Temporada de Maratón: esos viernes… esos sábados!


¿Tenía goma maratonera?

¿Estaba deseando volver a hacer fondos largos? Ahí los tiene. Ahí están.

Llegó la comunicación del entrenador con el calendario de fondos, porque en menos de 10 semanas hay que estar listos para correr 42 kms.

Mi primer fondo largo de la temporada, el que sentí que oficialmente me puso en modo New York 2013, fue la semana pasada: 28 kilómetros. Y sin caritas. Sinceramente pensé que no podría completarlos pero no solo sí pude, ¡lo disfruté!. ¡Y eso que subimos la cuesta a Salitral! Pero de verdad me hacía falta esto, y aunque ya logré acomodarme mejor con el trabajo para entrenar en la Sabana como antes, son esos fondos de los sábados los que le permiten a uno medirse hacia la maratón.

Calculo que desde ahora y hasta noviembre, mis fines de semana serán agotadores. Y para decirlo masoquistamente, como corredora,… ¡hermosos!

Se viene Tamarindo (mis terceros 30 kms, parte de la preparación a NY) pero también Orosi, Rancho Redondo, y todos esos lugares donde los sábados, en fila india, como hormigas de colores, se ven los grupos de corredores. Unos van para Chicago, otros a Berlín, otros a Washington. Y a New York, claro.

Esto le cambia a uno la rutina del fin de semana, y por qué no decirlo, desde jueves ya uno entra en otro mundo, y los viernes y los sábados se transforman en una rutina que amamos odiar, o odiamos amar… como sea.

Viernes en la mañana: desayuno con buenos carbos. Bananito para el potasio, claro. Pasearse la mañana alternando la merienda con agua, Gatorade y disculparse con los compas porque “no va hoy en la noche, tiene que madrugar”. Llegamos al mediodía: ¡pasta! ¡qué vacilón, otra vez… pasta! A los que nos gusta, como si nada. Plato de siempre, para ir a la segura, como el penne alla checca que le queda tan bien a Alessandro, el chef de mi restaurante preferido. Por la tarde, seguimos con más agua, más hidratante, y hacemos memoria de lo que hay que pasar a comprar y a qué hora hay que acostarse. Cargamos el iPod con las cancioncillas que nos gustaron esta semana para entrenar.

Viernes tipo 5 pm: uno toma conciencia de que aunque esté bastante despabilado, ahorita hay que dormirse. No sin antes… heeeeey… ¿qué más? ¡Pastaaaaa! Qué rico. Otro mensaje de los compas. Unos diciendo “lástima que no vas, hoy estaba bonito” y otros diciéndote “mae nos vemos mañana a las 4”.  Llegás a tu cuarto, y dejás listo el “muñequito” como digo yo, es decir: tennis, medias, short, camiseta, visera, asistencia, cinturón de hidratación… y hasta la estampita del santo correspondiente, según la longitud del fondo. Finalmente, 8 pm: a lo lejos se oye gente emocionada viendo un partido, mientras uno apaga la luz para dormir. La enciende de nuevo. Revisa la alarma. La vuelve a apagar. Dejó cargando el Garmin.

Sábado. 3 ó 4 am. Qué silencio. Momento crucial: sacar el piecillo de las cobijas, apagar la alarma y decirle al cuerpo que aunque parezca anti natural, hay que salir a entrenar. Alistarse el desayuno pre fondo (mis tostadas con nutella y jugo) y luego, salir a correr y comprender que todo mundo sigue durmiendo. Y que aunque no ha salido el sol, señores, uno ya va para la calle vestido de ninja.

5 am: comenzás a correr. 6 am seguís corriendo. 7 am, muy probablemente seguís corriendo. No son ni las 8 y mientras los demás dan vueltica a la almohada para sentirle el lado frío, ya vos no echás, tenés la cara llena de sal y ves el Garmin: veintitantos, si no es que 30 kms. “Quiero comida”, pensás. Y te comerías una vaca. Y olés a diablos, y aún así, te sentís super orgulloso de los kilómetros devorados. “¿A dónde vamos a desayunar?”

Total que a las 9 am estás bañado en casa, más cansado que si te hubieras ido de fiesta anoche, y quedás medio atontado el resto del día, viendo pelis en casa, con hielo en las pantorrillas, o bueno: para muchos que son papás y mamás, apenas comienza la jornada de llevar y traer hijos a fiestas de cumpleaños. No sé cómo lo logran.

Los viernes y los sábados de los maratonistas no son normales. Para gran parte de la gente somos unos mensos que nos perdemos lo mejor del “friday night” por acostarnos temprano y andar todo el sábado cansados, con hambre y caminando feo.

Pero si leés esto sabés que esa sensación de “misión cumplida” después de un fondo es absolutamente deliciosa. Es una hazaña, chiquitica, pero hazaña: vencer la pereza, el cansancio, y haber sido disciplinado para tener ese gel, esa agua, esos tennis, ese ánimo y esas piernas, todo listo desde la noche antes, y sacar un piecillo…. y luego el otro de las cobijas.

Repaso los fondos que vienen; me da miedo. Pero me dan ganas.

Temporada maratonera abierta: este fue mi sábado pasado. Y ya tengo listo todo para el que viene.

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