Un mes para NY… dos días para Chicago


Te va a doler.

Va a llegar un punto en el que vas a pensar “qué hago aquí”, pero vas a seguir.

Al principio, casi como cuando uno se enamora, va a ser hermoso, delicioso, emocionante, sobrecogedor, pero en algún punto vas a querer detenerte y ya no vas a poder hacerlo. Eso es lo extraño: por más que te duela hasta el cabello, no vas a poder detenerte.

No te pasa por la cabeza ni la historia de Filípides, mucho menos acordarse de Gabriela o César en Londres, o de Bikila en Roma, corriendo descalzo. Cuando estás corriendo tu maratón, te das cuenta de que estás sometiéndote por gusto – porque nadie corre obligado – a uno de los dolores más profundos que experimenta el cuerpo humano, seguido inmediatamente de un alivio también doloroso. Poco importan Atenas, los Olímpicos o las medallas. Todo te duele y te preguntás para qué, si tenés una vida perfectamente normal sin correr.

Uno entrena todo el año – o gran parte de él – para llegar a ese punto. Y como la vida no es solo correr, en ese año uno lloró, trabajó, se peleó con alguien, madrugó sin estar muy convencido, se lesionó, se cansó… y por eso siempre le dicen “ahora vaya y disfrute, vaya recoja la medalla”.

Los maratonistas lo dicen porque ya lloraron. Porque ya saben que cuando se llega a la meta hay un instante celestial, que dura muy muy poco, y luego, como decía Fred Lebow, te queda una tristeza en el corazón… porque se acabó.

A todos los que están a punto de correr en Chicago, les mando un enorme abrazo. Hoy, falta un mes para mi maratón, pero dos días para la suya. Me emociono recordando el año pasado y al mismo tiempo agradezco tanto el poder correr… así, lerda, con los tobillos pesados, con braceo a veces bueno y a veces no. Con mi pace normal, que no amenaza a nada, ni siquiera a mis propios récords.

Si yo no corriera, no hubiera alcanzado a entender qué es la paciencia. Por qué para mejorar ocho minutos hay que esperarse un año. Si yo no corriera, no habría entendido que aunque una sea vanidosa – ¡uh, bastante! – a un verdadero amigo y compañero de grupo no le importa abrazarte cuando estás cansada, sudada y hecha pedazos por haber corrido mucho.

Si no corriera, no habría conocido a Alvaro Jiménez, un entrenador que aparte de compartir su conocimiento de atletismo le enseña a uno lecciones de vida tan valiosas como no preocuparse, asumir la lluvia o el calor de la carrera como parte de la ruta y por ende, disfrutarlas y agradecerlas, aprender a escuchar el cuerpo, y por ende a la mente, y agradecer viendo al cielo que tenés salud, pies, piernas, aire, pulmones, vida, amigos. Alvaro transmite eso.

El sábado es mi fondo madre y creo que no me había emocionado tanto antes de correr como ahora, ni siquiera en la maratón. Uno no es el mismo. Yo llego al fondo siendo una persona muy diferente a la que fui en Tamarindo. Soy un vaso coctelero hecho un revoltijo de emociones. Aquí estoy, moqueando. Mis Chi, en Chicago, a esta hora miran sus bib numbers, su ropa alineada y lista, y a pesar de toda la preparación que cumplieron, tienen la cabeza llena de preguntas. Cómo me voy a sentir. Cómo será. Ellos tampoco son los mismos. Aún los que ya han corrido una maratón, se enfrentan a las mismas preguntas.

Aunque uno corra con un amigo o con varios amigos, esto es un viaje personal al que nadie lo puede acompañar. Aunque lo espere el amor de su vida, un hijo o sus papás en la meta, uno está solo. Habrá casi 50 mil personas delante, detrás y a los lados, pero va solo. Por eso los corredores nos volvemos tan reflexivos, explosivos, pensativos y muchas veces sentimentales. La vida entera nos pasa por la mente entre un puesto de Gatorade y el otro.

“Los maratonistas no tenemos memoria”, sabias palabras de Damaris Wesson, que hasta ahora entiendo y que pronto, en muy poquitas horas, entenderán “esos locos que corren”. Y no corren poco. Corren 42 kilómetros y 195 metros.

No es el tiempo, no es el pace. Es el dolor y lo que te enseña, voluntariamente, cuando te ponés ese par de tennis y ponés un pie delante del otro, y delante del otro, y delante del otro… esa es la maratón y uno se enamora de ella porque es como un repaso por la vida, en menos de un día.

Con todo mi cariño, la boli más boli que los va a extrañar el sábado en Orosi.

Nela

(esta canción de los Pet Shop Boys es para ustedes)

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Comments

  1. Marcella Román López says:

    Mi e venuto un brivvido…. senza parole…te he tenido mucho en mi mente carajilla. Ti voglio bene y ya nos sentaremos a comentar nuestros pasitos tun tun como maratonistas. Muak

  2. Acertadas tus palabras Nella, en describir las emociones a pocos dias de salir “del corral”. El sábado pasado viendo a Deena Castor, inició mi cuenta regresiva a Disney y es increíble la motivación por correr mejor cada dia mejor. En mi caso, esta maratón la correré acompañada, algo que es curioso pues el entreno también será a dueto. Bueno, mejor suspendo pues me espera la pista que por cansancio no hice ayer. Lo único que queda es desearles a todos los que corren en estos dias, que disfruten de esta locura.

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