Chi-sentimientos (Alvarito entiende)


Tennis nuevas, ropa nueva, barrio nuevo.

Objetivo nuevo.

Mentalidad nueva.

Y también grupo y entrenador nuevo.

Dar el paso fue complicado, porque uno se encariña con la gente, se hace a la idea de que pertenece a un grupo o una manera de correr, que solo “el profe” es “el profe”, y bueno, he sido ChiRunner por 3 años, tengo mi camiseta Chi, y cuando me han preguntado con quién corro, yo solo digo “Chi” y  con sólo decirlo, todo mundo sabe que soy del grupo de “Alvarito”. Porque a Alvaro Jiménez todos le dicen “Alvarito”.

Tomé la decisión sobre todo por la parte logística. Luego de cambiarme de casa, con horario nuevo y trabajo nuevo, no podía seguir yendo y viniendo hasta La Sabana. Necesito estar lista más temprano. Antes, que trabajaba desde la casa, podía tomarme el tiempo que quisiera después de correr para alistarme, desayunar, ir a gimnasio, pero ahora cada minuto cuenta y necesito rendirlo.

Otro aspecto – que parece súper sentimental – es que muchos de mis “viejos” compañeros del grupo se han ido, o sencillamente corren aparte, y algunos de ellos son justamente los que iban a mi ritmo. Uno es medio cursi y cabezón en ese sentido…

Pensé que era mejor buscar un grupo que corriera por el lado Oeste de San José, y que así como cada cierto tiempo uno cambia de programa de pesas en el gimnasio,  tal vez cambiar de programas de entrenamiento podría ser bueno. Ya encontré ese grupo, pero antes, antes necesito hacer esta reflexión.

Es de bien nacidos ser agradecido, y yo para Alvaro Jiménez tengo mucho agradecimiento. El profe hizo que yo me creyera que podía, hizo que pudiera. No solo logró que yo llevara un proceso ordenado y exitoso de 0 kms a Maratón, sino que en el camino aprendí tanto de su manera de ver el deporte, de cómo creó un grupo tan grande, donde el rápido o el lento pueden entrenar juntos, sin competir, pero compartiendo.

Alvaro es un hombre sumamente sencillo; callado más bien, un entrenador exigente pero paciente: “levante talones”, “¡Nelaaaa ese braceeeoooo!”, “levante la barbilla… no tanto!”. Con calor, corría sin camisa, y con frío, también. ¡Por aquello de conectarse más con la naturaleza! Y siento que ese gesto suyo, tan noble y tan sincero de esperarnos a cada uno y “jalarnos” hacia la meta, era lo que uno más agradecía de él. ¡En cuántos fondos sabatinos, Alvaro se regresó 3 kms o más por 8, 9 personas, llegando a acumular en ese lleva y trae casi una maratón…! Y cuánto consuelo le daba a uno saber que los últimos metros iba totalmente resguardado por él.

Así que cierro el último ciclo del año como maratonista Chi. De mano de Alvaro y de todo ese montón de “Chi Runners” hice las tres primeras maratones de mi vida, no sé cuántos fondos, cientos de cientos de kilómetros en barro, calle o lastre, con sus respectivos desayunos post entreno.  Y la verdad es que uno no puede dejar de ser amigo de quien ha compartido el agua, el hidratante, un gel, un abrazo sudado y agotado en la meta, y no pocas veces una buena llorada al final de la carrera.

Creo firmemente que con Alvaro aprendí las mejores bases, y también que en ese grupo hice amistades que pienso conservar de por vida.

Con mucha emoción, igual que cuando uno cambia de escuela, ahora voy a aprender otras cosas, otras rutas, y vivir las maratones que siguen con el profe nuevo, Andrés Alfaro, y su grupo. ¡Vuelvo a empezar!

Así que cierro el ciclo Chi, como Alvarito cierra los estiramientos, con los brazos extendidos y viendo hacia el cielo, como queriendo agarrarlo, solo que yo extiendo los brazos para decirle gracias. Y aunque hubo momentos mucho más felices que este, estas fotos siempre me recordarán que más que un profe tuve un mentor esperándome en la meta: en las  buenas, y en las malas. Gracias.

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Temporada de Maratón: esos viernes… esos sábados!


¿Tenía goma maratonera?

¿Estaba deseando volver a hacer fondos largos? Ahí los tiene. Ahí están.

Llegó la comunicación del entrenador con el calendario de fondos, porque en menos de 10 semanas hay que estar listos para correr 42 kms.

Mi primer fondo largo de la temporada, el que sentí que oficialmente me puso en modo New York 2013, fue la semana pasada: 28 kilómetros. Y sin caritas. Sinceramente pensé que no podría completarlos pero no solo sí pude, ¡lo disfruté!. ¡Y eso que subimos la cuesta a Salitral! Pero de verdad me hacía falta esto, y aunque ya logré acomodarme mejor con el trabajo para entrenar en la Sabana como antes, son esos fondos de los sábados los que le permiten a uno medirse hacia la maratón.

Calculo que desde ahora y hasta noviembre, mis fines de semana serán agotadores. Y para decirlo masoquistamente, como corredora,… ¡hermosos!

Se viene Tamarindo (mis terceros 30 kms, parte de la preparación a NY) pero también Orosi, Rancho Redondo, y todos esos lugares donde los sábados, en fila india, como hormigas de colores, se ven los grupos de corredores. Unos van para Chicago, otros a Berlín, otros a Washington. Y a New York, claro.

Esto le cambia a uno la rutina del fin de semana, y por qué no decirlo, desde jueves ya uno entra en otro mundo, y los viernes y los sábados se transforman en una rutina que amamos odiar, o odiamos amar… como sea.

Viernes en la mañana: desayuno con buenos carbos. Bananito para el potasio, claro. Pasearse la mañana alternando la merienda con agua, Gatorade y disculparse con los compas porque “no va hoy en la noche, tiene que madrugar”. Llegamos al mediodía: ¡pasta! ¡qué vacilón, otra vez… pasta! A los que nos gusta, como si nada. Plato de siempre, para ir a la segura, como el penne alla checca que le queda tan bien a Alessandro, el chef de mi restaurante preferido. Por la tarde, seguimos con más agua, más hidratante, y hacemos memoria de lo que hay que pasar a comprar y a qué hora hay que acostarse. Cargamos el iPod con las cancioncillas que nos gustaron esta semana para entrenar.

Viernes tipo 5 pm: uno toma conciencia de que aunque esté bastante despabilado, ahorita hay que dormirse. No sin antes… heeeeey… ¿qué más? ¡Pastaaaaa! Qué rico. Otro mensaje de los compas. Unos diciendo “lástima que no vas, hoy estaba bonito” y otros diciéndote “mae nos vemos mañana a las 4”.  Llegás a tu cuarto, y dejás listo el “muñequito” como digo yo, es decir: tennis, medias, short, camiseta, visera, asistencia, cinturón de hidratación… y hasta la estampita del santo correspondiente, según la longitud del fondo. Finalmente, 8 pm: a lo lejos se oye gente emocionada viendo un partido, mientras uno apaga la luz para dormir. La enciende de nuevo. Revisa la alarma. La vuelve a apagar. Dejó cargando el Garmin.

Sábado. 3 ó 4 am. Qué silencio. Momento crucial: sacar el piecillo de las cobijas, apagar la alarma y decirle al cuerpo que aunque parezca anti natural, hay que salir a entrenar. Alistarse el desayuno pre fondo (mis tostadas con nutella y jugo) y luego, salir a correr y comprender que todo mundo sigue durmiendo. Y que aunque no ha salido el sol, señores, uno ya va para la calle vestido de ninja.

5 am: comenzás a correr. 6 am seguís corriendo. 7 am, muy probablemente seguís corriendo. No son ni las 8 y mientras los demás dan vueltica a la almohada para sentirle el lado frío, ya vos no echás, tenés la cara llena de sal y ves el Garmin: veintitantos, si no es que 30 kms. “Quiero comida”, pensás. Y te comerías una vaca. Y olés a diablos, y aún así, te sentís super orgulloso de los kilómetros devorados. “¿A dónde vamos a desayunar?”

Total que a las 9 am estás bañado en casa, más cansado que si te hubieras ido de fiesta anoche, y quedás medio atontado el resto del día, viendo pelis en casa, con hielo en las pantorrillas, o bueno: para muchos que son papás y mamás, apenas comienza la jornada de llevar y traer hijos a fiestas de cumpleaños. No sé cómo lo logran.

Los viernes y los sábados de los maratonistas no son normales. Para gran parte de la gente somos unos mensos que nos perdemos lo mejor del “friday night” por acostarnos temprano y andar todo el sábado cansados, con hambre y caminando feo.

Pero si leés esto sabés que esa sensación de “misión cumplida” después de un fondo es absolutamente deliciosa. Es una hazaña, chiquitica, pero hazaña: vencer la pereza, el cansancio, y haber sido disciplinado para tener ese gel, esa agua, esos tennis, ese ánimo y esas piernas, todo listo desde la noche antes, y sacar un piecillo…. y luego el otro de las cobijas.

Repaso los fondos que vienen; me da miedo. Pero me dan ganas.

Temporada maratonera abierta: este fue mi sábado pasado. Y ya tengo listo todo para el que viene.

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La uña, los recuerdos, y empezar de cero


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Cerrando, a 25 metros de la meta.

Me ha pasado varias veces desde el 17 de marzo. Estoy en cualquier sitio, viendo al vacío, sin pensar, y de repente me digo a mí misma: “o sea, ¿en serio ud. corrió una maratón?”.

Tengo flashbacks de ciertos tramos de la carrera, de la llegada, del frío, de pasar por ciertos lugares y asombrarme de ver tanta gente, como la Piazza del Popolo o la Fontana di Trevi… son como chispazos. No me cae el cuatro de lo que viví. O tal vez se me fue muy rápido todo y ahora solo tengo los recuerdos tangibles: la medalla, el bib, la camiseta, las fotos. Es increíble, ya pasó. Tengo tan vivos algunos momentos, sonidos,… pero luego me salgo de ese recuerdo y no comprendo cómo lo hice. Cómo fue posible.

Apenas terminé en Roma, me fui a pasear a casa de familia y amigos que tengo allá, con la mala suerte de que me resfrié como hace 3 años no me resfriaba. Seguro se me bajaron las defensas y sumémosle los aguaceros y el frío que había llevado la semana antes, y ahí estaba la gripe. Me quedé en cama un día y poco a poco me fui reponiendo. No corrí ni hice ejercicio esa semana.

Al llegar a Costa Rica me di cuenta de dos cosas: una, la maleta venía en otro vuelo; dos, tengo la uña del dedo índice del pie izquierdo completamente morada.

Eso en términos de corredor es parte de la rutina. Sucede, sobre todo al correr largas distancias. Por el golpeteo y la presión al correr, a veces se hacen como burbujas de sangre entre la piel y la uña y bueno, se pone morada, eventualmente se cae y sale otra uña. Así es. Es la primera vez que tengo una uña morada. Es… raro. Es como una cicatriz de guerra. Me siento orgullosa de la uña morada. Se ve fea pero ni modo. Es así.

Por lo demás, el aprendizaje post Roma ha sido enorme. Concluyo que rompí mis límites mentales al ir de menos a más, y no puedo negarlo, ya sueño con mejorar ese tiempo de 4 horas 34. O sea, si pude hacer una hora menos que en NY… ¡tiene que ser posible! Ya comencé a hacer números, toca sentarme a hablar con Alvaro a ver cómo mejorar con miras a noviembre.

Creo que esta vez sí logré correr sonriendo todo el camino. La foto de arriba, aunque no lo parezca, es el cierre de la maratón. No terminé deshecha, terminé fuerte y feliz. Y de nuevo quedé con esa sensación de que todo lo que uno se proponga tiene que salir bien, si trabaja por eso. Tantos fondos, tantas cuestas, la pista – ugh, la pista-. Todo sirvió. Todo salió bien. Como dijo Sako, “no es un milagro, es resultado del esfuerzo”.

El jueves, mientras salí a correr de nuevo -mi primera salida a correr post maratón y post resfrío – un señor así, muy de los nuestros, de pueblo, me vio pasar y me sonrió muy amable. Como contento de verme corriendo, me dijo en un tono paternal:

– “…qué! ¿Va cansada, negrita?”

Yo le sonreí y le dije “No señor, ¡todavía no!”.

Tengo 35 años, dos maratones, como 8 medias maratones y no sé cuántas carreras de 10 kms. Y no estoy cansada. A veces lo que lamento es no haber comenzado a correr más joven, pero sinceramente quedo con el deseo de ver qué puedo hacer mejor, qué hice bien que pueda repetir. Qué se puede alcanzar. Y lo mejor es que ese aprendizaje se traslada a la vida. Te reta a pensar qué podés hacer para vivir mejor, ser mejor en el trabajo, mejor con la gente. Uno se siente capaz de hacer más.

Hace varios meses me inscribí para dos medias maratones muy especiales; la primera es la de Quepos, el 20 de abril, primera edición. Nunca he corrido ahí y no tengo idea de qué esperar. ¡Lo cual es buenísimo! – adoro las sorpresas y como dice Alvaro, no hay que autodeterminarse -.

Y la segunda es una de las paradas de las famosas Rock and Roll Marathon Series. Es la de San Diego, California. No conozco el lugar pero al menos tres amigos han corrido allí y les encantó. Yo en una corazonada, entré al sitio web y pum, me anoté. 21 kms el 2 de junio en California.

De hecho, lo que tengo a la vista son puras “medias”: Quepos, San Diego, y Correcaminos (vuelve la mula al trigo); luego en agosto los 21 de Powerade, en setiembre los 30 kms en Tamarindo, y la reposición de NY en noviembre, 42 kms sin huracán esta vez.

Este lunes comienzo de cero.

Cada vez que se acaba una maratón se comienza de nuevo de cero, y ahora que miro atrás y recuerdo cada instante de la maratón de Roma, me hace tanta falta y siento que se me fue tan rápido, se me escurrió entre los dedos… las cuatro horas y media más lindas que mi memoria tiene a mano. Y ya no están. Ya pasaron. Yo lo llamo “goma maratonera”. Añoranza de algo que te hizo muy, muy feliz.

Las competencias, de la distancia que sean, no son las que hace que uno se gane una medalla: es esa alarma que sonará mañana a las 4 pasadas, es volver a entrenar en la Sabana cuando la gente normal está durmiendo. Las maratones se ganan, se construyen y se sufren en los entrenamientos. El evento, el gran día, la gran fiesta, es sólo el premio a lo que nadie vio. Por eso sabe tan rico. Por eso se siente bonito.

Y será muy cursi, pero estoy feliz de alistar otra vez mis cosas y poner la alarma. Mañana comienzo otra vez. Porque para correr 42 kms en donde sea, hay que hacer la tarea antes y esa se hace entrenando. No hay de otra.

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Buongiorno, maratoneta!


frametasticNingún corredor me puede decir que no le ha pasado por la cabeza la frase:

“¿Qué hago yo aquí?”

