… y Domingo de Felicidad (parte II)


La noche del sábado, previo a la maratón, el clima no era muy esperanzador. Truenos, relámpagos, aguacero. Aguacero parejo en Atenas. ¡Como si uno necesitara preocuparse de algo más, lluvia! No importa la ruta, a nadie le gusta correr con lluvia… y menos 42 km.

En eso estaba pensando al regresar de la casa de la familia Penthedourakis. ¿Se acuerdan de la familia griega que conocí en París? Aquí los encontré, y fueron los anfitriones más increíbles, generosos y amables del mundo. Nikos, el papá, también se inscribió para la maratón – esta sería su segunda -. Pude compartir con ellos el sábado, conversando y comiendo de la maravillosa cuchara de Elizabeth – la mamá -, que hizo que nuestro “carb load” fuera sencillamente celestial.

Cuando llegué al Hotel, solo faltaba dormir. Afuera llovía muchísimo.

ATENASEmpecé a alistar “el muñequito”, la ropa, el BIB, los geles. Tuve que detenerme un instante porque me di cuenta de que me temblaban las manos y las rodillas. Así de tonto como suena. ¡Me estaban temblando las rodillas! Asustada, como un perrito en la pista, estaba súper asustada.

Puse el despertador, y dormí lo que pude.

Domingo. 4 am

Hoy es el día.

Se acabaron los conteos regresivos. La quejadera por entrenar cuestas. Los masajes, las medias maratones, las idas al gimnasio, aquellos 30 km en Tamarindo,… todo acaba hoy. Aquí.

Me bañé, me comencé a vestir. Bajé a desayunar a las 5 a.m.

No estaba lloviendo, pero sentí que hacía frío, así que alisté unas mangas que, en caso de tener calor, me las quitaba y las botaba.

Todo listo.

Salimos caminando del hotel a las 5.45 a tomar los autobuses que nos llevarían a todos a la línea de salida. ¡Trece mil corredores en bus hacia la ciudad de Maratón! La organización me sorprendió, porque fue muy ordenado y rápido el transporte, nada que envidiar a Nueva York, que lleva el triple de gente también en bus. Uno tras otro salían los autobuses, yo tomé el mío y ahí, en la ventana, hecha un puñito, iba viendo el recorrido que me tocaría hacer a la vuelta.

La verdad no parecían ser cuestas muy pronunciadas, pero sí largas. Bastante largas.

Traté de no “autodeterminarme” como diría Alvarito.

En menos de una hora estábamos bajándonos en Maratón. Frío amanecer, ya comenzaba a salir el sol. Casi las 7 am.

Me senté en las graderías del estadio de donde sale la carrera, para recibir un poquito de sol. Y a ver gente. ¡Tan bonito que es ver gente! Algo que me encanta de las maratones es la diversidad. Corredores de todos los países – se suponía que había dos ticos más corriendo, pero no los vi nunca -. Todos los colores, tamaños y nacionalidades. Todo mundo con cara contenta. Yo,.. yo quién sabe qué cara tenía.

La salida estaba para las 9 am. A las 8 encontré a mi amigo Panagiotis – que estaba un poquito ansioso también -. Con él estuve hasta poco antes de la salida. Ese abrazo previo, lleno de buenos deseos, fue muy reconfortante y tranquilizante.

A él le tocaba salir antes que a mí.

Parecía que tendríamos cielo despejado y buen clima para correr. Nos alineamos en nuestros corrales, y empezamos a salir, uno por uno.

Lo que sucedió en ese momento, siento yo, rompió el hielo entre esta temida maratón y yo:

…en los parlantes, antes del disparo de salida, sonó fuerte el tema musical de “Misión imposible”.

“Táraraaaaaaaaaaaaaa, táraraaaaaaaaaaaa, táraraaaaaaaaaaaaa rara…..”

¡La carcajada fue unánime!

Nos hicieron reír y este pequeño chiste – “ay sí, es imposible hacer 20 km de ascenso” – fue suficiente para que por fin se me quitara el susto. Me dije: “¡Dale, tontilla! ¡Pasála bien!”.

Una vez más, al darle start al Garmin supe que empezaban varias horas en movimiento… la pregunta era cuántas. No menos de 5, según mis proyecciones.

La noche anterior había conversado con el profe y quedamos en que comenzaría los primeros 12 kms “fáciles” y planos a un pace de 6:45. Supongo que él proyectaba que los 20 de subida fueran a pace de 7.

