Una herediana en Atenas


IMG_2290

Callecita con restaurantes, café,… muy sereno el barrio. Acrópolis.

…no entiendo nada. ¡Todo está en griego!

Llegué a Atenas alrededor de las 2 de la tarde. Un aire fresco, tarde soleada. Subo las escaleras después de salir del metro, y me encuentro en una calle peatonal, con el rótulo que me da la bienvenida:

“Acrópolis”. Este será mi barrio durante una semana.

Es muy probable que estuviera haciendo cara de tonta por varios minutos, viéndolos a todos ir y venir, escuchando su acento, tratando de entender algo, pero es imposible.

Hay una sola palabra que sí reconozco, y la dicen a menudo, la escucho muchas veces en sus conversaciones: “maratón”.

Estoy en la casa de la maratón. Y todos andan hablando de la carrera del domingo.

Será por eso que llegué y me sentí feliz, en casa. Dejé las ansias en el avión – igual que el celular, por estúpida – pero ahora que estoy aquí por fin, me siento serena. Me siento en casa.

Dejé las cosas en el hotel, y regresé a esa calle frente al Museo de Acrópolis, buscando un restaurante para almorzar.

Hubo un muchacho muy amable que me habló en perfecto español, y ahí mismo me quedé a comer. El lugar se llama “Arcadia”, y aparte de que el nombre es muy significativo y ligado a la mitología griega, también dicen que “arcadio” es sinónimo de valiente y perseverante.

El muchacho y sus compañeros se sonrieron cuando dije que soy de Costa Rica, y a ratitos conversamos sobre la maratón, sobre futbol, y sobre cómo estará el clima.

IMG_2288

Ha iniciado el carb loading… estilo griego.

Pedí una pasta sencilla, un plato de spaghetti arreglado en una salsa con aceitunas, tomate, cebolla y queso feta. Dios santo. Qué delicia. Apenas la probé supe que aquí voy a comer todos los días. Además, a la par hay una cafetería que vende gelato, se llama “Leónidas”. Jeje. Aplicando la experiencia previa, si en Roma la fórmula “pizza + birra italiana” dio buen resultado, aquí la repetí pero con cerveza griega.

Regresé al hotel, trabajé un rato en la compu, y he pasado viendo tele sin entender nada. ¡Qué importa!

Entre los correos que revisé, estaba uno que me emocionó muchísimo.

Los organizadores de la maratón me invitaron a estar hoy en vivo en un programa de televisión que se llama “Tora“; es una revista matutina – como Giros o Buen día – y quieren entrevistar corredores que vienen de lejos a la Maratón. La nieta de Yolanda va a contar por qué vino hasta acá. Este es el link para la entrevista, por si la pescan. Y si no, pues para que vean televisión griega y escuchen música griega, hermosa. http://www.skai.gr/player/tvlive/ 

Lo asombroso es que la entrevista se hará en el estadio Panathinaikos… sí. En donde termina la maratón el domingo.

En un par de horas, voy a conocer ese lugar con el que estaba soñando desde hace meses.

Ahora mientras desayunaba estaba pensando en todo lo que ha cambiado mi vida desde que corro.

Entre tantos cambios positivos, uno es este: jamás hubiera viajado tan lejos, solo por correr. No estaría en este lugar tan hermoso, en la cuna de la civilización occidental, de Platón, de Aristóteles, de tanta maravilla, si no me hubiera enamorado de la maratón.

En el camino han pasado muchas cosas, pero en este momento tendría que resumir que después de aquella primera carrera de 10 km de Curridabat a Sabana, todo ha sido para mejorar.

No tengo muchas fotos por ahora, pero ya voy saliendo hacia el estadio, luego la expo. Y luego, otra sorpresa maravillosa que les contaré mañana.

Este fue mi guardián mientras dormía: desde la ventana, Acrópolis.

IMG_2294

Si Mafalda pudiera… (por Lucho Runner)


MAFALDA¿Quién me puede decir que no se hacen amigos corriendo?

A Lucho, que no lo conozco, que no he corrido a su lado, que no le he dado agua ni él a mí, a Lucho lo llamo mi amigo. Este periodista y maratonista argentino, de palabras rápidas como sus pies, me ha emocionado como nadie con este texto.

Le pedí que, en vista de que no tengo palabras ya para explicar qué significa viajar a la cuna de la Maratón, lo escribiera él, para el blog. Y siento que me hizo una radiografía. Ya no sé escarbar mis emociones, los post que escriba desde Atenas serán muy descriptivos, quiero servir de corresponsal para quienes alguna vez se hayan preguntado cómo es esta maratón, que sin ser glamorosa ni famosa, es, sin embargo, la primera. La original. Dicen que de las más duras del mundo, pero también… puede que no!

Así es, Lucho. Soy una Mafalda, y corro con el corazón porque no tengo mucho talento para el atletismo. Gracias enormes, totales, por estas palabras que me llenan de emoción, y me tienen hecha un mar de lágrimas a punto de subirme al avión.

Si Mafalda pudiera…

Lucho Runner.

