“What are the odds? Lucky #7″ New York 2015, parte 2.


Ese domingo desperté con una sensación de mucha tranquilidad. Pero tampoco me gusta que el día que tengo que estar emocionada, no lo esté.

12467739_10153376669817643_2005949538_nMe alisté, tenía todo ordenado, me vi al espejo y me dije “Diay idiota, qué, no vas a ponerte feliz, es tu séptima maratón… sie-te. ¿Por qué no estás nerviosa como cuando viniste en 2011?”

Dejé de regañarme y bajé, ya nos esperaba afuera del hotel el autobús que nos llevaría a la salida. Este día también iba a estar lleno de encuentros bonitos. No era Spike Lee, Paula Radcliffe ni Meb, pero… eran tan importantes como ellos. O más.

Comencemos diciendo que iba en un autobús con ticos, entre ellos mi amigo Pablo Mena – este blog fue el lazo para conocernos, y ahora es entrenador de Holistic Runners -. Yo no conozco a nadie que haya soñado tanto con esta carrera, como Pablo. Pablito iba como un niño, – Pablo, ¿verdad que lloraste? -. Íbamos viendo por la ventana lo que nos tocaría correr unas horas después. Y en ese mismo autobús iba el muchacho de la sonrisa del millón de dólares, Daniel Corrales, pupilo de Pablo – Daniel tiene un carisma increíble, cae bien con solo verlo -. Emocionados, nos bajamos del autobús.

No más entrando a los corrales, otra carita conocida: allí sentadita en una acera, Priscilla Saavedra. ¡Aww! Priscilla y yo nos conocimos en los ChiRunners, ahora corre con los Umbali, y ambas tenemos en común un enamoramiento desmedido por New York y todo lo que se le relacione. Esta también era su maratón soñada, y verla allí, para conversar con ella y compartir nervios, fue una de esas coincidencias que más agradecí.

¡Y faltaban más!

Porque sentados en esa acera: Daniel, Pablo, Priscilla y yo, conversando los cuatro ticos, haciéndonos compañía, no imaginábamos que un ratito después – ¡yo te vi primero, soul brother! – aparecería caminando la figura de aquél pelirrojo alegre..

Los dejé sordos, porque… RAAAAAAAAFAAAAAAAAAAAAAAA

A ver, si somos 55 mil corredores, ¿cuál es la posibilidad estadística de toparte JUSTO A TU MEJOR AMIGO ESPAÑOL? ¡Raaaaafaaaaa Veeeeegaaaaaa!, y así como lo leyeron, en mayúsculas y en negrita, yo soné como una ambulancia, me levanté gritando su nombre, corrí hacia él y lo embestí con un abrazo, ¡que creo que casi lo tumbo!

Rafa, quien desde España me acompañó en el hospital y post hospital, que siempre hemos sido como hermanos locos – dos periodistas que escriben y corren – pues ¡qué regalo más lindo verlo antes de la carrera!

Y así, entramos a nuestros corrales.

Ya estando dentro, Priscilla y yo – que coincidíamos de corral, más no de oleada – nos fuimos a buscar un cafecito para calentar durante la espera, y buscando el cafecito, me encontré a los que tampoco era lógico encontrar en medio de miles y miles…

Fernando, Fernando y Sergio.

What are the odds?

Su salida era en otro corral, y a otra hora, pero estos tres hicieron algo por mí, que hasta el último día que yo corra agradeceré.

Les dije: “Muchachos, vayan, ya les toca salir.”

Y los tres decidieron salir al mismo tiempo que yo. “Pero… pero es esperar más, no no, vayan vayan, de veras, no importa”.

  

Priscilla salió antes que nosotros, y quedamos los 4 otra vez, en espera de salida.

Así comenzó mi séptima maratón: corriendo con ellos, viviendo sus nervios como míos, y la verdad, conmovida por ese gesto tan bonito. Gracias, en serio. Tres mexicanos y una tica salimos en un corral que no era, a la hora que no era, pero ¡salimos juntos!

Se sintió lindo comenzar a escuchar a Frank Sinatra en el Verrazano con ellos al lado.

Supe que ese kilómetro, ese inicio de la carrera no estaba sola, ellos estaban cerquita.

Y ahí en el puente, corriendo con el aire frío en el rostro y despeinándome, comenzó la carrera, y todas las emociones que tuve guardadas temprano, afloraron de una vez.

Qué rápido se va ese puente… qué difícil es dejarlo atrás.

Tuve noción de algo que me dije a mí misma: “Qué increíble. Ya te sabés de memoria todo el recorrido. La curva que sigue, la calle que viene, dónde hay una banda.” Me di cuenta de que puedo decir con certeza que me sé la Maratón de New York, y seguramente por eso no llevaba nervios, pero no quiere decir que no estaba emocionada. Me dispuse a disfrutarla, me lo dije mentalmente: “ESTA CARRERA ES TU CASA, aquí comenzaste, disfrutá como aquel 6 de noviembre de 2011”.

Y lo hice. Me hice caso.

No hubo manita de “hi five!” que no tocara, no hubo sonrisa latina que no correspondiera cuando veían en mi camiseta “COSTA RICA” y lo decían en voz alta, ¡agradecí todo, tiré besos y corrí como si no fueran pesados y largos 42 kilómetros!

Por supuesto que avanzando Brooklyn, esperando la cuesta de Queens – esa calle tan linda, que tanto duele subir – revisé mi pace, y de nuevo me recordé que esta maratón no era para venir a ponerme presión por tiempos. Si vine hasta con maratón de Tamarindo a cuestas, ¿quién se iba a estresar por buscar tiempos? No, no. Llegué al punto de los 21 km, bastante bien, con buen ánimo y aire.