Pero a los pocos metros de haber arrancado, me di cuenta de que iba mal.

Iba como a 6.

“No me duele nada, qué raro… pero si me siento bien, ¿por qué no sigo a este pace hasta los 12?”. Seguí a 6.

Esos primeros 12 fueron como me habían contado: fáciles, planos, lindos, divertidos. Aunque es una parte solitaria, vieran qué montón de gente salía a saludar y aplaudir. Nos decían “bravo, bravo”, y varios viejitos salieron a regalarnos unas ramitas de olivo… sencillamente hermoso.

Y bueno, consciente de que había comenzado más rápido de lo que me dijeron, pensé “en el 12 se acaba la fiesta, cálmese… vea que falta demasiado… demasiado!” y recordé las sabias palabras de don Nikos: “Respete la distancia. Respete la Maratón”.

Porque uno cree que va sobrado a los 12 o los 15, pero no puede perder de vista que falta la peor parte.

El paisaje comenzó a hacerse un poco más urbano, y contrario a lo que me esperaba, ¡más gente salía a saludar! Y apenas comenzamos los 13 ya sentí las primeras muestras de “ascenso”.

¿Cómo explicarlo? Imagínese que se tiene que aguantar el bulevar de Rohrmoser durante 20 km. Es decir, no es una “cuesta” empinada, pero sí es un ascenso constante. Durito. Mi pace no subió mucho, ni a 6.10– “Alfaro me va a regañar, sigo yendo más rápido de lo que me dijo al inicio” -. Pero bueno, también Alfaro insiste en eso de “arriesgar, salirse de la zona de confort… corajear”. Yo iba bastante feliz porque ¡no me dolía nada! Y el paso era bueno.

Lo que sí hice fue quitarme las mangas que llevaba porque en lugar de la temida lluvia, estaba saliendo el sol y me estaba cocinando. Boté las mangas. Aquello era un calor familiar, como el de correr en Lindora, Santa Ana o Belén. ¡Rico!

Los puestos de asistencia fueron buenísimos. Nos daban agua en botella – esta vez no me estorbaba tanto llevarla conmigo un ratito-, y en cada puesto había paramédicos. ¡Me pareció buenazo!

Veía hacia el frente y el hormiguero de corredores siempre parecía ir subiendo algo peor al frente. ¡Pero me sentía bien! Iba tomando las pastillas de sal y los geles con una exactitud matemática – los geles cada 8, una pastilla de sal por hora -. El sol ya estaba más fuerte y llegué a echarme agua encima, por si acaso.

Perdonen por el francés, pero lo que tenía en la cabeza era “¿cuándo p… se acaba esta cuesta?”. Siempre veía gente subiendo, en el horizonte. “Llegue al km 25 y se calla” – me dije. Yo sabía que la parte más difícil era llegar al 32, todo mundo me había dicho que cuando viera una iglesia al lado izquierdo, ya podía decir que me la había jugado. No solo nunca vi la iglesia, sino que en serio, la cuesta se me hacía interminable.

Pero bueno, mantuve el paso constante y llegué al 25. Luego, al 30. Me sentía bien y disfrutaba cada paso. ¡Había muchas familias viendo a los lados la carrera, muchos chiquitos dándonos la mano! Aplausos y aplausos por todas partes… ¿por qué me habían dicho que casi no había público en esta carrera?

¡No es cierto! ¡Todo mundo vino a vernos!

Me jalé las orejas a mí misma porque estaba confiada, “sépalo, le falta un montón” – así me hablo yo cuando soy grosera conmigo -; “no juegue de peligrosa, todavía puede caérsele el piano… no haga loco… disfrute, no hay prisa”.

El ascenso hacia el famoso 32 era una carretera sinuosa, pero esa emoción de saber que ya iba a llegar al final de la cuesta me tenía muy emocionada… de lejos vi el rótulo, y vi un puente con mucha gente… “se acaba el sufrimiento, queda bajar”.

Desde la calle, veía hacia arriba a la gente que nos aplaudía en el puente… digamos, yo no entiendo nada de griego, pero nos decían muchas cosas.

Y después del 32, las piernas lo sintieron.

Se acabó la subida.

“No haga loco, ¡pero disfrute, solo le queda bajar!” me dije.

En esa contentera iba cuando se me apagó el iPod. ¿Yo, correr sin música? ¡Nunca! ¡Menos en una maratón! ¿Y ahora, qué, voy a ir oyéndome hacer feo todo el camino…?

