dio risa, pero seguro vio que de verdad tenía cara de “sufrida”. Y me espetó tres verdades.

“Esa es la ruta perfecta para su maratón.”

“¡Para mí, eso es lo mejor que me puede decir hoy, que sufrió y que me odia! ¡Viera qué feliz me hace oír eso!”

“¡Y además, para qué se apunta en una maratón difícil!”

Me fui a callar a otro lado.

El domingo, con más calma, me puse a leer el libro que me regaló mi amigo Josefo, “Maratones del mundo” (Hugh Jones, Alexander James). En la página 54, el resumen de Atenas es como, para no ir:

“Considerada una de las maratones más difíciles del mundo, en gran medida a causa de las colinas que salpican largos tramos del recorrido. Las temperaturas pueden pasar en poco tiempo de calurosas a frías, lo que dificulta la aclimatación”.  Grado de dificultad: 8/10

¡Muy bonito!

Luego, mientras veíamos por internet a nuestros amigos del grupo llegar a la meta en Chicago, me puse a hacer números.

Con semejantes cuestas, la pregunta no es si las puedo subir – sé que sí puedo -. La pregunta es… ¿cuánto voy a durar?

Suponiendo que puedo mantener el pace que practiqué en las cuestas – 6:40 – y que no me duela nada… y que al rato pueda bajar con alguito de fuerza hacia el último tramo… no sé. Ayer me puse a pensar en eso. Está claro que el tiempo no importa, pero tengo que preparar mi cabeza para, tal vez… 5 horas de esfuerzo. O más.

El profe nos recuerda constantemente el entrenamiento invisible – dormir bien, hidratarse y comer bien-. Ese no se puede descuidar a tan poquitos días. Pero creo que llegó el momento de reforzar este músculo que puede ser aliado o traicionero: la mente.

Así que veré 300!, Gladiador, Spirit of the Marathon, las narraciones de Diana Uribe de Grecia, documentales de la batalla de Maratón y cuanta cosa motivadora me encuentre, unas cien veces más. Repito: no tengo miedo. Yo sé que voy a terminar, pero creo que entre más se acerca la fecha mejor comprende uno la dimensión de la bronca en que se metió. Ya siento ese Minotauro bufando detrás de mí.

El sábado, mientras amenazaba al profe con tirarle los tennis en la cabeza – y él se reía – y mientras las dos Marianellas se reconciliaban, me acordé de lo más importante.

Hago esto porque me gusta.

Me gustan las largas distancias.

Antes no podía. Ahora, puedo.

Y sobre todo, voy a vivir una aventura memorable. Voy a ir a un lugar que no conozco, conocer gente nueva, correr donde jamás he corrido, pisarle los talones a la historia… Y todo eso no se puede hacer llorando. Hay que armarse de actitud, como los espartanos con su famoso escudo. Y también, debo pensar en que no correré sola. Me he estado comunicando con varios corredores de México, de Estados Unidos, de España, y seguro nos veremos en la expo. Al final, somos todos iguales en esa línea de salida, y espero que en la ruta, seamos como los soldados espartanos, solidarios y generosos con quien peleaba a su lado.

Estoy segura de que esas lágrimas eran cansancio acumulado. Esto es pesado, y para alguien que no conversa sobre esto con la familia, a veces la carga emotiva es más grande. Por eso escribo. Nada, esto no fue nada. Masaje, estirar, y a empacar. A llorar en la meta, cuando vea el estadio Panathinaiko, y mi medalla, y escuche esos tambores a los lados de la pista. Transcribo, de nuevo, del libro “Maratones del mundo” :

A medida que uno se acerca a Atenas se produce un cambio brusco en el nivel de ruido, y se pasa de la relativa calma del campo a los bocinazos de los coches y el bullicio de los espectadores que animan y vitorean. Al acercarse a la línea de meta, aparecen unos niños armados con coronas hechas de ramas de olivo, que impondrán en las cabezas de los héroes inminentes. Cuando los corredores hacen su entrada en el estadio de mármol blanco para recorrer los últimos cien metros, pueden recrear mentalmente sus propias imágenes de pasadas glorias. Lo viven como un privilegio, pero cuentan, con humildad, que su gesta les resulta poca comparada con la de los soldados que participaron por primera vez en ese viaje, a través de espesos matorrales, soportando el dolor de las heridas sufridas en la batalla. Aquí, los participantes muestran sus respetos a aquellas legendarias figuras de la carrera.

Tan abrumador ha sido todo esto que ni he pensado en qué camiseta llevar, ni qué poner en mi espalda. Quedan 27 días. En el próximo post, quisiera contarles las palabras de aliento que me dio un amigo corredor argentino, que ya pasó por Atenas… y cree que yo puedo lograrlo también.

Un mes. Para toda una vida.


image1Hoy, muchos de mis amigos salen hacia Chicago a correr su maratón.

Para algunos, la primera. O la tercera. O la décima. Algunos van chineando una lesión. Otros, obsesionados con romper su marca personal. Yo los veo a todos con una ternura infinita alistar su camisa, postear sus nervios, sus ansias. ¡Tanta ilusión!

Es tan curiosa esta inocencia del corredor, sea novato o veterano,… siempre hay un brillo casi infantil en sus ojos cuando se acerca la maratón. Sé que llevan semanas haciendo su maleta, hace días han tachado ese “checklist” para asegurarse de que llevan todo: tennis, vaselina, guantes, licra, medias de compresión. Todo. Su maratón comienza desde el momento en que se cierra esa valija. No hay marcha atrás.

Y siempre habrá quién se pregunte “para qué corren otra, una es suficiente“. Por supuesto que lo es. Pero correr es un deporte que lo hace a uno valorar instantes, imágenes breves, sensaciones efímeras… a pesar de que nos tome horas llegar de la salida a la meta. Y es tan hermoso que uno  siempre se ve tentado a repetirlo. “Tal vez pueda hacerlo mejor la próxima vez”, pensamos.

Venimos de pasar meses madrugando, fondeando, comiendo bien, yendo al gimnasio, a masajes, a nadar. Semanas de cuenta regresiva aumentando el millaje, subiendo cuestas, sudando intervalos y quedándonos sin aire en un sprint. Todo eso, ¿para qué? Para un solo día. Para unas horas. La maratón es apenas una mínima porción de un día, menos de una cuarta parte de un día cualquiera… y se acabó. Ese día pasa, y se acabó. Solo a uno le importa. No es noticia, no le cambia la vida al prójimo.

Nos queda la camiseta, la medalla, el recuerdo de la emoción que cuesta tanto describir, cuando la gente grita y estás a doscientos metros de la meta. Aunque lo acompañe la novia, los papás, los hermanos, sus amigas, ese instante tan suyo… pasa rapidísimo. Uno ve hacia atrás, y reconoce que la persona que cruzó la meta es muy distinta de aquella que quedó 42 kilómetros atrás.

Para mí, ahora que veo hacia atrás, cada una de esas maratones fue una limpieza, un crecimiento personal, un alivio, un amor, un encuentro conmigo y una explosión interna de felicidad. Termino más callada, pensativa – con esa famosa “goma maratonera” -. Pero sé que he termino distinta y con una lección aprendida.

De la primera, aprendí a creer en mí. Nunca más, después de ese día, dudé de que yo soy capaz de hacer algo si me esfuerzo. De la segunda, aprendí a maravillarme y a adaptarme a las circunstancias. De la tercera, que sino le dedico el tiempo a entrenar, luego me va a doler. Y de la cuarta… que por estar viendo el Garmin, me puedo perder el paisaje.

De hoy, en un mes, correré la quinta. Si Dios lo permite.

Aunque no soy religiosa, pienso mucho en Dios cuando corro. En la salud que me dio para que yo la cuide, la conserve. En qué pensará él, cuando lo ve a uno “empunchado” dedicarle tanto tiempo al deporte, y probablemente, poco tiempo a Él. En las veces que lo llamo, porque me duele algo, porque estoy cansada, porque se me hace muy larga la carrera o porque quería seguir durmiendo en lugar de madrugar.

Esta quinta maratón es otra cosa.

Nació de un deseo de conocer cómo comenzó todo. Nació de una enorme curiosidad por la cultura griega – por cierto, que el cielo bendiga a Diana Uribe porque con su voz, me transporté y me imaginé el esplendor de Atenas -. Al conocer mejor el carácter de los atenienses y los espartanos, he ido comprendiendo que para completar esta maratón y su altimetría imposible, hay que ser como ellos, que no iban a la batalla amargados ni desprevenidos. No.

Ellos llevaban una estrategia clara, iban con valor, conocían los riesgos…. ¡pero iban felices! Sabían, como aquellos espartanos de Leónidas, que la iban a pasar mal – “Desayunen bien, porque cenaremos en el infierno” gritaba Leónidas con una sonrisa en el rostro -. Es decir: le ponían el pecho al desafío y hasta se lo tomaban con humor, cumplían con honor la tarea.

La mía no es una guerra, ni siquiera una tarea: me compliqué la vida por gusto. Escogí esta ruta, escogí esta maratón y la abrazo con una alegría muy grande. Sé que probablemente la vea “complicada” en ese ascenso de 22 kilómetros, tal vez haya muchos momentos de “ya no doy”. El viaje es largo y tedioso, y no hay millones de personas haciendo porras… pero es mi carrera. Elegí que esta fuera mi quinta y seguramente mi más difícil maratón. Y ya comencé a hacer la maleta.

No me voy quejando, ni me voy a quejar. Voy muy feliz. He entrenado mucho y muy bien. Andrés Alfaro no ha tenido dudas en decirme que yo puedo, y yo al profe le creo. Mis compañeras van fuertes y felices hacia Washington, Chicago y Nueva York. Entrenamos juntas para nuestras carreras, y esta fuerza que tomamos prestada unas de las otras, se multiplica y nos acompaña a cada una en su carrera.

Así que de hoy en un mes, a esta hora, si las cosas salen bien, habré completado esos 42 kilómetros. Una vez más, como quien muda de piel, me voy a sentir distinta, más vieja, más liviana -. ¿En cuántas horas? Esta vez no importa. El tiempo no me importa.

Allá a lo lejos, en algún momento, se verá en el horizonte Atenas, y el estadio, y ya se escucharán esos gritos que nos van a “halar” hacia la meta…

Todo está en la mente. Las piernas están listas. No tengo ladrillos para prestarle al muro. A partir de hoy, quedan treinta días para emocionar el espíritu y sacar el lado valiente de mí; olvidar lo pequeña que soy y transformar la ansiedad en determinación.

Por eso corro. Por eso corremos. Por eso no me duele levantarme temprano, comer bien y decir “no gracias, mañana entreno“.

Kimetto entrena cada día buscando bajar un segundo, medio segundo. Nosotros, los demás “perdedores”, entrenamos por vivir en horas toda la emoción que cabe en una vida.

