El mundo se conoce corriendo


Seguro que los fans de Mafalda recordarán que ella quería ser traductora en las Naciones Unidas cuando fuera adulta, según ella; -para traducir lo contrario y ayudar a que los países no hicieran guerras- Pues… bueno, querida Mafalda, para unir gente alrededor del mundo, hay algo más sencillo; –¡correr!- Es increíble la diversidad de personas, de los países y culturas más lejanos, que podrías conocer corriendo.

Nunca había tenido tantos amigos como ahora. No soy de hacer muchos amigos todos los días, pero algo pasa cuando te pones los tenis, y alguien te habla de correr; por señas, en otro idioma, o como sea, derribamos esa torre de Babel, y cuando te das cuenta, hiciste amigos nuevos que corren en sitios lejanos: llanuras, desiertos, nieve, playa, grandes ciudades, pequeños pueblitos.

Podés leer el resto del artículo en el blog Korridorimerino.com.mx  :) Ahí menciono la maratón de Palestina, el amable gesto de los kenianos que me convidaron de su comida en Tamarindo, mis papás “griegos”, en fin… Correr nos hace más ciudadanos del mundo, más solidarios, más hermanos. Es universal. Es humano.

Este es Andrés Alfaro: ¡yo entreno con él!


11536877_10153008853812643_685346436_nHoy quise que una página de este relato sirviera para presentarles a este muchacho – sí, sí, es un muchacho – aunque yo lo veo como un niño grande. ¡Qué importa cuántos años tiene! Sé que tiene 26 de entrenar y dedicarse a los deportes. Andrés es una persona que disfruta inmensamente lo que hace. Se ilusiona con cada detalle. Que si con los tennis nuevos, que con una ruta nueva para correr. Que un “tri” nuevo, que un “chuzo” de bici. Que un libro, que una técnica nueva. Algo. Un plan para entrenar más, entrenar mejor. Rendir. Aprender. Aprender. Aprender.

Habla rápido, levanta las cejas y abre los ojos con gran entusiasmo cuando cuenta algo: gesticula para poner ejemplos, describir carreras. Todo en el rostro de Andrés transmite emoción. ¡Imposible aburrirse con el profe!

Esa figura delgada y veloz que va con un tropel de muchachas por Santa Ana, es Andrés Alfaro. Además, lo distingue un buen humor. ¡Porque hay que tener buen humor para entrenar a tantas muchachas al mismo tiempo! Y nosotras lo podemos vacilar, o él a nosotras. Las frases que más me gustan, las dice en serio y en broma: “Bueno, bueno, hoy vamos a correr en zona vómito”. “¡Si nos levantamos temprano, fue para venir a sufrir!”. “¡Ah no, a sentarse no vinieron! Para sentarse más tarde van a la oficina”. Todo siempre con respeto. Pero con un poquito de humor, ¡porque no tendría gracia si no fuera así!

Yo: -“Andrés, ¿a usted quién le enseña esas rutas con cuestas? Qué es la cosa, ¿qué, a usted lo llevan a perder, y lo dejan botado para ver por dónde sale?

Andrés: -“¡No no, vieras que ayer hice el mapa del fondo, y ahí en Googlemaps me salía plano, no sé por qué hoy era una cuesta!”.

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Y nos deja tomarnos todas las fotos que queramos, qué alcahueta.”Foto, foto, foto Andrés!”

También se emociona como nosotras, y con nosotras. Le gusta motivarnos, y escoge muy bien las palabras para darnos fuerza y coraje. “Corajéelooooo“. Y todos sabemos que a fin de año en la fiesta, seguramente nos va a hacer llorar. Ha creado en su grupo JustTraining una sensación de hermandad, de solidaridad, de apoyo, que hace que entre nosotros nos cuidemos, nos apoyemos, y estemos orgullosos del profe.

Hay algo que me da mucha seguridad: siempre está leyendo algo, aprendiendo. ¡Y nada le asusta! No le preocupó que siendo yo de las menos fuertes, se me ocurriera elegir la maratón de Atenas. “¡Vea profe, vea la altimetría!”, le dije el año pasado.  –“¡Yyy, qué chiva!“, me dijo, con una sonrisa.

-Yo:  “Profe, usted cree que puedo hacer Tamarindo… y después Nueva York”.

-Andrés: “Síiiiiiiii claaaaaro”, me dijo sin titubear.

¡Yo no voy a dudar del profesional que me está guiando en ese proceso! Logramos Atenas, ¿cómo no podemos lograr más?

Le tengo que agradecer que me ayudara a vencer el miedo a la piscina.  Pero le agradezco más que no me tenga lástima. “¡Suba ese pace, Cordero!” Sí, tenemos que subirlo. No anda pensando “ahí viene la del marcapaso”, naaaaaada. “Que suba ese pace, Cordero”. ¡El día que no me exija como a las demás, ese día no voy!

En esta conversación con el profe, aprendí cosas increíbles sobre él. ¡Comenzó como futbolista! Y del Club Sport Herediano. Pero supongo que para alguien tan inquieto, ir 90 minutos detrás de la bola no era suficiente. Creo que es el primer entrenador que se animó a dirigir un grupo exclusivamente femenino. Y aparte de tratarnos con respeto y exigirnos disciplina, nos ha enseñado a ser fuertes, como espartanas.

A Andrés le gustan los retos, no solo para sus pupilos. ¡Para él! Cuando se inscribe en un tri, o una carrera, no va a pasear.

– Yo compito, y además hago todos los entrenamientos con la gente. A mí me gusta competir con mi gente, compartir con ellos, y ahí entreno.

Es el más feliz con sus nuevas medias de compresión. El más ilusionado: “¡Estas tennis son buenísimas para maratón!“, dice, y te cuenta cada detalle mínimo de los tennis, porque se lo estudió. Las probó. Las comparó. Es obsesivo. Minucioso. Estudioso.

De él aprendí la disciplina más estricta. “No se les olvide el entrenamiento silencioso: comer, dormir, hidratarse”. Pero ojo que éste no es un obsesivo del deporte “solo porque sí”. El deporte no le quita ser esposo y papá. Este es un papá que goza cada braceada en la piscina con su hija y con su machillo, que es como un mini-me suyo. ¡Y su esposa, Paola! La mejor porrista que puede tener el profe, y viceversa.

En resumen: entreno con un ex futbolista que sigue siendo herediano. Entreno con un estudioso de su trabajo. Si en Colombia a Jorge Luis Pinto lo llamaban “el ilustrado del fútbol”, yo entonces digo que Alfaro es “el ilustrado del atletismo”. Es un hombre muy estricto con su trabajo, pero muy noble con sus pupilos. Ha de tener un gran corazón, como el de Induráin, no solo por su rendimiento, sino porque uno sabe que al profe le importamos todos.

Y bueno. Lo confieso: en Atenas, luego de ver mi tiempo en la meta, lo primero que hice antes de llamar a mi casa, fue llamar a Alfaro: ¡yo tenía que contarle! ¡Tenía que contarle que lo habíamos logrado! Pero obvio, andaba entrenando, entonces le conté a Pao. Así de grande es la motivación, y el respeto que infunde. Más o menos así fue nuestra conversación: él defendiendo a su Lance, yo a mi Contador.

– Profe: ¿usted, de dónde salió?

– Tengo 26 años de hacer deporte, digamos, carreras, pero antes hacía futbol, jugaba con Heredia.

– ¡No le creo!

– Mi papá me llevaba a jugar a los infantiles de Heredia: había kínder futbol. Yo jugaba como medio campo derecho… Yo tenía como… no sé, siempre me gustaba correr, y en la cancha también, ¡peleaba la bola a muerte! Luego salí del cole, y en la UCR me llamó la atención el equipo de atletismo, las camisas eran como las de los velocistas de pista, era un equipo pro, con una panta celeste, y me metí a correr ahí. Hice carrerillas, con unos tennis azules Bilsa, que eran de cordones blancos. Con esas hice mi primera carrera.

–  ¿Y el tri?

– No tenía técnica. Hice una prueba nadando alrededor de la piscina, sin agarrarme de la orilla ni tocando el fondo, continuo por 15 minutos. Ahí lo logré. Y con eso me fui a Caldera. En ese mar… ¡el peor evento de mi vida! Fue lo peor, y de ahí en adelante empecé a llevar cursos en la UNA y UCR. Yo llevaba administración, y luego la UIA me becó en triatlón.

– ¿Cuál fue su primer grupo?

– Mi primer grupo fueron las Lagartrotters. Antes entrenaba 4 muchachos en La Sabana. Con Vivi Calderón comenzamos el grupo de solo mujeres. Yo pensaba que eran un dolor… pero no, ¡son peor los muchachos! Comenzamos 12 Lagartrotters, muchachas que nunca habían corrido. Todas terminaron la media maratón que querían hacer. Después vino JustTraining para triatlón. Y RunZone.

– Y pasa estudiando. 

– Ah sí, yo paso en eso todo el día. Y sigo llevando cursos, certificaciones. He  llevado campamentos con Carmichael, campamentos de atletismo, ciclismo, y ahora con TYR, trabajo con ellos.

– ¿Cuál ha sido su competencia soñada?

– La maratón de…. ¡Jungle Man!… ¡esa fue la más increíble para mí! Hay 14 km en arena, 7 km dentro del parque de Cahuita, todo es en arena, y hay un plano de lastre, fue mi mejor tiempo, ¡3.25!

– Hay gente que dice que le gusta entrenar con usted porque “es muy loco”. 

Jajaja.

– No no, yo no digo eso. Yo creo que con usted corremos los que tenemos ganas

– Sigo en mi lucha de transmitirles eso, y es lo que hago. (Me enseña un chat de whatsapp) Vea, vea el chat que tengo con los del IronMan para Panama City. Ahí les paso mandando videos, todos los días presiono. Les mando cosas como: “Sin esfuerzo no hay recompensa”. Yo presiono todos los días.

– Alguna vez pensé que con usted solo corrían los rápidos.

– No: sólo rápidos no: a mí me gusta la gente que sea constante, que uno los ve, perseverantes y que tienen pasión por lo que hacen. Uno lo reconoce. Se le nota si lo hace por moda. Si usted quiere venir, le digo que sea perseverante, no me importa si es rápido, si camina, si queda de tercero. No se trata de eso.

–  Usted es así, como un reloj: yo me lo imagino, a las 3:59 un minuto antes de que le suene la alarma, ya despierto.

– Sí, yo hago todo igual: a las 4 veo mis videos de motivación en youtube, mi favorito es el de Lance Armstrong, que usted lo odia.

– ¡Ay que no, yo no lo odio! ¡Es que yo voy con Contador!

– ¡Acuérdese que Contador lo atacó! ¡Él me lo atacó en el Tour cuando Lance volvió! (nos reímos)

– ¿Andrés, usted aprende de sus alumnos? 

– Claro que sí. Constancia, perseverancia.

– Para mí lo principal es la motivación y la pasión. Y después vienen los números. Yo le puedo pedir pruebas de sangre, lactatos, ver pace, pero si usted no tiene la motivación, si no tiene ese chip, si no tiene una mente positiva, entonces para nada sirve. ¡Para nada!

– ¡Diay Andrés, es que a los que no tenemos talento, solo eso nos queda!  Las ganas.

– Pero vea: tienen hambre por conseguir metas, el deseo de completar una carrera, bajar un minuto, tienen hambre de alcanzar eso.

–  ¿Entrenar a Lobito para usted fue un desafío?

– Con Lobito empezamos desde lo más básico, porque no podía virarse en el agua. Me dio miedo al inicio. Con él empezamos de cero en los entrenamientos, hasta que lo vi… vi que pudo hacerlo. ¡Y mae! Lo vi que dio vuelta en el agua. ¡Pudo! A la tercera clase se me quitó el miedo, y le dije “¿Por qué no hace un triatlón?”… y  me dijo “La verdad es que sí, ¿cuál? De una vez”. Fue el triatlón que hizo en el Puerto.

– ¿Siente que ha fracasado con algún alumno?

– No, porque todos han logrado sus metas. Pero lo que siento es eso: que cuando no tienen disciplina, eso me hace sentir que fracaso yo.

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Solo así puedo ir a la par, caminando. Por ahora. La idea es alcanzarlo.

– ¿Y los que le hacen caso, por qué le hacen caso?

– Por terco, porque soy demasiado cerrado. Terco, terco terco, terco. Se trata de ser constante, y que le guste a uno lo que uno hace. Tengo 26 años de hacer lo mismo, levantarme temprano. Pero yo todos los días me motivo, hago mi planificación, me visualizo. Sé a qué velocidad voy a correr cada kilómetro. Sé qué voy a llevar, la botella, el hidratante. Todo. Me pongo un reto. Como también me puse un reto para el Iron Man de New Orleans. Mi meta era conseguir un cupo para el mundial.  Pero me dieron una penalización 7 minutos, y no pude. Fracasé. Estaba sobrado para clasificar. Yo iba aquí “pá pá pá“… iba súper bien.

– ¿Y eso lo desmotivó?

– Ah no, yo lo tomo como energía, y tomo impulso otra vez.

Mañana, a las 3:59, Alfaro está despierto para entrenar con TriZone. O con las Lagar. Perdimos un buen futbolista… pero ganamos un gran entrenador. Ha de llevar 2 horas dormido. Leerá ésto, a las 4 am pasadas. A partir de Agosto, será un IRON MAN Certified Coach. 

Ser maratonista.


Estos días he estado pensando por qué para mí decir “soy maratonista” y seguir siéndolo, es algo tan importante como decir mi nombre, mi cédula y reconocer que me llamo así. Que esa soy yo. Que también soy la que corre.

Nadie tiene entrenamientos fáciles. Creo que cada quien con sus horarios, sus obligaciones, sus quehaceres, sabe que hay días que lo más fácil sería apagar el despertador y “hacerse el tonto”.

Pero la verdad yo siento que le debo algo a la Maratón. Siento que me llama, para enseñarme algo más. Esta ha sido mi Universidad. Yo no tenía la determinación de hoy hasta que me desafié a mí misma para ver si lograba correr 42 km.

La maratón, tan parecida a la vida, ha sido la prueba maestra que me recuerda que sí puedo ser fuerte, aunque sea menudita y nada atlética. Sí, también puedo tener paciencia. Aprendí que puedo dominar mi carácter, que no puedo desesperarme por cualquier cosa, o me estrellaría violentamente contra un muro y ahí caería derrotada.

Las lecciones aprendidas en una maratón se quedan con uno para siempre y salen a flote cuando más se necesitan: cuando uno tiene ganas de tirar la toalla, cerrar los ojos, cerrar la puerta o ponerse llorón y pensar “me gustaría que alguien me ayude”. Pero en esos momentos de debilidad, recuerdo que he llegado a esas 5 metas, a veces con dolor, siempre sola, nadie me ha empujado, con unas ganas que me quemaban el pecho y diciéndome a mí misma que cada paso hacia delante era uno más lejos de la salida, y otro más cerca de terminar.

Si quien me lee es maratonista, sépalo: usted no es normal.

A usted es difícil intimidarlo o asustarlo con “algo que es muy agotador”. Ya usted lo ha vivido. Y lo superó.

Tampoco lo deslumbran los logros instantáneos: ya usted ha sido probado en el fuego de los fondos sabatinos, usted sabe que hay un proceso para completar la distancia y domar columpios.

Un maratonista no come cuento con eso de que “no se puede todo en la vida”: porque ya una vez lo comprobó, y lo logró. Combinó trabajar, entrenar, ser mamá o ser papá, cumplir con sus deberes, y robarle tiempo a las madrugadas, ir a la feria, dejar la casa limpia.

¿Romperle el corazón a un maratonista? Tampoco. Una mentira o una cobardía, más bien nos provocan ganas de salir corriendo, literalmente. Y como la distancia es buena consejera, créame que podemos dar media vuelta y alejarnos por más de 42 km. Sin titubear.

Los maratonistas somos más agradecidos con pequeñas cosas: un vaso de agua, un abrazo. Cinco minutos más de sueño. Comida caliente. Un saludo de apoyo de un desconocido.

Podemos rezar y meditar en largos tramos de carrera, respiramos hondo el aire de la madrugada mientras se va asomando tímido el sol.

Por eso para mí, mi título de maratonista, es tan importante como el de periodista. La diferencia es que, ser periodista me salió natural, lo pulí en el ejercicio de la profesión. En cambio lo de maratonista, a veces no me lo creo. Porque no tengo ese talento, de verdad que no.

Solo sé que lo soy.

Y somos tan maratonista tanto usted como yo, como el que corre la distancia en 2, 5 ó 6 horas. Tanto vale su maratón como la de Paula Radcliffe. Y tanto vale el esfuerzo del que hace maratón en San José, como el de quien la hace en Tokio, Buenos Aires o Viena.

Tan maratonista es ese flaco de músculos secos que parece que se desliza por las calles, lo mismo que aquel de paso lento, más gordito, más grande… más bajito.

Y con cada maratón que uno corre, se renueva ese título, porque se vuelve a empezar de cero, en ese primer fondo, en esa primera salida a trotar.

Para mi, ser maratonista es más que decir “corrí 42 km y 195 metros”.

Cuando conozco un maratonista, automáticamente pienso:

“Esta persona agradece la salud que tiene.”

“Esta persona se pone objetivos y no los deja botados por cualquier excusa.”

“Esta persona tiene un mundo interno profundo y muy íntimo.”

“Vive el presente, pero sueña la meta. La ha imaginado.”

Un maratonista puede recordar los mínimos detalles de una carrera: tiene una mente cinematográfica. Y estoy segura de que cada medalla la acariciamos un ratito, recordando la ruta y cada palmo de ella.

Sean dos o veinte las que uno haya completado, cada maratón lo cambia a uno.

Ya hice 5. Y eso me enorgullece. Pero sé que eso no me hace ni más ni menos que todos los que están entrenando para hacer la primera, o la veinteava. Solo somos distintos, diferentes historias.

Estoy a menos de cien días de volver a hacer la primera. La más difícil de todas. La que no estaba “presupuestada”. A mí me prestaron latidos nuevos para lograrlo. Me la quiero merecer.

distanciasGracias a mi amiga Connie, porque al enviarme esta frase en un mal día, me recordó que no puedo tirar la toalla, cuando en otras 5 ocasiones, tampoco lo hice.

Y usted que me leyó, mucho menos la va a tirar: sea su décima o su primera maratón. Tome aire conmigo, como cuando faltan solo 100 metros para cerrar ese condenado entrenamiento.

No se desanime por problemas o situaciones que parecen cuestas de 100 metros. Ya ha sido probado en la larga distancia. No dude que esto también lo va a superar. Deberíamos estar más conscientes de cuán lejos podemos llegar, cuando nos lo proponemos, como lo hicimos antes y como lo haremos otra vez. Mientras haya salud.

Volver a correr no ha sido fácil.

Pero probablemente después de todo lo que pasó, ahora tenga más sentido para mí.

Esto se aprende para la vida. Siempre hay una distancia entre uno y lo que sueña, lo que ama. Lo que busca o lo esté esperando.

¡Agua helada en el rostro!


“La Paz” fue un regreso soñado. Por supuesto que no gané. Tampoco mejoré mis tiempos. Pero volví a pasar debajo del arco de salida, persignándome con la fe de llegar y pasar un rato después, el marco de la meta. Luego de 21 kilómetros a 30 grados, con una ruta difícil, tuve un delicioso baño de agua fría. A 600 metros de la meta (que está ubicada al final de un largo ascenso) ahí estaba esa mancha color naranja de mis compañeros de Just Training, y aparte de oír sus gritos vi venir una figura hacia mí, con una botella de agua helada, y sin preguntar, me bañó el rostro. “¡Tome, para que se despabile y cierre, cierre!” dijo. Era Andrés Alfaro, mi entrenador. ¡Y cuánto me despabiló esa agua helada! Antes de llegar a la meta también vi a Alvarito, mi primer entrenador, con la sonrisa cómplice animándome a cerrar. Y allá en la meta, otras tres caras que me despabilaron el alma: mi papá, con los ojitos llenos de lágrimas, mi mamá y mi hermana felices… ¿sabe cómo me supo ese abrazo?

¡Ya supe lo que siente que a uno lo esperen!

¡A mí me esperaron en la meta! Sé que ese fue el cierre de lo que nos pasó el 30 de enero. No más sobresaltos, no más miedo. Juntos, los cuatro, cerramos el círculo. Fue como una graduación.

Gracias a mis amigos por celebrar conmigo el regreso. Gracias a mi familia porque no me esperaba verlos allí. Y gracias a Alfaro por no tenerme lástima. ¡Yo tampoco me la tengo! Sé que no regresé más rápida. ¡Pero regresé! ¡Que gane el keniano! A mí lo que me mataba era no volver a intentarlo. Y ahora, lo intento otra vez. Será cuestión de piernas. El corazón viene reforzado.

19429_10152888219197643_25161534308044266_nEsta foto me gusta mucho. Ahí voy ya después de la carrera al lado de Andrés: ¡yo quiero ser como él! Siempre tiene una meta, una ilusión más grande. Nunca se queja, siempre quiere mejorar. Le brillan los ojos cuando uno le cuenta que tiene una meta nueva en mente. Y este año, ¡cómo no vamos a tener grandes metas!

Profe, si usted cree, ¡yo también creo! Gracias por ser el agua helada en el rostro. Lo fue usted, lo fue mi familia, lo fueron mis amigos. ¡Así se espantan los miedos! ¡Así vendrán las metas que sueño!

Gracias porque cuando se las cuento, en lugar de asustarse, ¡se emociona! Si no es para vivir con ganas, ¿para qué estamos vivos? ¡Para sentir el agua helada en el rostro antes de la meta!

 

Miedo, no. ¡Ganas, sí!


Todo ha sido muy rápido.

Un día uno abre los ojos y está en un hospital. Doce días después, tiene un marcapasos. Después del reposo, logra ponerse los tennis para caminar. Luego de caminar, trotar. Y después, correr.

Recuerdo el día que celebré “ya caminé 400 metros”. “Hoy caminé un kilómetro”. Luego, la emoción de trotar 4. Las ganas de llorar – y sí, lloré sentada en una acera – cuando completé mis primeros 10.

Luego, volver a correr con mi grupo. Chocar el puño con mi entrenador y decirle. “Profe, hoy pude hacer 10”.

