Maratón “contra el cielo más azul de todos los cielos”… ¡Tamarindo!


11996303_10153182174472643_168061834_o

Y pido permiso a Malpaís por el título, pero es que escribí ésto, escuchando la música que me transporta allá… a Guanacaste.

“Sé que a veces miro para atrás, …pero es para saber de dónde vengo”

Tratándose de 42 km, había que llegar antes. Así como en otras ocasiones, uno llega un par de días antes para aclimatarse – y si hablamos del clima de Tamarindo, con mucha más razón.

Salimos el jueves de San José – Marcella, el doc y yo, el doc piloteando – los tres riéndonos de camino, y reflexionando… “¿qué estábamos pensando cuando nos inscribimos a esta carrera?” Muertos de risa, ilusionados, recorrimos la misma ruta de la carrera, imaginándonos “¿Cómo iremos el sábado por aquí?” 

Habíamos salido a las 5 de la mañana, así que ya a las 10 estábamos en Noguis con el desayuno de rigor, y luego: el momento que no se parece a ninguno antes vivido. Sin “expo”, sin multitudes.

He venido 4 años seguidos a Tamarindo a retirar mi número y kit de corredor. Pero jueves, tan temprano, no había filas. Éramos de los primeros. Abrí mi paquete, y ahí estaba: “F19”. Claro, me inscribí en enero, me tocó un número bajo.

Marce y el doc, con su grupo, quedaron instalados en su condominio, y yo me fui al Westin Conchal, a unos 15 minutos de Tamarindo. No más entrar a la habitación, mi lado OCD se puso en acción.

“Aquí va la ropa corriente. Aquí pongo lo de la carrera. Aparte van los tennis. Bloqueador, repelente. Aquí van los geles, el hidratante, las pastillas de sal”. En 15 minutos todo estaba desempacado, ordenado, dispuesto para el sábado. Seguí tomando agua, y una interminable botella de New Shape, y me fui a almorzar.

Algo extraño pasaba.

Era demasiada serenidad. No estuve así en NY, en Roma, en París, ni en Atenas. “Debe ser porque estoy en mi casa”, pensé. Y tiene lógica. Había ido 4 veces a Tamarindo a hacer 30 km, ya con solo eso, es tremendo ensayo pre maratón. Sabía qué esperar. Sabía cómo era la ruta. Sabía cómo son esos primeros 4 kms de salida a la calle. La sorpresa era qué haría mi cuerpo con 12 km extra, porque ya he tolerado bien 30.

12011721_10153185284562643_1893815640_o

Sendero Westin Conchal 5k. Apenas fresco.

Esa noche del 10, dormí muy bien. Me desperté feliz, y junto a un pequeño grupo de huéspedes, hicimos un “entrenamiento para aflojar piernas”, en un recorrido de 5 km, algo columpiado. Corrimos con 27-28 grados y cielo nublado. Aunque al terminar estábamos empapados en sudor, la verdad era un clima agradable. “Dios, que siga así mañana también”. Por la tarde llegaron al hotel mis amigos Boris, Alex y Randall, y con ellos cené… Seguía sorprendida de no estar nerviosa. “¿Esto debe ser malo, no?”

Me fui a dormir, puse 3 despertadores, y llamé al concierge para que me despertara también, a la 1:45 am. Había que salir temprano para evitar el cierre de calles – 4 am, – y quería comerme un par de tostadas antes, y alistarme con calma.

El sábado desperté y me levanté como un resorte. Brinqué de la cama sin problema. Cuando pasó por mí el transporte y nos vimos todos juntos en el lobby: ya vestidos, con el número, con la risa nerviosa, ahí sí me dije: “Espero que sepás para lo que vas”. Unos divertidos cubanos apenas iban hacia su habitación después de la fiesta, así que a las 3 am, cerveza en mano nos vieron de arriba abajo y dijeron:

“¿Y ustedes, para dónde van a esta hora?”.

-“Esteeee… para maratón”.

Nos respondieron con una carcajada escandalosa que nos relajó, y yo también me reí.

Llegamos a la salida: 4 am, en medio del ir y venir de gente y carros, era noche todavía. Saludé a un grupo grande de mexicanos que conocí por twitter, ¡qué alegres y qué emocionados estaban! Me encontré con mi grupo – que iban por 30 km, y luego hacían en bici 90 km ¡entrenando para su triatlón, otro nivel! -. Con ellos los abrazos, la oración de Anita… Ana Murillo siempre hace una oración para todos, antes de las competencias. Se me grabó una frase de la oración: “Señor, llévate cualquier pensamiento negativo”.