Esa es la maratón. Una lección de horas para toda la vida.

No sé si será la última maratón que haga, pero sé que con ella se acabará este blog.

Lo que pasó en Tamarindo no se queda en Tamarindo


BIBLes voy a contar por qué este año, más que en los tres anteriores, esta carrera – sin duda la mejor del país – me marcó la vida.

Gracias a que entrené mucho mejor que otros años, y que por eso, logré terminar 10 minutos antes de lo acostumbrado – mejorar 10 minutos es un montón, ¿verdad? – pude hacer algo que casi nunca hago: quedarme a esperar en la meta a mis compañeros, y este año, al profe.

Esperándolos a ellos, que venían corriendo maratón, aprendí por qué nos enamoramos de esta carrera, a pesar de la radiación solar, la temperatura, la humedad, la dificultad y el agotamiento que aquí son implacables.

Yo hice mis 30 km – sí sí, los que había prometido no repetir – pero los hice tan feliz, con un pace constante, que se me dibujó una sonrisa que hasta hoy no se me borra. Cuando iba cerrando hacia la meta, escuché lo que sonaba como un club de fans de Chayanne: las chiquillas Lagar. Qué lindas, cómo me animaron. Pao hasta me dio una nalgada – de cariño – y con esa gasolina de ánimo y risas cerré mi carrera, deseando contarle al profe  “Vio, ¡pude bajar el tiempo!“.

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Lagartrotters + Just Training + TriZone la cosa es que todos nos esperamos a todos. Aquí antes de la llegada del teacher.

Al terminar, me fui con ellas a esperar a los que faltaban. La verdad, desde que me quedaban como 5 km y sentía el calor aumentar en el ambiente, pensé: “Señor, acompañá a mis amigos; yo por lo menos ahorita termino pero ellos hacen 42. No los dejés solos”.

Así fue como el Señor escuchó esa oración, y gracias al esfuerzo enorme que cada uno de ellos hizo, pude ver escenas que me llevo en la retina para siempre.

Empecé por ver a Lorna Solano, la dulce Lorna, tan calladita y serena, la misma que a las 4 y 30 am estaba llorando de emoción porque iba a hacer maratón.  Pero esta Lorna que iba entrando a la meta venía transformada… qué digo… ¡transfigurada! Parecía que se avecinaba una locomotora. Lorna cerraba su maratón sin lágrimas, venía tan feliz, acelerando en la curva y levantando la mano en señal de victoria… ¡épica, Lorna! Una mujer súper fuerte, que hace natación, anda en bicicleta y corre, pero que con humildad se había fijado esta meta… increíble. Uno de los cierres más emotivos que recuerde.

Luego vi que venía Catalina Soto: Catalina, mi amiga, maestra de escuela, que corre con la alegría de una niña, también entró a buen paso, con el rostro aún lleno de bloqueador solar… al verla no lo dudé y  la seguí, iba a la par corriendo y la acompañé hasta la meta, diciéndole lo carga que es; allí entró triunfal esa muchacha, todos sus amigos le aplaudían y la esperaban. ¡Uno, cuando ve a alguien querido terminar una carrera, se emociona tanto! Yo la vi cruzar la meta y llevarse las manos al rostro. Bravo, Cata. Lo lograste. ¡Y en Tamarindo!

Aún faltaba ver entrar al profe y a Milena. El profe la acompañaba en esta carrera y ya comenzamos a inquietarnos. La temperatura – unos 33 grados -, la ausencia de aquella nube que nos había perdonado el calor a los de 30 km todo sumaba preocupación. Los esperábamos y veíamos pasar los minutos, ya con algo de angustia. Si esta maratón era difícil para los que la cerraron en 4 horas, lo sería aún más para los que tardaran en llegar.

Pero cuando por fin los vimos venir, fue precioso. Todos corrimos a acompañarlos, íbamos aplaudiéndoles, diciéndoles lo valientes que habían sido. Nosotros, este grupo grande, corrió detrás de ellos, los llevamos hasta la meta y a 50 metros de entrar, increíble, los dos aceleraron y cerraron como titanes. A pesar del sol, de maltrato acumulado, de esos músculos adoloridos, entraron y se abrazaron, y nosotros los aplaudimos de lejos.

Yo como buena llorona alguito de lágrimas solté (tal vez no muchas, porque ya había sudado toda el agua posible), y mientras caminaba para ir a cambiarme empecé a ver más gente, más maratonistas. El sol que nos castigaba a esa hora, quemándonos la espalda, me recordaba que ellos, los maratonistas de Tamarindo, eran más que espartanos, más que valientes. Me detuve cuando vi una familia fotografiarse todos juntos, alrededor de su corredor. Metiche que soy, no lo pude evitar.

- “Hey, muchacho, ¿usted hizo maratón?”

- “Sí…

- “¿Usted tiene idea de lo que acaba de hacer? ¡Usted es un grande!”

nosotros

Aquí yo de metiche con el maratonista de la gran sonrisa… Leonardo Esquivel. Es como para hacerle un monumento. ¡Bravissimo!

La familia le tomaba fotos; viendo el cuadro completo comprendí que el papá, el de la bici, le había dado agua en el recorrido, que la esposa y los otros que llevaban medalla al pecho, también habían corrido… una familia reunida alrededor de él, que con esa sonrisa triunfal no parecía que acabara de padecer 42 kilómetros.

Terminamos tomándonos esta foto juntos, y no me canso de decirle: Leonardo, ¡qué grande! Su doping fue su familia. Es ese apoyo, ese amor, lo que lo trajo hasta la meta. Si usted corrió esta maratón, no hay nada que no pueda lograr. Todo es posible. ¡Sépalo!

Finalmente recordé mis pequeños 10 minutos de diferencia. Le conté al profe, que ya estaba recuperándose. Ya habíamos llorado todos, ya nos habíamos abrazado y aún así me felicitó y se alegró conmigo.

Yo me alegro más por tanta valentía que vi que por mis 10 pequeños minutos. Al final, sí, esta humedad y este esfuerzo en ruta columpiada me sirven de enorme base para mi maratón, pero lo saben ustedes que corren: lo que hay que entrenar más es la cabeza, el espíritu, la mente, y yo me llevo la imagen de tantos valientes, que dudo de que haya cansancio que me pueda quitar las ganas de imitarlos, de ser un poquito como Milena, como el profe, como Lorna, como Cata, como Leonardo. Honor para ellos, y toda mi admiración. Su hazaña no se queda en Tamarindo, me la llevo conmigo.

 

San José, Madrid, Barcelona, Tamarindo: ¡a correr, donde sea!


Lo que uno nunca calcula, a 60 días de la maratón, es tener que salir una semana de viaje. Casi una semana en España – cosa que a nadie le puede parecer feo, creo yo – pero por supuesto, viajar por trabajo es distinto.

Esta vez supe que aparte de la computadora y la ropa de trabajo, tenía que empacar la ropa y los zapatos de correr. Si martes, jueves y sábado iba a estar sin el profe y las chiquillas, eso no podía detenerme. A estas alturas, no se puede frenar el entrenamiento, y la verdad es que para la voluntad es un reto. Sé que muchas veces el trabajo no nos deja entrenar, pero otras veces, es la excusa perfecta. Yo no quería eso. Si había que levantarse más temprano, como lo hago en San José, pues lo haría en otro lado también.

Pero la aventura de “no dejar de correr” comenzó desde el día que volábamos. Era sábado. Si el vuelo salía a las 5 p.m y el fondo lo hacíamos a las 5 am… ¡nada! ¿Cuál excusa podía poner? Dejar la maleta casi lista el viernes, eso era todo. Y por supuesto, no cerrarla hasta que, al regreso, pudiera guardar los tennis.

Así que no me costó mucho dormirme en ese vuelo de ida, con el sabor del cansancio de mis 21 km de la mañana. Ahora, ¿me lograría despertar el martes?

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Yo (izquierda, abajo, de amarillo), los Drinking Runners y la luna que se coló en ese martes 10 de setiembre.

No solo sí me desperté, sino que gracias a mi colega, también corredor, Luis Arribas, pude llegar al Parque Juan Carlos I a correr con los Drinking Runners. Luis pasó por mí, y me llevó al Parque. Sí, leyeron bien el nombre del grupo: Drinking Runners. Búsquenlos así en Facebook y Twitter. Ellos son de esos amigos que hacés en redes, y bueno, con ese nombre, ¡cómo no seguirlos! Con ellos quedé para martes, sabiendo que no son tan drinking, pero sí muy runners. Lo que les sobra es sentido del humor.

Allá a las 6 am es de noche, ¡muy noche! Tanto así que los Drinking corren con focos en la cabeza, y entonces me sentí parte de un enjambre de luciérnagas que subían y bajaban por el perfil del parque, que al igual que Madrid, era columpiado… era “terreno variado”.

Me dejaron sin aire y bastante rezagada – ¡qué rápidos son! – pero tres de ellos me acompañaron y así resistí la carrera matutina. Comenzó a salir el sol, pero casi todo el rato nos vigiló una luna enorme, gorda y brillante.

Entre los Drinking Runners estaba mi amigo el Dr. Carlos Mascías – con quien compartí en la maratón de Nueva York los “kilómetros contra el cáncer”- y también muchas caras nuevas; pocas, pero muy rápidas muchachas, que ahí nos ven, todos juntos compartimos en la foto y me obsequiaron con un pastelito al final del entrenamiento.

“Estás loca, ¿corriste con desconocidos?” me decía Ana, mi compañera de trabajo. Y yo ¿cómo le explico a Ana que los corredores somos amigos, en cuanto nos conocemos y corremos juntos? Ese momento de verlos allí, en el Parque, correr con ellos, a quienes solo leo y veo en sus fotos de carreras y maratones,… para mí, fue hermoso. Confirmaba la afinidad que siento con ellos, a 140 caracteres de distancia.

Y fue bastante vacilón llegar luego a la conferencia, sabiendo que había entrenado, como si nada, que había cumplido conmigo misma.

La próxima ocasión fue el jueves: ojo, que el miércoles había sido una noche llena de emociones. Esa noche recibimos un premio para nuestras revistas – ¡a menos de un año de circulación, en España, premiaban nuestro trabajo, y había que celebrarlo! -. La emoción y la alegría me quitaron el sueño. Pude dormir hasta las 4 am, y aún así, me dije “poné el reloj, vas a ver que sí podés correr mañana”.

Y puse el reloj. Todavía me pregunto cómo este cuerpo se levantó, y corrió allí, por el hotel, por la fuente de Neptuno, Atocha y esas largas calles de Madrid. Iba encantada, porque seguía feliz por el premio, iba oyendo música y ni cuenta me di de que iba como “cuesta abajo” – con razón iba tan rápido – . Al regreso sí lo sentí.

Al entrar al hotel, el botones me dio una botellita de agua, y así de feliz llegué a mi cuarto, pensando “no fallé”. Pude correr.