Y este sábado 25, nada me borraba la sonrisa mientras veía el Garmin sumando metros… marcaba también la frecuencia cardíaca perfecta, correcta, constante y segura. Hasta que se cumplieron 15 km. No me importa si más rápidos o menos rápidos que antes. Sé que sabían a gloria. Y me sentía bien.

Este primero de mayo no será mi primera media maratón. He corrido casi 20 desde que comencé a correr. Pero, en cierta forma, ésta carrera sí tendrá ese dulce sabor de una primera vez.

Porque salud no es quedarme sentada. Salud es volver a ser yo, y nunca soy tan yo como cuando corro.

No tengo miedo, tengo ganas. Ganas de 21 km, que suman para una maratón. Y que demuestran que aquellas dos semanas en el hospital tienen un por qué y un para qué.

Esta medalla, tan compartida, tendrá los nombres de aquellos hombres y mujeres de gabacha blanca en el Hospital; también el nombre de mi entrenador, que cree y sueña en grande. Y no sería yo una persona agradecida, si no dijera que este 1 de mayo, alguien, allá arriba, tiene algo que poner en su medallero. Con su nombre y el mío.

No tengo miedo. ¡Estoy lista! Media Maratón La Paz. Qué privilegio, estar de vuelta.

¿Por qué iba a tener miedo?

Entre pecho y espalda


Escribí esto un 17 de marzo. Fue difícil comenzar a escribir. Antes de enfrentarme a esta pantalla en blanco, tuve que enfrentarme a una mente en blanco, a un cuerpo asustado, a una rutina de hospital, y asimilar lo que me había pasado ese 30 de enero.

Recapitulo, lo sucedido.

Ese viernes, en la madrugada, me había despertado con un tremendo dolor de cabeza, que no me dejaba ver bien, ni siquiera caminar bien. Algo malo estaba pasando. Muy malo. Me asusté. No sé cómo, me volví a dormir, luego me desperté normal, fui a trabajar, y alrededor del mediodía la “tremenda migraña” me volcó de una manera fulminante. Solo recuerdo que alguien me dejó sentarme en un sillón, hasta que aparecieron caras conocidas; mi amigo Freddy Serrano, mis compañeros de la revista,… y, después de eso solo sé que me llevaron al hospital. Me vi en una camilla, siempre con dolor de cabeza. Sentí una inyección en la columna –punción lumbar -. Siempre, con la misma migraña.

Hasta el día siguiente desperté y supe que estaba en el Hospital México. Nadie me explicó qué hacía allí, pero ya estaba con bata, con vías en los brazos, y con un aparato feo e incómodo pegado en el cuello. Tardé varios días, con el paso de muchos exámenes, para comprender que mi corazón me había dado un gran susto, dejando sin oxígeno a mi cabeza, y un travieso coágulo se había ido a alojar allí.

Para quien nunca ha estado en el hospital, esa sensación de vulnerabilidad es tremenda. Te invade una incertidumbre y una desesperación. Porque claro, ese sábado yo tenía planeado ir a correr como siempre, y en lugar de correr, estaba llena de mangueritas, y llena de preguntas. “No entiendo, yo no puedo estar enferma. Por qué no se me quita este puñetero dolor de cabeza”.

Pero sí que estaba estaba enferma. Mucho.

“Bradicardia.” Le llaman.

El diagnóstico, clarísimo. Yo había entrado a emergencias con pulsaciones bajísimas. Y no las usuales pulsaciones bajas de deportista, (tipo Contador y sus 45). Yo exageré. No entiendo cómo llegué con 30 pulsaciones por minuto, suficientemente preocupante y peligroso. Días después, supimos que los latidos de mi corazón estaban tan lentos, que pasaban hasta 8 segundos entre uno y otro. Ese “aparatejo” horrible que me pusieron en el cuello y que me estorbaba tanto, era un marcapasos externo, con el que los médicos procuraron estabilizarme. Pero faltaría un rosario de exámenes, para saber si requería uno fijo.

De nuevo, con una rebeldía y una soberbia, conmigo y contra todo, me decía “¡Pero no, cómo va a tener un marcapasos una deportista de 37 años, eso no está bien!”. Porque buscaba en Google, y solo me salían pacientes con marcapasos, como Elton John, la Madre Teresa, en fin… gente siempre mayor, viejitos, ¡ninguno era maratonista, ni joven! Por suerte apareció el doctor Hirsch, psiquiatra, a quien le pedí que me ayudara a buscar donde fuera, si había casos de maratonistas con marcapasos.

Mientras que en casos similares al mío, una persona hubiera perdido el habla, la capacidad de moverse, o recordar, yo, en cambio, estaba perfectamente. Lo que estaba era más necia que nunca. ¡Qué maravilla! ¡Celebré saber que podía recordar todo, que tenía todo en su sitio, las facultades básicas y no tan básicas, también. ¡Seguía siendo la misma necia, ahora llena de dudas, con ganas de preguntar todo y las veces que fuera necesario! El Dr. Sánchez y el Dr. Araya saben a qué me refiero. Cuando comprendí lo grave de lo que me había pasado, con más razón quería acabar con eso, y retomar mi vida como era antes, y mejor aún si fuera posible.

“Doctor, ¿me ayudaría por favor a buscar maratonistas con marcapasos?”. Esa fue la pregunta que repetí muchas veces, hasta que me la contestaron. Ellos entendieron que mi anhelo no era solamente salir viva y sana, también era salir a correr. Y eso no es poca cosa. Cuando uno sabe que algo le pasa al corazón, comprende que eso podría comprometer cualquier cosa, pero claro, con mucha más razón compromete los sueños de maratones, de fondos sabatinos,… yo miraba por la ventana del quinto piso del Hospital México, añorando salir, justo en esas tardes de febrero, en verano, cuando correr es más lindo. Y me las estaba perdiendo, pasaba los días ahí acostada, lloraba a ratos, soñando con que pudiera salir a correr en pocos días. O sencillamente, sentarme en mi ventana a ver el atardecer, cosa que me encanta. Lloraba pensando en todo lo que pudo haber salido mal.

Por supuesto, estaba asustada: lidiábamos con un asunto de vida o muerte. 8 segundos sin aire, suena pésimo. ¡Jamás me hubiera imaginado que un corazón tan alegre podía latir tan despacio! Sé que las arritmias son comunes entre deportistas, pero en mi caso, bueno, me saqué la lotería. Afortunadamente fui a dar en manos de los mejores. Aunque yo sé que al inicio no fui la mejor paciente.

Pasé de ser rebelde y malhumorada, a ser la impaciente que quería que le pusieran el famoso marcapasos. ¡Lo necesitaba! ¡Me urgía! Y me explicaron que con un marcapasos mi vida no solo iba a ser normal, podría ser extraordinaria. “Muchacha, claro que puede correr con uno de esos. Sí, maratones. Sí puede. ¡Hasta puede tener chiquitos!”. Y yo, les explicaba que esa no era mi idea: es más fácil correr una maratón, que se acaba en 4 horas y media, mientras que parir y ser mamá es para siempre… ¡yo no pido tanto!

El marcapasos me sonaba ya como una promesa de vida, como un aliado para entrenar sin morir en el intento, para seguir viva sin sobresaltos horribles, ni sustos como el de aquel viernes.

Le envié un mensaje por whatsapp a mi entrenador: “Profe, ¿si me ponen un marcapasos, le importaría entrenarme para maratón, aunque tenga un aparatillo? ¿Qué le parece, tener una atleta biónica?, ¡hagamos historia, profe!” Yo sabía que Andrés me iba a decir “sí”. Me dijo que sí. Porque es un valiente y muy cabezón, peor que yo. Sí, alguien de 37 años, con un marcapasos entre pecho y espalda, puede correr maratón. ¡Comencé a soñarlo! Soñaba con todo: con dejar de estar acostada todo el tiempo, con dejar de sentir que la vida seguía allá afuera, sin mí. Soñaba con quitarle la preocupación a mis papás, que venían a verme todos los días. Qué mal me sentí de causarles este susto.

Todos los días anhelaba que me dijeran “Ya está todo listo, te llevamos a hemodinamia para ponerte el marcapaso”. Pero no fue tan rápido. Fue un martes 10 de febrero, a las 7 de la mañana, cuando me cambiaron la bata de siempre por una bata verde, y apenas unos minutos antes de las 8 de la mañana, ya estaba lista para recibir a este pequeño que ven en la foto.

La mayoría de las mujeres “reciben un pequeño” cuando van a dar a luz, pero para mí fue al revés. Ese 10 de febrero, me pusieron un pequeño huésped en el pecho, que venía a darme a luz él a mí: lo fabricaron para enviar los impulsos eléctricos necesarios a mi corazón.

Yo estaba lista para presenciar consciente, con anestesia local, la implantación de mi marcapasos. Pero no fue así. Quedé con solo esa imagen de mi cara cubierta por un pañuelo verde y ya no supe más. Me “noquearon” completa – seguro para que dejara de preguntar y molestar. Y mejor así -. Me desperté muchas horas después, y ya el aparatito estaba ahí: la herida, cubierta por una gasa, un poquito por debajo de mi clavícula, aquí a mi lado izquierdo.

“Ya pasó”.

Lloré otra vez. Como tantas otras veces. Pero ya no era de miedo ni de tristeza. “¡ Y tal vez me dejen salir mañana!”. Pensé.

Y sí. Por fin, firmaron la salida. El Dr. Gutiérrez, el que me implantó el marcapasos, me fue a visitar al día siguiente, e hizo una comparación muy buena, con una seguridad que me tranquilizó. “Sí, sí vas a poder correr. Lo que sea, podés hacer lo que sea. Todo normal. Ese aparato que te pusimos, es como andar un BMW en el pecho”.

No es un BMW. Pero sé que aparte de que es buenísimo, confío en que fue colocado por profesionales de la CCSS, y que todo el proceso estuvo al cuidado de esas caras que terminé haciendo “mías”. Aquellos doctores que pasaban visita en la mañana, las enfermeras, los auxiliares,… a más de uno le hice mala cara al inicio, cuando solo quería “que me dejaran salir, que me dieran algo para el dolor de cabeza”.

Cuántas veces me puse antipática, no era por ellos. Estaba enojada con la situación. Ya no quería ni que me hablaran para que no me sacaran más sangre. Para que dejaran de decirme “respire hondo” anticipando que venía algo que me iba a doler. Les ofrezco mis disculpas. Qué grosera fui, qué malagradecida. Yo solo quería que se acabara todo eso.

El Dr. Quesada, con una risa cómplice, vino ese miércoles, a decirme “yo creo que te vas hoy a las 5”.

Hace 37 años, había salido en brazos de mis papás, de ese mismo hospital. Ahora, con uno a cada lado, volvía a salir del mismo Hospital, pero caminando. Volviendo a nacer, bendita tecnología, bendita coincidencia: marcapasos en inglés, se dice “pacemaker”, como le llamamos a los “conejos” que acompañan el paso de los corredores élite en las maratones.

Yo, la lerda, ahora tengo mi propio “pacemaker”. El mío es personal: va conmigo, aquí en el pecho. Juntos dejamos la bradicardia rezagada, un latido a la vez. Vamos a poder correr como soñamos. Y sí, cuando se trate de correr, será un marcapasos, pero para la vida diaria se llamará como corresponda: marcarisas, marcabesos, marcaabrazos, marcasueños, marcabrincos, marcaviajes, también marcallantos, – porque la vida es vida, los tendrá -. Espero que sea uun buen marcabailes. Marcaencuentros. Marcaemociones.

“Por qué pensaste primero en correr. Lo importante es lo demás”. Sí, por supuesto. Pero pensé en lo que me ha hecho más feliz. Cómo no me iba a preocupar por eso. También me preocupaba lo que pudo haber pasado en mi cabeza.

El último TAC en el Hospital, mostró que aquel coágulo ya no estaba. Y lo más importante, es que no dejó huella.

Cada día, después de haber regresado a mi casa, he amado mi rutina.

Ya para mí, nada es rutina. Después de dos semanas en el hospital, uno aprende a disfrutar mucho más todo. ¡Todo! El desayuno, el olor del café recién chorreado que llena la casa, el calor de mis sábanas, el gusto de ver amanecer o atardecer en la ventana. La delicia de la ducha en mi cara, de sentir el viento despeinándome. Los sonidos de la calle. Ver gente. Comprender que ya pasó lo peor.

Sí, me siento inmerecidamente afortunada. Sé que aquí llevo conmigo un centinela de mis latidos, y aunque no sepamos por qué nos dejaron pasar una nueva temporada extra aquí, lo que sé es que lo haremos, haciendo caso al doctor, y dando más vueltas a la manzana… si ya antes todo hacía con una inmensa felicidad, ahora con mucha más razón, cada paso es una celebración. Y cada latido es un regalo.

¡Quiero que los segundos 37 años, valgan la pena tanto o más que los anteriores!

Aquí estoy. No quiero ser una cardiópata más. Me veo como una paciente en recuperación, ¡evolucionando hacia mi próxima meta! La carrera de mi vida, que pudo haber terminado ese 30 de enero, apenas en el kilómetro 37… dio paso a un diagnóstico que no fue el fin, más bien fue el banderazo de salida para correr con más ganas las que vendrán.

Ahora he comprendido que tantos kilómetros, tanto correr, me salvó la vida: me hizo fuerte y saludable para que mi cuerpo resistiera esos eventos del 30 de enero. Los médicos lo saben, me lo dijeron: “Correr la salvó. Estar saludable la hizo más fuerte.”

Sé que los médicos que me atendieron, estarán de acuerdo conmigo en que una recuperación exitosa no se trata de mandar al paciente a la casa para que se quede sentado y guardado: ¡no! Se trata de ser una persona activa, saludable, y en mi caso, corriendo y retomando mi vida “anormal”. Porque mi vida es felizmente anormal, y me encanta que lo sea.

Quality, CRM, BradykardietherapieBienvenido abordo. No tuve ni chance de verlo,… lo tengo presente cuando veo esa cicatriz en el espejo. No me molesta. Ya hasta me gusta. Me recuerda que para algo sigo aquí. Dando lata.

Solo a veces hablo con mi propio corazón, y le reclamo: “Ay, ay. Qué hiciste“. Pero sé que ahora no es momento de recriminarle qué hizo, más bien es momento de preguntarnos, juntos – los 3 – qué vamos a hacer. Ya no estamos solos: somos uno, entre pecho y espalda.

Gracias a Dios. Escribí esto para no llorar más, para celebrar la segunda gran parte de mi vida, con más gratitud, soñando todavía más en grande. Ya pasó. Los nuevos pasos desde el 10 de febrero, no los doy sola, pero los doy más feliz y agradecida. Un diagnóstico no es el fin. ¡Es un nuevo comienzo! Con mucha más razón, sueño con maratones. ¡Cómo no! Vienen las más bonitas

¡GRACIAS! Maratónicas gracias. Los números de este blog en 2014


Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 130.000 veces en 2014. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 6 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

El fin de Una Vuelta a la Manzana


Acabo de darle play a una canción que me encanta: “La última revolución”, de Eros Ramazzotti.

Desde el primer riff de guitarra, no importa dónde esté, siento un deseo incontrolable de salir corriendo. Descalza, con tacones, en tennis. ¡Y corriendo rápido! – sea lo que sea “rápido” para mí -.

Cierro los ojos y puedo sentirlo. Se me acelera el pulso. Subo el volumen, el viento me alborota el pelo.

Eso es lo que siento cuando corro. Es bailar, es música, es moverse, es ir hacia delante.

Es estar en un estado perfecto de felicidad.

(Viene el riff de nuevo.)

Nada me detiene, estoy moviéndome de pies a cabeza. Corro bailando, o bailo corriendo.

Esta sensación deliciosa de libertad yo no la conocía. Viví 33 años sin ella, y me arrepiento de no haberla probado antes.

Ha pasado una semana desde que regresé de la maratón. Acaba de pasar mi primer viernes en meses, sin poner la alarma ni alistar cosas para el fondo sabatino. Pero por supuesto, a las 4 am ya estaba despabilada…

Este sábado me merecía perecear entre las sábanas. Pero sabía que no pasaría mucho tiempo para volver a la rutina.

No me he dado el atracón post maratón que uno sueña – en mi caso, pan con natilla – ni he dedicado largas horas al dolce far niente… creo que como todo corredor, me da miedo acostumbrarme a “no hacer nada”.

El martes vuelvo a correr.

No sé si es muy pronto, pero mis piernas no están tan cansadas. Ya recuperé sueño. Vivo todavía de los flashbacks de Atenas. ¡Extraño Atenas!

Ya lo hice. Ya pasó.

¿Qué sigue?

No se trata de elegir un destino exótico, ni de correr a inscribirme a la primera media maratón que me encuentre en el calendario.

Creo que sigue lo que ya intuía.

Sigue, sencillamente, correr.

Correr porque sí. Por gusto. Porque es parte de quien soy.

Correr con ganas aunque nos toquen intervalos, aunque el profe diga que vamos para Piedras Negras. Correr para mejorar lo que pueda.

Correr para mantener lo que he ganado.

Manejo mejor las preocupaciones, tengo dónde descargarlas. Tengo cómo celebrar lo bueno, tengo amigos nuevos que también corren, … y algunos de mis viejos amigos, ahora corren.

Gané salud. Paciencia. Capacidad de asombro. Veo a la muchacha que soñó con correr una vuelta a la gran manzana en 2010, y la veo con esa inocencia y ese miedo de comenzar a entrenar…

Quisiera devolverme en el tiempo para decirle a esa Nela que tomó la mejor decisión. Que ese repentino antojo de correr una maratón le va a dar un giro radical a su vida.

Que corriendo, conocerá a las personas increíbles.

Que no solo sí podrá con esa Manzana, podrá con otras 4… de maneras inimaginables.

Que ninguna maratón es igual a la otra, aunque midan lo mismo.

Que todas la harán llorar distinto, y le van a doler distinto, pero que cada meta va a renovarla desde adentro.

Que siempre va a querer repetir las carreras que la apasionan: Palmarín, Santaneña, Tamarindo, San Silvestre.

Que siempre la esperan sus rutas preferidas: la vuelta a Santo Tomás de Santo Domingo, la bajada de Heredia al Aeropuerto, la vueltica a la Sabana…

Que aunque no termine siendo la más rápida, va a moldear su carácter y será mejor persona al final de este viaje.

Llegó el momento de dejar de escribir, no porque deje de correr, sino porque la próxima etapa se trata de disfrutar las pequeñas o grandes manzanas que cada día descubro entrenando.

¿Sueños? Muchos. Correr más rápido. Mejorar el tiempo, quizás. Chicago sería lindo… ¡Tamarindo sería increíble!

Pero al final, toda carrera – corta o maratón – comienza de la misma manera. Comienza con un deseo.

El deseo te lleva a poner la alarma, levantarte y abrir la puerta para salir a entrenar.

Te deja ver el amanecer y mientras ponés un pie delante del otro… uno delante del otro. Más rápido. Con ritmo, con ganas.

Seguro tengo los mismos enredos – y algunos nuevos – que tenía cuando comencé a correr, pero yo soy distinta y aprendí de Alvaro y de Andrés que en términos de correr, no importa qué tan difícil parezca, ¡la cosa es comenzar! ¡Hacerlo! Braceando, diría Alvarito. Corajeando, diría Andrés.

Desconocidos han tropezado con este blog y tal vez se han burlado. Otros, quizá sintiendo ese mismo anhelo de hacer algo grande que parezca imposible, hayan decidido ponerse los tennis y correr su propia vuelta a la manzana. Si para eso ha servido el blog, qué felicidad. Algo hice. Para algo serví.

Hoy cierro este viaje de pasos y palabras sabiendo que sí puedo – si entreno -, y que aunque otros crean que es una moda para sentirse muy cool, correr es en realidad el gran alivio a la soledad, las dudas y el estrés de los que a veces uno quiere escapar. Una vez que se emprende ese camino, aparecen las emociones y las experiencias más lindas, inesperadas. Un aprendizaje interno que no se termina.

Reconociendo que soy afortunada por tener la salud y el ánimo para correr, cierro este cuaderno de viaje porque entendí que esto no es un plan: es mi vida. Comencé a escribir para ver si podía correr. Ahora corro con la misma naturalidad que escribo. El reto conmigo misma terminó.

Comencé a correr, y no quiero parar nunca más. ¡Así de simple!

Si usted ha tenido paciencia de leer desde aquellos posts de noviembre de 2010, solo le puedo decir:

¿vio?

¡Sí pudimos!

… y Domingo de Felicidad (parte II)


La noche del sábado, previo a la maratón, el clima no era muy esperanzador. Truenos, relámpagos, aguacero. Aguacero parejo en Atenas. ¡Como si uno necesitara preocuparse de algo más, lluvia! No importa la ruta, a nadie le gusta correr con lluvia… y menos 42 km.

En eso estaba pensando al regresar de la casa de la familia Penthedourakis. ¿Se acuerdan de la familia griega que conocí en París? Aquí los encontré, y fueron los anfitriones más increíbles, generosos y amables del mundo. Nikos, el papá, también se inscribió para la maratón – esta sería su segunda -. Pude compartir con ellos el sábado, conversando y comiendo de la maravillosa cuchara de Elizabeth – la mamá -, que hizo que nuestro “carb load” fuera sencillamente celestial.

Cuando llegué al Hotel, solo faltaba dormir. Afuera llovía muchísimo.

ATENASEmpecé a alistar “el muñequito”, la ropa, el BIB, los geles. Tuve que detenerme un instante porque me di cuenta de que me temblaban las manos y las rodillas. Así de tonto como suena. ¡Me estaban temblando las rodillas! Asustada, como un perrito en la pista, estaba súper asustada.

Puse el despertador, y dormí lo que pude.

Domingo. 4 am

Hoy es el día.

Se acabaron los conteos regresivos. La quejadera por entrenar cuestas. Los masajes, las medias maratones, las idas al gimnasio, aquellos 30 km en Tamarindo,… todo acaba hoy. Aquí.

Me bañé, me comencé a vestir. Bajé a desayunar a las 5 a.m.

No estaba lloviendo, pero sentí que hacía frío, así que alisté unas mangas que, en caso de tener calor, me las quitaba y las botaba.

Todo listo.

Salimos caminando del hotel a las 5.45 a tomar los autobuses que nos llevarían a todos a la línea de salida. ¡Trece mil corredores en bus hacia la ciudad de Maratón! La organización me sorprendió, porque fue muy ordenado y rápido el transporte, nada que envidiar a Nueva York, que lleva el triple de gente también en bus. Uno tras otro salían los autobuses, yo tomé el mío y ahí, en la ventana, hecha un puñito, iba viendo el recorrido que me tocaría hacer a la vuelta.

La verdad no parecían ser cuestas muy pronunciadas, pero sí largas. Bastante largas.

Traté de no “autodeterminarme” como diría Alvarito.

En menos de una hora estábamos bajándonos en Maratón. Frío amanecer, ya comenzaba a salir el sol. Casi las 7 am.

Me senté en las graderías del estadio de donde sale la carrera, para recibir un poquito de sol. Y a ver gente. ¡Tan bonito que es ver gente! Algo que me encanta de las maratones es la diversidad. Corredores de todos los países – se suponía que había dos ticos más corriendo, pero no los vi nunca -. Todos los colores, tamaños y nacionalidades. Todo mundo con cara contenta. Yo,.. yo quién sabe qué cara tenía.

La salida estaba para las 9 am. A las 8 encontré a mi amigo Panagiotis – que estaba un poquito ansioso también -. Con él estuve hasta poco antes de la salida. Ese abrazo previo, lleno de buenos deseos, fue muy reconfortante y tranquilizante.

A él le tocaba salir antes que a mí.

Parecía que tendríamos cielo despejado y buen clima para correr. Nos alineamos en nuestros corrales, y empezamos a salir, uno por uno.

Lo que sucedió en ese momento, siento yo, rompió el hielo entre esta temida maratón y yo:

…en los parlantes, antes del disparo de salida, sonó fuerte el tema musical de “Misión imposible”.

“Táraraaaaaaaaaaaaaa, táraraaaaaaaaaaaa, táraraaaaaaaaaaaaa rara…..”

¡La carcajada fue unánime!

Nos hicieron reír y este pequeño chiste – “ay sí, es imposible hacer 20 km de ascenso” – fue suficiente para que por fin se me quitara el susto. Me dije: “¡Dale, tontilla! ¡Pasála bien!”.

Una vez más, al darle start al Garmin supe que empezaban varias horas en movimiento… la pregunta era cuántas. No menos de 5, según mis proyecciones.

La noche anterior había conversado con el profe y quedamos en que comenzaría los primeros 12 kms “fáciles” y planos a un pace de 6:45. Supongo que él proyectaba que los 20 de subida fueran a pace de 7.

Pero a los pocos metros de haber arrancado, me di cuenta de que iba mal.

Iba como a 6.

“No me duele nada, qué raro… pero si me siento bien, ¿por qué no sigo a este pace hasta los 12?”. Seguí a 6.

Esos primeros 12 fueron como me habían contado: fáciles, planos, lindos, divertidos. Aunque es una parte solitaria, vieran qué montón de gente salía a saludar y aplaudir. Nos decían “bravo, bravo”, y varios viejitos salieron a regalarnos unas ramitas de olivo… sencillamente hermoso.

Y bueno, consciente de que había comenzado más rápido de lo que me dijeron, pensé “en el 12 se acaba la fiesta, cálmese… vea que falta demasiado… demasiado!” y recordé las sabias palabras de don Nikos: “Respete la distancia. Respete la Maratón”.

Porque uno cree que va sobrado a los 12 o los 15, pero no puede perder de vista que falta la peor parte.

El paisaje comenzó a hacerse un poco más urbano, y contrario a lo que me esperaba, ¡más gente salía a saludar! Y apenas comenzamos los 13 ya sentí las primeras muestras de “ascenso”.

¿Cómo explicarlo? Imagínese que se tiene que aguantar el bulevar de Rohrmoser durante 20 km. Es decir, no es una “cuesta” empinada, pero sí es un ascenso constante. Durito. Mi pace no subió mucho, ni a 6.10– “Alfaro me va a regañar, sigo yendo más rápido de lo que me dijo al inicio” -. Pero bueno, también Alfaro insiste en eso de “arriesgar, salirse de la zona de confort… corajear”. Yo iba bastante feliz porque ¡no me dolía nada! Y el paso era bueno.

Lo que sí hice fue quitarme las mangas que llevaba porque en lugar de la temida lluvia, estaba saliendo el sol y me estaba cocinando. Boté las mangas. Aquello era un calor familiar, como el de correr en Lindora, Santa Ana o Belén. ¡Rico!

Los puestos de asistencia fueron buenísimos. Nos daban agua en botella – esta vez no me estorbaba tanto llevarla conmigo un ratito-, y en cada puesto había paramédicos. ¡Me pareció buenazo!

Veía hacia el frente y el hormiguero de corredores siempre parecía ir subiendo algo peor al frente. ¡Pero me sentía bien! Iba tomando las pastillas de sal y los geles con una exactitud matemática – los geles cada 8, una pastilla de sal por hora -. El sol ya estaba más fuerte y llegué a echarme agua encima, por si acaso.

Perdonen por el francés, pero lo que tenía en la cabeza era “¿cuándo p… se acaba esta cuesta?”. Siempre veía gente subiendo, en el horizonte. “Llegue al km 25 y se calla” – me dije. Yo sabía que la parte más difícil era llegar al 32, todo mundo me había dicho que cuando viera una iglesia al lado izquierdo, ya podía decir que me la había jugado. No solo nunca vi la iglesia, sino que en serio, la cuesta se me hacía interminable.

Pero bueno, mantuve el paso constante y llegué al 25. Luego, al 30. Me sentía bien y disfrutaba cada paso. ¡Había muchas familias viendo a los lados la carrera, muchos chiquitos dándonos la mano! Aplausos y aplausos por todas partes… ¿por qué me habían dicho que casi no había público en esta carrera?

¡No es cierto! ¡Todo mundo vino a vernos!

Me jalé las orejas a mí misma porque estaba confiada, “sépalo enana, le falta un montón” – así me hablo yo cuando soy grosera conmigo -; “no juegue de peligrosa, todavía puede caérsele el piano… no haga loco… disfrute, no hay prisa”.

El ascenso hacia el famoso 32 era una carretera sinuosa, pero esa emoción de saber que ya iba a llegar al final de la cuesta me tenía muy emocionada… de lejos vi el rótulo, y vi un puente con mucha gente… “se acaba el sufrimiento, queda bajar”.

Desde la calle, veía hacia arriba a la gente que nos aplaudía en el puente… digamos, yo no entiendo nada de griego, pero nos decían muchas cosas.

Y después del 32, las piernas lo sintieron.

Se acabó la subida.

“No haga loco, ¡pero disfrute, solo le queda bajar!” me dije.

En esa contentera iba cuando se me apagó el iPod. ¿Yo, correr sin música? ¡Nunca! ¡Menos en una maratón! ¿Y ahora, qué, voy a ir oyéndome hacer feo todo el camino…?

Parece que sí, Nelita.

No he sido muy fan de oírme respirar mientras corro, pero qué bueno que se apagó el iPod por dos razones: una, efectivamente tuve consciencia del ritmo de mi respiración, así que aparte de controlarla la pude mantener constante, y dos: ese fue el ritmo que seguí, el mío.

Y ya sin la música, pude disfrutar del gentío en las calles de Atenas.

Altimetría de la maratón.

Altimetría de la maratón.

Diez kilómetros siguen siendo un montón, pero saber que ya había pasado la peor parte me tenía tan feliz, que escogí disfrutar y hacer lo imposible por cerrar bien.

La gente comenzaba a leer mi nombre y el de Costa Rica en mi camiseta – los escribí en griego, “Κόστα Ρίκα” – así que las sonrisas eran más frecuentes. Sentí cómo le iba pasando a algunos corredores que ya iban cansados. ¿Muro? Todavía nada. Y si el profe dice que es mental, y que no existe, yo le creo.

35 km sin dolor, pero algo de cansancio, por supuesto. “Siete no es poco, te falta un montón”, me dije mientras buscaba el rótulo siguiente. A los 35 le había prometido a Leo Esquivel – el muchacho aquél que corrió la maratón de Tamarindo – que me iba a acordar de él y que este kilómetro se lo regalaba. Por dicha recordé la hazaña de Leo, porque al mismo tiempo pensé en los fondos y las carreras que hice para estar aquí… había aire, había fuerza, había que seguir, como Leo en Tamarindo.

Hice números… a este pace, parecía que iba a terminar en 4 horas 30. ¡Cuatro horas treinta, Marianella! Mejorar el tiempo que hiciste en Roma, ¿aquí? ¡Sería demasiado! Un motivo más para no bajar el paso.

36, 37… la música estaba por todas partes. Grupos de gente tocando tambor, el famoso grupo de percusionistas en el túnel, como me había dicho Panagiotis,… ¡ahí lloré! El sonido de los tambores amplificado en las paredes del túnel era poderoso, y yo estaba cerrando con fuerza esta carrera tan dura y tan bonita… me acuerdo de tirarles besos a los de los tambores, salir del túnel y buscar con ansias el kilómetro 40.

El 40 era el de mis amigas con las que corro. Escogí pensar en ellas este kilómetro tan difícil porque las he visto entrenar, siempre me dejan atrás porque son súper fuertes y rápidas, pero yo quería que este kilómetro 40 sirviera de homenaje a ellas. ¡Del 40 al 41, todas ellas estaban corriendo conmigo, en mi cabeza!

Más gente en la calle, ¡pero qué es esta belleza! ¡Ya se puede escuchar el estadio! Kilómetro 41, este era el de mis papás. Sé que tal vez creen que estoy medio loca por hacer estas cosas, pero si hay algo que les agradezco en la vida es que crean en mí. Nunca me han dicho “eso es demasiado para vos”, y aunque nunca me animaron a hacer deporte, creo que han entendido cuán feliz me hace correr… pensando en ellos, llegué al 42.

¡Estas calles ya las he visto! Pasé por aquí antier, o ayer. ¡Estoy a la vueltita del estadio! Pegué un grito de felicidad, di la vuelta a la izquierda, en la esquina y ahí estaba, … 2500 años de historia, en mármol blanco, lleno de gente, ahí estaba el estadio, y los 195 metros finales los corrí con el alma en la garganta, porque iba a hacer mi mejor tiempo en maratón, aquí, y los últimos metros de cierre eran ya del profe Andrés. Nadie entendió cuando dije “¡Mire qué tiempo, Alfaro, mire el tiempo!”

Saqué dos banderitas que traía en el bolso de los geles – una de Grecia, y una de Costa Rica – y ya no estaba llorando, estaba muerta de risa, cuando crucé la meta…

4 horas 30.

A unos pasos de la meta vi dos caras conocidas: las dos muchachas que me ayudaron en la conferencia de prensa. Apenas nos vimos, me reconocieron y en un reflejo desesperado, corrí hacia ellas. Y entonces, tuve el abrazo que siempre quise en la meta.

Ahora sí estaba llorando, y llorando caminé hasta donde nos esperaban los voluntarios para darnos la medalla.

De lejos una señora mayor me sonrió y alistó la medalla para ponérmela en el cuello.

Le dije muchas veces “gracias, gracias, gracias…” luego me acordé que aquí solo me entienden en inglés, la abracé muy fuerte y le dije “You hold my heart!”.

Ella entendió que yo estaba muy emocionada y me sonrió y me felicitó.