Desde ese instante rechacé: lesiones, calor, peligro. Borrado. “Aquí no va una paciente. Aquí va una atleta.” La paciente salió del hospital hace rato.

Nos alineamos en la salida. Costó encontrar un espacio entre 4 mil corredores. Al estar ya listos, y verme al lado de Lorna – sí, la dulce Lorna que hace un año entró a la meta con el puño en alto, victoriosa – ahí sí lloré. Tuve miedo. Me abrazó. Ella y las chiquillas,  me dijeron “suerte campeona, vamos”.

Y comenzó el juego de pólvora: el cielo de Tamarindo se iluminó, y cada estallido me reventaba el alma: se me agolparon todos los sentimientos en la boca del estómago. Emoción, incertidumbre, agradecimiento, ahora sí estaba en modo maratón.

Esta era MI salida. ¡Un 12 de febrero salí del hospital, y 7 meses después, un 12 de setiembre iba a alcanzar mi maratón…!

Y comenzamos a movernos. No salí tan rápido, preferí estabilizar mi paso: el objetivo era llegar “entera” al retorno de los 42, y ya después vería cómo medir el esfuerzo.

Salimos hacia la calle principal, me sentía bien, estaba feliz. No fue casualidad que al mirar hacia la derecha encontrara una carita conocida: ¡Chaaaaarlie! Con ojillos de dormilón perezoso, todavía medio en pijamas, ahí estaba, mi amigo Charlie, él sabía que mi kilómetro 13 era para él, por haber sido mi cable a la vida desde New York hasta el hospital. Verlo sonriente a la orilla, me dio un subidón de alegría. ¡Gracias por levantarte temprano a saludarnos, verte fue un buen presagio!

Eso fue esta carrera, de ida y vuelta: caras conocidas, amigos a los lados, siempre amigos. ¿En cuál carrera, por famosa o lejana, podría correr tan acompañada como aquí?

El paisaje se fue haciendo más lindo conforme salía el sol: aquí no hay ruta entre rascacielos ni monumentos históricos. A los lados la llanura, el ganado manso y tierno, allá un árbol de Guanacaste, verdecito verdecito. El perfil azul de las montañas a lo lejos. Entre potreros, alguna casita perdida, cuya familia desde el corredor, en su mecedora, nos aplaudía. Rostros morenos, sonrisas blancas y amplias. Me acordaba de las bailadas con Malpaís, y canté en mi cabeza con Fidel: “¡que me dé el sol nicoyano por toda la eternidad!”… (éste es sol santacruceño, ¡pero que me dé!) Y comenzó a darme con ganas porque ni una nube apareció, pero ¡a quién le importa! “Contra el cielo más azul de todos los cielos”, escribió Fidel.

Y recuerdo que me lo dije en voz alta, “¡Jueeeeeepuña país más lindo!”. Agradecida, sin dolor y sin molestias, seguí corriendo y corriendo. Y corriendo. Y corriendo.

Ya venían de su retorno de 21 y 30 kilómetros, muchos de mis amigos, a todos les pude gritar, aplaudir, saludar. Ahí iba el grande, César Lizano; también mi primer entrenador Alvarito Jiménez – fiel a su estilo, iba más que sonriente -, y el profe Andrés, como alma que lleva el diablo. ¡Qué privilegio encontrarlos en la ruta, aplaudirles y gritarles!

¡Iba yo tan feliz, pensando en qué rico correr una maratón tan en casa, tan cerca de la playa, con el cielo de uno, con las montañas de uno! Así llegué “entera” al retorno de 42. Todo era cuestión de devolverse y ya. Lo hice.

Ya casi llegando a los 30 km era tanta agua la que bebía, como la que me echaba en la cabeza. Empapada y feliz, vi mi pace: tal vez podría terminar en 4:40, aunque nunca me puse una meta de tiempo. A ver, es Tamarindo. Hay que respetar el calor.

Eso pensaba hasta que para las 8:40 am, con un sol que me ardía la espalda, comencé a sentir cómo la temperatura me castigaba, pero iba bien. “Cuál es la prisa” recordé.

Empecé a sentir los columpios, ese subir y bajar de la ruta, comenzaron las palabrotas, “¡¡ otra $%&/ cuesta!! ”, pero ahí fui superándolas. Ya escuchaba gritos de dolor, veía algunos arratonados, gente caminando, algunos que desistían y los subían en carros o motocicletas.

