Un mes. Para toda una vida.


image1Hoy, muchos de mis amigos salen hacia Chicago a correr su maratón.

Para algunos, la primera. O la tercera. O la décima. Algunos van chineando una lesión. Otros, obsesionados con romper su marca personal. Yo los veo a todos con una ternura infinita alistar su camisa, postear sus nervios, sus ansias. ¡Tanta ilusión!

Es tan curiosa esta inocencia del corredor, sea novato o veterano,… siempre hay un brillo casi infantil en sus ojos cuando se acerca la maratón. Sé que llevan semanas haciendo su maleta, hace días han tachado ese “checklist” para asegurarse de que llevan todo: tennis, vaselina, guantes, licra, medias de compresión. Todo. Su maratón comienza desde el momento en que se cierra esa valija. No hay marcha atrás.

Y siempre habrá quién se pregunte “para qué corren otra, una es suficiente“. Por supuesto que lo es. Pero correr es un deporte que lo hace a uno valorar instantes, imágenes breves, sensaciones efímeras… a pesar de que nos tome horas llegar de la salida a la meta. Y es tan hermoso que uno  siempre se ve tentado a repetirlo. “Tal vez pueda hacerlo mejor la próxima vez”, pensamos.

Venimos de pasar meses madrugando, fondeando, comiendo bien, yendo al gimnasio, a masajes, a nadar. Semanas de cuenta regresiva aumentando el millaje, subiendo cuestas, sudando intervalos y quedándonos sin aire en un sprint. Todo eso, ¿para qué? Para un solo día. Para unas horas. La maratón es apenas una mínima porción de un día, menos de una cuarta parte de un día cualquiera… y se acabó. Ese día pasa, y se acabó. Solo a uno le importa. No es noticia, no le cambia la vida al prójimo.

Nos queda la camiseta, la medalla, el recuerdo de la emoción que cuesta tanto describir, cuando la gente grita y estás a doscientos metros de la meta. Aunque lo acompañe la novia, los papás, los hermanos, sus amigas, ese instante tan suyo… pasa rapidísimo. Uno ve hacia atrás, y reconoce que la persona que cruzó la meta es muy distinta de aquella que quedó 42 kilómetros atrás.

Para mí, ahora que veo hacia atrás, cada una de esas maratones fue una limpieza, un crecimiento personal, un alivio, un amor, un encuentro conmigo y una explosión interna de felicidad. Termino más callada, pensativa – con esa famosa “goma maratonera” -. Pero sé que he termino distinta y con una lección aprendida.

De la primera, aprendí a creer en mí. Nunca más, después de ese día, dudé de que yo soy capaz de hacer algo si me esfuerzo. De la segunda, aprendí a maravillarme y a adaptarme a las circunstancias. De la tercera, que sino le dedico el tiempo a entrenar, luego me va a doler. Y de la cuarta… que por estar viendo el Garmin, me puedo perder el paisaje.

De hoy, en un mes, correré la quinta. Si Dios lo permite.

Aunque no soy religiosa, pienso mucho en Dios cuando corro. En la salud que me dio para que yo la cuide, la conserve. En qué pensará él, cuando lo ve a uno “empunchado” dedicarle tanto tiempo al deporte, y probablemente, poco tiempo a Él. En las veces que lo llamo, porque me duele algo, porque estoy cansada, porque se me hace muy larga la carrera o porque quería seguir durmiendo en lugar de madrugar.

Esta quinta maratón es otra cosa.

Nació de un deseo de conocer cómo comenzó todo. Nació de una enorme curiosidad por la cultura griega – por cierto, que el cielo bendiga a Diana Uribe porque con su voz, me transporté y me imaginé el esplendor de Atenas -. Al conocer mejor el carácter de los atenienses y los espartanos, he ido comprendiendo que para completar esta maratón y su altimetría imposible, hay que ser como ellos, que no iban a la batalla amargados ni desprevenidos. No.

Ellos llevaban una estrategia clara, iban con valor, conocían los riesgos…. ¡pero iban felices! Sabían, como aquellos espartanos de Leónidas, que la iban a pasar mal – “Desayunen bien, porque cenaremos en el infierno” gritaba Leónidas con una sonrisa en el rostro -. Es decir: le ponían el pecho al desafío y hasta se lo tomaban con humor, cumplían con honor la tarea.

La mía no es una guerra, ni siquiera una tarea: me compliqué la vida por gusto. Escogí esta ruta, escogí esta maratón y la abrazo con una alegría muy grande. Sé que probablemente la vea “complicada” en ese ascenso de 22 kilómetros, tal vez haya muchos momentos de “ya no doy”. El viaje es largo y tedioso, y no hay millones de personas haciendo porras… pero es mi carrera. Elegí que esta fuera mi quinta y seguramente mi más difícil maratón. Y ya comencé a hacer la maleta.

No me voy quejando, ni me voy a quejar. Voy muy feliz. He entrenado mucho y muy bien. Andrés Alfaro no ha tenido dudas en decirme que yo puedo, y yo al profe le creo. Mis compañeras van fuertes y felices hacia Washington, Chicago y Nueva York. Entrenamos juntas para nuestras carreras, y esta fuerza que tomamos prestada unas de las otras, se multiplica y nos acompaña a cada una en su carrera.

Así que de hoy en un mes, a esta hora, si las cosas salen bien, habré completado esos 42 kilómetros. Una vez más, como quien muda de piel, me voy a sentir distinta, más vieja, más liviana -. ¿En cuántas horas? Esta vez no importa. El tiempo no me importa.

Allá a lo lejos, en algún momento, se verá en el horizonte Atenas, y el estadio, y ya se escucharán esos gritos que nos van a “halar” hacia la meta…

Todo está en la mente. Las piernas están listas. No tengo ladrillos para prestarle al muro. A partir de hoy, quedan treinta días para emocionar el espíritu y sacar el lado valiente de mí; olvidar lo pequeña que soy y transformar la ansiedad en determinación.

Por eso corro. Por eso corremos. Por eso no me duele levantarme temprano, comer bien y decir “no gracias, mañana entreno“.

Kimetto entrena cada día buscando bajar un segundo, medio segundo. Nosotros, los demás “perdedores”, entrenamos por vivir en horas toda la emoción que cabe en una vida.

Esa es la maratón. Una lección de horas para toda la vida.

No sé si será la última maratón que haga, pero sé que con ella se acabará este blog.

Atenas, vista y vivida por un griego.


10608911_10152324858257643_1254412215_nHay miles de escenas y momentos que puedo imaginar de la maratón de Atenas. Pero solamente quien la ha vivido puede contarlo con tanta propiedad. Como lo hice antes con París, recurrí a un amigo que encontré en twitter – ¡bendito twitter! – para que me narrara la verdad sobre esta maratón. Porque sobre Atenas, muchachos, no hay mucha información, pero sí muchos mitos… ¡y esta imaginación volátil, la mía!

Sé que hay algunos ticos, muy poquitos, que han corrido esta maratón. Pero me gustó también tener el punto de vista de uno de ellos, un griego, que miren nada más la cara que llevaba al llegar al estadio… Wow. Eso es a lo que uno aspira. ¿Cuánto vivió antes de esa sonrisa?

Los dejo con el relato / entrevista de Panagiotis Balokas. A ver si a ustedes, como a mí, se les eriza la piel imaginando esta carrera, épica, valiente e histórica.

Primero, contame algo acerca de ustedes, los griegos. 

Los griegos somos personas muy cálidas. Ciertamente la crisis financiera nos pone muchos problemas en la cabeza, pero aún así, somos buenos anfitriones. Hay miles de cosas que ver en Atenas, y dudo que tengas tiempo de verlo todo antes o después de la carrera. ¡Mucha caminata! La gente joven habla inglés, así que les puedes pedir direcciones fácilmente.

¿Qué tan empapados y orgullosos están los atenienses de la historia de la Batalla de Maratón, y cómo esa batalla dio origen a todas las maratones alrededor del mundo?

No solo los atenienses, los griegos en general saben mucho sobre la Batalla, en 490 a.C. Fue una de las más grandes batallas contra los persas, una de las más grandes batallas de las Termópilas. – ¿Viste la película “300“? -. Fue un periodo muy vibrante para Atenas como ciudad. Pero hay muchos malentendidos acerca de Filípides y su historia,  y a veces ni los mismos griegos los saben. Por ejemplo, la gente cree que Filípides murió de fatiga luego de correr de Maratón a Atenas, al anunciar la victoria sobre los persas. ¡Y no fue así! De hecho hizo algo mucho más admirable.

Cuando los persas se acercaban a Atenas, el general Milcíades envió a Filípides a Esparta para pedir ayuda: la distancia es de 246 km, y la recorrió en dos días. Hoy, en memoria de Filípides hay una carrera famosa mundialmente, llamada “Spartathlon“.  Es una de las carreras más duras del mundo, que sale del Acrópolis de Atenas, y termina en Esparta. Pero hay más. Cuando Filípides llegó a pedir ayuda, los espartanos estaban en medio de una fiesta religiosa y no la podían detener porque esto enojaría a los dioses. Así que Filípides regresó a Atenas con las manos vacías… sí! Recorrió de nuevo los 246 km. Casi 500 km en apenas días. Creo que hasta el día de hoy, solo dos corredores han repetido esta hazaña: Yiannis Kouros, una leyenda entre los “ultra” maratonistas, que ha roto al menos 160 récords; y Maria Polyzou, la más famosa corredora de todos los tiempos. En fin, sí hubo un corredor que trajo el mensaje de victoria a Atenas, y sí, probablemente murió luego de gritar “Nenikikamen“, que significa “Hemos ganado” en griego antiguo. Pero no fue Filípides…

¿Por qué te inscribiste en esta maratón, sabiendo de las cuestas que tiene?

Bueno, la verdad es que… ¡yo no sabía de las cuestas! A ver, te voy a contar cómo fue que comencé a correr y terminé inscrito en la Maratón de Atenas.

En el verano de 2012 vi un anuncio de una carrera de 12 km que Nike organizaba. Me dije “¿por qué no?”. Comencé a entrenar, corrí, me gustó, y así me picó el “gusanito” por correr. En noviembre del mismo año era la maratón, pero había distancias de 5 y 10 km. Le dije a un compañero de la oficina que corriéramos 10, pero me dijo “lo siento, es que voy a correr los 42. ¡Eso me dejó abrumado! Para mí una maratón no era lo que la gente “ordinaria” hacía. Igual me inscribí en 10, y al terminar me fui a apoyar a mi amigo Themis, y pude ver a otros corredores. En ese momento sucedió algo increíble, vi a un atleta con discapacidad y sí, claro que se veía cansado, pero se veía tan contento… Fue una experiencia increíble. Casi lloré, y me prometí correr la maratón. Pensé: “si él puede, yo puedo”, y me lo dije con toda la admiración por ese atleta.

Me inscribí para el 2013 y no fue sino hasta dos meses antes que supe de los ascensos. Con mis amigos, manejamos por la ruta de la maratón y me di cuenta que de verdad estaba loco. Yo no entrené con un entrenador, lo hice solo. Hay que entrenar cuestas para esta carrera, y yo no lo hice. Sin embargo, creo que siguiendo un programa de maratón, uno llega a la meta. Los últimos kilómetros se recorren con el corazón.

¿Cómo es el clima en noviembre en Atenas?

El clima en Noviembre en Atenas es el típico de otoño: impredecible. Puede ser tan bajo como 10ºC, o tan alto como 25ºC. Pero de seguro, no es frío. La humedad es el problema. En 2013 cuando corrí esta maratón, tuvimos 23 grados y mucha humedad. Condiciones difíciles para correr… El favorito de los élite masculino se retiró en el kilómetro 15, por deshidratación. La famosa Paula Radcliffe también se retiró en el 2004 por la misma razón. Tienes que tomar mucha agua, y reponer electrolitos en esas condiciones, y cuidar mucho tus pies porque hay alta probabilidad de ampollas en este clima. Yo tuve ampollas desde el kilómetro 18. Cometí varios errores – era mi primera maratón- pero ya aprendí de ellos.

Ya me asustaste con la ruta. Describímela por favor.

Creo que se puede dividir la ruta en tres partes: la primera, hasta los 10 km. Es totalmente plana y es un buen calentamiento para el resto de la carrera. Hay que tener cuidado de no ir muy rápido por la adrenalina, porque esa ansiedad luego se paga caro. La segunda parte es de los 10 a los 32 km. Para mí, esa es la carrera: es una elevación contínua, aún con una bajadita a los 15, hay muchos giros y no mucho público para animarte. Tus piernas se cansan y tu mente también se rinde. Durante estos 22 km puede que cometas errores que lamentarás después, o puede que termines fuerte la carrera. La última parte, de los 32 a los 42, es la más sencilla para las piernas y la cabeza. Desde el km 28 comienzas a entrar a los límites de Atenas. Y ahí comienza la fiesta. Público, música, amigos que te esperan… todo se hace más fácil, creo yo. Ya la ruta se convierte en un suave descenso. Si guardaste energía antes, este es el momento para acelerar.

20x30-ACMW0564Contame lo más emocionante de la carrera.

Hubo momentos que aún me erizan la piel… Primero, en esas aburridísimas cuestas, vi a una señora de 75 años, en silla de ruedas, animándonos a todos… ahí, en el medio de la nada, nos gritaba “bien hecho”…! Luego en el km 30, encontré a mis amigos y mi familia que me estaban esperando…Fue un sentimiento increíble luego de esas cuestas. Ellos te dan fuerza para seguir.

A lo largo de la ruta hay muchas bandas, tocando música. De verdad se te para el pelo cuando escuchas los tambores, suenan como tambores de guerra. Usualmente están por debajo de los puentes… así que el sonido es impresionante!

Pero nada se compara a llegar al estadio Panathinaiko. Los últimos dos kilómetros son una fiesta. Música, miles de personas gritando y la vista del estadio… puedes oír al público! ¿Sabías que este estadio lo construyeron en 338 antes de Cristo? Es una experiencia única en la vida. Ninguna otra maratón te da la sensación que tienes aquí, de terminar en un estadio construido hace miles de años. Al entrar al estadio se te olvidan las ampollas, el dolor, el sufrimiento. Yo sonreía, la estaba pasando como nunca en la vida.  Y luego, en unos cuantos metros, luego de cruzar la meta, las emociones se me desbordaron y estallé en lágrimas… de alegría.

Tal vez lo viví así de intensamente por ser mi primera maratón. ¡Nunca se olvida la primera maratón! Claro que no es Boston, ni Berlin. Es empinada, y en ciertos tramos sientes que estás en el medio de la nada. ¡Ni siquiera es elegible la ruta para establecer récords!  Por eso los corredores famosos no vienen. ¡Pero aquí es donde todo comenzó! Creo que todo corredor que ame la maratón debe correr una vez aquí.

Panagiotis