Si Mafalda pudiera… (por Lucho Runner)


MAFALDA¿Quién me puede decir que no se hacen amigos corriendo?

A Lucho, que no lo conozco, que no he corrido a su lado, que no le he dado agua ni él a mí, a Lucho lo llamo mi amigo. Este periodista y maratonista argentino, de palabras rápidas como sus pies, me ha emocionado como nadie con este texto.

Le pedí que, en vista de que no tengo palabras ya para explicar qué significa viajar a la cuna de la Maratón, lo escribiera él, para el blog. Y siento que me hizo una radiografía. Ya no sé escarbar mis emociones, los post que escriba desde Atenas serán muy descriptivos, quiero servir de corresponsal para quienes alguna vez se hayan preguntado cómo es esta maratón, que sin ser glamorosa ni famosa, es, sin embargo, la primera. La original. Dicen que de las más duras del mundo, pero también… puede que no!

Así es, Lucho. Soy una Mafalda, y corro con el corazón porque no tengo mucho talento para el atletismo. Gracias enormes, totales, por estas palabras que me llenan de emoción, y me tienen hecha un mar de lágrimas a punto de subirme al avión.

Si Mafalda pudiera…

Lucho Runner.

Domingo en el barrio de San Telmo, Buenos Aires. Calle Defensa. Como cada domingo está atiborrada de gente, más de la mitad extranjeros, turistas que recorren la feria sorprendiéndose con esas calles empedradas y antiguas, llenas de tango, milonga y café, que se entrelazan con el aroma a café colombiano, con el acento inglés y las sonrisas europeas. Pieles morenas, cabellos rubios, ojos achinados, manos curtidas.

Una chiquita protestona y adorable mira pasar esa procesión sentada en un banquito de madera. Se llama Mafalda, la hijita de Quino, el caricaturista argentino.

Está inmortalizada en una pequeña escultura, toda sonriente y bella, toda cuestionadora del mundo, toda pensativa, sentadita en Defensa y Bolivar. Nadie la piensa ahí quietecita, no nos engaña con su inmovilidad aparente; todos sabemos que de noche sale corriendo a escuchar a Los Beatles y a jugar con Manolito, Susanita y Libertad.

Ninguna niña más inquieta, más simpática, aventurera y ácida a la vez.

Y sí; mi amiga Marianella se ve como una pequeña Mafalda cada tanto, y no puedo dejar de imaginarlas parecidas; inquietas y cuestionadoras, intensas, apasionadas en lo cotidiano, desafiantes. Y pensativas.

Marianella, es maratonista. Nació lejos de San Telmo (porque Heredia, en Costa Rica es lejos, verá).

Y me la imagino cual Mafalda cuestionándose a sí misma por qué se metió en tal embrollo; “Que por qué se anota usted en cosas tan difíciles, si después va a tener miedo de hacerlas”, “Por qué se anota usted en la Maratón de Atenas, Marianella, si sabe que es complicada, que tiene muchas cuestas”… la imagino como si fuese una Mafalda, obviamente cuestionándose.

Y con las manos transpiradas llegando al Aeropuerto de Atenas en unos días, retirando su kit, con nervios la noche previa.

¿Acaso Marianella tiene miedo?. Sí, parece que sí. Es ese miedo que nace en cada maratonista cuando sabe que se ha metido en una “gorda”.

Y entrenó y entrenó, en cada calle de San José, en cada cuesta, en cada ruta, en cada mañana, entre redacciones y estudios de radio, como lo hace cualquier maratonista amateur que a la vida le inyecta una sobredosis de desafío, porque con vivir de manera estándar no alcanza o aburre.

Eso ha hecho Nella en estos meses en su Costa Rica, lejos de San Telmo, cerca de Mafalda.

Está llena de dudas; que si termina en una larga cuesta esa bendita maratón, que si va a darse contra el muro, que si las piernas vana responderle en el bendito-maldito kilómetro 39, que si está segura de que lo va a lograr.

Es que las dudas, los miedos, las ansiedades, toman por asalto al corredor, lo rodean, lo sujetan por momentos, no lo dejan dormir y uno tiene como banda de sonido;

”No hago otra cosa que pensar en ti”… y pasan las fotos de Atenas, Paris, Nueva York, Roma o la ciudad que sea, todas apasionadas también.

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin?… todo eso se pregunta un corredor cuando siente que el vértigo y las dudas lo invaden.

Sepa amiga maratonista, amigo corredor, que no es la única ni el único.

Sepa que esos miles que están con usted en la largada están igual de temerosos. Lo notará en los ojos brillosos, en la respiración agitada, en esas sonrisas nerviosas, en esos abrazos previos, en esos pies que no se quedan quietos y rebotan una y otra vez en el piso antes de largar.

Mírelos, obsérvelos, Nella… se lo digo yo; su voz interna… esta misma que tantas veces le ha hablado a usted y la ha retado por desafiarse.

¿Para qué lo hace?, por qué?… eso lo sabe bien usted, es su “secreto”. Ahora vaya y hágalo.

¿Tiene miedo?, entonces está todo bien… será el combustible que no la dejará caer ni cometer locuras.

¿Cree que podría no llegar?, perfecto; salga y desmienta esa burda falacia que algún fantasma le susurra al oído.

¿Le teme a las cuestas?, hágame reir; como si no hubiera superado ya un par en la vida, como todos nosotros, como todos esos que están en la largada.

Cómo se atreve usted a comparar unas cuestitas en el pavimento con las cuestas de la vida que cada tanto se atreven a cruzarse por nuestro camino…

Vaya y ponga el corazón, maratonista. Ese corazón que vale por dos, por valiente y rebelde a la vez, pero que nunca engaña. Porque la gente apasionada riega sus deseos con la sangre que fluye de él.

Tecnicamente nada le diré; nada que no sepa al menos. Respire mucho, una y otra vez de manera profunda. Hidrátese, mueva los brazos, levante los talones. Y la instrucción indispensable e innegociable; sonría, pues!…sonría y agradezca a la vida el privilegio de correr esas tierras llenas de hazañas, historias, leyendas y románticas proezas.

Usted ha elegido el lugar correcto más allá de la dificultad del camino; Atenas es para usted, maratonista… porque es una tierra que sabe de pasión y de relatos épicos. Leónidas, Filípides y caballos de Troya. Entonces, salga ya mismo a esa ruta y escriba el suyo propio, como las veces que tuvo que sentarse a escribir historias sobre otros. Usted seguirá creyendo que es difícil, pero sepa, maratonista, que usted puede hacer de esto un final feliz, y que si cree en algún momento que no va a poder, REBÉLESE ante eso, deje de cuestionarse a sí misma y cuestione al cansancio y al dolor.

Vaya. Traiga esa medalla desde Atenas. En Costa Rica la esperan esos rostros que usted conoce y sabe que la esperan.

Y por último, le aseguro que Mafalda estaría orgullosa de usted, porque Mafalda, si pudiera, también correría una maratón, solo para cuestionar el “no se puede”.

¿Usted va a ser menos?

Ya sé la respuesta. Lo mejor, es que usted también.

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