Este era su muro, ¿sería el mío?

11997193_10153189493657643_1801789974_n

El entrenador. EL entrenador. ¡Cómo agradecer tanto, Andrés!

Me dije “siga siga siga siga siga siga”, y ahí aparecieron mis amigos, aparece Andrés. Una legión de bicicletas, ¡mis compañeros!, ofreciéndome hidratante, agua, echándome más agua en la cabeza, preguntando “¿vas bien?”… Y de ahí hasta la meta, supe lo que es correr con hermanos.
Andrés me alcanzó una papita, Milena una coca sin gas, … venían los más difíciles, esos interminables 4 kilómetros de llegada a Tamarindo. Honestamente ya quería bajar el paso, pero ¿cómo hacerlo, si venía con ellos? ¿Por qué hacerlo? “Viene entera, mantenga la cadencia, vea qué buen paso” dijo Andrés. Y yo hice lo que pude por no fallarle.

Faltan dos kilómetros. Falta uno. La recta final, la gente aplaudiendo a los que vamos cerrando, mis amigos en bici, “Échenle agua en la cara para que se despabile”, mandó Andrés, y con esos baldazos de vida supe que iba a terminar.

– “Neeeeeelaaaa… solo 400 metros”

– “¡¡Noooo mientaaaaaa, profeee, no son 400!!”

– “¡¡¡¡Que sí, que sí son…!!!!! Disfrútelos, disfrute esto, esto es lo que le gusta hacer, ¿verdad?”

Ahí comencé a llorar pero no se me notaba por tanto baldazo, ¡la meta! ¡la meta! ¡la meta!

Las bicis no podían llegar hasta la meta pero me despedí de ellos ahí, y entré tan feliz, casi brincando, ¡TAMARINDO SE ACABÓ!

11998472_10153190656787643_1115006667_nNo hubo nadie más feliz, paré el Garmin, ¡corrí 42 kilómetros en mi casa, estoy en mi casa! Abrazos, abrazos con mis amigos, Randall, Erick, Pablito, Lorna, Silvia, Marcella, el doc, Alex, ¡todos!

No necesité que fuera Central Park, ni un Arco del Triunfo ni un Coliseo ni un estadio Panathenaiko, ¡ahí no había nadie “mío”, en cambio aquí estábamos todos, juntos! Míos, nuestros.

Sin dolor, sin agitarme, sin miedo, calcinada por el calor guanacasteco, pero feliz con la retina llena de sabana… ¡maratonista en casa! Como nunca.

image1

LORNA: Miss Tamarindo 2014, yo quería cerrar igual que ella, ¡gracias!

Luego lo supe: cerramos a 34 grados, con un 70% de humedad… ¿es eso o no un homenaje a ese Filípides agotado tras la batalla?

Suena raro que diga esto: ¡se me hicieron cortas las horas! ¡No me dolía nada!

Eso se llama felicidad. 7 meses después, la cicatriz del marcapaso ya casi no se ve. Más agradecida y más feliz, celebro esta medalla tan bonita con el cardiólogo, con el hospital, con mi familia, con mis amigos, con el profe Andrés, con este sol que salió a saludarme sin nubes, como si no quisiera perderse este día.

42 kilómetros y 195 metros en Tamarindo, Guanacaste.

“Como un pájaro en la mañana, que sacude el viento, voy llegando en la distancia, como un pájaro, como la primera luz del mes de enero, como un árbol apretado contra el cielo más azul de todos los cielos, olvidado en el horizonte viejo…
Como un árbol, como el canto de los ríos y el silencio. Entonces fue que fui de nuevo un güila, correteando en los potreros;  loco y descamisado me perdí en el verano de caminos polvorientos. Sé que tal vez ya no recordarás los malinches floridos, aquel fuego. ¡Sé que a veces miro para atrás , pero es para saber de donde vengo!”

“Como un pájaro”, Malpaís. Letra & música Fidel Gamboa. Papaya Music

12025881_10153193463432643_51751327_o

Advertisements

Comments

  1. Lloré y me emocioné como si yo misma hubiera recorrido esos 42km. Que campeona!! He llegado hasta 21km pero sé que llegaré a los 42km en Tama… Tama es especial para todos. Muchas felicidades!!

  2. Qué hermoso relato!! Cuánta emoción, pude vivirlo a través de tus palabras… El diálogo con el profe llegando a la meta… No puedo dejar de leer tu blog… Gracias!!

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: