¡Foto, foto!


Tan popular como organizar carreras, es el servicio de fotografía para atletas. Como yo no tengo tanto tiempo de correr, no podría decir exactamente quién fue el primero o cuánto ha aumentado la oferta, pero ahora la verdad es que si en una carrera a uno no le tomaron foto… ¡es porque es bastante salado! – bueno, a mí me ha pasado -. Cada vez con mejores cámaras, lentes y como decimos en Costa Rica “encaramados” en los lugares más incómodos para la mejor toma, los fotógrafos especializados en atletismo saben que ahora uno no solamente quiere una foto suya corriendo, no: uno quiere salir “bien” y aparte que la foto tenga buena calidad.

Está el señor de bigote, alto y de anteojos – Oscar, de Oscarfotos.com – que te da la foto hasta enmarcada; nuestro compañero Andrés Villalobos con su página GinSport; el famoso “Miguel foticos” y la gente de Abuenpaso.cr, entre otros; todos ellos también se levantan temprano el día de la carrera y saben que solo hay una oportunidad para hacer buenas fotos. Apostados en la ruta, se llevan sol o lluvia mientras pasa la marea de corredores.

Algunos no tenemos el chance de que la familia nos haga fotos – o nos tenga paciencia  para esperar tanto en la meta o ir recorriendo la ruta buscándonos – así que es un recuerdo lindísimo saber que si lo viste a tiempo y le sonreíste al fotógrafo, queda testimonio de la carrera y un recuerdo para facebook. Tampoco es cómodo ni seguro llevar la cámara a cuestas, por pequeña que sea, así que nos salvan la tanda. Sólo hay que preocuparse por no hacer muy feo en la foto.

Claro, eso de “salir linda” o “salir guapo” no tiene importancia. Es relativo. Porque sí, uno hace feo cuando corre, frunce el ceño, si viene arratonado no va a sonreír ni aunque Mario Testino esté en la esquina haciéndole la foto. Ya uno viene sudado, despeinado, chorreado de gel, hidratante, y si la foto refleja todo eso, ¡pues qué importa! Lo sabe todo aquél que la ha pasado mal en al menos una carrera. Uno qué va a estar pensando si lo agarraron con la trenza de medio lado o no.

Por eso, a veces la mejor foto es la peor foto. La que revela dolor, la que te tomaron justo subiendo la cuesta – tipo el Alto de las Palomas, los Anonos, parte del Bulevar, etc. – y si bien uno no quede como de revista, seguramente se sentirá orgulloso de la mueca, del momento. Ningún fotógrafo dice “sonrían” porque saben que uno viene fundido.

Dos de ellos compartieron con Una Vuelta a la Manzana sus anécdotas como fotógrafos de carreras:

Andrés Villalobos, Gin Sport

“En ocasiones nos ha pasado que cambian las rutas de las carreras y estamos esperando en algún lugar y tenemos que literalmente correr con cámara en mano para llegar al lugar y no perder la oportunidad de hacer las tomas.
Y la más fea pero al final vacilona de todas, fue en una carrera que se desarrolló por La Sabana, no recuerdo cuál era, andaba solo, estaba tomando fotos por el lado de la Contraloría y me fui corriendo hasta el Boulevar de Rohrmoser con cámara en mano para tomar fotos por el Boulevar y pasando por la La Sabana me doblé el tobillo y me caí, me levanté y renqueando llegué; muriéndome del dolor terminé de tomar fotos en la carrera y sonriéndole a todo el mundo pero por dentro muriéndome del dolor, luego de la carrera tuve que ir al hospital.
Nos encanta y disfrutamos ver a tanto loco corriendo, esto se ha convertido en nuestra pasión. En cada carrera nos sentimos un corredor más, disfrutamos al máximo ver caras conocidas domingo a domingo y hemos hecho muchos amigos y conocido excelentes personas que nos han dado grandes lecciones de vida.
Como decimos popularmente “hay que sudar la gota gorda” en cada carrera para tratar de tomar a todo el mundo, es muy difícil, pues la cantidad de personas ha ido en aumento y hay que ser muy rápido con la cámara para capturar tantas personas juntas a la vez, incluso a doble cámara es casi tarea imposible en carreras de participación masiva. Pero siempre tratamos de que todos tengan su recuerdo.”
Alonso Espinoza, Abuenpaso.cr
“Bueno, como yo tomo fotos desde mi bicicleta quizás lo más destacable que me ha pasado son las caídas…. Hace apenas dos semanas en el Reto Jacó el guatemalteco Raxón, favorito a ganar, se cruzó en mi camino por agarrar una bolsita de agua de un particular. En ese momento yo estaba tomando fotos del grupo élite así que con una mano sostenía la cámara y con la otra tuve que frenar a como pude para no atropellar al favorito… La llanta trasera de la bici se levantó a tal punto que casi le doy en la cara a los aficionados que veían a un costado de la calle, pegué mi espinilla cotra los pedales en un fuerte golpe, pero al final ni caí ni solté la cámara jeje… una semana después Javier Fernández, otro élite, me preguntó que cómo no me había caído ahí.
En la UNED sí me caí feo, por estar tomándole fotos a la élite también, cuando vi hacia el frente iba directo al caño… y así fue. Terminé en la acera, con el codo, tobillo, rodilla, cadera y hombro derechos todos raspados, pero la cámara intacta encima mío.
Luego, con el pelotón lo más particular es que algunas personas se detienen y hasta se devuelven varios metros con tal de que les tome una foto. ¡Es una carrera! pienso yo, pero bueno, la verdad es que 10 segundos más o 10 segundos menos no le hacen daño a nadie y la foto vale mucho para ellos.”

En fin, si alguno quiere compartir su mejor peor foto, bienvenida será. Esta es la mía, cerrando Palmarín: desastrosa, los audífonos del iPod hechos un colocho, toda destramada, empapada en sudor y con una mueca que no se sabe si es risa o qué… Pero igual, me gusta. Estoy orgullosa de hacer feo también.

Esos primeros 10 kilómetros


En abril de este año, el domingo 11, corrí mi primera carrera de 10 kilómetros: una ruta linda, atravesando San José de este a oeste. Según mis cálculos, corriendo en la banda, iba a hacer 50 minutos o menos. – Sí, sí, ríase, a mí también me da risa ahora. – Si algo aprendí después de esa carrera es que la banda y la calle son dos universos muy diferentes, y lo que sale bien de un lado no necesariamente se repite en el otro.

La noche antes alisté la licra, la camiseta, y la gorra que combinara con los tennis (luego les cuento de mi manía de correr “con colores coordinados“); y a la mañana siguiente con un mariposario en la panza me fui hasta la línea de salida. Para los ticos que leen el blog, salimos de la Pops de Curridabat, y la meta era en Sabana, por Dilusso.

Esperando firmar la participación. Y comiendo una barrita de gel.

Me llegó un olorcito a Cofal, muy sutil, y comencé a ver ese avispero que se forma cuando todos los corredores inician su calentamiento. Se siente en el aire la ansiedad, algo de estrés, y me di cuenta de que yo también tenía que estirar y comerme algo dulce antes de la salida.

Vino el primer error: el agua. No llevé nada de agua para tomar antes, y ese susto de no tener agua a la mano me comenzó a predisponer negativamente. La gente comenzó a colocarse en la salida, yo también, ahí chiquitilla en medio de cuerpos muy musculosos (y de buen ver, cómo no). Más olor a Cofal. El susto del banderazo. Persignarse. ¡A correr!

¡Salida! 10 kms nos esperaban.

Arranqué como el Correcaminos y luego de 100 metros volví a ver el monitor cardíaco: iba como loca. 180 pulsaciones no más saliendo. ¡Mal, todo mal! A los 400 metros pensé en que aparte del agua, debí haberme llevado el celular, porque quería una ambulancia que me sacara de ahí. Por dicha el iPod iba bien cargado y con Get the party started de Pink, logré sobrevivir el primer kilómetro y olvidar las ganas de subirme a la ambulancia.

Comencé a disfrutar el recorrido. Ya el Polar marcaba unas pulsaciones decentes, no me faltaba el aire, y cuando vi el puesto de asistencia con las bolsitas de agua me desboqué a buscarlas. Me tomé dos. Luego escuché a un señor que me dijo “mamita no tome mucha agua o le va a dar cólico“.

Llegamos a San José centro, y yo comencé a cuestionarme si de verdad tendría piernas suficientes para llegar hasta La Sabana. En el bulevar de la Avenida Central, unos gringuitos nos aplaudían y yo levanté las manos, como si fuera conmigo, y me sentí mejor.

Sobre la calle de cemento, paralela al Paseo Colón, vi venir una cuesta espantosa: logré ver a lo lejos que algunos la subían caminando; yo traté de hacer algo que desde entonces me funciona en las cuestas: ver hacia abajo. Ver el piso. Por más cortitos que fueran los pasos, no dejé de correr, viendo mi sombra en el asfalto y pidiéndole a Dios que faltara menos de lo que yo calculaba.

El tercer y último aire lo agarré por el Estadio Nacional, ya al ritmo de Juan Luis Guerra y Las Avispas. Sentía los cachetes hirviendo, y el sol ya estaba castigando al grupo. Nunca se me va a olvidar una muchacha que iba delante de mí; su novio/entrenador iba a la par, corriendo de espaldas, gritándole que no se rindiera, “zoque, póngale, qué le pasa, no puede aflojar ahora“, con un tono que me daba tanta rabia que decidí acelerar para no oírlo más. La muchacha iba igual que yo, casi fundida, pero yo agradecí no tener un tirano ladrándome órdenes a la par.

En el bulevar de Rohrmoser giramos a la izquierda, y ya en la calle ancha de Pavas se divisaba la meta: sinceramente ya no aguantaba más pero las ganas de llegar eran tantas, era tan poco el aire y estaban tan temblorosas mis piernas, que sólo le atribuyo a la mente el que lograra llegar a la meta.

Tiempo: 58 minutos. Nada mal para la primera carrera, pero como se aprecia en el gesto de la fotografía, estaba deshecha y lista para desmayarme. Agua, medalla, estiramiento, y satisfacción. “Ah, así se siente correr, entonces…”

...fundida... pero contenta, aunque no se nota.

 

Esa fue la primera de 10 medallas que me gané este año; obviamente son de participación, y nada más. Siempre que termino una carrera llamo a mi mamá y me pregunta: “¿Cómo te fue?” -yo le contesto -”¡muy bien, Ma!” y ella, con mucha más fe que yo, me dice -”¿En serio? ¿llegaste de primera?”-.

El ambiente previo, el súbito miedo a que se me saliera el corazón, la satisfacción de ver pasar los kilómetros y de ir tomando agua donde se podía, todo me pareció genial. Muchos señores mayores, que me pasaban veloces; las parejas, los que iban corriendo en grupo, toparme en la meta a mis amigos y colegas Luis López Rueda, Andrés Corrales, Gustavo Sánchez, todo me encantó. Luego de tomarme sin respirar una botella de agua, me puse a pensar que ya quería saber cuándo sería la próxima carrera.

Esta es la más especial porque fue la primera. De las demás, tengo fotos y relatos, y afortunadamente no salí con cara de “ya casi me muero”. Espero postearlas en estos días. Hoy no pude entrenar por dos poderosas razones: resfrío y lluvia. Mañana si amanece aunque sea nublado nada más, me voy a la Guácima.

Estamos a 339 días de la Maratón. : )

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