Seguí caminando, viendo hacia los lados, hacia arriba este estadio tan perfecto. Aquí, donde solo los atletas olímpicos, los grandes, los de verdad, vienen a ganarse un espacio en la historia, aquí hoy yo vine a terminar la maratón más feliz de mi vida.

Sin dolor. Sin miedo. Sin muro. Sin prisa. Sin lluvia.

Repasé los números en el Garmin, “esto es absurdo, venir a hacer aquí lo que no pude hacer en ninguna ruta plana…” Me moría por llegar a la compu y contarle al profe.

Siempre corrí más rápido de lo que pensamos, en plano, en ascenso, cerrando. No sé si él se lo esperaba, pero yo tampoco.

neCaminé sola hasta el hotel, llorando y recordando cada metro que acababa de correr, desde las notas de Misión imposible en la salida, las ramitas de olivo, las sonrisas, la felicidad de correr sin dolor y sin miedo.

¿En qué momento pasó todo esto? Todo el entrenamiento, madrugar, correr el sábado, subir a Turrúcares, hacer Tamarindo…

¿En qué momento se acabó el susto de haberse inscrito en la Maratón de Atenas? Esa, la de dificultad 10/10. La que solo los locos, enamorados de la distancia, se animan a correr.

Me fui a bañar, y luego a comer, sabiendo que había vivido el día más feliz de mi vida, aquí, donde por primera vez, cuenta la leyenda, un mensajero del ejército griego corrió sin parar hasta avisarle a los ciudadanos de Atenas que contra todos los pronósticos, su pequeño grupo de soldados había repelido a los persas en Maratón.

 Nενικήκαμεν!

Nenikékamen!

“Hemos vencido”.

Viernes de sorpresas, Domingo de felicidad (parte 1)


Sin palabras: en la meta, el viernes. El estadio Panathinaiko.

Sin palabras: en la meta, el viernes. El estadio Panathinaiko.

Quedé de contarles sobre dos sorpresas preciosas que me tenían aquí: la primera, fue que la organización me invitó a estar en un programa de tele, y ¡bueno, como dos minuticos estuve! Pero eso no fue lo bonito: fue que la entrevista me la hacían en el estadio donde terminaba la maratón.

Queda a distancia razonable de mi hotel, así que fui caminando… se me fue el alma a los pies cuando lo vi. Mármol, graderías impecables… 2500 años de historia. Las banderas de Grecia.

Fue genial haber visto antes de la carrera el estadio, porque eso me motivó muchísimo y me sirvió para mentalmente comprender que lo que hubiera que tolerar antes, valdría la pena. Típico yo, me hice la película mental de cómo sería entrar al estadio… uffff… y lleno de gente!

La entrevista fue rápida pero linda. Básicamente la pregunta era por qué vine hasta tan lejos por correr, y expliqué que para mí era importante correr la ruta original.

Por la tarde, la otra sorpresa me trajo un aprendizaje.

Los organizadores me permitieron estar en la conferencia de prensa con Dennis Kimetto y Florence Kiplagat. Kimetto, ni tengo que recordárselos, acaba de establecer el récord mundial en Berlín (2.02. 57). Yo estaba super emocionada de conocerlo, y por supuesto de poder preguntarle muchas cosas.

En cuanto arrancó la conferencia, por supuesto las preguntas fueron para él, que con un hilito de voz, muy poquitas palabras en inglés y no sé si timidez, o miedo, nos respondía a cuentagotas. A veces contestaba por él Florence, la otra keniana que también tiene récord mundial pero en media maratón, o respondía su representante.

Estas fueron mis preguntas.

“Dennis: ¿en quién pensó en cuanto cruzó la meta en Berlín y supo que rompía el récord?”.

“Iba en focado en hacer el tiempo previsto”. 

“Pregunta para ambos: ¿alguna vez corren por diversión, para distraerse o pasarla bien un ratito? ¿Correr sin reloj, por ejemplo”

Ésta pregunta solo me la contestó Florence.

“Para ser honesta nunca lo he hecho. No he probado a hacer eso desde que soy atleta”.

Salimos de la conferencia y me quedé pensando en que los dos tienen un talento increíble, que uno ni soñaría alcanzar, ni reencarnando. Y cuánto cambian sus vidas cuando lo descubren, y un entrenador los lleva a estos niveles de excelencia… Hace 5 años, Kimetto era un granjero. Ahora, con apenas 30, puede soñar con bajar ese tiempo, entrenando aún más duro.

Lo que no concibo, en mi pequeña mente de corredora aficionada, es que no tengan chance de disfrutarlo. Claro está, para ellos es su manera de sobrevivir, de dar un futuro a su familia; en cambio uno lo hace por diversión.

Me encantaría saber que lo disfrutan, un poquito. Porque para uno ellos son poco menos que rockstars… Queda mucho por aprender de ellos y su disciplina.

Paco Borao, AIMS; Dennis Kimetto, récord mundial de maratón vigente, y Florence Kiplagat, récord mundial de media maratón femenino. Yo, contenta, en medio.

Paco Borao, AIMS; Dennis Kimetto, récord mundial de maratón vigente, y Florence Kiplagat, récord mundial de media maratón femenino. Yo, contenta, en medio.

Aquí está la foto que todos queríamos. Por cierto, a la izquierda estaba Paco Borao, presidente de la AIMS (AIMS (Association of International Marathons and Distance Races), quien me habló con mucho cariño de sus visitas a Costa Rica para conocer el Estadio Nacional, y certificar carreras como Correcaminos.

Me quedo con esa pregunta: ¿Uno corre por diversión? ¿Por pasarla bien? ¿Lo ha intentado?

Esa era mi misión para el domingo: PASARLA BIEN.

Y así fue. Se los cuento en la segunda parte.

Una herediana en Atenas


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Callecita con restaurantes, café,… muy sereno el barrio. Acrópolis.

…no entiendo nada. ¡Todo está en griego!

Llegué a Atenas alrededor de las 2 de la tarde. Un aire fresco, tarde soleada. Subo las escaleras después de salir del metro, y me encuentro en una calle peatonal, con el rótulo que me da la bienvenida:

“Acrópolis”. Este será mi barrio durante una semana.

Es muy probable que estuviera haciendo cara de tonta por varios minutos, viéndolos a todos ir y venir, escuchando su acento, tratando de entender algo, pero es imposible.

Hay una sola palabra que sí reconozco, y la dicen a menudo, la escucho muchas veces en sus conversaciones: “maratón”.

Estoy en la casa de la maratón. Y todos andan hablando de la carrera del domingo.

Será por eso que llegué y me sentí feliz, en casa. Dejé las ansias en el avión – igual que el celular, por estúpida – pero ahora que estoy aquí por fin, me siento serena. Me siento en casa.

Dejé las cosas en el hotel, y regresé a esa calle frente al Museo de Acrópolis, buscando un restaurante para almorzar.

Hubo un muchacho muy amable que me habló en perfecto español, y ahí mismo me quedé a comer. El lugar se llama “Arcadia”, y aparte de que el nombre es muy significativo y ligado a la mitología griega, también dicen que “arcadio” es sinónimo de valiente y perseverante.

El muchacho y sus compañeros se sonrieron cuando dije que soy de Costa Rica, y a ratitos conversamos sobre la maratón, sobre futbol, y sobre cómo estará el clima.

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Ha iniciado el carb loading… estilo griego.

Pedí una pasta sencilla, un plato de spaghetti arreglado en una salsa con aceitunas, tomate, cebolla y queso feta. Dios santo. Qué delicia. Apenas la probé supe que aquí voy a comer todos los días. Además, a la par hay una cafetería que vende gelato, se llama “Leónidas”. Jeje. Aplicando la experiencia previa, si en Roma la fórmula “pizza + birra italiana” dio buen resultado, aquí la repetí pero con cerveza griega.

Regresé al hotel, trabajé un rato en la compu, y he pasado viendo tele sin entender nada. ¡Qué importa!

Entre los correos que revisé, estaba uno que me emocionó muchísimo.

Los organizadores de la maratón me invitaron a estar hoy en vivo en un programa de televisión que se llama “Tora“; es una revista matutina – como Giros o Buen día – y quieren entrevistar corredores que vienen de lejos a la Maratón. La nieta de Yolanda va a contar por qué vino hasta acá. Este es el link para la entrevista, por si la pescan. Y si no, pues para que vean televisión griega y escuchen música griega, hermosa. http://www.skai.gr/player/tvlive/ 

Lo asombroso es que la entrevista se hará en el estadio Panathinaikos… sí. En donde termina la maratón el domingo.

En un par de horas, voy a conocer ese lugar con el que estaba soñando desde hace meses.

Ahora mientras desayunaba estaba pensando en todo lo que ha cambiado mi vida desde que corro.

Entre tantos cambios positivos, uno es este: jamás hubiera viajado tan lejos, solo por correr. No estaría en este lugar tan hermoso, en la cuna de la civilización occidental, de Platón, de Aristóteles, de tanta maravilla, si no me hubiera enamorado de la maratón.

En el camino han pasado muchas cosas, pero en este momento tendría que resumir que después de aquella primera carrera de 10 km de Curridabat a Sabana, todo ha sido para mejorar.

No tengo muchas fotos por ahora, pero ya voy saliendo hacia el estadio, luego la expo. Y luego, otra sorpresa maravillosa que les contaré mañana.

Este fue mi guardián mientras dormía: desde la ventana, Acrópolis.

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Si Mafalda pudiera… (por Lucho Runner)


MAFALDA¿Quién me puede decir que no se hacen amigos corriendo?

A Lucho, que no lo conozco, que no he corrido a su lado, que no le he dado agua ni él a mí, a Lucho lo llamo mi amigo. Este periodista y maratonista argentino, de palabras rápidas como sus pies, me ha emocionado como nadie con este texto.

Le pedí que, en vista de que no tengo palabras ya para explicar qué significa viajar a la cuna de la Maratón, lo escribiera él, para el blog. Y siento que me hizo una radiografía. Ya no sé escarbar mis emociones, los post que escriba desde Atenas serán muy descriptivos, quiero servir de corresponsal para quienes alguna vez se hayan preguntado cómo es esta maratón, que sin ser glamorosa ni famosa, es, sin embargo, la primera. La original. Dicen que de las más duras del mundo, pero también… puede que no!

Así es, Lucho. Soy una Mafalda, y corro con el corazón porque no tengo mucho talento para el atletismo. Gracias enormes, totales, por estas palabras que me llenan de emoción, y me tienen hecha un mar de lágrimas a punto de subirme al avión.

Si Mafalda pudiera…

Lucho Runner.

Domingo en el barrio de San Telmo, Buenos Aires. Calle Defensa. Como cada domingo está atiborrada de gente, más de la mitad extranjeros, turistas que recorren la feria sorprendiéndose con esas calles empedradas y antiguas, llenas de tango, milonga y café, que se entrelazan con el aroma a café colombiano, con el acento inglés y las sonrisas europeas. Pieles morenas, cabellos rubios, ojos achinados, manos curtidas.

Una chiquita protestona y adorable mira pasar esa procesión sentada en un banquito de madera. Se llama Mafalda, la hijita de Quino, el caricaturista argentino.

Está inmortalizada en una pequeña escultura, toda sonriente y bella, toda cuestionadora del mundo, toda pensativa, sentadita en Defensa y Bolivar. Nadie la piensa ahí quietecita, no nos engaña con su inmovilidad aparente; todos sabemos que de noche sale corriendo a escuchar a Los Beatles y a jugar con Manolito, Susanita y Libertad.

Ninguna niña más inquieta, más simpática, aventurera y ácida a la vez.

Y sí; mi amiga Marianella se ve como una pequeña Mafalda cada tanto, y no puedo dejar de imaginarlas parecidas; inquietas y cuestionadoras, intensas, apasionadas en lo cotidiano, desafiantes. Y pensativas.

Marianella, es maratonista. Nació lejos de San Telmo (porque Heredia, en Costa Rica es lejos, verá).

Y me la imagino cual Mafalda cuestionándose a sí misma por qué se metió en tal embrollo; “Que por qué se anota usted en cosas tan difíciles, si después va a tener miedo de hacerlas”, “Por qué se anota usted en la Maratón de Atenas, Marianella, si sabe que es complicada, que tiene muchas cuestas”… la imagino como si fuese una Mafalda, obviamente cuestionándose.

Y con las manos transpiradas llegando al Aeropuerto de Atenas en unos días, retirando su kit, con nervios la noche previa.

¿Acaso Marianella tiene miedo?. Sí, parece que sí. Es ese miedo que nace en cada maratonista cuando sabe que se ha metido en una “gorda”.

Y entrenó y entrenó, en cada calle de San José, en cada cuesta, en cada ruta, en cada mañana, entre redacciones y estudios de radio, como lo hace cualquier maratonista amateur que a la vida le inyecta una sobredosis de desafío, porque con vivir de manera estándar no alcanza o aburre.

Eso ha hecho Nella en estos meses en su Costa Rica, lejos de San Telmo, cerca de Mafalda.

Está llena de dudas; que si termina en una larga cuesta esa bendita maratón, que si va a darse contra el muro, que si las piernas vana responderle en el bendito-maldito kilómetro 39, que si está segura de que lo va a lograr.

Es que las dudas, los miedos, las ansiedades, toman por asalto al corredor, lo rodean, lo sujetan por momentos, no lo dejan dormir y uno tiene como banda de sonido;

”No hago otra cosa que pensar en ti”… y pasan las fotos de Atenas, Paris, Nueva York, Roma o la ciudad que sea, todas apasionadas también.

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin?… todo eso se pregunta un corredor cuando siente que el vértigo y las dudas lo invaden.

Sepa amiga maratonista, amigo corredor, que no es la única ni el único.

Sepa que esos miles que están con usted en la largada están igual de temerosos. Lo notará en los ojos brillosos, en la respiración agitada, en esas sonrisas nerviosas, en esos abrazos previos, en esos pies que no se quedan quietos y rebotan una y otra vez en el piso antes de largar.

Mírelos, obsérvelos, Nella… se lo digo yo; su voz interna… esta misma que tantas veces le ha hablado a usted y la ha retado por desafiarse.

¿Para qué lo hace?, por qué?… eso lo sabe bien usted, es su “secreto”. Ahora vaya y hágalo.

¿Tiene miedo?, entonces está todo bien… será el combustible que no la dejará caer ni cometer locuras.

¿Cree que podría no llegar?, perfecto; salga y desmienta esa burda falacia que algún fantasma le susurra al oído.

¿Le teme a las cuestas?, hágame reir; como si no hubiera superado ya un par en la vida, como todos nosotros, como todos esos que están en la largada.

Cómo se atreve usted a comparar unas cuestitas en el pavimento con las cuestas de la vida que cada tanto se atreven a cruzarse por nuestro camino…

Vaya y ponga el corazón, maratonista. Ese corazón que vale por dos, por valiente y rebelde a la vez, pero que nunca engaña. Porque la gente apasionada riega sus deseos con la sangre que fluye de él.

Tecnicamente nada le diré; nada que no sepa al menos. Respire mucho, una y otra vez de manera profunda. Hidrátese, mueva los brazos, levante los talones. Y la instrucción indispensable e innegociable; sonría, pues!…sonría y agradezca a la vida el privilegio de correr esas tierras llenas de hazañas, historias, leyendas y románticas proezas.

Usted ha elegido el lugar correcto más allá de la dificultad del camino; Atenas es para usted, maratonista… porque es una tierra que sabe de pasión y de relatos épicos. Leónidas, Filípides y caballos de Troya. Entonces, salga ya mismo a esa ruta y escriba el suyo propio, como las veces que tuvo que sentarse a escribir historias sobre otros. Usted seguirá creyendo que es difícil, pero sepa, maratonista, que usted puede hacer de esto un final feliz, y que si cree en algún momento que no va a poder, REBÉLESE ante eso, deje de cuestionarse a sí misma y cuestione al cansancio y al dolor.

Vaya. Traiga esa medalla desde Atenas. En Costa Rica la esperan esos rostros que usted conoce y sabe que la esperan.

Y por último, le aseguro que Mafalda estaría orgullosa de usted, porque Mafalda, si pudiera, también correría una maratón, solo para cuestionar el “no se puede”.

¿Usted va a ser menos?

Ya sé la respuesta. Lo mejor, es que usted también.

Llorando con MaryTere


Bastó verla llorar para que le hiciera segunda.

MaryTere es una de las compañeras del grupo que va a correr en New York este fin de semana. Aparte de que estaba emocionada en la mañana, y lloró un poquito al despedirse del profe y del grupo, hace un ratito compartió con nosotras un video suyo, en el que se le ve terminar el fondo de 23 km que hizo solita, con la asistencia de su esposo. En el video se ve a Mary que, al terminar de correr, rompe en llanto. Sobra decir que apenas empezó a llorar ya yo estaba llorando.

Hace rato no lloro y gracias a Mary pude “botar el tapón”.

Uno se emociona mucho. Es probable que para quienes no corren esto parezca muy cursi, o exagerado, pero llega un momento en que el cansancio acumulado, el susto – susto, no miedo -, la carga de tanto acomodar horarios para entrenar, estrés de trabajo, casa o familia, todo se junta.

El proceso de entrenamiento también lo lleva a uno por estados de ánimo muy fuertes, que van desde la frustración en los malos días, cuando uno anda ralo; el dolor de una lesión, si la hubo; hasta la euforia de un buen fondo, un tiempo meta logrado, un pace mejor al anterior. Y ahora que no contamos los días, sino las horas, la emoción es muy fuerte. El llanto de Mary no es casual.

Hace semanas no lloraba yo con ganas, de tanta cosa guardada. Esta casa parece de locos, con los mapas, los libros, las películas. El salveque que va y viene con tennis, con ropa de gimnasio. Las noches en que uno cae como una piedra – porque está en pie desde las 5 am – y los días que logra pellizcar más tiempo para un masaje.

Al final estas lagrimotas calientes y gordas que se nos resbalan por los cachetes son de emoción. De ver que ya no faltan 100 ni 50 días. Ni un mes.

Quedan horas.

¡Y cómo ha costado! Esos sábados a las 4 am; el sol de Turrúcares, el Garmin que te dice “quedan 12 km más para completar 28″.

Para los que nos llamamos maratonistas, cada gran carrera en la que nos inscribimos es un premio por lo bueno que hemos hecho, un consuelo para olvidar lo malo, una excusa para exigirnos más, un motivo para seguir. Una ilusión grandota. Lo que más nos gusta es correr, pero correr 42 km ¡eso, ya es otra historia!

“Somos raros, así es esto. Nos gusta sufrir” – dijo el profe hoy.

Creo que en el fondo sufrir, para nosotros, sería no correr. Con todo y el esfuerzo económico, de tiempo, de energía que significa entrenar para una maratón… nada nos dolería más que no correr. Uno quisiera “salir de esto ya”. Matar la ansiedad.

La línea de salida está ahí, y quedan poquitas horas para que Mary, Cris, Viviana, Luisana, y todas ellas, tantos amigos míos, estén ahí. Y no es fácil pararse en la salida: ahí hay que dejar botadas las dudas de lo que sea.

Gracias a ese llanto de MaryTere pude soltar todo esto aquí, sola en la casa, llorar con ganas, llorar con fuerza, porque sé que en Atenas no quiero llorar, ¡no puedo! Tengo que ir valiente, fuerte, concentrada en que no importa si es dificilísima o no, yo la escogí y la quiero vivir de principio a fin.

Me voy a dormir y a llorar otro rato todo este torbellino de emociones. Lo que me ha dolido, lo que me ha costado, lo que he ignorado con tal de no perder de vista la maratón. El cansancio acumulado, todo lo lloro hoy, con Mary. Con los que están preparándose para correr su maratón.

Si usted conoce a alguien que corre y lo ve llorar, déjelo que lo haga con ganas, y que bote todo. Porque el resto de agua salada que nos quede en el cuerpo, será para sudar. No para llorar.

Este llanto es emoción, no debilidad. Y se vale emocionarse. ¿Acaso se corren 42 km todos los días?

Gracias Mary. ¡Me ayudaste tanto a soltar lo que tenía guardado!

“Cursilerías” de corredor


“¿Para qué hace una despedida antes de irse a la maratón… qué es la cosa, no va a volver después?”

La pregunta le choca a uno, que corre. Pero la verdad tiene su lógica para el resto de la gente.

Las despedidas antes de una carrera son importantes para los que van a correr fuera del país. Y cuando uno corre aquí, pues tal vez no es “despedida” pero sí es la cena de pastas, una reunión bien linda con la familia y los compañeros del grupo. Algo para verse antes del reto, y animar al corredor.

“Qué es, ¿que se va y no va a volver?”

Sostengo que la persona que comienza la maratón, no es la misma que termina. Así que técnicamente podría haber contestado “Correcto. Yo, así como soy ahora, no vuelvo nunca más. Regreso nueva”

Las despedidas son apenas uno de esos pequeños ceremoniales, mañas, gestos o rituales de los que corremos. Probablemente, visto desde afuera, sea algo “cursi”, innecesario, exagerado. ¡Ay, ay! ¡Qué importancia se dan! ¡Si van a pasear, y eso qué!

Iba a escribir un post acerca de algo que no es cursi – la comida – pero preferí dejar ese delicioso tema para más adelante, y ahondar en esas cosas “cursis” que hacemos los que corremos, de manera que resultamos más molestos para el prójimo, o bien, más emotivos, entre compañeros. A ver, si se me olvida alguno, me lo recuerdan porfa.

“Cursilerías” del corredor

Poner su nombre o apodo en la camisa. La bandera, el diminutivo, una frase inspiradora,… ¿para qué? Sí, normalmente diría que es para que la gente que está a los lados del recorrido de la maratón pueda decir “Ánimo, Luis” o “Good job, Patri“. Uno sabe que esa persona no tiene ni idea de quién carambas es uno, pero si se corre lejos de amigos y familia, ese es un gesto que se agradece profundamente.

Llevar la bandera de Costa Rica. “Seas tan bañazo, ni que fueras César Lizano”. No, no lo soy, ¡ya quisiera uno ser semejante atleta! Llevar la bandera, sacarla en la meta o imprimirla en la camisa no es para “sentirnos representantes del país“, ¡pena me daría que mi tiempo final se le atribuya a mi país! ¡Ni soñar con podio! ¿Yo? Jaja.  Más bien llevamos la bandera para que sepan que uno se siente super orgulloso de dónde vino, y que entrenó en el país más lindo del mundo. ¿Cierto, o no? Y cuando en medio de la carrera alguien grita “Costa Ricaaaaaaa”…. ¡uh! Ni le cuento el empujón de contentera que es eso.

Medallitas. Rosarios. Estampitas. Escapularios. No exagero si digo que por más entrenado y listo que uno vaya, en esa línea de salida le pedimos de todo al Creador. “Que no llueva. Que no me duela nada. Que pueda terminar sano y salvo. Que esto sea para ofrecértelo por tal o cual intención“. Sí. Muchas oraciones le llegan a Dios como kilómetros de cansancio. Sé que a Él le gustan, lo sé: Jesús recorría larguísimas distancias cuando estuvo en la Tierra. Conoce de cansancio. Comprende de dolor. Qué caminadas se daba. ¡Qué fondista increíble!

Check-ins, posteos pre y post maratón en facebook. “Qué cansado, este mae otra vez con esa habladera de correr”. ¡Agradezcan que no posetamos durante la carrera! ¡No ve que nos pasa la vida por la mente! Solo quien corre entiende la emoción de contar en su timeline estos momentos, y leer de lejos abrazos y apoyo virtuales.

Despedidas. No, uno no se va a quedar a vivir en esa ciudad. Tampoco nos despedimos pensando que nos vamos a morir corriendo, ni nada similar. Cierto, en menos de una semana estaremos de vuelta, caminando feo y hablando como tarabillas de la maratón. ¿Sabe para qué son las despedidas? Son para sentirse acuerpado. Uno tiene muchas dudas en la carrera. Uno va abrumado. A ver, 42 kilómetros no son poca cosa. ¡Si lo fueran, todo mundo lo haría! Y no. No todo mundo lo hace. Uno sabe que va a para un esfuerzo desgastante. ¿Cómo no va a añorar uno que la gente que quiere y que sabe de esta pasión, le dé un abrazo, sus buenos deseos y le diga “hey, te va a ir bien, campeón”? Se despiden de un corredor ilusionado. Debo aclarar que no me gustan las despedidas, nunca me han gustado. A veces se me ocurre que lo mejor sería hacer bienvenidas, porque ya hay una medalla qué mostrar, anécdotas qué contar y un motivo de fiesta. Pero no por eso menosprecio el valor de un abrazo y un “que te vaya bien”. Aunque la gente que va a la despedida no entienda el afán, se agradece tanto, pero tanto, cada “Que Dios te acompañe”… ¿cursis? Bah. Sí. ¿Y qué?

Dedicar la maratón. No siempre lo he hecho, pero en casos especiales – y los que me leen y son mis amigos, saben cuáles – me he acercado a alguno y le he dicho a alguien: “elegí un kilómetro del 1 al 42, quiero correr por vos ese kilómetro“. Es un regalo que suena “tacaño” – porque no se envuelve – pero uno no anda regalando esfuerzos ni medallas a cualquier “patas vueltas”. Así que suelen ser dedicatorias bonitas. Recuerdo que a mi sobrina le regalé del 30 al 40 en Roma. Diez, solo para ella. Nunca corrí tan feliz pensando en ella, porque la adoro. Si le he dicho a alguien que elija un kilómetro, ha sido de corazón. Por supuesto, jamás se lo diría a alguien que se ría de la idea. Y algunas personas, como mi papá o mi mamá, jamás me lo han pedido ni saben cuáles les he regalado, sin pedirles permiso ni aprobación. Ellos ni preguntan. Yo, ni les cuento. Pero es de ellos.

La foto mordiendo la medalla.Eso lo hacen los atletas olímpicos, y porque la medalla es de oro, plata o bronce. La de maratón es una medalla cualquiera, y son todas iguales“. Este… sí. ¿Y? ¿Ha visto la belleza de medalla que le dan a uno al final de la carrera? Viera que yo, las mías, no las cambio por oro. Es que han costado tanto, que no me importa el color, el tamaño o el material, bien puede ser plomo, que en para uno, en la meta, eso es una joya… y la vamos a morder. Y nos haremos la foto. Y la vamos a subir a facebook. Yo no las muerdo, les doy un besito, porque siento un profundo amor por ese recuerdo que es solo mío y que resume meses de vida.

Algunos gestos son muy impactantes: uno ve maratonistas con fotos de sus familiares enfermos o fallecidos; camisas que llevan escrito un salmo, un versículo. Todo eso cuenta. Y jamás me burlaría de eso. Todos llevamos un mundo por dentro.

Mi broche del Padre Pío. Mi pulsera de Just Training. La camiseta que no he diseñado. La bandera tica que sacaré en Atenas – aunque me linchen, dado el marcador del mundial pasado, jeje – y sí, mi despedida: esas son mis cursilerías. El abrazo de papi,  que me lleva al aeropuerto, y su cara cuando al regresar, me ve desde lejos, enseñándole la medalla que traje… no cambio eso por nada.

“¡Para qué se apunta en una carrera difícil!”


Hace tiempo no se peleaban tan feo como el sábado.

La primera iba llorando, con dolor de piernas y estaba harta de correr. La otra iba a la par con un colerón de ver esa “mariqueadera” y repitiéndole todos los mantras posibles.

-“¡Este es el peor fondo que he hecho!”

-“Diay, idiota, si va a hacer una maratón con cuestas, qué quiere, ¿correr en la pista? ¡Está bueno que la pongan a subir!”

-“¡Hoy son 21, y me siento super inútil!”

-“Ah no, Nela, ¡no se ponga miedosa! ¡Qué pereza! ¡Tanta cosa que ha leído, tanto entrenar y va a venir a ponerse pendeja ahora! ¡No joda, corra!”

Marianella 1 y Marianella 2. La primera tuvo un mal día de correr – como lo tiene cualquiera – y de la nada, por ahí del kilómetro 18 estaba llorando. Llorando, como decimos en Costa Rica, “esmorecida“. Se me iba el aire y todo. Ahora que veo hacia atrás, creo que fue el momento máximo de cansancio general. Además, Mercurio anda retrógrado, salí tarde del trabajo la noche antes, en fin, muchas cosas se sumaron para que me afectara ese recorrido de 21 kms Lindora- Cenada-Lindora con orejita en Pozos. ¡Peores cosas hemos hecho! Pero no, sencillamente ese día se me cayeron las defensas – bueno a ella, a ese lado mío que estaba cansado.

Afortunadamente la segunda Marianella tomó control en el último kilómetro. Y aún así, encaré al profe – qué malacrianza, qué vergüenza – y cuando terminé le dije que había odiado esa ruta, lo odiaba a él y que no lo quería ver.

Al principio al profe le dio risa, pero seguro vio que de verdad tenía cara de “sufrida”. Y me espetó tres verdades.

“Esa es la ruta perfecta para su maratón.”

“¡Para mí, eso es lo mejor que me puede decir hoy, que sufrió y que me odia! ¡Viera qué feliz me hace oír eso!”

“¡Y además, para qué se apunta en una maratón difícil!”

Me fui a callar a otro lado.

El domingo, con más calma, me puse a leer el libro que me regaló mi amigo Josefo, “Maratones del mundo” (Hugh Jones, Alexander James). En la página 54, el resumen de Atenas es como, para no ir:

“Considerada una de las maratones más difíciles del mundo, en gran medida a causa de las colinas que salpican largos tramos del recorrido. Las temperaturas pueden pasar en poco tiempo de calurosas a frías, lo que dificulta la aclimatación”.  Grado de dificultad: 8/10

¡Muy bonito!

Luego, mientras veíamos por internet a nuestros amigos del grupo llegar a la meta en Chicago, me puse a hacer números.

Con semejantes cuestas, la pregunta no es si las puedo subir – sé que sí puedo -. La pregunta es… ¿cuánto voy a durar?

Suponiendo que puedo mantener el pace que practiqué en las cuestas – 6:40 – y que no me duela nada… y que al rato pueda bajar con alguito de fuerza hacia el último tramo… no sé. Ayer me puse a pensar en eso. Está claro que el tiempo no importa, pero tengo que preparar mi cabeza para, tal vez… 5 horas de esfuerzo. O más.

El profe nos recuerda constantemente el entrenamiento invisible – dormir bien, hidratarse y comer bien-. Ese no se puede descuidar a tan poquitos días. Pero creo que llegó el momento de reforzar este músculo que puede ser aliado o traicionero: la mente.

Así que veré 300!, Gladiador, Spirit of the Marathon, las narraciones de Diana Uribe de Grecia, documentales de la batalla de Maratón y cuanta cosa motivadora me encuentre, unas cien veces más. Repito: no tengo miedo. Yo sé que voy a terminar, pero creo que entre más se acerca la fecha mejor comprende uno la dimensión de la bronca en que se metió. Ya siento ese Minotauro bufando detrás de mí.

El sábado, mientras amenazaba al profe con tirarle los tennis en la cabeza – y él se reía – y mientras las dos Marianellas se reconciliaban, me acordé de lo más importante.

Hago esto porque me gusta.

Me gustan las largas distancias.

Antes no podía. Ahora, puedo.

Y sobre todo, voy a vivir una aventura memorable. Voy a ir a un lugar que no conozco, conocer gente nueva, correr donde jamás he corrido, pisarle los talones a la historia… Y todo eso no se puede hacer llorando. Hay que armarse de actitud, como los espartanos con su famoso escudo. Y también, debo pensar en que no correré sola. Me he estado comunicando con varios corredores de México, de Estados Unidos, de España, y seguro nos veremos en la expo. Al final, somos todos iguales en esa línea de salida, y espero que en la ruta, seamos como los soldados espartanos, solidarios y generosos con quien peleaba a su lado.

Estoy segura de que esas lágrimas eran cansancio acumulado. Esto es pesado, y para alguien que no conversa sobre esto con la familia, a veces la carga emotiva es más grande. Por eso escribo. Nada, esto no fue nada. Masaje, estirar, y a empacar. A llorar en la meta, cuando vea el estadio Panathinaiko, y mi medalla, y escuche esos tambores a los lados de la pista. Transcribo, de nuevo, del libro “Maratones del mundo” :

A medida que uno se acerca a Atenas se produce un cambio brusco en el nivel de ruido, y se pasa de la relativa calma del campo a los bocinazos de los coches y el bullicio de los espectadores que animan y vitorean. Al acercarse a la línea de meta, aparecen unos niños armados con coronas hechas de ramas de olivo, que impondrán en las cabezas de los héroes inminentes. Cuando los corredores hacen su entrada en el estadio de mármol blanco para recorrer los últimos cien metros, pueden recrear mentalmente sus propias imágenes de pasadas glorias. Lo viven como un privilegio, pero cuentan, con humildad, que su gesta les resulta poca comparada con la de los soldados que participaron por primera vez en ese viaje, a través de espesos matorrales, soportando el dolor de las heridas sufridas en la batalla. Aquí, los participantes muestran sus respetos a aquellas legendarias figuras de la carrera.

Tan abrumador ha sido todo esto que ni he pensado en qué camiseta llevar, ni qué poner en mi espalda. Quedan 27 días. En el próximo post, quisiera contarles las palabras de aliento que me dio un amigo corredor argentino, que ya pasó por Atenas… y cree que yo puedo lograrlo también.

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