La historia cambia para el sábado, porque amanecí en Barcelona, y el jet lag y el cansancio acumulado me pegaron las cobijas como hace rato no me pasaba. “Hoy era el fondo largo”, pensé. Me molesté un poco al despertar y ver que ya era tarde, y pensé “Bueno, nada qué hacer. Mañana es domingo y mi avión se va a las 11 am”.

Sin embargo, otro buen amigo vino en mi auxilio y nunca le voy a terminar de agradecer que gracias a él, no solamente sí pude hacer el fondo que tenía que hacer, sino que conocí un buen tramo de Barcelona que probablemente, si no hubiera salido a correr con él, no hubiera visto.

Se trata de Juan Carlos Antón, también mi amigo por twitter, y con quien no logré coincidir en París. No logramos vernos en esa maratón, en abril, pero al saber de este viaje, de inmediato le conté que estaría en Barcelona. Y cuando menos esperaba, justo el sábado en la noche, me envió un mensaje para ver si corríamos domingo en la mañana.

Eso sí me sonaba complicado, porque para estar a las 8 y media en el aeropuerto tendría que levantarme aún más temprano, tener todo listo… pero ¿por qué no?

“Nos vemos a las 6”, le contesté.

image002¡Qué alegría conocer a Juan Carlos! Corrimos muertos de risa, diciendo “¡no puedo creerlo!”. Era como correr con un amigo con quien te has enviado cartas pero que no conocés, y bueno, conversando y conversando, corriendo y conversando, logramos hacer 15 kms con lo cual no solo pude conocer a mi amigo, conocer la hermosa ruta de la playa, conocer Barceloneta, sino que también pude fantasear con – tal vez – correr maratón allí, en Barcelona. Este mapa fue nuestro recorrido.

¡Por supuesto que se hacen amigos corriendo!

Nos despedimos, me alisté en minutos, y ya bañada y con el cansancio del entrenamiento, me fui hacia el Aeropuerto.

Creo que cuando empaqué los tennis y la ropa deportiva, jamás imaginé que iba a disfrutar tanto esta aventura de correr en otro sitio, con personas nuevas, rutas diferentes…

Pero correr es correr en todo lado. Por eso me alegra haber seguido entrenando, aunque fuera lejos.

Regreso, y me encuentro a mi profe re motivado para su maratón en Tamarindo – yo les dije, es un Leónidas – y todas mis compañeras y yo, motivadas también para nuestras distancias en esa, la carrera más húmeda, con la temperatura más desafiante.

En 2013 había pensado “Si vuelvo a Tama, mejor solo hago 21”. Pero con el profe no se vale retroceder. Alfaro siempre va por el máximo esfuerzo. Con él no se puede decir que no se puede.

Tamarindo tendrá condiciones de humedad similares a las que encontraré en Atenas, así que si estaba ilusionada con entrenar en Madrid o Barcelona, lo estoy aún más por completar esta prueba en Tamarindo: mi mejor ensayo a 50 días de la Maratón de Atenas.

Lo cierto es que, a la par de los tacones, siempre hay un espacio para los tennis. ¡Siempre!

Destrozando mis muros. Uno por uno.


Aquí con el responsable de enseñarme a romper muros, el entrenador Andrés Alfaro. (La cara de malo es porque yo le dije que hiciera cara de malo).

Aquí con el responsable de enseñarme a romper muros, el entrenador Andrés Alfaro. (La cara de malo es porque yo le dije que hiciera cara de malo).

Normalmente hablamos de “muro” al referirnos a ese momento de la maratón en que ni el cuerpo ni la cabeza pueden más; el momento crucial en que el glucógeno se agota, algo nos desespera y sentimos que ya esto no se puede acabar. No se puede más. Ni un paso más.

Algunas personas ni lo sienten, otros recuerdan haber topado con él y vencerlo a pura cabeza, o caer de rodillas a sus pies por un calambre, un dolor. Topás con él de frente y el kilómetro 42 parece inalcanzable.

Pues bien, en el entrenamiento hacia esta maratón he topado con varios muros que me han puesto a prueba; hasta el día de hoy puedo decir que los derribé, los traspasé. Y no son poca cosa. No sé si me toparé otro, el mío propio, en Atenas, después del kilómetro 35, pero quise hablar de estos muros porque sé que son comunes, y muchos corredores me van a entender o puede que al contárselos les sirva para que cuando se los topen, no les tengan miedo.

1. No perderse los entrenamientos. No puedo mentir, sí me he perdido un par entre semana en este mes. Uno por trabajo, otro por agotamiento – sencillamente mi cuerpo no se despegaba de la cama -. Pero los demás días, los he ido tachando en mi calendario. Voy a correr, y pongo la marquita. Hacer la tarea. Ir al gimnasio. No faltar a los fondos de los sábados. En este caso el muro se llamaba “estoy muy ocupada y no tengo todo el tiempo del mundo para correr“. Derribado. Sí tengo tiempo. Puedo hacer el tiempo. Tengo que ir los martes y los jueves, hacer la tarea sola o acompañada los lunes. La satisfacción de no faltar es enorme – y la culpa cuando falté, fue más grande todavía -. Sé que no tengo niños ni familia qué atender en casa y eso hace que mi tiempo sea absolutamente mío; así que cuando veo a mis amigos y amigas que con tantas obligaciones siguen entrenando puntualmente, me pregunto: Nela ¿cuál es tu excusa? Ninguna. Poner la alarma, alistarse, correr. Hágalo callada.

2. Me volví a cambiar de casa – siempre escojo el peor momento – pero lo hice. De nuevo, la mudanza pudo haber sido un muro – “estoy tan cansada de subir y bajar cajas”, “tengo que hacer esto primero, luego corro“. No. No hubo tal. Me animo a decir que la subidera de gradas al tercer piso me puso fuertes las piernas y estoy corriendo mejor. ¡Quién sabe! Claro, a veces terminaba agotada del trabajo, la mudanza y el entrenamiento. Pero sí pude hacer las tres cosas. Sí se puede. Otro muro al suelo.

3. La melancolía. Situaciones personales, gente que decepciona, sorpresas desagradables. Como que se le desinfla una llanta al ánimo. Tal vez fue el muro más difícil, porque cuando uno está contento corre mejor, y yo estaba muy contenta hasta que algo pasó. Lo que jamás me esperé fue que el remedio de correr me ayudara tanto. No importa quién le falle a uno, ¡yo no me fallo a mí! Y ahí entra el mejor motivador del mundo: el profesor. Andrés es un hombre de pocas palabras, pero tiene una manera sutil para motivarlo a uno. Él sabe a qué me refiero, no tiene que decir dos veces que “uno puede”, para que uno sienta como una obligación de cumplirle. Y gracias a que me dijo “Ah no Nela, ¡ahora póngale con más ganas!” descubrí que no hay tristeza que yo no pueda aplastar cuando entreno con el grupo, por 15, 20 o más kilómetros. A eso le sumo haberme topado con doña Viky – pronto les cuento su historia completa -, quien a sus 79 años me contó que desde hace 10 dejó las pastillas antidepresivas y las cambió por tennis. Ese muro de tristeza y decepción, puedo decir que lo despedacé a patadas. Hecho polvo. Ya no existe.

4. Dolor y esfuerzo. Muchas veces he dicho que no soy rápida, pero fuerte sí. El no perderme los entrenamientos, descubrir mi fortaleza interna corriendo y demostrarme a mí misma que sí puedo con todo – trabajo, deporte y mudanza – me dio un empuje que me ha ayudado a mejorar mi manera de correr. No puedo decir que pasé de un pace de 6:45 a uno de 5, pero… ¿a uno de 6:14 en un fondo de 30 km? ¡Eso sí pude! Andrés siempre nos dice que hay que pasar el umbral del dolor. Una vez, al final de un fondo, me dijo: “Diay la veo muy fresca… pareciera que puede correr unos 2 km más“. Me lo dijo en broma, pero la verdad era que sí… yo me había ahorrado fuerzas. Y ese día regresé a la casa pensando “pucha, la próxima vez tengo que terminar hasta que quede fundida“. Y me lo cumplí.

TURRUEste sábado hicimos un fondo de 30 km; de Heredia hacia Turrúcares. Pude haber hecho 21, porque haremos 30 en Tamarindo, pero yo estoy pensando en Atenas. Quiero acumular millaje. Le dije al profe: “mi mejor tiempo en 30 km lo hice en Roma en 2013″ – esa vez, el split de los 30 marcó 3 horas 17 min.-. Y le anuncié a Andrés algo que jamás me he animado a decirle a un entrenador: “Profe, la idea el sábado es igualarlo o mejorarlo”.

Bajo un sol fuerte, con un paso controlado y mejorado, de menos a más, terminé este sábado mis 30 km en 3 horas 7 minutos. Mejor que en Roma, mejor que en Tamarindo. ¡Mejor que nunca!

Cuando me faltaban como 3 kilómetros vi el Garmin, hice cuentas y sentí una alegría enorme. Me dije: “lo vas a hacer… ¡vas a mejorar el tiempo!“. Me imaginé la cara de sorpresa del profe, porque en lugar de venir más despacio, cerré fuerte esos últimos metros. ¡Diez minutos menos! Me sentí tan satisfecha. ¡Me sentí orgullosa de mí!  De regreso a la casa, venía como soñando despierta, asimilando lo bien que lo hice, y cuando empecé a subir las gradas – otra vez, hacia el tercer piso pero sin cajas – empecé a llorar.

Porque madrugar, entrenar, tragarme la tristeza y convertirla en fuerza, no poner excusas, correr contenta y sin quejarme de dolor, ¡todo ha valido la pena!

Hice 30 km en 3 horas 7 minutos. No es una marca mundial. Es mi marca personal.

¡Si uno tuviera la medalla que merece en fondos como ese, la mía sería grandota, pesada y colorida!

“All walls have doors” decía aquel rótulo en Central Park. Mi muro mental era “no soy rápida, me duelen las piernas, estoy triste, no tengo tiempo, es muy difícil mejorar”. AL SUELO LOS MUROS. “All walls have doors“. Y si no tienen puertas, destrócelos.

Esto es lo que hace que entrenar para maratón valga la pena.

Faltan 70 días para que corra mi quinta maratón en Atenas. Puedo decir sin miedo a equivocarme que llevo bien entrenadas las piernas, pero sobre todo la cabeza. No quiere decir que no aparecerán más muros, pero ya sé que sí puedo romperlos.

Este post lo escribo recordando una frase que leí en Facebook: “el rival más fuerte está en tu cabeza“. Probablemente ese rival es el que anda levantando muros, con los ladrillos de excusas que andamos dejando tiradas.

De mi parte, no más ladrillos.

A veces hay que pensarlo dos veces antes de decir “no puedo porque es difícil” o “no puedo porque me duele”, “no tengo ganas” o “no puedo porque estoy ocupado”.

Gracias Andrés Alfaro, con usted ha sido un gusto compartir la alegría, y también la tristeza o la frustración, porque me han servido de combustible. Gracias por ser como Leónidas, y enseñarme a ser valiente como esos 300 espartanos que se enfrentaron a los persas. ¡Ya casi se ve el Partenón!

Atenas, vista y vivida por un griego.


10608911_10152324858257643_1254412215_nHay miles de escenas y momentos que puedo imaginar de la maratón de Atenas. Pero solamente quien la ha vivido puede contarlo con tanta propiedad. Como lo hice antes con París, recurrí a un amigo que encontré en twitter – ¡bendito twitter! – para que me narrara la verdad sobre esta maratón. Porque sobre Atenas, muchachos, no hay mucha información, pero sí muchos mitos… ¡y esta imaginación volátil, la mía!

Sé que hay algunos ticos, muy poquitos, que han corrido esta maratón. Pero me gustó también tener el punto de vista de uno de ellos, un griego, que miren nada más la cara que llevaba al llegar al estadio… Wow. Eso es a lo que uno aspira. ¿Cuánto vivió antes de esa sonrisa?

Los dejo con el relato / entrevista de Panagiotis Balokas. A ver si a ustedes, como a mí, se les eriza la piel imaginando esta carrera, épica, valiente e histórica.

Primero, contame algo acerca de ustedes, los griegos. 

Los griegos somos personas muy cálidas. Ciertamente la crisis financiera nos pone muchos problemas en la cabeza, pero aún así, somos buenos anfitriones. Hay miles de cosas que ver en Atenas, y dudo que tengas tiempo de verlo todo antes o después de la carrera. ¡Mucha caminata! La gente joven habla inglés, así que les puedes pedir direcciones fácilmente.

¿Qué tan empapados y orgullosos están los atenienses de la historia de la Batalla de Maratón, y cómo esa batalla dio origen a todas las maratones alrededor del mundo?

No solo los atenienses, los griegos en general saben mucho sobre la Batalla, en 490 a.C. Fue una de las más grandes batallas contra los persas, una de las más grandes batallas de las Termópilas. – ¿Viste la película “300“? -. Fue un periodo muy vibrante para Atenas como ciudad. Pero hay muchos malentendidos acerca de Filípides y su historia,  y a veces ni los mismos griegos los saben. Por ejemplo, la gente cree que Filípides murió de fatiga luego de correr de Maratón a Atenas, al anunciar la victoria sobre los persas. ¡Y no fue así! De hecho hizo algo mucho más admirable.

Cuando los persas se acercaban a Atenas, el general Milcíades envió a Filípides a Esparta para pedir ayuda: la distancia es de 246 km, y la recorrió en dos días. Hoy, en memoria de Filípides hay una carrera famosa mundialmente, llamada “Spartathlon“.  Es una de las carreras más duras del mundo, que sale del Acrópolis de Atenas, y termina en Esparta. Pero hay más. Cuando Filípides llegó a pedir ayuda, los espartanos estaban en medio de una fiesta religiosa y no la podían detener porque esto enojaría a los dioses. Así que Filípides regresó a Atenas con las manos vacías… sí! Recorrió de nuevo los 246 km. Casi 500 km en apenas días. Creo que hasta el día de hoy, solo dos corredores han repetido esta hazaña: Yiannis Kouros, una leyenda entre los “ultra” maratonistas, que ha roto al menos 160 récords; y Maria Polyzou, la más famosa corredora de todos los tiempos. En fin, sí hubo un corredor que trajo el mensaje de victoria a Atenas, y sí, probablemente murió luego de gritar “Nenikikamen“, que significa “Hemos ganado” en griego antiguo. Pero no fue Filípides…

¿Por qué te inscribiste en esta maratón, sabiendo de las cuestas que tiene?

Bueno, la verdad es que… ¡yo no sabía de las cuestas! A ver, te voy a contar cómo fue que comencé a correr y terminé inscrito en la Maratón de Atenas.

En el verano de 2012 vi un anuncio de una carrera de 12 km que Nike organizaba. Me dije “¿por qué no?”. Comencé a entrenar, corrí, me gustó, y así me picó el “gusanito” por correr. En noviembre del mismo año era la maratón, pero había distancias de 5 y 10 km. Le dije a un compañero de la oficina que corriéramos 10, pero me dijo “lo siento, es que voy a correr los 42. ¡Eso me dejó abrumado! Para mí una maratón no era lo que la gente “ordinaria” hacía. Igual me inscribí en 10, y al terminar me fui a apoyar a mi amigo Themis, y pude ver a otros corredores. En ese momento sucedió algo increíble, vi a un atleta con discapacidad y sí, claro que se veía cansado, pero se veía tan contento… Fue una experiencia increíble. Casi lloré, y me prometí correr la maratón. Pensé: “si él puede, yo puedo”, y me lo dije con toda la admiración por ese atleta.

Me inscribí para el 2013 y no fue sino hasta dos meses antes que supe de los ascensos. Con mis amigos, manejamos por la ruta de la maratón y me di cuenta que de verdad estaba loco. Yo no entrené con un entrenador, lo hice solo. Hay que entrenar cuestas para esta carrera, y yo no lo hice. Sin embargo, creo que siguiendo un programa de maratón, uno llega a la meta. Los últimos kilómetros se recorren con el corazón.

¿Cómo es el clima en noviembre en Atenas?

El clima en Noviembre en Atenas es el típico de otoño: impredecible. Puede ser tan bajo como 10ºC, o tan alto como 25ºC. Pero de seguro, no es frío. La humedad es el problema. En 2013 cuando corrí esta maratón, tuvimos 23 grados y mucha humedad. Condiciones difíciles para correr… El favorito de los élite masculino se retiró en el kilómetro 15, por deshidratación. La famosa Paula Radcliffe también se retiró en el 2004 por la misma razón. Tienes que tomar mucha agua, y reponer electrolitos en esas condiciones, y cuidar mucho tus pies porque hay alta probabilidad de ampollas en este clima. Yo tuve ampollas desde el kilómetro 18. Cometí varios errores – era mi primera maratón- pero ya aprendí de ellos.

Ya me asustaste con la ruta. Describímela por favor.

Creo que se puede dividir la ruta en tres partes: la primera, hasta los 10 km. Es totalmente plana y es un buen calentamiento para el resto de la carrera. Hay que tener cuidado de no ir muy rápido por la adrenalina, porque esa ansiedad luego se paga caro. La segunda parte es de los 10 a los 32 km. Para mí, esa es la carrera: es una elevación contínua, aún con una bajadita a los 15, hay muchos giros y no mucho público para animarte. Tus piernas se cansan y tu mente también se rinde. Durante estos 22 km puede que cometas errores que lamentarás después, o puede que termines fuerte la carrera. La última parte, de los 32 a los 42, es la más sencilla para las piernas y la cabeza. Desde el km 28 comienzas a entrar a los límites de Atenas. Y ahí comienza la fiesta. Público, música, amigos que te esperan… todo se hace más fácil, creo yo. Ya la ruta se convierte en un suave descenso. Si guardaste energía antes, este es el momento para acelerar.

20x30-ACMW0564Contame lo más emocionante de la carrera.

Hubo momentos que aún me erizan la piel… Primero, en esas aburridísimas cuestas, vi a una señora de 75 años, en silla de ruedas, animándonos a todos… ahí, en el medio de la nada, nos gritaba “bien hecho”…! Luego en el km 30, encontré a mis amigos y mi familia que me estaban esperando…Fue un sentimiento increíble luego de esas cuestas. Ellos te dan fuerza para seguir.

A lo largo de la ruta hay muchas bandas, tocando música. De verdad se te para el pelo cuando escuchas los tambores, suenan como tambores de guerra. Usualmente están por debajo de los puentes… así que el sonido es impresionante!

Pero nada se compara a llegar al estadio Panathinaiko. Los últimos dos kilómetros son una fiesta. Música, miles de personas gritando y la vista del estadio… puedes oír al público! ¿Sabías que este estadio lo construyeron en 338 antes de Cristo? Es una experiencia única en la vida. Ninguna otra maratón te da la sensación que tienes aquí, de terminar en un estadio construido hace miles de años. Al entrar al estadio se te olvidan las ampollas, el dolor, el sufrimiento. Yo sonreía, la estaba pasando como nunca en la vida.  Y luego, en unos cuantos metros, luego de cruzar la meta, las emociones se me desbordaron y estallé en lágrimas… de alegría.

Tal vez lo viví así de intensamente por ser mi primera maratón. ¡Nunca se olvida la primera maratón! Claro que no es Boston, ni Berlin. Es empinada, y en ciertos tramos sientes que estás en el medio de la nada. ¡Ni siquiera es elegible la ruta para establecer récords!  Por eso los corredores famosos no vienen. ¡Pero aquí es donde todo comenzó! Creo que todo corredor que ame la maratón debe correr una vez aquí.

Panagiotis 

Y a vos, ¿quién te espera?


Parte de lo que me gusta de este deporte es todo lo que uno ve en la meta. Y se me parece mucho, guardando las distancias, a ese argumento con que inicia la película “Love actually”, explicando que en los aeropuertos, tantas despedidas y bienvenidas son la prueba de que sí existe el amor.

En la meta, para quien sea buen observador, hay tanto amor que hasta los que no tenemos quién nos espere, nos sentimos motivados.

Escribo sabiendo que esto no lo leerán mis papás, ni mi hermana o mis sobrinos. Nunca leen el blog. Yo igual sé que si lo leyeran, no se molestarían, porque ya hemos hablado de esto.

A veces les pregunto por qué no van a las carreras, pero ya dejé de preguntar. Cuatro años después, pienso que debe ser medio aburrido levantarse temprano un domingo a esperar a alguien que “otra vez hizo una carrera de esas”.

Lo que sé es que en la meta veo escenas lindísimas. Hace una semana, mi amiga Waleska tuvo, antes que la medalla, el abrazo y el beso de su esposo y su bebé. A otros corredores los reciben sus papás. Los novios, los esposos, los hermanos. He visto chiquitos esperar a sus papás y a sus mamás con esa mirada de “ahí viene mi héroe”. Bueno, ¡he visto a los Elizondo Vincenzi, que corren juntos! Liris espera a Memo, o corren juntos. O juntos , esperan a sus hijas que van corriendo, y les dan bolsitas de Gatorade en el camino.

Es chivísima ver a tus compañeros de grupo en la meta. Muchas veces, de no ser por esos gritos, uno no llegaría. Da como una chispita final antes de acabar la ruta.