Yo lo pensé cuando me vi bajando las gradas, de la Via Gregorio hacia el Coliseo. Esta cara del Coliseo casi nunca se la veo porque uno entra del otro lado. Ahora estaba viendo la placa que dice Anfiteatro Flavio. Dios mío, voy en fila con un montón de gente hacia la salida… Qué hago aquí. Estoy chiflada.
Llegamos al corral, y de ahí, a la partenza. Ya había dejado el salveque con la ropa limpia en un camión numerado.
Conocí un par de gemelos holandeses que venían a correr uno su primera maraton, el otro, la sexta. Detrás de mí unos franceses, delante de mí, todos italianos. Podría decir que el corredor promedio en esta maratón tiene 40 años, es flaco y canoso. Yo era la rara, la chiquitilla con una corona de olivo en la cabeza.
A las 9:30 am comenzamos a movernos, y cuando los vi a todos tirar sus abrigos, supe que a partir de este momento y las próximas casi cinco horas, mis piernas no iban a dejar de moverse.
Mi tiempo meta era 4 horas 50 minutos. Lo importante es llegar, pero considerando que en NY había hecho cinco horas y media, mejorar también era importante y no me permitiría durar más de 5 horas esta vez.
En los parlantes, la música de Gladiador,  y en la línea de salida, unos soldados romanos vestidos a la antigua. ¡Qué emoción pasar frente al Vittorio Emanuele y ver una banda de policías, guapos y uniformados, tocando el himno italiano! Qué vacilón pasar frente a la bocca della verità, y salir de los muros de la ciudad hacia una Roma que no conocía.
Los primeros 10 kms fueron bastante buenos, a pace, muy concentrada y muy contenta porque no me dolían las piernas. Luego de los 15 aceleré un poco, pero me dije “chavala no festeje tanto porque le faltan 27 y eso es un montón.” De nuevo me encomendé a Padre Pío que siempre anduvo conmigo. Me lo imagino con todo y hábito capuchino pero en tennis, al lado mío y haciéndome trompas porque para todo lo invoco.
Muchos me felicitaban en el camino por la coronita de olivo,“sei la più carina” me dijo un señor; otra muchacha me dijo que le gustaba el accesorio,  y un grupo de señores de una asociación de atletismo me pasaron a la par y me dijeron “¡Ave!”, muertos de risa.
Se me empezó a hacer lejano el km 20 y recordé a mi amiga Priscilla que ese mismo día corría su media maratón en NY, entonces me dije a mí misma: “Vas con Pri hasta los 21, dale, hasta los 21 vas con ella”.
Y así fue porque justo a los 21 me despedí mentalmente de Priscilla y pensé, “ahora ¿con quién vas a correr?”.
Mi pace era más rápido que al inicio. Yo sabía que eso no estaba bien porque auno se le puede caer el piano a la mitad, pero si iba a ese paso era porque en serio me sentía muy bien. De hecho quise pegármele al grupo de pacers de 4 horas 45 y no sé cómo, les pasé. Ellos iban vestidos de angelitos – ¿?-  y estuve con ese grupo unos minutos, pero cuando me di cuenta los había dejado atrás.
Es que si uno se siente bien y puede sostener ese paso, hay que seguir. No me dolía nada. Pensé que seguro la cantidad tan abundante y sabrosa de pastas que había comido en la semana había funcionado de verdad, porque me acercaba a los 30 kms sin trazas de desgaste o falta de energía.
Luego vi el rótulo de los 30 kms y me emocioné pensando que en tan solo 12 estaría en la meta. “Pero una maratón no son dos medias” dijo Anyo una vez, y supe que tenía que concentrarme mucho y poner la actitud más fuerte de los 30 a los 40 kms.
Iba muy contenta porque seguía pasándole a muchos corredores que a estas alturas ya iban caminando. Es la parte más dura de la maratón, es donde se nos acaba el glucógeno, nos topamos el temido muro y nos comienza a pesar lo corrido.
Cerca de los 32 un señor me comenzó a hablar. Tengo que decir que los italianos no paran de hablar mientras corren. No sé como hacen, de verdad, pero van sonrientes, van conversando de todo – calcio, política, el Papa Francesco, de todo -. El señor iba a un super paso y me contó que esta maratón era para celebrar sus 60 años. Qué carga. Luego se disparó y no lo vi más.
Pronto estuvimos en el kilómetro 37 y comenzó a llover. Otra vez le jalé la sotana a Padre Pío y le dije que porfa, porfa hiciera lo que fuera pero correr el final sobre sampietrini mojados, sería demasiado. Pronto se acabó la llovizna.
Los organizadores de esta maratón son muy inteligentes porque los kilómetros más duros y más difíciles coinciden con la entrada a la ciudad y los sitios más hermosos. Era como de película pasar en medio de la Piazza Navona,…frente a la barchetta de la Piazza di Spagna, y aunque llevaba una moneda lista para echarla a la Fontana di Trevi, la cantidad de gente impidió que lo intentara. Pasamos soplados.
Mi pettorale o bib number llevaba mi nombre y la bandera. En NY les costaba mucho leer mi nombre, pero aquí lo gritaban con muchas ganas y lo pronunciaban bien. Esos aplausos y el Bravaaaa Marianelaaaaaaa los llevaré grabados en mi cabeza siempre. No paré de correr y cada vez que escuché esos gritos, le di más fuerte. Più che puoi, me habían dicho.
Tenía aire pero ya en el km 38 se me estaba acabando la fuerza en las piernas, pero no hay razón para aflojar. “Entre más rápido corra, más rápido llega: póngale”.
Nunca se me va a olvidar que en la última vuelta hacia la Via del Corso pasamos por una callecita estrechísima que olía a pan, a pizza, a todo. Había gente comiendo en las mesas, ¡y uno ahí…!
Lo ingrato de leer “ultimo kilometro” era ver que a había que subir una cuesta y darle vuelta al Coliseo por detrás. ¡Una cuesta! Escuché clarito a Alvaro en mi cabeza diciendo “suba a puro braceo” y así subí rápido. Me puse a llorar como estúpida de la emoción, estaba a 200 metros de la meta. Me sequé las lágrimas y entré sonriendo, con aquellos soldados romanos a los lados gritando “Salveeee..”
Y así, rapidísimo, muy rápido, se me fue la maratón.
Llevé a grabar la medalla, que es preciosa, es… ¡bellísima! Y cuando me la dieron ya grabada con el nombre y el tiempo del chip caí en cuenta de lo que había hecho.
Venía por 4 horas 50. Quería hacer 4:45. Pero hice mi maratón en 4 horas 34 minutos. Me felicité mucho, mucho mucho. Logré ir de menos a más y acelerar donde la gente se cansa. Entré a la meta corriendo, corriendo con ganas. Fui fuerte. Mejoré casi una hora en comparación a NY. ¡Qué felicidad! ¡No soy una rala!
Crucé la calle y pedí una cioccolata calda que me cayó deliciosa.
Ahora quisiera ver a esa señora de la feria y decirle que sí corrí tanto como pude, ¡y cuando no pude, también!
Hoy es lunes y sigo llorando a ratos. Tengo tan fresquito cada paso, cada kilómetro, la sonrisa y los saludos y la habladera de los italianos, que te van felicitando y te preguntan come ti senti? Stai bene?
La maratón de Roma resultó hermosa, palmo a palmo. Tan sorprendente el público, tan motivadores los otros corredores. Un día digno de un imperio que tuvo momentos gloriosos y de una ciudad que todavía es imponente.
Aunque mi maratón de NY del 2011 fue linda por ser la primera, esta es con la que verdaderamente me siento corredora, esta es con la que ya puedo decir que soy maratonista. Lo soy.
Amo las distancias largas, seguir y seguir corriendo, y como decía Damaris Wesson, “sin ver al suelo, viendo hacia arriba, viendo todo lo que hay que ver.”
Esta vez mi nombre sí salió en el periódico, porque el Corrierre dello Sport sí publica la lista de todos los que corrieron – hasta el que llegó de último -. Curiosamente de los 12 mil inscritos, solo diez mil llegaron a la meta. Yo fui una.
No fui la más rápida, pero fui valiente.
Tengo unas ganas enormes de regresar a CR y enseñarle a Alvaro mi medalla. Qué entrenador tan bueno tenemos, ¡es un estratega sensacional! Y aunque todavía no levanto los talones tanto como él quisiera, creo que él ya sabe qué esperar de mí. Ahora podemos planear y soñar un tiempo mejor en noviembre, cuando regrese a reconciliarme con NY.
Me subí en el metro para ir a caminar un poco y ando la medalla en el pecho, con tanto orgullo, porque ya soy maratonista, es más, soy maratoneta.
GRACIAS
  • A los amigos con los que corro, que se llaman ChiRunners, porque compartimos tanto y nos aceptamos así, casi en pijamas en el frío de la Sabana, sudados y cansados. Quien diga que uno se vuelve antisocial cuando corre, no nos conoce  :D
  • Por los masajes en Kinetic – gracias Kat y Vero por dejarme dormir siempre un rato más.
  • Por los consejos de Laura Wesson, la mejor nutricionista ¡que también corre y hace cross fit!
  • A Ernesto “Lobito” Fonseca, porque es mi amigo y conocerlo marcó mi vida de la forma más chiva y valiente del mundo. Lo pensé mucho de los 30 a los 40 kms porque necesitaba pensar en campeones. Y él es uno. Es un gladiador. Hace 2 años me dijo “diay si lo hace, hágalo en serio“.  Yo le hice caso.
  • Y a mi familia que aunque no entiendan muy bien la vaina de los 42 kms, me quieren con mi chochera de correr.

El aquí, y el ahora.


Y entonces faltan 2 semanas para volver a correr una maratón. Y en NY.

No entiendo por qué este año ha sido tan distinta la espera. Se me ha hecho eterno. Creo que apenas terminé el fondo en Orosi supe que ya quería irme. Es como un gran silencio que se hace entre ese día y el día que me vaya. Y a mí me parece que hay silencios incómodos. Este lo ha sido.

Mientras tanto, muchas cosas se van acomodando en esta casa. Emocionalmente. Laboralmente. Si alguien ha seguido este blog pensando que puedo hablar siempre de pace, de ejercicios, de kilómetros, se habrá dado cuenta de que para mí correr es mucho más que un deporte. Este año, por ejemplo, no hice tantos fondos como el año pasado que estaba tan preocupada por todo. Este año he tratado de hacer algo que nos enseña el profe, algo que se llama vivir el momento, estar aquí, ahora. Vivir cada fondo y cada carrera, estar ahí y no andar ni en el futuro ni deseando que se acabe, ni pensando que me duele o si me va a doler, sencillamente estando en el momento y aprendiendo, viviendo.

