El fin de Una Vuelta a la Manzana

Acabo de darle play a una canción que me encanta: “La última revolución”, de Eros Ramazzotti.

Desde el primer riff de guitarra, no importa dónde esté, siento un deseo incontrolable de salir corriendo. Descalza, con tacones, en tennis. ¡Y corriendo rápido! – sea lo que sea “rápido” para mí -.

Cierro los ojos y puedo sentirlo. Se me acelera el pulso. Subo el volumen, el viento me alborota el pelo.

Eso es lo que siento cuando corro. Es bailar, es música, es moverse, es ir hacia delante.

Es estar en un estado perfecto de felicidad.

Viene el riff de nuevo.

Nada me detiene, estoy moviéndome de pies a cabeza. Corro bailando, o bailo corriendo.

Esta sensación deliciosa de libertad yo no la conocía. Viví 33 años sin ella, y me arrepiento de no haberla probado antes.

Ha pasado una semana desde que regresé de la maratón. Acaba de pasar mi primer viernes en meses, sin poner la alarma ni alistar cosas para el fondo sabatino. Pero por supuesto, a las 4 am ya estaba despabilada…

Este sábado me merecía perecear entre las sábanas. Pero sabía que no pasaría mucho tiempo para volver a la rutina.

No me he dado el atracón post maratón que uno sueña – en mi caso, pan con natilla – ni he dedicado largas horas al dolce far niente… creo que como todo corredor, me da miedo acostumbrarme a “no hacer nada”.

El martes vuelvo a correr.

No sé si es muy pronto, pero mis piernas no están tan cansadas. Ya recuperé sueño. Vivo todavía de los flashbacks de Atenas. ¡Extraño Atenas!

Pero ya pasó.

¿Qué sigue?

No se trata de elegir un destino exótico, ni de correr a inscribirme a la primera media maratón que me encuentre en el calendario.

Creo que sigue lo que ya intuía.

Sigue, sencillamente, correr.

Correr porque sí. Por gusto. Porque es parte de quien soy.

Correr con ganas aunque nos toquen intervalos, aunque el profe diga que vamos para Piedras Negras. Correr para mejorar lo que pueda.

Correr para mantener lo que he ganado.

Manejo mejor las preocupaciones, tengo dónde descargarlas. Tengo cómo celebrar lo bueno. Tengo amigos nuevos que también corren…. y amigos viejos, que ahora corren.

Gané salud. Paciencia. Capacidad de asombro. Veo a la muchacha que soñó con correr una vuelta a la gran manzana en 2011, ¡y la veo con esa inocencia y ese miedo de comenzar a entrenar…!

Quisiera devolverme en el tiempo para decirle que tomó la mejor decisión. Que ese repentino antojo de correr una maratón le va a dar un giro radical a su vida.

Que corriendo, conocerá a las personas increíbles.

Que no solo sí podrá con esa Manzana, podrá con otras 4… de maneras inimaginables.

Que ninguna maratón es igual a la otra, aunque midan lo mismo.

Que todas la harán llorar distinto, y le van a doler distinto, pero que cada meta va a renovarla desde adentro.

Que siempre va a querer repetir las carreras que la apasionan: Palmarín, Santaneña, Tamarindo, San Silvestre.

Que siempre la esperan sus rutas preferidas: la vuelta a Santo Tomás de Santo Domingo, la bajada de Heredia al Aeropuerto, la vueltica a la Sabana…

Que aunque no termine siendo la más rápida, va a moldear su carácter y será mejor persona al final de este viaje.

Llegó el momento de dejar de escribir, no porque deje de correr, sino porque la próxima etapa se trata de disfrutar las pequeñas o grandes manzanas que cada día descubro entrenando.

¿Sueños? Muchos. Correr más rápido. Mejorar el tiempo, quizás. Chicago sería lindo… ¡Tamarindo sería increíble!

Pero al final, toda carrera, corta o maratón, comienza de la misma manera. Comienza con un deseo.

Poniendo el reloj.

Abriendo la puerta para salir a entrenar.

Viendo el amanecer y poniendo un pie delante del otro… uno delante del otro. Más rápido. Con ritmo, con ganas.

Tengo los mismos enredos – y algunos nuevos – que tenía cuando comencé a correr, pero yo soy distinta, y aprendí de Alvaro y de Andrés que en términos de correr, no importa qué tan difícil parezca, la cosa es ¡hacerlo! Braceando, diría Alvarito. Corajeando, diría Andrés.

Desconocidos han tropezado con este blog y tal vez se han burlado. Otros, quizá sintiendo ese mismo anhelo de hacer algo grande que parezca imposible, hayan decidido ponerse los tennis y correr su propia vuelta a la manzana. Eso me llena el alma como nada en la vida. Para algo sirvió ésto.  Serví.

Hoy cierro este viaje de pasos y palabras sabiendo que sí puedo – si entreno -, y que aunque otros crean que es una moda para sentirse muy cool, correr es en realidad el gran alivio a la soledad, las dudas y el estrés de los que a veces uno quiere escapar. Y en esa vía de escape, encuentra todo lo demás. ¡Todo!

Reconociendo que soy afortunada por tener la salud y el ánimo para correr, cierro este cuaderno de viaje porque entendí que esto no es un plan: es mi vida.

Comencé a correr, y no quiero parar nunca más.

Si usted ha tenido paciencia de leer desde aquellos posts de noviembre de 2010, solo le puedo decir:

¿vio?

¡Sí pudimos!

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