Destrozando mis muros. Uno por uno.


Aquí con el responsable de enseñarme a romper muros, el entrenador Andrés Alfaro. (La cara de malo es porque yo le dije que hiciera cara de malo).

Aquí con el responsable de enseñarme a romper muros, el entrenador Andrés Alfaro. (La cara de malo es porque yo le dije que hiciera cara de malo).

Normalmente hablamos de “muro” al referirnos a ese momento de la maratón en que ni el cuerpo ni la cabeza pueden más; el momento crucial en que el glucógeno se agota, algo nos desespera y sentimos que ya esto no se puede acabar. No se puede más. Ni un paso más.

Algunas personas ni lo sienten, otros recuerdan haber topado con él y vencerlo a pura cabeza, o caer de rodillas a sus pies por un calambre, un dolor. Topás con él de frente y el kilómetro 42 parece inalcanzable.

Pues bien, en el entrenamiento hacia esta maratón he topado con varios muros que me han puesto a prueba; hasta el día de hoy puedo decir que los derribé, los traspasé. Y no son poca cosa. No sé si me toparé otro, el mío propio, en Atenas, después del kilómetro 35, pero quise hablar de estos muros porque sé que son comunes, y muchos corredores me van a entender o puede que al contárselos les sirva para que cuando se los topen, no les tengan miedo.

1. No perderse los entrenamientos. No puedo mentir, sí me he perdido un par entre semana en este mes. Uno por trabajo, otro por agotamiento – sencillamente mi cuerpo no se despegaba de la cama -. Pero los demás días, los he ido tachando en mi calendario. Voy a correr, y pongo la marquita. Hacer la tarea. Ir al gimnasio. No faltar a los fondos de los sábados. En este caso el muro se llamaba “estoy muy ocupada y no tengo todo el tiempo del mundo para correr“. Derribado. Sí tengo tiempo. Puedo hacer el tiempo. Tengo que ir los martes y los jueves, hacer la tarea sola o acompañada los lunes. La satisfacción de no faltar es enorme – y la culpa cuando falté, fue más grande todavía -. Sé que no tengo niños ni familia qué atender en casa y eso hace que mi tiempo sea absolutamente mío; así que cuando veo a mis amigos y amigas que con tantas obligaciones siguen entrenando puntualmente, me pregunto: Nela ¿cuál es tu excusa? Ninguna. Poner la alarma, alistarse, correr. Hágalo callada.

2. Me volví a cambiar de casa – siempre escojo el peor momento – pero lo hice. De nuevo, la mudanza pudo haber sido un muro – “estoy tan cansada de subir y bajar cajas”, “tengo que hacer esto primero, luego corro“. No. No hubo tal. Me animo a decir que la subidera de gradas al tercer piso me puso fuertes las piernas y estoy corriendo mejor. ¡Quién sabe! Claro, a veces terminaba agotada del trabajo, la mudanza y el entrenamiento. Pero sí pude hacer las tres cosas. Sí se puede. Otro muro al suelo.

3. La melancolía. Situaciones personales, gente que decepciona, sorpresas desagradables. Como que se le desinfla una llanta al ánimo. Tal vez fue el muro más difícil, porque cuando uno está contento corre mejor, y yo estaba muy contenta hasta que algo pasó. Lo que jamás me esperé fue que el remedio de correr me ayudara tanto. No importa quién le falle a uno, ¡yo no me fallo a mí! Y ahí entra el mejor motivador del mundo: el profesor. Andrés es un hombre de pocas palabras, pero tiene una manera sutil para motivarlo a uno. Él sabe a qué me refiero, no tiene que decir dos veces que “uno puede”, para que uno sienta como una obligación de cumplirle. Y gracias a que me dijo “Ah no Nela, ¡ahora póngale con más ganas!” descubrí que no hay tristeza que yo no pueda aplastar cuando entreno con el grupo, por 15, 20 o más kilómetros. A eso le sumo haberme topado con doña Viky – pronto les cuento su historia completa -, quien a sus 79 años me contó que desde hace 10 dejó las pastillas antidepresivas y las cambió por tennis. Ese muro de tristeza y decepción, puedo decir que lo despedacé a patadas. Hecho polvo. Ya no existe.