Para una persona tan ansiosa e impaciente como yo eso ha sido una enorme lección de vida. Hoy es 22 de octubre, no puedo acelerar el tiempo, no puedo brincarme las distancias ni los minutos, el avión no me está esperando. Tener la maleta lista no sirve de nada.

Este año siento que he mejorado en muchas cosas. Mi pace probablemente vaya a ser mejorcito que el año pasado; no tendré tanto dolor después de los 30 kilómetros – eso lo sé, sencillamente lo sé -. No tengo esa inseguridad de “cuánto frío hará”, “qué voy a comer”, o “cómo me voy a sentir”. Hay muchas cosas que son conocidas ahora y eso me quita un gran peso de encima.

Sin embargo yo no soy la misma persona que fue el año pasado a NY. Soy muy diferente. Me siento mejor preparada más que para correr, para vivir cada momento sin miedo.

Hay cosas que se anticipan mucho y por eso cuesta disfrutarlas. Yo no quiero que eso me pase. Tengo que aprender a saborear el momento.

Justo antier fuimos a correr a un lugar donde uno aprende el valor de vivir el ahora: Rancho Redondo, el mismo lugar donde hice mi primer fondo con los Chi Runners hace casi dos años.

Hicimos un circuito alrededor de los viveros. Apenas uno se baja del carro siente el frío, el olor a boñiga, a campo. Comenzamos a correr entre barro, piedras, troncos, vacas, charcos, y ¡más barro!, pero lo bonito es que tenés a la par a los amigos y allá, al fondo, este paisaje. Para mí, se llama ahora. Hoy. Aquí.

Las fotografías que siguen son de mi compañera del grupo, Lucía Castro, que aparte de ser una gran corredora, tiene este talento que compartió con el grupo. ¿Parecemos niños? Somos niños, corriendo en Rancho Redondo. Yo iba detrás y los alcancé un momento… me esperaron. Nos reímos, seguimos. Corrimos conversando. Y entendí que ese momento fue tan perfecto y tan maravilloso que me alegro de haber corrido pensando en Rancho redondo y no en Nueva York.

Gracias Lu, por las fotos. :)

Sacado el clavo… alistando la maleta


Siguiendo los pasos del profe. ¡Sólo así! Correr Chi. :)

No fue sin dolor, ¡me dolió! pero fue hermoso porque tuve la vista del Turrialba, humeante y calmo, el compañerismo de mis amigos, y delante de mí todo el tiempo al entrenador que sabe guiarlo a uno a donde uno quiera llegar.

Orosi y yo nos reconciliamos ayer en un recorrido de 35 kms, lleno de cuestitas que había olvidado. Esta vez corrí muy acompañada, y creo que sin los chistes de Ramón, Isaak, y la conversa con Melissa y Alvarito, así como la chi asistencia, no hubiera logrado romper una barrera mental. Ayer no era para ver tiempos, no, era para romper esa barrera que es la peor que uno se puede poner; esa pensadera en el dolor o en que la cuesta es muy larga…. ¡QUÉ IMPORTA! siga, siga, siga. Ayer solo eso me dije: siga siga siga.

Dejo el mapa del recorrido, pero quiero brevemente explicar por qué este año sí pude hacer fondo madre, es decir, según yo, esto hizo la diferencia:

1. Confianza. Tamarindo le deja a uno la sensación de “poder”. En el post pasado dije “esto no puede ser peor que Tama”, pero sí lo es, en términos de topografía. Igual, ya uno embarcado corriendo… lo que tiene que hacer es aguantar y seguir. Pero de alguna manera haber aguantado Tamarindo te da una base para pensar que podés con algo similar.

2. Gimnasio, comida, hidratación. Este año me he portado mejor en esos 3 aspectos. Y se siente la diferencia.

3. Correr con amigos. No me quedé rezagada como el año pasado; esta vez iba en un grupo y ellos me “llevaban”. Y aunque hasta los 30 k el profe me tuvo que arrear como a una mula, lo pude terminar.

4. Braceo. Es básico pero uno no lo entiende hasta que lo hace, sobre todo en los peores ascensos.

Aprendí que las cuestas no son lo peor del mundo, ¡lo peor es no tener un motivo para subirlas…. y yo tengo tantos!

Y que si uno puede correr 35 kms en Orosi, con mucha seguridad y si Dios lo permite… puede correr muy cómodamente 42 kms y 195 metros en Nueva York.

Un mes para NY… dos días para Chicago


Te va a doler.

Va a llegar un punto en el que vas a pensar “qué hago aquí”, pero vas a seguir.

Al principio, casi como cuando uno se enamora, va a ser hermoso, delicioso, emocionante, sobrecogedor, pero en algún punto vas a querer detenerte y ya no vas a poder hacerlo. Eso es lo extraño: por más que te duela hasta el cabello, no vas a poder detenerte.

No te pasa por la cabeza ni la historia de Filípides, mucho menos acordarse de Gabriela o César en Londres, o de Bikila en Roma, corriendo descalzo. Cuando estás corriendo tu maratón, te das cuenta de que estás sometiéndote por gusto – porque nadie corre obligado – a uno de los dolores más profundos que experimenta el cuerpo humano, seguido inmediatamente de un alivio también doloroso. Poco importan Atenas, los Olímpicos o las medallas. Todo te duele y te preguntás para qué, si tenés una vida perfectamente normal sin correr.

Uno entrena todo el año – o gran parte de él – para llegar a ese punto. Y como la vida no es solo correr, en ese año uno lloró, trabajó, se peleó con alguien, madrugó sin estar muy convencido, se lesionó, se cansó… y por eso siempre le dicen “ahora vaya y disfrute, vaya recoja la medalla”.

Los maratonistas lo dicen porque ya lloraron. Porque ya saben que cuando se llega a la meta hay un instante celestial, que dura muy muy poco, y luego, como decía Fred Lebow, te queda una tristeza en el corazón… porque se acabó.

A todos los que están a punto de correr en Chicago, les mando un enorme abrazo. Hoy, falta un mes para mi maratón, pero dos días para la suya. Me emociono recordando el año pasado y al mismo tiempo agradezco tanto el poder correr… así, lerda, con los tobillos pesados, con braceo a veces bueno y a veces no. Con mi pace normal, que no amenaza a nada, ni siquiera a mis propios récords.

Si yo no corriera, no hubiera alcanzado a entender qué es la paciencia. Por qué para mejorar ocho minutos hay que esperarse un año. Si yo no corriera, no habría entendido que aunque una sea vanidosa – ¡uh, bastante! – a un verdadero amigo y compañero de grupo no le importa abrazarte cuando estás cansada, sudada y hecha pedazos por haber corrido mucho.

Si no corriera, no habría conocido a Alvaro Jiménez, un entrenador que aparte de compartir su conocimiento de atletismo le enseña a uno lecciones de vida tan valiosas como no preocuparse, asumir la lluvia o el calor de la carrera como parte de la ruta y por ende, disfrutarlas y agradecerlas, aprender a escuchar el cuerpo, y por ende a la mente, y agradecer viendo al cielo que tenés salud, pies, piernas, aire, pulmones, vida, amigos. Alvaro transmite eso.

El sábado es mi fondo madre y creo que no me había emocionado tanto antes de correr como ahora, ni siquiera en la maratón. Uno no es el mismo. Yo llego al fondo siendo una persona muy diferente a la que fui en Tamarindo. Soy un vaso coctelero hecho un revoltijo de emociones. Aquí estoy, moqueando. Mis Chi, en Chicago, a esta hora miran sus bib numbers, su ropa alineada y lista, y a pesar de toda la preparación que cumplieron, tienen la cabeza llena de preguntas. Cómo me voy a sentir. Cómo será. Ellos tampoco son los mismos. Aún los que ya han corrido una maratón, se enfrentan a las mismas preguntas.

Aunque uno corra con un amigo o con varios amigos, esto es un viaje personal al que nadie lo puede acompañar. Aunque lo espere el amor de su vida, un hijo o sus papás en la meta, uno está solo. Habrá casi 50 mil personas delante, detrás y a los lados, pero va solo. Por eso los corredores nos volvemos tan reflexivos, explosivos, pensativos y muchas veces sentimentales. La vida entera nos pasa por la mente entre un puesto de Gatorade y el otro.