Como nunca hay alguien esperándome solo a mí en la meta, soy super agradecida con la gente que me dice algo de camino. A veces escucho “Nelitaaaaaa”… y yo algo contesto, ¡algo digo! Aunque no conozca, igual regreso la cortesía. Le doy las gracias a los del tránsito, que cierran las calles. La gente que aplaude y dice algo lindo. Ellos no son nada de uno, ¡cómo no agradecer!

En las maratones es diferente. La línea de meta suele estar repleta de gente, a uno lo van sacando “ligerito” para que no haga bulto, y entre 40 o 50 mil personas, es casi, casi imposible que alguien te diga “ahí te espero” y te dé un buen apretón.

Ahora que digo apretón… ¡Un abrazo en la meta vale por tres!

Sudados. Chorreados de hidratante. Hediondillos – no todos ni siempre, bueno, depende la distancia o el clima -. ¡Si a uno lo abrazan en esas condiciones, de verdad hay amor!

Lancé la pregunta en twitter “Corredores: ¿quién los espera en la meta?” y creo que una de las respuestas más lindas me la dio Tomás Restrepo: “Siempre me esperan mis papás. No se pierden una carrera. Es un sentimiento de agradecimiento enorme. Es la confirmación que siempre van a estar ahí para uno, y eso no tiene precio.”

Muchos me dijeron: “Nadie”. Otros: “Me espera en la meta la sensación de realización”.

Correr es una experiencia personal, que se vive en un contexto masivo. No importa si uno es un puntito en ese cardumen que llena las calles un domingo en la mañana, y va rodeado de cientos de personas. ¡Uno va ahí solito! A ratos te jala alguien, pero ¡ahí vas! Todo valiente. Solo vos sabés qué dolor sentís, qué te lleva agobiado, qué te pasa por la cabeza.

Por eso mismo, que alguien que no corre también se levante temprano, vaya, te espere, se pregunte “por qué durará tanto”, te dé agua de camino, te diga algo vacilón para animarte o sencillamente te espere como si fueras Gebreselaisse en la meta… ufff! Eso… eso vale un mundo.

A los que tienen quién los espere: ¡disfrútenlo! Qué dichosos. No se acostumbren. Digan “gracias por venir”. Digales lo chiva que es sentirse único en medio de ese montón de corredores. Tomás dice que sí, que en cierta forma uno corre con un poco más de ganas porque sabe que le esperan. Yo le creo.

A los que esperan a sus corredores de la familia en la meta: qué lindo. Sobre todo porque no esperan al campeón, al del primer lugar, ni segundo… ni tercero. ¡Esperan a la persona, no al número! Esperan a alguien que quieren para decirle, con un abrazo, que entrenar sí vale la pena. Que la disciplina importa. Que no están tan locos por “la corredera”. O bueno, que aunque lo estén, hay quién les abrace en ese sudor y locura, sin cuestionarles por qué lo hacen.

A los que sin ser mi familia me han esperado, como Majo, gracias. Majo, ¡sos la mejor del planeta y de la galaxia! Jamás olvidaré que me buscaste en medio Central Park, según vos fijándote quién andaba las tennis azules… ¡Y me esperaste! Qué gata. 2 millones de personas en las calles y nos encontramos.

A los que nunca han ido a abrazar un hijo, un hermano, un “compa”… sorpréndanlo. Ese rostro, ese encuentro no se va a olvidar nunca. Dice tanto ese gesto de esperar. ¡Lo dice todo! Nunca subestime el poder de un abrazo en la meta y la cara de sorpresa de quien viene rendido, sin fuerzas.

A los que no tenemos quién nos espere… ¡Pues nada! Si vemos a alguien llorando de felicidad solito porque lo logró… ¡venga el abrazo! ¿Quién entiende mejor a un corredor, que otro corredor?

Ojalá a pesar del cansancio y la fatiga de la carrera, la próxima vez podás ver alrededor todo eso que sucede en la meta. Es lindo. Sea o no para uno, es sublime ver los gestos de cariño que provoca el deporte. Te dejo las fotos de Mauricio Ureña, los abrazos y las muestras de apoyo que uno jamás olvida. Son mucho mejores que una medalla, o un récord. Dicen que sabe a gloria.

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Acercándome a Atenas desde San José


¿Cómo va a ir uno a correr tan lejos y no entender por qué?

(Eso digo yo.)

Si uno va a ir a gastarse la vida en 42 km, debería saber por qué ahí. O tener buenos motivos.

La maratón de Atenas, en Grecia, aparte de ser la ruta original, es una maratón poco conocida. Menos de 10 mil corredores. Ruta complicada. Nada de planos bonitos ni público alegre. No. Es enfrentarse a ese paisaje que recorrieron los griegos, cuando tenían que alertar a su gente en Atenas de que los persas, vencidos en Maratón, iban hacia su ciudad tomando un atajo, con sus barcos.

Yo pensaba que muchos maratonistas o corredores conocían la historia de la maratón, que sabían de un tal Filípides, pero poco a poco me he dado cuenta de que no es tan común que se conozca el por qué de los 42 km y todo lo que provocó esa distancia.

Y bueno. Para eso están los libros, la historia, y los expertos.

imageSe me ocurrió que antes de irme, por cultura general, y por qué no, como motivación extra para la carrera, podría pedirle a la gente de Nueva Acrópolis que me ayudaran a tener la información histórica necesaria para entender el contexto de Grecia, de las guerras médicas, de la batalla de Maratón y por supuesto, de la figura del famoso y misterioso Filípides.

¡No pude haber elegido mejor fuente!

Para los que no los conocen, Nueva Acrópolis es una asociación cultural que se dedica al estudio y la difusión de la filosofía clásica. Una maravilla. Están en muchos países, y en Costa Rica, hace 20 años, han dejado huella. Si no han ido a sus cursos, seguramente los habrán visto en diciembre, haciendo un enorme donativo a la Teletón. Son gente joven que retoma todo ese legado de los grandes nombres de la historia de la filosofía, y los repasa, y los pone en contexto.

Cuando les escribí les conté que quería aprender sobre Grecia y la maratón, y que si me darían una clasecita, me dijeron que sí, que con gusto. ¡Vaya clase!

Marianela Castro Nieto preparó una completísima clase que se me fue volando. Mapas, videos, batallas. Atenas. Troya. Creta. Guerras. ¡Y yo en tennis, deseando salir espantada a correr a la par del ejército griego a ver en qué ayudaba!

No solamente me sirvió para comprender la dimensión histórica de este deporte, sino para apuntar cosas que quiero ver, que quiero preguntar allá en Atenas. Por ejemplo: si la batalla de Maratón fue el 12 de set. del 490 a.C., ¿por qué entonces la maratón de Atenas la hacen en noviembre? Sería épico correr el mismo día.

 ¿Corrió Filípides una “ultra” de 240 km antes de la famosa carrerota de 42, cuando fue a pedir ayuda a Esparta?

¿Por qué nunca mencionamos que aparte de que él iba como alma que lleva el diablo hacia Atenas… detrás suyo también iba TODO el ejército griego? ¡Imagínense la clase de condición física, ganarle en batalla a los persas, forzarlos a la huida, y luego… apúrele, porque hay que ir a avisar a la casa que van para allá!

Adjunto la altimetría de la Maratón de Atenas. La original. (comienza de der. a izq.)

ALTIMETRIA

Como podrán ver, por semejantes ascensos, uno no va a ponerse “gallito” a decir que va a ir a hacer equis tiempo, pero lo que sí sé es que aunque no haya multitudes ni edificios impresionantes como en Nueva York, o una Torre Eiffel coqueta saludando a la izquierda, sino un camino medio solitario hacia Atenas, sí iré muy inspirada en esa valentía y esa pasión de los guerreros que una vez corrieron sin tennis, sin hidratante, sin geles, sin Garmin, por ese trayecto.

Por cierto. Filípides, presumen algunos historiadores, podría haber  completado en 2 horas los 42 km.

¡Qué grande!

¡No deje de asombrarse!


correc

Mi primera carrera con la camiseta de Lagartrotter :)

- “¿Por qué no ha vuelto a escribir? ¿Por qué no va cantando?”

Íbamos más o menos por Zapote, durante la Correcaminos, cuando escuché esas voces al lado mío.

Me estaban hablando a mí.

Le dije: – “¿Vos sos la muchacha que un día me escribió porque me oyó cantando Pink en una carrera?”

Ella me dijo riéndose: – “Sí, ¿por qué no va cantando hoy?”

Me reí porque a pesar de que venía escuchando música, efectivamente no venía cantando ni bailoteando. Venía concentrada en salir de Zapote.

Hacía dos años, por esta misma ruta, ya venía arratonada, enojada, adolorida y derrotada.

Por ahora iba “bien”, pero no cantaba victoria.

La cosa es que conversé un ratito con ella y con su novio, que estaban haciendo la media maratón como parte de su preparación para Chicago.

En pocos metros, se me adelantaron. Y me quedé pensando “Pucha, de veras que hace rato no escribo nada”.

La verdad es que me hace tanta falta escribir de correr como correr. Y he seguido entrenando, pero no escribiendo. Mal. Mal.

Y quería esperar el momento para hacerlo, pero ¡no se vale! Hay que ser constante.

Este año Correcaminos fue distinta; primero porque yo seguía “enojada” con la ruta – no siempre es lindo atravesar San José, pero ya yo estaba predispuesta por la última vez -. Así que yo lo que quería era sobrevivirla sin dolor, salir lo más pronto posible de Tres Ríos y llegar a La Sabana sin llorar.

No hacía 21 km desde marzo, antes de la maratón de París.

Ya iba más o menos por la mitad de la carrera y estaba “bien”, pero como le dije a ellos, “no podía cantar ni victoria”, y prefería ver cómo me la iba jugando.

Lo bueno fue que, poquito antes de llegar a la meta, cuando de veras venía casi con el tanque en 0, sin fuerza, los pude alcanzar otra vez, y los pude animar a que cerraran con fuerza.

- “Déle, cierre bonito, ¡imagínese Chicago!”

No había terminado de decir eso, cuando ya iban como cachiflines, y supongo que cerraron bonito porque yo me quedé atrás.

No mejoré mi tiempo en media de 2.05 (pucha, cómo ha costado) pero lo que sí me gustó fue volver a “sentir bonito” en una competencia.

De hecho, vi algo precioso. Mis amigos, los gemelos Figueroa, corrieron juntos. Frank ya ha hecho maratón, su hermano Rudy se estrenaba ayer en Media. Verle los ojillos de susto a Rudy pero saber que terminó sus primeros 21, fue genial.

Estuve detrás de ellos en la línea de salida, mientras me acomodaba los audífonos. Pensé “Santísima, ya yo no me acuerdo cuántas medias he hecho, y Rudy va a hacer la primera… qué emoción”. No quise aconsejarlo porque en esto las emociones y las vivencias son muy personales, solo le dije “Vea Rudy, nunca es tan feo como la gente dice, y lo feo que a uno le pase siempre es distinto y es genial”. Se echó una risilla y listo.