Parece que sí, Nelita.

No he sido muy fan de oírme respirar mientras corro, pero qué bueno que se apagó el iPod por dos razones: una, efectivamente tuve consciencia del ritmo de mi respiración, así que aparte de controlarla la pude mantener constante, y dos: ese fue el ritmo que seguí, el mío.

Y ya sin la música, pude disfrutar del gentío en las calles de Atenas.

Altimetría de la maratón.

Altimetría de la maratón.

Diez kilómetros siguen siendo un montón, pero saber que ya había pasado la peor parte me tenía tan feliz, que escogí disfrutar y hacer lo imposible por cerrar bien.

La gente comenzaba a leer mi nombre y el de Costa Rica en mi camiseta – los escribí en griego, “Κόστα Ρίκα” – así que las sonrisas eran más frecuentes. Sentí cómo le iba pasando a algunos corredores que ya iban cansados. ¿Muro? Todavía nada. Y si el profe dice que es mental, y que no existe, yo le creo.

35 km sin dolor, pero algo de cansancio, por supuesto. “Siete no es poco, te falta un montón”, me dije mientras buscaba el rótulo siguiente. A los 35 le había prometido a Leo Esquivel – el muchacho aquél que corrió la maratón de Tamarindo – que me iba a acordar de él y que este kilómetro se lo regalaba. Por dicha recordé la hazaña de Leo, porque al mismo tiempo pensé en los fondos y las carreras que hice para estar aquí… había aire, había fuerza, había que seguir, como Leo en Tamarindo.

Hice números… a este pace, parecía que iba a terminar en 4 horas 30. ¡Cuatro horas treinta, Marianella! Mejorar el tiempo que hiciste en Roma, ¿aquí? ¡Sería demasiado! Un motivo más para no bajar el paso.

36, 37… la música estaba por todas partes. Grupos de gente tocando tambor, el famoso grupo de percusionistas en el túnel, como me había dicho Panagiotis,… ¡ahí lloré! El sonido de los tambores amplificado en las paredes del túnel era poderoso, y yo estaba cerrando con fuerza esta carrera tan dura y tan bonita… me acuerdo de tirarles besos a los de los tambores, salir del túnel y buscar con ansias el kilómetro 40.

El 40 era el de mis amigas con las que corro. Escogí pensar en ellas este kilómetro tan difícil porque las he visto entrenar, siempre me dejan atrás porque son súper fuertes y rápidas, pero yo quería que este kilómetro 40 sirviera de homenaje a ellas. ¡Del 40 al 41, todas ellas estaban corriendo conmigo, en mi cabeza!

Más gente en la calle, ¡pero qué es esta belleza! ¡Ya se puede escuchar el estadio! Kilómetro 41, este era el de mis papás. Sé que tal vez creen que estoy medio loca por hacer estas cosas, pero si hay algo que les agradezco en la vida es que crean en mí. Nunca me han dicho “eso es demasiado para vos”, y aunque nunca me animaron a hacer deporte, creo que han entendido cuán feliz me hace correr… pensando en ellos, llegué al 42.

¡Estas calles ya las he visto! Pasé por aquí antier, o ayer. ¡Estoy a la vueltita del estadio! Pegué un grito de felicidad, di la vuelta a la izquierda, en la esquina y ahí estaba, … 2500 años de historia, en mármol blanco, lleno de gente, ahí estaba el estadio, y los 195 metros finales los corrí con el alma en la garganta, porque iba a hacer mi mejor tiempo en maratón, aquí, y los últimos metros de cierre eran ya del profe Andrés. Nadie entendió cuando dije “¡Mire qué tiempo, Alfaro, mire el tiempo!”

Saqué dos banderitas que traía en el bolso de los geles – una de Grecia, y una de Costa Rica – y ya no estaba llorando, estaba muerta de risa, cuando crucé la meta…

4 horas 30.

A unos pasos de la meta vi dos caras conocidas: las dos muchachas que me ayudaron en la conferencia de prensa. Apenas nos vimos, me reconocieron y en un reflejo desesperado, corrí hacia ellas. Y entonces, tuve el abrazo que siempre quise en la meta.

Ahora sí estaba llorando, y llorando caminé hasta donde nos esperaban los voluntarios para darnos la medalla.

De lejos una señora mayor me sonrió y alistó la medalla para ponérmela en el cuello.