“Los maratonistas no tenemos memoria”, sabias palabras de Damaris Wesson, que hasta ahora entiendo y que pronto, en muy poquitas horas, entenderán “esos locos que corren”. Y no corren poco. Corren 42 kilómetros y 195 metros.

No es el tiempo, no es el pace. Es el dolor y lo que te enseña, voluntariamente, cuando te ponés ese par de tennis y ponés un pie delante del otro, y delante del otro, y delante del otro… esa es la maratón y uno se enamora de ella porque es como un repaso por la vida, en menos de un día.

Con todo mi cariño, la boli más boli que los va a extrañar el sábado en Orosi.

Nela

(esta canción de los Pet Shop Boys es para ustedes)

“Nada más levántese”


Esta era la carrera en la que quería “sacarme el clavo”; quería mejorar los 2.11 de San Juan, quería, quería, quería…

No pude.

Sin entrar en una larga crónica de quejas o excusas, desde el km 10 perdí fuerza, me dolían las piernas como si hubiera corrido media maratón el día anterior. Me dolió cada paso y me dolía más al pensar que había reposado, había comido bien, me había hidratado antes, es decir… hice todo bien antes de correr. Pero nada. Ya por la mitad vi cómo iba echando a perder mi pace y con eso, todo lo demás. Llevaba un conejo de lujo, esta vez no era Koki sino Mau Montero, otro ChiRunner maratonista… y no pude responder. Me quedé atrás, me volví lenta y pesada. Todo dolía.

No sé qué pudo haberme pasado. No sé. Pero a 300 mts de la meta ya estaba tan cansada que ni podía respirar bien, ni tenía más fuerza para cerrar con ganas. Y terminé llorando, lo cual me da cólera pero sinceramente eso era lo que me salía.

Mis amigos que corren y han pasado por esto, me  han dicho muchas verdades para consolarme: hay días buenos, hay días malos. Hoy el cuerpo no quería, o no podía. Tal vez es sobreentrenamiento. No importa, llegaste a la meta y eso es lo que cuenta. Otro día te desquitás.

Un día después de hacer 2 horas 40 en media maratón, el peor de mis tiempos en esta distancia, ya no lloro pero entiendo que lo que siento es mucha frustración; venía mejorando, venía subiendo mi rendimiento, y hacer esto… es como fallarme a mí, fallarle al profe (aunque él no nos exige nada que no podamos hacer), en fin, no es bonito terminar una carrera a pura cabeza y no con las piernas, pero esta tocó terminarla así. Y eso es todo.

Tal vez me ilusioné mucho luego de que me fuera tan bien en San Juan. Y aunque no me gusta la ruta y aunque tenga malos recuerdos, seguramente Correcaminos 2013 será otra oportunidad de sacarme el segundo clavo.

Él nos anima cuando ve que uno puede y sabe cómo guiar a una persona poco a poco a dar lo mejor, pero yo sé que él entiende cuando uno no puede más que llorar de chicha en la meta.

Gracias Alvaro.

Y bueno. No se llora más. A reposar, otro masaje, y mañana tenemos entrenamiento. El camino a la segunda maratón tendrá momentos difíciles, así de sencillo. Como dijo Adriana Álvarez: si se cae, nada más levántese.

… y subir y subir y subir y subir y….


Entre las muchas cosas lindas que me cuentan de mi bisabuela, Natalia Lizano, siempre me han dicho que era buena para caminar. Que si tocaba ir a San José, se iba caminando, en aquellos trillos largos, sin carros; iba y venía a San José desde Heredia como si nada.

Hoy nos enfrentamos a un fondo que sella la preparación hacia CorreCaminos, justamente en una ruta que me hizo pensar en ella. Natalia, hoy tu bisnieta y sus amigos subimos juntos desde La Sabana hasta el Monte de la Cruz.

Esa ruta, en bus, le cuesta a uno poco menos de 400 colones, y se llega, digamos, en 40 minutos. Nosotros lo hicimos en más tiempo, sin pagar pasaje, y sintiendo esa transición de ciudad a montaña, lentamente, en ascenso continuo, prácticamente sin descansos.

Evidentemente hoy mi objetivo no era ir “rápido”; sino practicar un buen braceo, subir con técnica, y prepararme mentalmente a subir siempre en cuesta: punto. Si usted sale de San José hacia las montañas de Heredia, en bus o en carro, sabe que es así, sube y sube y sube.

Los ChiRunners nos organizamos bien, hubo puestos de asistencia con agua, hidratante, tricopilias y tapitas de dulce… ¡sobrados! Y hasta tuvimos a Adrián en la “unidad móvil”, motorizado, preguntándonos si íbamos bien y si necesitábamos algo.

Del calor de Pirro y la entrada de Heredia pasamos al vientito fresco de San Rafael.

Yo iba al final del grupo; llegué casi de última, pero llegué; llevaba mucho dolor en la zona lumbar – por mala postura, dice Alvaro que no me estoy inclinando lo suficiente – pero por lo demás, llegué bien, me sentí bien… hubo un par de cuestas imposibles, que las caminé, pero en cuanto tuve fuerza de nuevo troté aunque fuera pasitos cortos.

Desde allá arriba se ve tan pequeñito el Estadio Nacional, nuestro punto de partida. Es increíble lo que logramos hacer.

Conversando con Luz y con Luis, al final del fondo, comentábamos que era importante no “asustarse” o empezar con pensamientos negativos el fondo o cualquier carrera. Yo la verdad me preocupé un poco cuando supe lo que nos tocaba hacer hoy, pero el resto de la semana no me atormenté por las cuestas. Hoy, conforme iba subiendo, me decía a mí misma… “mirá, sí es posible… sí se puede correr de La Sabana hasta Heredia, y seguir“.

Esa es una lección importante: si la ruta es difícil o dificilísima, solo queda prepararse. ¿Qué más? Con el miedo no se aplanan las cuestas. Si hay que subirlas, a entrenar y subir. Más sencillo, no se puede.

Ya no hay que hacer semejante trayecto a pie, como mi Natalia, pero saber que es posible lograrlo, fue una gran satisfacción. Hoy pensé en ella, y por eso me gustó tanto subir, subir, subir.

Estamos listos para la media maratón Correcaminos. ¡Emocionados!

Un ChiRunner en el Chirripó


No todo en la vida es correr… pero por ahí comienzan muchas experiencias nuevas.

Mi compañero del grupo ChiRunners, Isaak Espinoza, subió el fin de semana pasado al Chirripó. Le pedí que nos diera en lugar de una vuelta a la manzana, una vuelta al cerro más alto de Costa Rica.

Gracias Isaac. Los dejo con su relato de corredor /escalador.

 

Chirripó: un viaje hacia lo más alto desde adentro

Cuanto te invitan a un viaje al Chirripó sólo existe una respuesta posible: Sí. Es una experiencia increíble desde cualquier punto de vista, pero principalmente es un reto personal en cada parte del trayecto.

Existen dos rutas para llegar: la ruta normal que arranca en San Gerardo, que fue la tomé, y la ruta del Urán la cual necesita de guía. Se dicen cosas espectaculares de ella y espero algún día poder recorrerla.

Comenzado a una altura de 1520 metros, se arranca la travesía de 15 kilómetros hasta Base 0, lugar donde está el albergue para visitantes y que se encuentra a una altura de 3400 metros. Es fácil imaginar que hay que subir y subir y subir, tanto así que hay cuestas que están bautizadas: la cuesta del agua o la cuesta de los arrepentidos hacen de las suyas entre los viajeros.

Como si tratase de una carrera, hay que alistarse para esos 15 kilómetros: ropa liviana (es decir: ropa de correr, es la mejor), hidratación, alimentación para el camino (barras energéticas, cajetas, frutas secas e hidratante), unos zapatos de trail bien cómodos y actitud, mucha actitud.

Esos 15 kilómetros son un reto. Me resultó muy similar a como cuando se hace un entrenamiento de cuestas. A cambio del reto, el camino te devuelve conforme se avanzan vistas hermosas y entre más cerca se esté del final más espectacular es el cambio del paisaje.

Llegar a Base 0 es un reto cumplido y la satisfacción de sentarse en la banca del frente del complejo es increíble, a lo anterior le sumamos el contemplar los Crestones a los lejos, definitivamente es la medalla al esfuerzo realizado. Según las recomendaciones, hay que tomar un baño con el agua fría muy fría propia de esa altura y del lugar, este baño es probable que le saque algún grito a más de uno, pero los músculos lo agradecen muchísimo.

A pesar de que no es ninguna competencia, uno como corredor quiere hacer un buen tiempo subiendo, a lo anterior le sumamos que los Guarda Parques preguntarán por el tiempo hecho. Acá es donde te das cuenta que entrenar te ayudo a subir mucho mas fácil y rápido que una persona sin entrenamiento.

El mismo día que llegué a Base 0 tuve la oportunidad de visitar el Cerro Ventisqueros. Es un viaje de 6 kilómetros ida y vuelta, corto en la teoría pero muy retador, ya que se encuentra a sólo 8 metros por debajo del Chirripó. Esta es una ruta muy desafiante, es muy agresiva subiendo y es atemorizante hacía el final de la ruta. Llegando al cerro Ventisqueros hay que caminar por un sendero entre dos guindos pero de una vista increíble, realmente vale la pena el esfuerzo por llegar ahí. Ventisqueros nos regala el paisaje espectacular y la sensación es inolvidable una vez que se contempla el atardecer desde la cima.

Al día siguiente nos propusimos ver el amanecer en el Cerro Chirripó, un viaje de 5 km hasta la cima, al hacerlo a las 3 de la mañana lo único que se quiere es no perder el sendero y tener buen paso para ver el sol salir. No hay palabras para describir la sensación de estar en la cima del punto más alto de Costa Rica, el paisaje es increíble y el frío también. Definitivamente es un momento que se debe de interiorizar y también aprovechar para hacerlo, algo más tecnológico: el check in a esa altura en su red social favorita o mandar un mensaje para alguna persona (sí, el ICE tiene señal a esa altura). Meta cumplida… pero el reto no ha terminado.

Como me encontraba en medio de un viaje relámpago, tocó después del Chirripó subir dos cerros inmediatamente después del descenso: Terbi y Crestones. Atravesando el valle de los Conejos se sube al cerro Terbi, un lugar precioso sin duda y con una vista increíble y después caminando entre los senderos y mojones que te indican el camino a seguir se llega a los Crestones. Esta travesía no se puede dejar de hacer por que es formidable a nivel visual ya que el sendero serpentea entre las cumbres de varios cerros.

Una vez de vuelta a Base 0 se comienza a pensar en el descenso. Las personas que practican atletismo de fondo, conocen el impacto de bajar sectores con pendiente muy pronunciadas, a lo anterior se le suma que son 15 kilómetros que hacen de mucho cuidado el descenso, hay que bajar relajado y con buena postura. El descenso cobra su factura y los 2 últimos kilómetros parecen guanacastecos.

Es una experiencia increíble, es un lugar mágico, lleno de energía y a la vez de respeto. No faltan las historias de personas extraviadas dentro del parque, historias que son importantes que persigan cuando caminan por los senderos para no cometer ninguna imprudencia. Es un lugar que te muestra sin ningún disimulo lo diminutos que somos a la par de la naturaleza.

Cuando llegamos al hotel el primer día antes de la partida hacia Base 0, observé a un señor mayor, de orgullosas canas y con una camisa típica de carreras de atletismo de fondo. En la noche, después de la subida en el comedor comunal, me enteré que el señor subió corriendo y planeaba hacer lo mismo para bajar.

Justo cuando alcanzás una meta, aparece otro reto.

Nota: un agradecimiento a la Negra por apoyarme en cada paso durante la aventura y a Lu Castro por ser LA compañía para semejante caminada.

Koki, los Chi y San Juan


Un recorrido desafiante, una mañana soleada – ¡tal vez demasiado soleada! -, un grupo organizado de amigos y un conejo de lujo: mi carrera San Juan nunca se me va a olvidar, aún no sé si será la primera y la única; o si el otro año me animaré a repetirla. Pero es inolvidable.

Alfredo, Becky, Vicky, don George – sí, ¡está de vuelta! – y Memo, listos en el puesto Chi de asistencia.

Mi grupo, los ChiRunners, organizó varios puestos de asistencia, que se convierten en estaciones, casi oasis, de porras, agüita, Gatorade y ánimos.

Hicimos un pequeño grupo que correría más o menos al mismo pace, capitaneado por el Chi Runner más experimentado: “Koki” Bonilla, que con sus 60 años y decenas de maratones a cuestas, así como una condición física envidiable, se echó al hombro esa responsabilidad de ser nuestro “conejo”, marcarnos un paso y no dejarnos en todo el recorrido. Lo cumplió, y con creces.

Antes de las 7 am nos recibió la neblina y el frío de Ochomogo: en algún momento pensé que era un error haber venido con blusa sin mangas. Calentamos y estiramos juntos, y nos dimos el “que Dios nos acompañe” a la salida.

Sí sí, bajando todo mundo va contento… primeros 10k.

La San Juan comienza con un descenso importante desde Ochomogo hasta Tres Ríos; más o menos la mitad de la carrera se te va en “bajada“, lo cual puede ser engañoso: tal y como nos dijo el entrenador, una buena postura nos evita lesiones. Quizá por ir bajando y porque iba con Koki, Marcela, Liris y Mari, esos primeros 10 k se me pasaron volando, hasta que llegamos casi a Curridabat y me cayó un piano encima.

Ese “piano” se llama calor. Sinceramente me sentí muy agobiada por la humedad tan alta que había, y comenzando a subir hacia EPA en Curridabat se me hicieron más cortos los pasos, estaba casi sin fuerzas. Tanto, que le dije a Koki: “si quiere se adelanta con ellas“. Ya Liris y Marcela iban unos 200 mts adelante, Mari a unos 100. Pero Koki me dijo “no se preocupe, yo voy a la par suya, no la voy presionando: solo voy a la par”. Yo me acordé de la ruta, sabía que faltaba la peor parte. ¿Qué iba a hacer, parar? No. Péguese a Koki, me dije, siga.

¿Qué hubiera pasado si de veras Koki arranca y se va adelante con ellas? ¿Yo hubiera caminado? A ratos creo que sí, o tal vez no… traerlo a la par me sirvió para recordar que no hay que detenerse, y fue tan generoso que cuando encontrábamos puestos de asistencia me echaba el agua en la cabeza, eso me refrescó montones.

Ya por la Subarú vi el otro puesto de asistencia Chi, con mi entrenador, Alvarito… yo creo que le hizo gracia ver que Koki me traía “conejeada” y nos aplaudió, gritó “¡vamos Nela, vamos!” y diay, no sé cómo explicarlo pero eso fue suficiente para agarrar el segundo aire.

Koki, Nela y Mari: faltaba poco. Juntos es más fácil.

Subimos hacia el Parque Nacional donde nos topamos a Mari, que nos esperó, y de ahí en adelante fuimos juntos de nuevo los 3. Al ver mi Garmin pensé “cómo es posible que nos falten sólo 4 kms,… ¿ya casi estamos en Tibás?“, y sí, al doblar en la calle del Hotel Europa vimos esa recta que hace que esta carrera valga la pena.

“Cuando yo corría esta carrera, desde aquí se podía ver la meta” recordó Koki. De las 35 ediciones, Koki ha corrido por lo menos 10. Yo no podía ver la meta pero sí el super columpio que se venía… ah belleza! ¡Pero falta tan poquito! Así que recordando “braceo braceo braceo” subimos la cuesta de los Caribeños, pasamos el puente, y subimos la cuesta de la Pops. ¡Subimos! Punto. Subimos. Casi toda la gente que pasamos iba caminando, yo no puedo decir que no me dolía nada pero le puse cabeza hasta que me di cuenta de que estábamos a 400 mts de la meta.

“Ya la tenés en la bolsa…”

“Ya la tenés en la bolsa. Esta sensación de entrar a la meta es tan única, es como tocar el cielo con las manos…” Mientras Koki decía eso, yo pensaba: cuántas veces, por cuántas metas de cuántas maratones ha pasado él, y sigue siendo emocionante. Yo también tenía que entrar sonriendo. ¡Somos tan afortunados de poder correr y terminar cada prueba, que quejarse por el calor o las cuestas es imperdonable!

Koki tomó a la derecha, yo a la izquierda, y entramos a la meta rápido, como a mí me gusta cerrar, con lo poco que me queda pero “zocado“…

No solo hice un tiempo que me encanta (2 hrs 11 min) sino que puedo decir que la San Juan me dejó lecciones: la sufrí pero me gustó – de nuevo, este es el deporte de los testarudos -. Le di un gran abrazote a mi conejo, a Koki, que es como él mismo lo ha dicho, “el patriarca” de nuestro grupo.

Luego de la cuesta de EPA él me había dicho “te bloqueaste, ¿verdad? Cuando me dijiste que siguiera yo solo, estabas bloqueada… yo te vi, pero ves, ¡qué dicha que no paramos! Eso es un muro, en las maratones suele suceder como al kilómetro 35, pero hay que vencerlo mentalmente”.

Por veteranos como él que conocen de sobra cómo juegan la mente y el cuerpo en desafíos como este, es que las carreras clásicas no deben dejarse morir jamás. Ahora ya puedo “rajar” de que corrí media maratón con Koki. Y adivinen qué: en la meta, ya descansados, me dijo que se iba para su casa, por Rohrmoser… corriendo. Sí, de Tibás a Rohrmoser. ¡Es un campeón!

Algunas conclusiones muy personales sobre la famosa San Juan:

1. No hay que confiarse en lo de “la bajadita” porque las subidas que tiene son fuertes. Hay que entrenar para bajar, por dicha lo veníamos haciendo hace días.

2. El recibimiento en Tibás fue muy bonito, ojalá le dieran más difusión a esta carrera para que a lo largo del recorrido el apoyo a los corredores sea como cuenta Koki que solía ser, una fiesta.

¡Llegándole a una bolsa de hidratante! Gracias CHIRUNNERS

3. Sin la asistencia Chi que se lució con agua fría, hidratante, tapitas de dulce y hasta tricopilias, no hubiera sido igual. Por eso el grupo es un factor extra, uno nunca corre solo: ellos no se van hasta que pase el último chi.

4. Aunque crea que no tiene sed, tómese el agua: y si no se la toma, échesela en la cabeza. Las altas temperaturas hacen más pesada la carrera, el agua es primordial. Ojalá esté fría.

Y mi lección aprendida: no solo las maratones te enfrentan a un muro. Gracias infinitas, Koki.

Como San Juan a 24…


Por mucho que le llamaran “Clásica“, no sé, nunca me atrajo la idea de correr de Ochomogo a Tibás – bueno, ¡a quién! -. Sin embargo hay tres buenas razones, hasta cuatro, para probar este año la Clásica Media Maratón San Juan.

Primero, pues…. sí, es una clásica. Hace 35 años que se corre, o sea,…. desde mucho antes del “boom” del atletismo. Alguna vez en la vida hay que correrla. Segundo, es prácticamente un descenso continuo, y aunque eso requiere de aplicar la técnica correcta para bajar sin maltratar las articulaciones, siempre es mejor tener más “bajaditas” que subiditas. Tercero, parte del recorrido es igual a la Media Maratón Correcaminos que me espera el 8 de julio.¡Y a esa Media sí que le tengo “clavo”! Cuarto… y muy, pero muy importante: el entrenador con una sola mirada me dio a entender que “me toca” correrla. Y yo al profe le hago caso.

Estas semanas han sido de entrenamientos fuertes, de llamadas de atención porque efectivamente, me sigue costando subir los talones, pero a veces lo logro. Lo que me hace sentir muy contenta es que mejoré montones mi alimentación, sigo yendo al gimnasio y sintiendo la diferencia, ya calendarizamos los masajes deportivos de aquí a noviembre, para no acumular mucha carga en las piernas, y además ¡volví a los fondos sabatinos! No saben la falta que me hacía correr con el grupo los sábados. Desde febrero estaba en clases de francés y el único horario disponible eran el de los sábados por la mañana, con lo cual me perdí muchos fondos y claro, también se pierde condición. No obstante, ya tengo agenda libre los sábados y justo a tiempo para comenzar la “temporada maratonera” como digo yo: vuelven mis fondos preferidos, como el de Turrúcares, o tan temidos como el de Puntarenas, pero sobre todo vuelven mis madrugadas de sábado con la mochila cargada de chunches, ropa seca e hidratante, en un bus lleno de amigos que ya a las 9 de la mañana han corrido 20, 25 o 30 kms juntos.

El fondo del sábado fue así: entrenamos en San Rafael de Heredia. El video muestra la mañana tan clara y el paisaje tan especial que nos acompañaron en esa seguidilla de cuestas. Bajar, y subir. Bajar y subir. Cada subida fue dura, muy dura, pero el aprendizaje fue valioso porque repasamos la postura al bajar, y el infaltable braceo al subir.

Me hacía mucha falta volver a correr con ellos los sábados, aunque los veo entre semana en la Sabana. Es diferente.

Así que la media maratón de este domingo nos caerá como San Juan a 24, muy a tiempo para ensayar y repasar lo aprendido por nuestros músculos antes de la famosísima Correcaminos, de la cual hablaremos más adelante. Por ahora, llénese los pulmones con el aire puro de las montañas heredianas… y vea qué sabroso fondo hicimos el sábado pasado.

¡Vamos con todo, don George!


¡Qué porte, don George!Jorge Blanco es un ChiRunner, como lo demuestra en esta foto su uniforme… ¡nuestro uniforme! En poco tiempo no sólo nos ha demostrado su compañerismo, sino sus ganas de disfrutar al máximo este deporte que hacemos casi 60 personas cada madrugada en la Sabana.

El año pasado hubiéramos ido juntos a correr la maratón de Nueva York, pero su corazón le dio un aviso: había que poner un stent en una arteria. Haciendo caso al doctor, y sobre todo, aguantándose las ganas de correr, don Jorge poco a poco se recuperó, y con el visto bueno de sus médicos regresó a entrenar meses después. Tal era la fiebre de don George, que cuando no podía correr, igual nos daba asistencia en los fondos. Eso no se olvida.

A la par de don Jorge, Vicky, su esposa, también se puso las tenis, y los Blanco Goñi se convirtieron en puntuales corredores del grupo. ¡Y cómo nos alegró tenerlo de vuelta, demostrando que más que con las piernas, se corre con la voluntad!

Este sábado don Jorge tuvo otro problema en su corazón, y estamos esperando que los doctores hagan lo que saben hacer mejor y nos lo dejen como un modelo Mutai, Brenes o Lizano. La verdad, lo que queremos es tener a nuestro amigo de vuelta, no importa si es a un pace más suavecito que el de antes.

Don Jorge ha sido disciplinado con su tratamiento, y sé que tiene la ilusión de correr la maratón. No pierdo la fe. He visto, leído y escuchado de muchos pacientes que luego de un buen proceso de recuperación, vuelven a correr. Los médicos dirán. En este momento tan difícil sobresale el valor de la amistad, de la unión de grupo. Hoy estábamos como tristones entrenando, pero luego agarramos ritmo, y creo que entre todas nuestras pulsaciones juntas salió una oración tan fuerte que reparará cualquier daño que haya que reparar en su organismo.

Si hay algo difícil para el que corre, es justamente saber que no puede o no debe hacerlo. Saber que tiene que esperar. Aunque haya lesiones o enfermedades, para uno la paciencia no existe. Es verdaderamente doloroso. Pero don George, no se preocupe que todos lo estaremos esperando en la Sabana: yo, para ver si le llego a su pace; Marcela, para tener a la par a su running partner; Adrián para hacerle bromas en el estiramiento… ¡todos! Un corazón como el suyo se gana un gran espacio en el de todos los demás. Y doña Vicky: ¡no afloje! Queremos ver a esa pareja maratonista sonriendo de nuevo en las madrugadas.

Sirva esto para recordarnos a todos los que corremos la importancia de un chequeo médico, para que el doctor nos confirme que estamos en condiciones para entrenar. ¡Lo esperamos, don George! ¡La vuelta a la manzana es por usted!

Cuando ya es parte de la vida…


A estas alturas del año pasado, si yo corría un kilómetro más, lloraba. Si me dolía un dedo, lo escribía.  Si me decían por millonésima vez  “suba los talones”, me traumaba. Todo era nuevo y todo era sorpresa.

¡Cómo cambia todo con la rutina! – y me refiero al sentido positivo de rutina.

Levantarme a las 4, ver que hace un frío de los once mil diablos, alistarme, alistar los chunches del gimnasio, el jugo, la tostada con miel, salir de la casa, llegar a la Sabana, saludar, calentar, correr, sufrir en la pista, tomar agua, estirar, ver el Garmin, ir al gimnasio, bañarse, desayunar y sonreír. Luego: clases o trabajo.

Y al otro día, como dice el shampoo: “repita la operación”.

Sí, este año el entrenamiento es diferente porque, si bien la meta sigue siendo una maratón, ya no es la primera, ya no tengo tantas preguntas y miedos en la cabeza, y puedo concentrarme en hacer mejor el trabajo. Ya sé qué esperar. Ya sé qué se siente un fondo de 15, 20 o más kilómetros. Ya sé cómo tengo que comer. Ya conozco esa sensación de agotamiento y felicidad después de entrenar.

Una de mis estrategias para levantarme temprano durante el año pasado consistía en poner el póster de Deena Kastor a la par de la cama. Sonaba la alarma, yo abría los ojos, y veía a la campeona con ese gesto de guerrera, corriendo en Mammoth Lakes. Mi pereza sentía vergüenza, y yo me levantaba. Este año la motivación es diferente.

Este año lo que yo quiero no es nada más llegar a la meta. Quiero llegar mejor, más rápido, menos cansada, más feliz… (eso último es difícil, no hay nada en le mundo como la primera maratón, creo yo). Pero entonces no es una foto lo que necesito para motivarme a brincar de la cama a las 4 am; es un espejo para desafiarme a mí, a mi pace, a mis tiempos, y a mi dificultad de levantar los talones.

Pero me levanto, y repito la misma operación:  alistarme, alistar los chunches del gimnasio, el jugo, la tostada con miel, salir de la casa, llegar a la Sabana, saludar, calentar, correr, … lo que cambia es lo que yo logre en cada entrenamiento. Y en eso consiste el nuevo desafío.

Y también creo que cambia el entrenador, porque ya Alvarito sabe que me puede exigir más. Ya queda afinar la técnica, y como me dice siempre EN FÓ QUE SEEEEE. Ahora las mariposas serán de emoción, no de miedo. Ansiedad por mejorar, no por lo desconocido.

No había vuelto a escribir, porque probablemente no encontraba nada “nuevo” qué decir. Pero creo que lo nuevo es que ya correr no es algo “fuera de lo común” para mí. Ya es parte de mi vida, y a eso le sumé el gimnasio, ya de una forma más frecuente y mucho más concienzuda. El cambio ha sido importante, pero sobre todo, repito, el hecho de que el deporte que me gusta ya no sea algo “nuevo” sino algo mío, como cualquiera de mis rutinas, eso es muy positivo.

Algo que sí me alegra montones y me motiva a seguir madrugando, es ver a mis amigos del grupo; ya los siento conocidos, compartimos muchas cosas aparte de correr, y cada vez que un lector del blog se une al grupo, yo me motivo aún más. Yenori, Mariana, Daniela, (y si se levanta mañana temprano, Patrizia) son parte de esa motivación: ver a alguien que va descubriendo su lado maratonista… aunque no sepa que lo tenía.

Justo la semana pasada comenzó con nosotros Marta, una señora de 70 años, quien se presentó ante el grupo y nos dijo: “Hola, quiero aprender a correr”. ¿Quién no va a querer seguir el proceso de Marta hacia sus primeros 5, o 10 kilómetros? ¡Yo quiero verla lograrlo!

Esta semana les contaré qué hemos hecho en el gimnasio – ¡otro mundo de aprendizaje! – y algunas  anécdotas vacilonas que demuestran que después de que comenzás a correr, nada vuelve a ser igual… por dicha!


Por ahora, les dejo con esta foto… no, no es de noche: son las 5 y 15 am en la Sabana. Esas siluetas con los brazos hacia arriba somos los ChiRunners. Y sí, mientras mucha gente duerme, nosotros ya estamos llevando frío y emocionados por el entrenamiento del día.  Porque correr es parte de nosotros, y eso es genial. 

Lecciones del Irazú


La sonrisa no duró mucho.... jejeje

Ayer, al terminar la carrera de 10 kms en el Irazú, estaba muy molesta. Casi no pude correr, no por el frío, ni por lesiones ni por falta de asistencia, sencillamente porque la ruta, en mi opinión, no se prestaba para correr. La mayoría caminamos en gran parte del trayecto que además, no fue de 10 kms sino de 12.
Vamos por partes: al llegar al punto de salida, en San Juan de Chicuá, me alegré de haber llevado dos abrigos extra. Terminé enfundada en 5 capas de ropa, y al caer la tarde el frío iba poniéndose peor. Lo bueno es que uno sabe que corriendo en algún momento se calienta, así que el frío no era un “pero” para la carrera.
Al inicio, se corre en ascenso sobre asfalto. Estaba bastante despejado y al ver las estrellas, la luna y las luces de San José la motivación se mantiene alta, a pesar de que respirar el aire frío comenzaba a afectarme un poquito la garganta.
El asunto se complicó cuando ingresamos a las fincas, en lo que sería el recorrido de lastre: ya no íbamos ascendiendo, sino de bajada. Lo que yo vi – repito, es mi opinión, sé que para otros esto es pan comido – fue una ruta bastante peligrosa, con mucha arena suelta y resbalosa. Prácticamente todos bajábamos caminando. Supe de un par de caídas importantes. La arena que levantaban los corredores de adelante impedía ver bien la ruta, y tuve que echar mano del otro foco que andaba, aparte del que llevaba en la cabeza.
Yo he corrido de día en montaña, en rutas que te permiten al menos trotar cuesta abajo, pero aquí era muy difícil – ¡sobre todo si uno quiere llegar a la meta entero y con todos los dientes! -. En poco tiempo el grupo se dispersó y me ví en tramos de la ruta completamente sola, con el foco y por qué no, un poco de miedo.
La asistencia fue normal – bananos y gatorade -. Al ver el Garmin, vi que en solo 5 kms ya llevaba una hora. “Esto va para largo”.
Pocos tramos logré hacerlos trotando. Yo la verdad quería correr, pero en este terreno no pude, y empecé a desesperarme por salir. Quería terminar rápido, ya no estaba disfrutando. En las fincas, algunas familias salían a aplaudirle a esa fila de luciérnagas que desfilábamos por los trillos. Tal vez eso fue lo más lindo. A una señora le dije, en broma: “¡café, café…!” y estoy casi segura de que si me hubiera quedado, me traía alguito.
La arena resbalosa y una bajada que estaba marcada como “peligrosa” iban ya coronando, según mis cuentas, el final de la carrera. Pero al pasar un pequeño río – muy pequeño – mi Garmin sonó anunciando que ya había corrido los 10 kms. ¿Entonces? Ni idea tenía de cuánto faltaba para terminar. ¿Cuánto sería el recorrido final?
Me sentí fuerte para caminar, no correr, las cuestas finales, siempre en lastre. No tengo el tiempo oficial, pero calculo que tardé dos horas y resto. En la meta, no sentí ninguna emoción, solo alivio de haber acabado. Tuve la sensación de que no corrí nada, de que lo que hice fue pasear de noche en la montaña. Fueron, según los cálculos de mis otros compañeros que también iban en la misma ruta, 12 kilómetros. No 10.
Sé que muchos terminaron súper contentos y que les encantó la carrera. Pero yo no estaba contenta, porque ¡no corrí! Si me anuncian una carrera, es para correr. No obstante la ruta yo la encontré demasiado peligrosa para correr, y bueno, no fue lo que esperaba. Muy lindo el paisaje nocturno y el aire puro, y a nivel de ejercicio para poner a prueba la condición física, genial, pero si uno quería correr, casi no se dio el gusto. Es mi opinión.

Cuando he entrenado con el grupo de día, en montaña, ha sido mucho más bonito. El entrenador ha elegido rutas difíciles, retadoras pero manejables, en las que cuando mucho, uno trota en las partes más difíciles. Hemos entrenado ascensos y descensos llenos de piedras, barro y sí, ha habido una que otra caída. Pero jamás he sentido ganas de “que se termine”. Ayer sí estuve, poco antes de los 7 kms, harta de caminar, y deseaba terminar la carrera lo más pronto. Esa es la diferencia.
Pero ahora, a la mañana siguiente, veo todo como un aprendizaje. Tal vez el trail nocturno no es lo mío. De nuevo, fue importante trabajar mentalmente para controlarse; no puedo decir que un par de veces, cuando vi hacia el cielo o el paisaje del Valle Central, no me sentí maravillada. Claro que es bonito. Claro que era una buena experiencia. Y la pude superar sana y salva. Me llené los pulmones de aire y cumplí uno de mis objetivos del año: hacer cosas nuevas, aunque me asusten. Además, ahora entiendo, admiro y respeto mucho más a los que aman correr trail, ¡verdaderos locos y apasionados del peligro!

En equipo, sí vale la pena. ChiRunners

Bromeaba ayer con mis amigos, diciendo que hubiera preferido correr de nuevo Palmarín que hacer semejante ruta caminando, pero ya pasó, ya aprendí. Traía arena hasta en las orejas y terminamos la noche comiendo en un restaurante en Cartago centro, donde tocaba el famoso “Martina” con su grupo. Comida caliente, risas, y compañerismo, luego de pasar la noche bajo las estrellas en las faldas del Irazú.
No todo es malo. ; )