Ayer me di cuenta de que probablemente haya carreras que uno nunca quiera hacer – yo jamás he querido, ni haría, Sol y Arena, por ejemplo.- Otras, que siempre quiero repetir – este año hice mi quinta Santaneña, la espero con ansias para el cumple-. Y otras, que por haberlo hecho llorar a uno, hay que hacerlas de nuevo para quitarles el “feo”. Para sacarse el clavo.

Ese caso fue el de mi Correcaminos 2014.

De lo que estoy segura es de que no hay que acostumbrarse jamás a decir “uff esta es mi media maratón número tal o cual”. No importa cuántas sean. Uno no puede ser así de confiado, soberbio, o malagradecido. Es más, ¡no hay que perder esa inocencia en la línea de salida! Esa capacidad de asombro. Las mariposas en la panza.

Lo que estamos a punto de vivir puede ser la peor carrera… la mejor carrera… el mejor tiempo… puede que en esta carrera se tope gente que hace mucho no ve! ¡Puede que vea algo asombroso, como el señor que corre apoyado en una sillita de ruedas! ¡Puede que vaya a escuchar cosas loquísimas, como el borrachillo que al ver los bolis de agua me preguntó que dónde daban ese guaro! ¡Puede que cierre casi desvaneciéndose… o que entre a la meta como un titán!

Todo es posible en la próxima hora y media de su vida… o dos horas… o lo que dure corriendo.

Eso es lo hermoso y nunca hay que acostumbrarse. Siempre hay que agradecerlo. La salud. La emoción. Todo.

Esto lo escribo pensando en una persona que no pudo correr por una lesión. Esa persona hizo que mi quinta Santaneña fuera absolutamente distinta de las 4 anteriores, y gracias a él, estos 21 km tuvieron otro sentido. Y fueron geniales.

Escribí esto pensando en vos, Manolo.

Destino: Atenas – cuando todo se ponga cuesta arriba…¡corré!


Cada vez escribo menos por aquí. ¡Y eso me entristece! Porque no significa que corra menos ni que piense menos en la maratón. Sencillamente las obligaciones se multiplican. Y el poco tiempo que es mío,… entre usarlo para correr o para escribir… bueno… he elegido usarlo para correr.

A menos de 5 meses de otra maratón, las decisiones de cara a Atenas ya están tomadas. El profe ya sabe de esta nueva meta. Ya vio la altimetría – y lo peor es que le gustó, jaja -. Comienza la parte que es difícil: entrenar.

El mes pasado comencé a escribir en un calendario cuánto y cuándo corría. Si iba al gimnasio, o si iba a nadar. Al final de mayo, hice la suma final, y no me gustó. Al ver el calendario completo en la pared, me di cuenta de cuánto pierdo con solo perderme un entrenamiento. Yo creí que iba “bastante” al gimnasio, pero qué va. 8 visitas en un mes no es nada.

Junio arrancó con el desafío de correr siempre que haya entrenamiento, ir al gimnasio siempre que haya tiempo, y sumar mucho más que los 118 km de Mayo. Con la aprobación del profe, lo logré la primera semana. Pero es súper cansado.

Aparte de que el cuerpo resiente el desgaste, que hay que recuperar con sueño y masaje, me veo al espejo del gimnasio y pienso: “otra vez aquí”. “Cuidado te aburrís”. Y sin embargo, luego de una semana de no dejarme vencer ni por la pereza ni por los pretextos de “no tener tiempo”, me doy cuenta de que entre más ejercicio hago, más energía tengo. Claro, ya el domingo dormí como una piedra. Pero el cambio es positivo y me siento satisfecha de ver bien tachados los primeros 6 días de Junio.

route_marathon_fullAtenas – adjunto mapa de la maratón – no es una maratón para hacer tiempos. Tampoco está llena de espectadores. Voy para absorber la esencia de la distancia. La historia detrás de la competencia. ¡Vamos hacia la cuna de la maratón… hacia la Bahía de Maratón!

Y digo vamos porque en este nuevo sueño, esta quinta carrera de 42 kms, se unió una persona a la que he tratado de convencer por todos los medios de no hacerla. Se trata de mi amigo Rubén, quien acaba de comenzar a correr. Nunca ha hecho una carrera de 10 kms. Pero un día, y según él, por mi culpa, decidió que si hacía una maratón, la hacía en Atenas.

Le dije: “¡Estás loco! Uno no elige una meta como esa de primera entrada. Primero tenés que entrenar mucho. Esto no es fácil. Así no son las cosas…”

Ya lo iba a regañar por aspirar a una meta tan ambiciosa, cuando vi en él a la Marianella que en 2010, sin haber corrido nunca más allá de La Sabana y alrededores, se antojó de hacer Maratón en Nueva York, por culpa de un minero.

…Y ¿quién soy yo para decirle a Rubén que no puede? Al estilo Chini, me mordí la lengua y le dije “por qué no lo intentás”.

La ilusión por la maratón va acompañada de un buen entrenamiento, pero también, de algo que para mí es indispensable, de un interés por todo lo que la rodea. En este caso la música, el idioma, la cultura griega. Comencé por regalarle a Rubén un librito de frases en griego, como el que yo tengo desde diciembre. Hace poco, con la loquera del mundial, nos compramos en un semáforo unas banderitas griegas. Y ya me mandé a comprar en Amazon dos películas muy distintas, pero igual de importantes para mí en este caso: Zorba el Griego (con Anthony Quinn) y My big fat greek wedding (Nia Vardalos). Sugerencias de música, libros, y más recursos para aprender sobre Grecia, serán bienvenidos.

Estos días, cuando hay tanto trabajo y llego agotada a la casa, me he dado cuenta de que antes, cuando estaba estresada y muy ocupada, no corría. Ahora, cuando estoy muy estresada y ocupada, con mucha más razón, corro. Y saben qué… ¡¡¡FUNCIONA!!!!

 

…reencontrando motivos para correr.


Como quien abre un cuaderno donde hace tiempo no escribe, así regreso al blog. No es que no haya entrenado todo este tiempo, ni que esté peleada con correr. ¡Todo lo contrario!

Después de una maratón quedan un montón de emociones y sensaciones latentes, mucho qué pensar. Mucho qué cuestionarse.

Algunas personas creyeron que “odié” París, y más bien con el tiempo aprecio más la belleza de maratón que viví. Al volver a amarrarme los tennis para correr, pensé que necesitaba nuevas motivaciones.

Porque, aunque a veces parezca que sí, nadie corre por correr. Uno corre por algo.

De hecho, cuando no hay un motivo particular, cuesta más levantarse a entrenar, por lo menos en mi caso es así.

No tenía en la mira ninguna carrera, todavía no estaba segura de cuál sería el siguiente reto grande, y en general, estaba como en neutro. Si quería, corría. Si no, no.

Pero la vida se encarga de volver a ponerte a correr, de manera figurativa o literal.

Las semanas recientes han estado tan cargadas de trabajo, que correr pasó a segundo plano. Tercero inclusive. Una trasnochada, un día complicado, el cansancio, y sencillamente no lo lograba. No me levantaba.

Y después, dos circunstancias muy fuertes me dieron el empujón que buscaba.

Una, la tristeza.

La segunda, el enojo.

Cuando uno sale a correr triste, poco importa la ruta o el calor. La idea es no pensar – aunque en algún momento siempre uno se acuerda por qué anda triste… -. Suele ser el día que más distancia se corre, y uno solamente se detiene porque ya no le dan las piernas.

El enojo en cambio es un insumo importantísimo… ¡uff! Si uno anda con “chicha”, se desquita con una cuesta, aguanta el sol de frente, va peleando o discutiendo en la cabeza… (aquello es como una radionovela) y van sonando voces en la mente hasta que uno más o menos, entre un kilómetro y otro, va digiriendo el colerón.

En los dos casos, al quitarse los tennis, uno se siente mejor.

Yo pasé las dos emociones, muy seguidas, y honestamente lo digo: ¡qué dicha que me pasó! Volví a hacer un trato conmigo, para que nada me quite mi tiempo conmigo. Ese es mi tiempo de correr. Solo mío. Conmigo.

Decidí anotar en mi calendario no los días que voy a correr, sino los días que corrí y cuánto corrí. Ir viendo el kilometraje acumulado me motiva. Además, anoto si fui al gimnasio y a nadar. Todo esto con miras a tres carreras que para mí son importantes:

- Correcaminos, el 13 de julio. No es mi favorita, pero el profe dijo que hay que hacerla. Y estoy decidida a hacer caso. Para mí, en esta etapa, es importante hacer caso y no perderme los entrenamientos, ninguno. Todos esos kms cuentan y se van viendo muy bien en ese calendario de pared.

- Santaneña el 6 de julio. Estos son 13 kms pero absolutamente recrativos. Es mi carrera preferida para vacilar, es mi ruta favorita de correr sin presiones. Y este año, cae justo el día antes de mi cumpleaños, así que me encanta que sea “mi fiesta” de bienvenida a los 37.

-Y Atenas.

La decisión está tomada, y estoy inscrita en la Maratón de Atenas 2014. La ruta no es plana, apenas la corren 10 mil personas, pero es la maratón original. No voy a presionarme por un tiempo, pero quiero ir a disfrutar el recorrido histórico. Soy maratonista, ¿cómo no voy a querer estar ahí, donde comenzó esta pasión? ¡Es histórico!

Con esas tres metas en mente, es que me levanto a entrenar.

photoY con la seguridad de que no hay nada que me haga sentir tan feliz como salir a correr. Las lágrimas se secan con el viento, el enojo lo aplasto a cada paso, lo que queda de mí después de correr es la mejor versión de mí misma, al menos con la que me siento mejor.

Termino este post mencionando una gran motivación para correr, y se trata de dos personas que de alguna forma, vienen sumándose a esta disciplina, cada uno por sus razones, con sus motivos.

Ellos saben quiénes son. Rubén: esto no es fácil, pero te cambia para siempre y para bien. Melissa: tus primeros 5 kms serán mis más felices 5 kms. Su comienzo en el atletismo, me motiva a mí a entrenar.

No importa si uno quedó cansado, desmotivado, o inclusive si viene saliendo de una lesión o del descanso post maratón: siempre es bueno encontrar nuevas motivaciones para correr. Es como si uno descubriera nuevas razones para ser mejor persona, aunque probablemente solo uno lo note.

En resumen: a veces uno anda como de chicha, y no entrena. O triste, y no entrena. O muy ocupado, y no entrena. Consejo: vaya inscríbase en algo pero YA. Y encuentre nuevos motivos para hacerlo.

Una semana después…


photo 1No quisiera que quede la idea de que no es lindo correr en París. ¡Lo es, y mucho! Entre más días pasan, más me convenzo de que fue una experiencia hermosa, inolvidable… caminar con la medalla en el pecho, por esas callecitas hermosas, ahhhh ¿cómo se acaba tan rápido? El entrenamiento es largo, y ese día de la carrera es efímero. Disfrútelo, sea donde sea, ¡viva su maratón y ríndala como ese dulce que no queremos que se nos deshaga en la boca! Tal vez diría que no es una maratón para hacer “equis” tiempo, pero ¡uno nunca sabe! Vaya. Disfrútela mucho.

Algunas cosillas que se me quedaron sin decir:

  • Muchachas, muchachas, muchachas:… si van, lleven cámara para tomarle foto a los bomberos. No hay palabras la guapura. Qué digo bomberos. Todos. Todos. Impecables, educados, encantadores. Y aquel acento.
  • No entendí muy bien a los parisinos. Uno de ellos al leer mi camiseta “Paris vaut bien un marathon” se puso a reír – ¡y me cayó maaaal! – pero otro que venía detrás de mí, al leerlo en mi espalda me dijo “Bgggavó! Nelá!” Al final no supe si entendieron que me sentía honrada de correr en su ciudad, pero bueno, a mí sí me importaba.
  • ¿Premio? Aparte de la medalla, yo elegí probar todas las “créme brulée” que pude… ¡irresistible!
  • Hubo una segunda maratón, y esa fue la que caminé entre lunes y martes. Entre museo, con gradas incluidas, y buscar por todo el cementerio las tumbas que quería ver, calculo que o me terminé de cargar las pantorrillas, o ya estiré y aflojé. No sea tan ingrato: ¡cómo fueron a enterrar a la Piaf allá, hasta el puro final del cementerio!
  • Volviendo a lo deportivo: ya fui a masaje, vamos a revisar bien los suplementos para la alimentación, y a retomar gimnasio. Pero todo esto, poco a poco. Por supuesto que ya salí a trotar. El domingo, con un susto enorme me volví a poner los tennis a ver si me sentía “igual de contenta”. Bueno, me sentí lenta. Pero feliz. Mi ruta Heredia-Aeropuerto me fascina. Volver a toparme a los ciclistas que entrenan por ahí, llevar el sol en la espalda, parar en la misma pulpería de la chinita… ahhh. Se siente rico volver a esas rutinas.

photo 2Y qué viene… seguir nadando. Seguir con el profe. ¿Carreras? Veremos. Algunas del año no me las quiero perder por nada del mundo – Santaneña, Powerade – pero si hablamos de maratón de nuevo, quiero hacerle caso al destino.

Porque recibí un correo de la familia Pentheroudakis. ¡Me esperan!

Y nos encontraremos en noviembre, donde todo comenzó! No por tiempos, no por reloj, por la historia, y por comprender la maratón en su casa: ¡Atenas! ¡La primera y auténtica maratón! ¡A lo Filípides, pero sin morirse! Una vuelta a la manzana original, el 9 de noviembre de 2014.

“Nunca más, nunca más…”


¿Y por qué tardé tanto para escribir? Me alegra haberme tomado mi tiempo. Si me hubiera sentado a escribir apenas terminé la maratón, esto sería una amargura. Ahora, con los días y el cansancio ya pasados, puedo ver todo más claro y seguir celebrando, sí, celebrando la cuarta maratón.

maraton3

Toda contentilla… jaaaaaaaa ni sabía lo que venía. ¿O sí sabía?

Luego de un vuelo laaaaaargo, laaaaargo, llegué a París y se me activó un lado del cerebro que hace rato no usaba. Estaba archivado en la Alianza Francesa, pero resultó estar bastante fresco porque logré, hablando y no por señas, llegar del aeropuerto a la ciudad.

Tomé el metro, y al subir las escaleras lo primero que mi ojos se toparon de frente fue el Arco del Triunfo. Allí, me rendí. Los Champs Elysées ya lucían sus banderines de la maratón, ¡la ciudad más hermosa del mundo estaba vestida de verde! ¡Y para nosotros!

Caminé un poquito y llegué al apartamento. Aclaro: hablamos de un “cuartobañococina” diminuto, apenas para una persona, perfecto para la maratón, ubicado a cuatro cuadras de la línea de salida. Con lo que uno paga en un hotel por una noche, alquila este sitio por una semana. Increíble. Lo único malo: estaba en un cuarto piso, sin ascensor. ¡Esos escalones iban a doler el domingo! Pero la amabilidad de la señora que me lo alquiló, y el gesto de tenerme flores frescas como bienvenida, lo compensaron. Gracias, Béatrice.

Inmediatamente me aclimaté, sentí el aire fresquito, unos 13 o 15 grados. Fui al super por comida, cené fuera, y comencé a imaginarme qué se sentiría correr en un lugar tan ordenado, tan perfecto. Es perfecto.

Al amanecer del viernes fui a la feria a retirar mi número: sigue siendo muchísimo más pequeña que la expo de New York, a pesar de que es casi la misma cantidad de corredores.

Salí de ahí, y en la noche sí tomé el metro para ver un ratito la famosa Torre. El sábado iba a pasar encerrada y con “las patas arriba”, pensando, tomando agua, tomando Gatorade, y comiendo pasta. Así que me di permiso de ir a darme esa vueltita.

Nunca pensé que lo iba a decir, pero en serio, ya para el sábado no me cabía un solo fideo más. Ni uno. Encontré un restaurante italiano en la calle de al lado, y dije: aquí almuerzo y ceno. No sé qué habrán pensado los meseros de verme llegar dos veces, y comer exactamente lo mismo.

La segunda vez, el señor de la mesa de al lado vio mi bolsito verde – el que le dan a uno en la expo -. Y como él tenía uno igual, me sonrió y me dijo con un acento muy vacilón:

-Good luck tomorrow! Are you a runner?

Le contesté que sí, y que de Costa Rica. ¿Y usted?, le pregunté.

- I am from Athens, Greece.

¡¡Se me fue el corazón a los pies!! Pegué un brinquito en la silla y aplaudí, el señor se rió y su familia también. Les conté que esa es la maratón que había pensado correr en noviembre.

- You know it is the authentic one, the original! – me dijo.

Claro que lo sabía, y por eso, y por Filípides, y por los 42 kms que lo mataron y que nos dan vida a miles de corredores, es que venía hace meses pensando en la maratón de Atenas. Total, terminamos de comer y conversar sobre maratones, sobre Grecia, y nos despedimos esperando que a cada uno le fuera bien al día siguiente.

No dormí casi nada.

Me dieron las 2 am y no había dormido nada. Los videos de motivación, el bolsito con los blocks, el iPod cargado, el bib ya pegado en la blusa… todo estaba listo.

Me dio la pensadera, la ansiedad, y al final ya eran las 5 am y había que levantarse.

Desayuné en el apartamento, y me fui, según yo, a llevar “frío” mientras esperaba la salida.

Les Champs Elysées pertenecían a los corredores. La gran avenida estaba repleta, corral por corral, y el cielo estaba peligrosamente despejado. ¡Riquísimo!

La espera se prolongó bastante, y me sorprendió sentir calor. ¡Calor! Probablemente estábamos a 17 grados, pero con el sol directo, muy pocas nubes. Y yo con manga larga. ¡Ni modo!

El corral se llenó de gente tomándose “selfies”. Me encontré a varios ticos de mi otro grupo, lo cual me animó montones, y se llegó la hora de arrancar: una vez más mi cerebro le dijo a mi cuerpo lo de siempre, “Prepárese, las próximas 4 horas y resto las vamos a pasar corriendo”.

El plan era quedarme en un pace de 6:30 los primeros 21 kms. Suena super fácil, pero conforme pasaban los kms me di cuenta de que no lo es, al menos no para mí. A como pude, lo mantuve, pero fueron 21 kms que se me hicieron eternos, justo por estar viendo el Garmin.

El calor aumentó, y yo comencé a sentir “bochorno”. Claro, hay que tomar en cuenta que en París la asistencia no está cada 2 kms, sino cada 5 kms. Me dio sed ¡Y el agua, la dan en botellita! No puedo imaginar algo más incómodo, pero bueno, así lo hacen ellos. Me di cuenta de que tenía que bajarme toda la botellita en cada estación, porque si no no aguantaría hasta la próxima. Gatorade, nada. Solo agua.

Algo que me llamó montones la atención fue la poca reacción del público. A ver. No es que no hubiera gente a los lados de la calle, ¡es que no reaccionan como uno espera! Nos veían pasar con una sonrisa… y nada más. La monotonía y el silencio los rompió una banderita pequeña, de Costa Rica, que me encontré al lado derecho. Y grité como un perdido cuando lo encuentran,… una muchacha y un muchacho, ¡dos ticos!, me refrescaron el alma con solo verlos. El grito que él dio lo decía todo: “¡Vaya por ese fondo de 42!” Quienes quieran que sean, ¡gracias!

Pasamos un bosque – Vicennes – y para ser sincera, antes de los 21 ya iba cansada, particularmente las piernas cargadas… pero nada. No le puse atención. Traté de hacerme la tonta.

Al llegar a los 21 tenía que decidir: ¿bajaba el pace? ¿Lo podría hacer? Lo intenté pero me dolía mucho. Pensé qué sería mejor, bajarlo por 5 kms y luego fundirme, o seguir igual, sosteniéndolo hasta los 30 tal vez.

Lo intenté. Pero las piernas estaban super “tiesas”. Qué le iba a hacer.

Iba bastante incómoda con el tema del agua. Uno se acostumbra a tomarla más seguido. Varias estaciones de guapísimos bomberos franceses sacaron sus máquinas y nos rociaban agua. Procuré devolverles una sonrisa, porque sí refrescaron bastante el calor, que por suerte comenzó a bajar.

Recordaba que los 30 kms serían más o menos cuando viera, al a izquierda, la torre Eiffel. Ya hace rato había pasado al lado de Notre Dame, y comenzamos a pasar por una serie de túneles que yo ni recordaba. ¡En serio que no!

Ese subir y bajar de los túneles me terminó de cansar… esperaba pasar los 30 en 3 horas 20, pero sabía que iba un poco más arriba de ese tiempo. “Siga, usted siga” pensé. Llegué al punto en que o me concentraba en seguir, o me estresaba por los números.

Finalmente pasamos los 30 kms, y volví a ver unos ticos, a los que sí conocía: doña Lilliana, qué lindo verla, ¡me dio un empujoncito al corazón! Creo que la asusté un poco porque la abracé y le di un beso, pero le dije “¡Ya voy a terminar esto, vas a ver!” y seguí corriendo… ¡pesadísima me sentía! Luego me topé el primer cartel en francés, primer y único cartel hecho para los corredores: “En una hora… ¡estarás tan feliz!”

Si quería intentar lo que venía a intentar, tenía que hacerlo ya. O no me saldría. Peor aún: si lo hacía ya era a un pace mucho menor al que traía… y con estas pantorrillas? Estaba muy adolorida. Comencé a reprocharme por todo. “Esto es nadando, ahora imagínese si no nadara…” “Tanto correr con cuestas, y mirá, te costó igual o más que antes…” “Mejor que esta sea la última, mejor no correr más… ¡nunca más, nunca más! Y no escribir más… qué vas a contar esta vez? Cerrá ese blog, qué vergüenza”.

En fin, me desinflé el ánimo yo sola, cuando comencé a sacar cuentas y supe que los números no me daban para 4 15, ni 4 20, ni 4 30 ni los 4 34 de Roma. Iba a hacer más. Cuando a uno le duele todo, incluido el orgullo, cuesta mucho levantarse. “Cuatro maratones es más que suficiente, no te parece… todo mundo pasea y vos sufriendo”.

Me llamó la atención la cantidad de corredores que se iban quedando a los lados. Algo sí sabía yo: salirme no era una opción, eso solo me haría sentir peor.

“Por qué se siente mal, acaso no intentó…” me dije…

“Sí, pero no me dieron las piernas, qué hice mal, qué hice mal…” me contesté.

En esas venía hasta que entendí que la respuesta no la iba a encontrar corriendo: “Mejor cállese, termine la carrera y luego hablamos”.

Y por dicha me callé, porque los últimos kms venían duritos. ¡Duritos! Los que cuestan más, los últimos, se pasan dentro de otro bosque, que parece interminable y monótono. Ni castillos, ni torres, ni cafecitos lindos en el panorama: un bosque que no se acababa, y que rendí kilómetro a kilómetro.

- 36.

- 36.4

- 36.8

- 37 kms… dale. Acabá el 37… vas para 38.

- 38.3… 38.7…. viene el 39! 39.2… no falta nada…. 39.7… 40.

- Solo dos. Solo dos, Nela. Vaya, no pare. No vea a todos los que están caminando. Siga siga.

- 41… 41.6… si llega al 42 ya puede estar feliz, a ver… 42…! Allá está la meta!

¿Por qué no había gritos, ni gente feliz? Éramos un montón de adoloridos entrando a la meta, y solo nosotros lo vimos. Paré el Garmin.

Hice una mueca cuando vi el tiempo. Avancé hasta que un amable señor francés me puso la medalla en el cuello. “¿Le gustó la carrera?” me dijo.

finish

“Se acabó” pensé.

Suspiré y le dije: “Cómo no”.

De camino, por casualidad, volví a toparme a la familia griega, y nos dimos un gran abrazo de felicitación. “¡La esperamos en Atenas!” me dijeron. Yo no supe qué contestar.

Como el apartamento estaba cerca, no tardé tanto en llegar y quitarme los tennis, suspirar, quitarme el bib.

- “No lo hago otra vez. No pude”.

- “Me duele tanto todo”.

- “Ay ya. Quiero bañarme y no pensar más”

- “Qué pena con el profe. No pude. Qué inútil”.

- “Qué hice mal…”

Me bañé, me alisté – esta vez, con tacones – y salí a comer y a ver la ciudad, ya no como corredora sino como muchacha nueva en París.

Subí al metro, y me fui a la torre. Una pareja de muchachos me hicieron el favor de tomarme una foto. Saqué la medalla con timidez.

Me fui a comer y decidí que aunque fuera en tacones, y con las piernas adoloridas, los próximos dos días iba a caminar y conocer la ciudad.

Imposible ver tanto en dos días, pero conforme fui conociendo, conforme pasé más tiempo en la ciudad, entendí muchas cosas acerca de lo que pasó.

Primero: por qué me estaba sintiendo tan triste. ¡Ni que no hubiera entrenado! La medalla tal vez no reflejaba lo que yo viví en 42 kms en París, pero sí lo que viví entrenando, y en los fondos. A veces – y me entenderán los que corren – hay fondos en los que uno tiene mejor desempeño que en una carrera. Así que ¿por qué la cara larga?

Segundo: no hice mal 10, ni 21, ni diría que hice mal los 30 kms. Yo iba pensando en una ruta plana, y no. París no es plana. Si quiero una ruta plana, mejor me olvido de Atenas, y pienso en Chicago o Berlín. Es más, ¡ni viajo! Plano, ¡agarro la pista! Sin complicarme. Ya debería entender que hay una cuota de riesgo en correr donde nunca he corrido. Es parte de. En Roma me fue muy bien, ¡sorpresa! Aquí no fue igual. ¡Sorpresa!

Tercero: Lo intenté, y no tuve un mal día. Pero sí lo intenté. Se me olvida a veces que esto es un privilegio que comenzó como una idea, un chispazo. Me lo tuve que decir a mí misma, viendo las calles de París, frente al Louvre, junto al Sena: ¿es que acaso uno corre todos los días aquí? No. ¿Es que todos los que se inscribieron, llegaron a la meta? No. ¿Y entonces, terminaste la cuarta maratón y no estás celebrándolo? Qué mensa. Igual, mientras lo escribo, se me sale alguna lágrima. Demonios.

Erick Amador, mi amigo el @ticorunner, me lo dijo con la sabiduría y la calma que le envidio: “Nela, dicen los que saben que hasta después de la octava o décima maratón uno lo puede predecir, lo demás, salen todas distintas”.

No sé si yo llegue a 8, mucho menos a 10, pero creo que tengo que entenderlo.

Si me esforcé, si hice de verdad todo lo que podía, ¿me voy a seguir castigando mentalmente?

Lo tengo claro: hice mejores fondos que esta maratón.

Pero no por ello deja de ser un esfuerzo mío, válido, importante.

Y si vine a aprender esto a París, ¡qué dicha!

Cuarto, y no menos importante: créanme que hasta ahora hago la cuenta. Entre la maratón de NY 2013 y esta, no hay ni seis meses de diferencia. Qué bruta. ¡Ni que yo fuera Gabriela Traña! Tal vez el timing no estuvo tan bueno. Tal vez es mejor dar más tiempo entre una y la otra. Yo quería hacer menos de 4.34, hice 4.55 Ya. Fin del drama. Maratonista, cuatro veces maratonista. ¡Pare de sufrir!

Luego supe que Bekele rompió el récord de la ruta. Debutó y rompió el récord. ¡Maravilloso!

Cayó la noche, y ese último día, mientras volví a pasar por los Champs Elysées, pero caminando, ya no en tennis, me di cuenta de que había vivido una gran maratón, y que es un sueño hacer lo que a uno más le gusta en un lugar que es sencillamente perfecto, lleno de historia, de rincones hermosos, de instantes irrepetibles, como ese pestañeo de luces de la torre cada hora, robándonos el aire a los que no estamos acostumbrados a verla.

¿Qué salió mal?

No todo salió mal. Vamos a ver qué puedo mejorar.

Lo que sé es que ya se me pasó la chicha de “nunca más, nunca más”; sé que ya me perdoné por no hacer mejor esa segunda mitad de la maratón, sé que estoy feliz, consciente del sitio tan hermoso que conocí, y sobre todo: sé que habrá muchos entrenamientos en los que me vaya mejor o peor, pero lo que importa es la voluntad de levantarse temprano, exigirse otro poco más, nadar, sí, otro poco más, y quién sabe. Quién sabe si un día se repita Roma. Eso no lo sabré hasta que lo vuelva a intentar.

No lo sé. Tal vez salude a la familia Pentheroudakis en noviembre. Todavía no estoy convencida de que quiera volver a pasar por todo esto, aunque, sinceramente, siendo la ruta original, la de Filípides, la histórica, que termina en el Panathinaikon Stadium, la tentación es enorme. Me gustaría mucho ir, ahí sí no por tiempos – la ruta es conocida por sus cuestas – sino por acercarme más a la historia de esta distancia que me agota, me desvela, me gusta, me mata, me apasiona, me emociona, me decepciona… me hace levantarme a las 5 de la mañana. Para conocer la maratón, donde nació.

medallaPor ahora, descanso de tennis, de Gatorades, de blocks Cliff, de Garmin. Me quedo con el aroma de París, con la nostalgia que sentí en Père Lachaise ante la tumba de Edith Piaf, con la fascinación en el Louvre… 42 kms en la ciudad más hermosa del mundo, lo cambian a uno. Este deporte lo cambia a uno. No por más o menos flaco. Lo cambia por dentro. Y esta vez, me encantó la lección.

Mi parte favorita de todo esto es cuando al llegar al aeropuerto, le puedo poner mi medalla a mi papá. Ahí, con esa sonrisota que me devuelve,  se me olvida todo.

Lo voy a intentar


picstitchNo hay momento más extraño que éste, las horas previas a la maratón. Todas las dudas, todos los dolores, todos los amores se te juntan en un silencio abrumador, y te volvés a preguntar “qué hago aquí”. No hay pastas o gatorades que sean suficientes, se siente miedo de no haber comido, dormido lo suficiente. Pero el reloj sigue avanzando, y además, aquí vamos 8 horas adelante, así que se me aceleró la llegada de este rato sola, en silencio, alistando por cuarta vez mis cosas para correr.

El plan del profe es ambicioso. Del profe no, ¡mío! Tengo que sostener un pace hasta los 21 kms, y a partir de ahí, bajarlo. Volver a correr como en Roma, de menos a más. 21 kms a un pace constante y luego ir más rápido. Tengo un margen flexible, pero la idea es hacer 4 horas 15, más o menos. La idea es mejorar los 4. 34 de la vez pasada. Esto implica mucha concentración, implica creer que puedo, hacerlo, y si hay dolor, ignorarlo. Porque es posible, y lo voy a intentar.

El cuarto es un caos de barritas, botellas de agua, papeles, mapas. Ya me asomé a la ciudad que voy a conocer corriendo, y es hermosa. El clima está muy bueno, la salida es este domingo a las 8:30 am (12:30 am del domingo en CR). Me pierdo la segunda vuelta de las elecciones en mi país, pero cambio ese “salí a votar” por un “salí a correr”, y espero hacer un “Luis Guillermo”, es decir: comenzando despacio, a paso seguro, pero terminando rápido y cumpliendo el objetivo que parecía imposible.

Y repito el ritual: Gladiador, Spirit of the Marathon 1 y 2, oír mi playlist. Mañana el despertador sonará con La Marsellaise, y este susto y estas dudas, y esta lloradera la cambiaré por unas ganas enormes de conocer París corriendo. Sí, mañana voy a salir a dar una vuelta de 42 kms a París. ¡Y hay que hacerlo con actitud positiva!

Seré una de las 50 mil personas en la salida. Una de ese 21% de mujeres corriendo en París. Hay 138 países representados aquí, uno es el mío. 3 mil voluntarios, 250 mil espectadores… y si siento que no puedo, pensaré en el corredor de 86 años, el de más edad inscrito para la maratón. Si él lo va a intentar, yo también.

Aquí comienza el dopaje mental. ¡Aquí comienza la maratón!

 

 

 

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