4. Dolor y esfuerzo. Muchas veces he dicho que no soy rápida, pero fuerte sí. El no perderme los entrenamientos, descubrir mi fortaleza interna corriendo y demostrarme a mí misma que sí puedo con todo – trabajo, deporte y mudanza – me dio un empuje que me ha ayudado a mejorar mi manera de correr. No puedo decir que pasé de un pace de 6:45 a uno de 5, pero… ¿a uno de 6:14 en un fondo de 30 km? ¡Eso sí pude! Andrés siempre nos dice que hay que pasar el umbral del dolor. Una vez, al final de un fondo, me dijo: “Diay la veo muy fresca… pareciera que puede correr unos 2 km más“. Me lo dijo en broma, pero la verdad era que sí… yo me había ahorrado fuerzas. Y ese día regresé a la casa pensando “pucha, la próxima vez tengo que terminar hasta que quede fundida“. Y me lo cumplí.

TURRUEste sábado hicimos un fondo de 30 km; de Heredia hacia Turrúcares. Pude haber hecho 21, porque haremos 30 en Tamarindo, pero yo estoy pensando en Atenas. Quiero acumular millaje. Le dije al profe: “mi mejor tiempo en 30 km lo hice en Roma en 2013” – esa vez, el split de los 30 marcó 3 horas 17 min.-. Y le anuncié a Andrés algo que jamás me he animado a decirle a un entrenador: “Profe, la idea el sábado es igualarlo o mejorarlo”.

Bajo un sol fuerte, con un paso controlado y mejorado, de menos a más, terminé este sábado mis 30 km en 3 horas 7 minutos. Mejor que en Roma, mejor que en Tamarindo. ¡Mejor que nunca!

Cuando me faltaban como 3 kilómetros vi el Garmin, hice cuentas y sentí una alegría enorme. Me dije: “lo vas a hacer… ¡vas a mejorar el tiempo!“. Me imaginé la cara de sorpresa del profe, porque en lugar de venir más despacio, cerré fuerte esos últimos metros. ¡Diez minutos menos! Me sentí tan satisfecha. ¡Me sentí orgullosa de mí!  De regreso a la casa, venía como soñando despierta, asimilando lo bien que lo hice, y cuando empecé a subir las gradas – otra vez, hacia el tercer piso pero sin cajas – empecé a llorar.

Porque madrugar, entrenar, tragarme la tristeza y convertirla en fuerza, no poner excusas, correr contenta y sin quejarme de dolor, ¡todo ha valido la pena!

Hice 30 km en 3 horas 7 minutos. No es una marca mundial. Es mi marca personal.

¡Si uno tuviera la medalla que merece en fondos como ese, la mía sería grandota, pesada y colorida!

“All walls have doors” decía aquel rótulo en Central Park. Mi muro mental era “no soy rápida, me duelen las piernas, estoy triste, no tengo tiempo, es muy difícil mejorar”. AL SUELO LOS MUROS. “All walls have doors“. Y si no tienen puertas, destrócelos.

Esto es lo que hace que entrenar para maratón valga la pena.

Faltan 70 días para que corra mi quinta maratón en Atenas. Puedo decir sin miedo a equivocarme que llevo bien entrenadas las piernas, pero sobre todo la cabeza. No quiere decir que no aparecerán más muros, pero ya sé que sí puedo romperlos.

Este post lo escribo recordando una frase que leí en Facebook: “el rival más fuerte está en tu cabeza“. Probablemente ese rival es el que anda levantando muros, con los ladrillos de excusas que andamos dejando tiradas.

De mi parte, no más ladrillos.

A veces hay que pensarlo dos veces antes de decir “no puedo porque es difícil” o “no puedo porque me duele”, “no tengo ganas” o “no puedo porque estoy ocupado”.

Gracias Andrés Alfaro, con usted ha sido un gusto compartir la alegría, y también la tristeza o la frustración, porque me han servido de combustible. Gracias por ser como Leónidas, y enseñarme a ser valiente como esos 300 espartanos que se enfrentaron a los persas. ¡Ya casi se ve el Partenón!

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Comments

  1. Bien hecho Nella!! .. esto es como la historia de la vaca. Así estoy yo .. “matando mis vacas”… esos cochinos muros que nos detienen por falta de determinación y agallas. Pero tal como lo escribís, esa fuerza está en el corazón/instinto, sólo hay que hacer que la mente la encuentre y el cuerpo la haga realidad.

    Ya estás a 3:07 hr menos.. del Partenón!

  2. Salia del Auto con las bolsas del super y mi esposo, la vi y lo unico que pude deir fue “Nelaaaa” nada mas, porque si le digo en persona muchas gracias por que usted siempre me motiva, creo que lloro!!!

  3. Eric Porras says:

    Definitivamente…..inspirador.
    Mujer de acero….te felicito.!!!!

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