Y oootra vez:

What are the odds?

Miro a la derecha y … entre miles y miles de corredores, ¡me aparece Daniel!

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Este bandido iba fresco, como si nada…. ¡su primera maratón, y muerto de risa! jajaja Braaaavo Daniel

Qué susto, y qué alegría, Daniel tiene una sonrisa que contagia y me alegré tanto de verlo feliz, porque esta era su primera maratón, y topármelo justo a medio camino me pareció chivísima, ¡casualidades que no pasan nunca! Dos ticos saludándose en pleno maratón de NY. Jaja. Como si fuera el Paseo Colón.

Daniel con su GoPro nos tomó una foto, conversamos un poco de cómo nos íbamos sintiendo, de lo lindo que estaba el ambiente, y creo que un par de kilómetros después ya no lo vi, pero tener esa energía tan linda de Daniel justo a 21 km de la meta, fue como si me dieran una coca sin gas, un gel o un confite. ¡Ahí iba el muchacho más alegre de la delegación tica, y ahí iba yooooo!

Mi mente iba tan clara del recorrido, que no me inquieté por parar dos veces al baño. “Ya sabemos cuánto falta, y vamos bien” me dije, y empezó a caer la tarde bajando la Quinta Avenida, y entonces, justo por saber tan claramente cuánto me faltaba, comencé a sentir nostalgia.

Nostalgia de que en unos minutos… esto sería historia.

Cuando uno ama tanto el lugar, el momento, la sensación, no quisiera que se acabe – excepto por el cansancio -.

Qué tan afortunada era yo, en ese momento, sin lesiones, sin dolor, con un corazón reforzado… ¡el sol ponía doradas las hojitas de Central Park! Seguí disfrutándolo como quien saborea un café, paladeando para que no se le acabe.

La vuelta en Columbus Circle… y ya. Oh. Entrar a ese parque se parece mucho a ser feliz.

No me gustan los “hubiera”, pero en ese momento sí lo pensé, “Tal vez esto no me tocaba vivirlo, si no hubiera gente que reaccionó a tiempo y me llevó rápido a un hospital… Ay, ya necia cállese con eso”, me dije.

“Tal vez no me tocaba correr 7 maratones, las cosas se hubieran quedado en Atenas, con la quinta…”

Pero agradecida de que esos “hubiera” no tenían sentido ni explicación, comencé el vacilón de mi cierre.

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Porque justo en esos metros eternos y duros, comencé a cantar, brincar como siempre hago en Central Park – y de seguro da risa verme, pareciera en las fotos que venía rápido, sin dolor, sin cansancio, pero sí que venía cansada y mis piernas ya no tenían nada, – pero este es el efecto NY: con tal de llegar a esa meta uno saca de dónde no tiene, y llega.

409710_212040326_XLargeAntes de cruzar la meta me toqué el corazón, di un beso al aire – yo qué sé a quién o a qué, a Dios, al momento – ¡y cerré mi séptima maratón!

Suena soberbio de una persona que casi se muere, pero creo firmemente en el poder de la mente, así que tengo que decirlo bien duro, para que el Universo me oiga y se acuerde de esto: “Séptima, no última, ¿ok? ¡Vienen más!”

Lo logré y lo viví. ¡Y no corrí sola ni antes ni durante!

Cómo no amar esta manzana. Ahí me gané esta medalla tan linda, que quise compartir más tarde con los tres mosqueteros: los Fernandos, con sus tiempazos, Sergio con esa prueba de coraje venciendo ese dolor de rodilla, y yo: sencillamente cumpliendo una cita que ya es parte de mí: venir los años impares, a Nueva York.

Así que lo que me escribió Joan Benoit junto a su autógrafo, se cumplió:

“Have a lucky #7”

Con tantas coincidencias y emociones, ¿quién más “lucky” que yo? Aunque no tan lucky, caray, ¡esto no me lo han regalado, yo he entrenado y le he puesto todas las ganas del mundo para lograrlo! Abrazo la bendición de estar viva pero ¡no la voy a desperdiciar quedándome quieta!

Cierro el libro.

Bendito el momento en que un día, llena de tristeza, abrí la puerta de mi casa y salí “a caminar un ratillo”. Y terminé trotando.

De una muchacha triste en Rohrmoser… nació una maratonista.

¿Qué no podrá lograr usted, que tuvo paciencia de leer tanto?

Yo creo que se nota lo feliz que iba.

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Comments

  1. Nella, las fotos son tan hermosas, se nota tanto la alegría por vivir que, el relato es la cereza del pastel.
    Larga y alegre vida tengas por siempre.

  2. Yariella Rodríguez says:

    Hola Nela. Siempre muy, muy inspiradora. Saludos!

  3. Nela, gracias! Estaba esperando la parte 2!!!
    Descubrí tu blog en diciembre y me lo leí todo…. Empecé desde el último post hasta Tamarindo y ahí quise irme al principio… Me sorprendí con vos de las coincidencias..
    Esas cosas universales y que a la vez uno siente tan propias.. Me emocioné en cada una de tus carreras, las “grandes” y las pequeñas. Me enamoré a través tuyo de la Santaneña y San Silvestre- a propósito: reseña de la última por favor!-. Aprendí gracias a vos de mi querida Costa Rica y de sus atletas. Vi “Spirit of the Marathon” y lloré como amerita. Así que gracias, mil gracias Nela. Aunque te conozco brevemente -soy la nueva de Lagar, me preguntaste si llovió el día de la Maratón de Costa Rica en la que corrí mis primeros 8K- siento que te conozco mucho más. No dejes de escribir, por favor. Ojalá tu 8va de las “grandes” fuera en Buenos Aires este octubre! Un abrazo Nela y feliz 2016 para vos!

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