Le dije muchas veces “gracias, gracias, gracias…” luego me acordé que aquí solo me entienden en inglés, la abracé muy fuerte y le dije “You hold my heart!”.

Ella entendió que yo estaba muy emocionada y me sonrió y me felicitó.

Seguí caminando, viendo hacia los lados, hacia arriba este estadio tan perfecto. Aquí, donde solo los atletas olímpicos, los grandes, los de verdad, vienen a ganarse un espacio en la historia, aquí hoy yo vine a terminar la maratón más feliz de mi vida.

Sin dolor. Sin miedo. Sin muro. Sin prisa. Sin lluvia.

Repasé los números en el Garmin, “esto es absurdo, venir a hacer aquí lo que no pude hacer en ninguna ruta plana…” Me moría por llegar a la compu y contarle al profe.

Siempre corrí más rápido de lo que pensamos, en plano, en ascenso, cerrando. No sé si él se lo esperaba, pero yo tampoco.

neCaminé sola hasta el hotel, llorando y recordando cada metro que acababa de correr, desde las notas de Misión imposible en la salida, las ramitas de olivo, las sonrisas, la felicidad de correr sin dolor y sin miedo.

¿En qué momento pasó todo esto? Todo el entrenamiento, madrugar, correr el sábado, subir a Turrúcares, hacer Tamarindo…

¿En qué momento se acabó el susto de haberse inscrito en la Maratón de Atenas? Esa, la de dificultad 10/10. La que solo los locos, enamorados de la distancia, se animan a correr.

Me fui a bañar, y luego a comer, sabiendo que había vivido el día más feliz de mi vida, aquí, donde por primera vez, cuenta la leyenda, un mensajero del ejército griego corrió sin parar hasta avisarle a los ciudadanos de Atenas que contra todos los pronósticos, su pequeño grupo de soldados había repelido a los persas en Maratón.

 Nενικήκαμεν!

Nenikékamen!

“Hemos vencido”.

Viernes de sorpresas, Domingo de felicidad (parte 1)


Sin palabras: en la meta, el viernes. El estadio Panathinaiko.

Sin palabras: en la meta, el viernes. El estadio Panathinaiko.

Quedé de contarles sobre dos sorpresas preciosas que me tenían aquí: la primera, fue que la organización me invitó a estar en un programa de tele, y ¡bueno, como dos minuticos estuve! Pero eso no fue lo bonito: fue que la entrevista me la hacían en el estadio donde terminaba la maratón.

Queda a distancia razonable de mi hotel, así que fui caminando… se me fue el alma a los pies cuando lo vi. Mármol, graderías impecables… 2500 años de historia. Las banderas de Grecia.

Fue genial haber visto antes de la carrera el estadio, porque eso me motivó muchísimo y me sirvió para mentalmente comprender que lo que hubiera que tolerar antes, valdría la pena. Típico yo, me hice la película mental de cómo sería entrar al estadio… uffff… y lleno de gente!

La entrevista fue rápida pero linda. Básicamente la pregunta era por qué vine hasta tan lejos por correr, y expliqué que para mí era importante correr la ruta original.

Por la tarde, la otra sorpresa me trajo un aprendizaje.

Los organizadores me permitieron estar en la conferencia de prensa con Dennis Kimetto y Florence Kiplagat. Kimetto, ni tengo que recordárselos, acaba de establecer el récord mundial en Berlín (2.02. 57). Yo estaba super emocionada de conocerlo, y por supuesto de poder preguntarle muchas cosas.

En cuanto arrancó la conferencia, por supuesto las preguntas fueron para él, que con un hilito de voz, muy poquitas palabras en inglés y no sé si timidez, o miedo, nos respondía a cuentagotas. A veces contestaba por él Florence, la otra keniana que también tiene récord mundial pero en media maratón, o respondía su representante.

Estas fueron mis preguntas.

“Dennis: ¿en quién pensó en cuanto cruzó la meta en Berlín y supo que rompía el récord?”.

“Iba en focado en hacer el tiempo previsto”. 

“Pregunta para ambos: ¿alguna vez corren por diversión, para distraerse o pasarla bien un ratito? ¿Correr sin reloj, por ejemplo”

Ésta pregunta solo me la contestó Florence.

“Para ser honesta nunca lo he hecho. No he probado a hacer eso desde que soy atleta”.

Salimos de la conferencia y me quedé pensando en que los dos tienen un talento increíble, que uno ni soñaría alcanzar, ni reencarnando. Y cuánto cambian sus vidas cuando lo descubren, y un entrenador los lleva a estos niveles de excelencia… Hace 5 años, Kimetto era un granjero. Ahora, con apenas 30, puede soñar con bajar ese tiempo, entrenando aún más duro.

Lo que no concibo, en mi pequeña mente de corredora aficionada, es que no tengan chance de disfrutarlo. Claro está, para ellos es su manera de sobrevivir, de dar un futuro a su familia; en cambio uno lo hace por diversión.

Me encantaría saber que lo disfrutan, un poquito. Porque para uno ellos son poco menos que rockstars… Queda mucho por aprender de ellos y su disciplina.

Paco Borao, AIMS; Dennis Kimetto, récord mundial de maratón vigente, y Florence Kiplagat, récord mundial de media maratón femenino. Yo, contenta, en medio.

Paco Borao, AIMS; Dennis Kimetto, récord mundial de maratón vigente, y Florence Kiplagat, récord mundial de media maratón femenino. Yo, contenta, en medio.

Aquí está la foto que todos queríamos. Por cierto, a la izquierda estaba Paco Borao, presidente de la AIMS (AIMS (Association of International Marathons and Distance Races), quien me habló con mucho cariño de sus visitas a Costa Rica para conocer el Estadio Nacional, y certificar carreras como Correcaminos.

Me quedo con esa pregunta: ¿Uno corre por diversión? ¿Por pasarla bien? ¿Lo ha intentado?

Esa era mi misión para el domingo: PASARLA BIEN.

Y así fue. Se los cuento en la segunda parte.

Si Mafalda pudiera… (por Lucho Runner)


MAFALDA¿Quién me puede decir que no se hacen amigos corriendo?

A Lucho, que no lo conozco, que no he corrido a su lado, que no le he dado agua ni él a mí, a Lucho lo llamo mi amigo. Este periodista y maratonista argentino, de palabras rápidas como sus pies, me ha emocionado como nadie con este texto.

Le pedí que, en vista de que no tengo palabras ya para explicar qué significa viajar a la cuna de la Maratón, lo escribiera él, para el blog. Y siento que me hizo una radiografía. Ya no sé escarbar mis emociones, los post que escriba desde Atenas serán muy descriptivos, quiero servir de corresponsal para quienes alguna vez se hayan preguntado cómo es esta maratón, que sin ser glamorosa ni famosa, es, sin embargo, la primera. La original. Dicen que de las más duras del mundo, pero también… puede que no!

Así es, Lucho. Soy una Mafalda, y corro con el corazón porque no tengo mucho talento para el atletismo. Gracias enormes, totales, por estas palabras que me llenan de emoción, y me tienen hecha un mar de lágrimas a punto de subirme al avión.

Si Mafalda pudiera…

Lucho Runner.

Domingo en el barrio de San Telmo, Buenos Aires. Calle Defensa. Como cada domingo está atiborrada de gente, más de la mitad extranjeros, turistas que recorren la feria sorprendiéndose con esas calles empedradas y antiguas, llenas de tango, milonga y café, que se entrelazan con el aroma a café colombiano, con el acento inglés y las sonrisas europeas. Pieles morenas, cabellos rubios, ojos achinados, manos curtidas.

Una chiquita protestona y adorable mira pasar esa procesión sentada en un banquito de madera. Se llama Mafalda, la hijita de Quino, el caricaturista argentino.

Está inmortalizada en una pequeña escultura, toda sonriente y bella, toda cuestionadora del mundo, toda pensativa, sentadita en Defensa y Bolivar. Nadie la piensa ahí quietecita, no nos engaña con su inmovilidad aparente; todos sabemos que de noche sale corriendo a escuchar a Los Beatles y a jugar con Manolito, Susanita y Libertad.

Ninguna niña más inquieta, más simpática, aventurera y ácida a la vez.

Y sí; mi amiga Marianella se ve como una pequeña Mafalda cada tanto, y no puedo dejar de imaginarlas parecidas; inquietas y cuestionadoras, intensas, apasionadas en lo cotidiano, desafiantes. Y pensativas.

Marianella, es maratonista. Nació lejos de San Telmo (porque Heredia, en Costa Rica es lejos, verá).

Y me la imagino cual Mafalda cuestionándose a sí misma por qué se metió en tal embrollo; “Que por qué se anota usted en cosas tan difíciles, si después va a tener miedo de hacerlas”, “Por qué se anota usted en la Maratón de Atenas, Marianella, si sabe que es complicada, que tiene muchas cuestas”… la imagino como si fuese una Mafalda, obviamente cuestionándose.

Y con las manos transpiradas llegando al Aeropuerto de Atenas en unos días, retirando su kit, con nervios la noche previa.

¿Acaso Marianella tiene miedo?. Sí, parece que sí. Es ese miedo que nace en cada maratonista cuando sabe que se ha metido en una “gorda”.

Y entrenó y entrenó, en cada calle de San José, en cada cuesta, en cada ruta, en cada mañana, entre redacciones y estudios de radio, como lo hace cualquier maratonista amateur que a la vida le inyecta una sobredosis de desafío, porque con vivir de manera estándar no alcanza o aburre.

Eso ha hecho Nella en estos meses en su Costa Rica, lejos de San Telmo, cerca de Mafalda.

Está llena de dudas; que si termina en una larga cuesta esa bendita maratón, que si va a darse contra el muro, que si las piernas vana responderle en el bendito-maldito kilómetro 39, que si está segura de que lo va a lograr.

Es que las dudas, los miedos, las ansiedades, toman por asalto al corredor, lo rodean, lo sujetan por momentos, no lo dejan dormir y uno tiene como banda de sonido;

”No hago otra cosa que pensar en ti”… y pasan las fotos de Atenas, Paris, Nueva York, Roma o la ciudad que sea, todas apasionadas también.

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin?… todo eso se pregunta un corredor cuando siente que el vértigo y las dudas lo invaden.

Sepa amiga maratonista, amigo corredor, que no es la única ni el único.

Sepa que esos miles que están con usted en la largada están igual de temerosos. Lo notará en los ojos brillosos, en la respiración agitada, en esas sonrisas nerviosas, en esos abrazos previos, en esos pies que no se quedan quietos y rebotan una y otra vez en el piso antes de largar.

Mírelos, obsérvelos, Nella… se lo digo yo; su voz interna… esta misma que tantas veces le ha hablado a usted y la ha retado por desafiarse.

¿Para qué lo hace?, por qué?… eso lo sabe bien usted, es su “secreto”. Ahora vaya y hágalo.

¿Tiene miedo?, entonces está todo bien… será el combustible que no la dejará caer ni cometer locuras.

¿Cree que podría no llegar?, perfecto; salga y desmienta esa burda falacia que algún fantasma le susurra al oído.

¿Le teme a las cuestas?, hágame reir; como si no hubiera superado ya un par en la vida, como todos nosotros, como todos esos que están en la largada.

Cómo se atreve usted a comparar unas cuestitas en el pavimento con las cuestas de la vida que cada tanto se atreven a cruzarse por nuestro camino…

Vaya y ponga el corazón, maratonista. Ese corazón que vale por dos, por valiente y rebelde a la vez, pero que nunca engaña. Porque la gente apasionada riega sus deseos con la sangre que fluye de él.

Tecnicamente nada le diré; nada que no sepa al menos. Respire mucho, una y otra vez de manera profunda. Hidrátese, mueva los brazos, levante los talones. Y la instrucción indispensable e innegociable; sonría, pues!…sonría y agradezca a la vida el privilegio de correr esas tierras llenas de hazañas, historias, leyendas y románticas proezas.

Usted ha elegido el lugar correcto más allá de la dificultad del camino; Atenas es para usted, maratonista… porque es una tierra que sabe de pasión y de relatos épicos. Leónidas, Filípides y caballos de Troya. Entonces, salga ya mismo a esa ruta y escriba el suyo propio, como las veces que tuvo que sentarse a escribir historias sobre otros. Usted seguirá creyendo que es difícil, pero sepa, maratonista, que usted puede hacer de esto un final feliz, y que si cree en algún momento que no va a poder, REBÉLESE ante eso, deje de cuestionarse a sí misma y cuestione al cansancio y al dolor.

Vaya. Traiga esa medalla desde Atenas. En Costa Rica la esperan esos rostros que usted conoce y sabe que la esperan.

Y por último, le aseguro que Mafalda estaría orgullosa de usted, porque Mafalda, si pudiera, también correría una maratón, solo para cuestionar el “no se puede”.

¿Usted va a ser menos?

Ya sé la respuesta. Lo mejor, es que usted también.

Atenas, vista y vivida por un griego.


10608911_10152324858257643_1254412215_nHay miles de escenas y momentos que puedo imaginar de la maratón de Atenas. Pero solamente quien la ha vivido puede contarlo con tanta propiedad. Como lo hice antes con París, recurrí a un amigo que encontré en twitter – ¡bendito twitter! – para que me narrara la verdad sobre esta maratón. Porque sobre Atenas, muchachos, no hay mucha información, pero sí muchos mitos… ¡y esta imaginación volátil, la mía!

Sé que hay algunos ticos, muy poquitos, que han corrido esta maratón. Pero me gustó también tener el punto de vista de uno de ellos, un griego, que miren nada más la cara que llevaba al llegar al estadio… Wow. Eso es a lo que uno aspira. ¿Cuánto vivió antes de esa sonrisa?

Los dejo con el relato / entrevista de Panagiotis Balokas. A ver si a ustedes, como a mí, se les eriza la piel imaginando esta carrera, épica, valiente e histórica.

Primero, contame algo acerca de ustedes, los griegos. 

Los griegos somos personas muy cálidas. Ciertamente la crisis financiera nos pone muchos problemas en la cabeza, pero aún así, somos buenos anfitriones. Hay miles de cosas que ver en Atenas, y dudo que tengas tiempo de verlo todo antes o después de la carrera. ¡Mucha caminata! La gente joven habla inglés, así que les puedes pedir direcciones fácilmente.

¿Qué tan empapados y orgullosos están los atenienses de la historia de la Batalla de Maratón, y cómo esa batalla dio origen a todas las maratones alrededor del mundo?

No solo los atenienses, los griegos en general saben mucho sobre la Batalla, en 490 a.C. Fue una de las más grandes batallas contra los persas, una de las más grandes batallas de las Termópilas. – ¿Viste la película “300“? -. Fue un periodo muy vibrante para Atenas como ciudad. Pero hay muchos malentendidos acerca de Filípides y su historia,  y a veces ni los mismos griegos los saben. Por ejemplo, la gente cree que Filípides murió de fatiga luego de correr de Maratón a Atenas, al anunciar la victoria sobre los persas. ¡Y no fue así! De hecho hizo algo mucho más admirable.

Cuando los persas se acercaban a Atenas, el general Milcíades envió a Filípides a Esparta para pedir ayuda: la distancia es de 246 km, y la recorrió en dos días. Hoy, en memoria de Filípides hay una carrera famosa mundialmente, llamada “Spartathlon“.  Es una de las carreras más duras del mundo, que sale del Acrópolis de Atenas, y termina en Esparta. Pero hay más. Cuando Filípides llegó a pedir ayuda, los espartanos estaban en medio de una fiesta religiosa y no la podían detener porque esto enojaría a los dioses. Así que Filípides regresó a Atenas con las manos vacías… sí! Recorrió de nuevo los 246 km. Casi 500 km en apenas días. Creo que hasta el día de hoy, solo dos corredores han repetido esta hazaña: Yiannis Kouros, una leyenda entre los “ultra” maratonistas, que ha roto al menos 160 récords; y Maria Polyzou, la más famosa corredora de todos los tiempos. En fin, sí hubo un corredor que trajo el mensaje de victoria a Atenas, y sí, probablemente murió luego de gritar “Nenikikamen“, que significa “Hemos ganado” en griego antiguo. Pero no fue Filípides…

¿Por qué te inscribiste en esta maratón, sabiendo de las cuestas que tiene?

Bueno, la verdad es que… ¡yo no sabía de las cuestas! A ver, te voy a contar cómo fue que comencé a correr y terminé inscrito en la Maratón de Atenas.

En el verano de 2012 vi un anuncio de una carrera de 12 km que Nike organizaba. Me dije “¿por qué no?”. Comencé a entrenar, corrí, me gustó, y así me picó el “gusanito” por correr. En noviembre del mismo año era la maratón, pero había distancias de 5 y 10 km. Le dije a un compañero de la oficina que corriéramos 10, pero me dijo “lo siento, es que voy a correr los 42. ¡Eso me dejó abrumado! Para mí una maratón no era lo que la gente “ordinaria” hacía. Igual me inscribí en 10, y al terminar me fui a apoyar a mi amigo Themis, y pude ver a otros corredores. En ese momento sucedió algo increíble, vi a un atleta con discapacidad y sí, claro que se veía cansado, pero se veía tan contento… Fue una experiencia increíble. Casi lloré, y me prometí correr la maratón. Pensé: “si él puede, yo puedo”, y me lo dije con toda la admiración por ese atleta.

Me inscribí para el 2013 y no fue sino hasta dos meses antes que supe de los ascensos. Con mis amigos, manejamos por la ruta de la maratón y me di cuenta que de verdad estaba loco. Yo no entrené con un entrenador, lo hice solo. Hay que entrenar cuestas para esta carrera, y yo no lo hice. Sin embargo, creo que siguiendo un programa de maratón, uno llega a la meta. Los últimos kilómetros se recorren con el corazón.

¿Cómo es el clima en noviembre en Atenas?

El clima en Noviembre en Atenas es el típico de otoño: impredecible. Puede ser tan bajo como 10ºC, o tan alto como 25ºC. Pero de seguro, no es frío. La humedad es el problema. En 2013 cuando corrí esta maratón, tuvimos 23 grados y mucha humedad. Condiciones difíciles para correr… El favorito de los élite masculino se retiró en el kilómetro 15, por deshidratación. La famosa Paula Radcliffe también se retiró en el 2004 por la misma razón. Tienes que tomar mucha agua, y reponer electrolitos en esas condiciones, y cuidar mucho tus pies porque hay alta probabilidad de ampollas en este clima. Yo tuve ampollas desde el kilómetro 18. Cometí varios errores – era mi primera maratón- pero ya aprendí de ellos.

Ya me asustaste con la ruta. Describímela por favor.

Creo que se puede dividir la ruta en tres partes: la primera, hasta los 10 km. Es totalmente plana y es un buen calentamiento para el resto de la carrera. Hay que tener cuidado de no ir muy rápido por la adrenalina, porque esa ansiedad luego se paga caro. La segunda parte es de los 10 a los 32 km. Para mí, esa es la carrera: es una elevación contínua, aún con una bajadita a los 15, hay muchos giros y no mucho público para animarte. Tus piernas se cansan y tu mente también se rinde. Durante estos 22 km puede que cometas errores que lamentarás después, o puede que termines fuerte la carrera. La última parte, de los 32 a los 42, es la más sencilla para las piernas y la cabeza. Desde el km 28 comienzas a entrar a los límites de Atenas. Y ahí comienza la fiesta. Público, música, amigos que te esperan… todo se hace más fácil, creo yo. Ya la ruta se convierte en un suave descenso. Si guardaste energía antes, este es el momento para acelerar.

20x30-ACMW0564Contame lo más emocionante de la carrera.

Hubo momentos que aún me erizan la piel… Primero, en esas aburridísimas cuestas, vi a una señora de 75 años, en silla de ruedas, animándonos a todos… ahí, en el medio de la nada, nos gritaba “bien hecho”…! Luego en el km 30, encontré a mis amigos y mi familia que me estaban esperando…Fue un sentimiento increíble luego de esas cuestas. Ellos te dan fuerza para seguir.

A lo largo de la ruta hay muchas bandas, tocando música. De verdad se te para el pelo cuando escuchas los tambores, suenan como tambores de guerra. Usualmente están por debajo de los puentes… así que el sonido es impresionante!

Pero nada se compara a llegar al estadio Panathinaiko. Los últimos dos kilómetros son una fiesta. Música, miles de personas gritando y la vista del estadio… puedes oír al público! ¿Sabías que este estadio lo construyeron en 338 antes de Cristo? Es una experiencia única en la vida. Ninguna otra maratón te da la sensación que tienes aquí, de terminar en un estadio construido hace miles de años. Al entrar al estadio se te olvidan las ampollas, el dolor, el sufrimiento. Yo sonreía, la estaba pasando como nunca en la vida.  Y luego, en unos cuantos metros, luego de cruzar la meta, las emociones se me desbordaron y estallé en lágrimas… de alegría.

Tal vez lo viví así de intensamente por ser mi primera maratón. ¡Nunca se olvida la primera maratón! Claro que no es Boston, ni Berlin. Es empinada, y en ciertos tramos sientes que estás en el medio de la nada. ¡Ni siquiera es elegible la ruta para establecer récords!  Por eso los corredores famosos no vienen. ¡Pero aquí es donde todo comenzó! Creo que todo corredor que ame la maratón debe correr una vez aquí.

Panagiotis