Domingo en el barrio de San Telmo, Buenos Aires. Calle Defensa. Como cada domingo está atiborrada de gente, más de la mitad extranjeros, turistas que recorren la feria sorprendiéndose con esas calles empedradas y antiguas, llenas de tango, milonga y café, que se entrelazan con el aroma a café colombiano, con el acento inglés y las sonrisas europeas. Pieles morenas, cabellos rubios, ojos achinados, manos curtidas.

Una chiquita protestona y adorable mira pasar esa procesión sentada en un banquito de madera. Se llama Mafalda, la hijita de Quino, el caricaturista argentino.

Está inmortalizada en una pequeña escultura, toda sonriente y bella, toda cuestionadora del mundo, toda pensativa, sentadita en Defensa y Bolivar. Nadie la piensa ahí quietecita, no nos engaña con su inmovilidad aparente; todos sabemos que de noche sale corriendo a escuchar a Los Beatles y a jugar con Manolito, Susanita y Libertad.

Ninguna niña más inquieta, más simpática, aventurera y ácida a la vez.

Y sí; mi amiga Marianella se ve como una pequeña Mafalda cada tanto, y no puedo dejar de imaginarlas parecidas; inquietas y cuestionadoras, intensas, apasionadas en lo cotidiano, desafiantes. Y pensativas.

Marianella, es maratonista. Nació lejos de San Telmo (porque Heredia, en Costa Rica es lejos, verá).

Y me la imagino cual Mafalda cuestionándose a sí misma por qué se metió en tal embrollo; “Que por qué se anota usted en cosas tan difíciles, si después va a tener miedo de hacerlas”, “Por qué se anota usted en la Maratón de Atenas, Marianella, si sabe que es complicada, que tiene muchas cuestas”… la imagino como si fuese una Mafalda, obviamente cuestionándose.

Y con las manos transpiradas llegando al Aeropuerto de Atenas en unos días, retirando su kit, con nervios la noche previa.

¿Acaso Marianella tiene miedo?. Sí, parece que sí. Es ese miedo que nace en cada maratonista cuando sabe que se ha metido en una “gorda”.

Y entrenó y entrenó, en cada calle de San José, en cada cuesta, en cada ruta, en cada mañana, entre redacciones y estudios de radio, como lo hace cualquier maratonista amateur que a la vida le inyecta una sobredosis de desafío, porque con vivir de manera estándar no alcanza o aburre.

Eso ha hecho Nella en estos meses en su Costa Rica, lejos de San Telmo, cerca de Mafalda.

Está llena de dudas; que si termina en una larga cuesta esa bendita maratón, que si va a darse contra el muro, que si las piernas vana responderle en el bendito-maldito kilómetro 39, que si está segura de que lo va a lograr.

Es que las dudas, los miedos, las ansiedades, toman por asalto al corredor, lo rodean, lo sujetan por momentos, no lo dejan dormir y uno tiene como banda de sonido;

”No hago otra cosa que pensar en ti”… y pasan las fotos de Atenas, Paris, Nueva York, Roma o la ciudad que sea, todas apasionadas también.

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin?… todo eso se pregunta un corredor cuando siente que el vértigo y las dudas lo invaden.

Sepa amiga maratonista, amigo corredor, que no es la única ni el único.

Sepa que esos miles que están con usted en la largada están igual de temerosos. Lo notará en los ojos brillosos, en la respiración agitada, en esas sonrisas nerviosas, en esos abrazos previos, en esos pies que no se quedan quietos y rebotan una y otra vez en el piso antes de largar.

Mírelos, obsérvelos, Nella… se lo digo yo; su voz interna… esta misma que tantas veces le ha hablado a usted y la ha retado por desafiarse.

¿Para qué lo hace?, por qué?… eso lo sabe bien usted, es su “secreto”. Ahora vaya y hágalo.

¿Tiene miedo?, entonces está todo bien… será el combustible que no la dejará caer ni cometer locuras.

¿Cree que podría no llegar?, perfecto; salga y desmienta esa burda falacia que algún fantasma le susurra al oído.

¿Le teme a las cuestas?, hágame reir; como si no hubiera superado ya un par en la vida, como todos nosotros, como todos esos que están en la largada.

Cómo se atreve usted a comparar unas cuestitas en el pavimento con las cuestas de la vida que cada tanto se atreven a cruzarse por nuestro camino…

Vaya y ponga el corazón, maratonista. Ese corazón que vale por dos, por valiente y rebelde a la vez, pero que nunca engaña. Porque la gente apasionada riega sus deseos con la sangre que fluye de él.

Tecnicamente nada le diré; nada que no sepa al menos. Respire mucho, una y otra vez de manera profunda. Hidrátese, mueva los brazos, levante los talones. Y la instrucción indispensable e innegociable; sonría, pues!…sonría y agradezca a la vida el privilegio de correr esas tierras llenas de hazañas, historias, leyendas y románticas proezas.

Usted ha elegido el lugar correcto más allá de la dificultad del camino; Atenas es para usted, maratonista… porque es una tierra que sabe de pasión y de relatos épicos. Leónidas, Filípides y caballos de Troya. Entonces, salga ya mismo a esa ruta y escriba el suyo propio, como las veces que tuvo que sentarse a escribir historias sobre otros. Usted seguirá creyendo que es difícil, pero sepa, maratonista, que usted puede hacer de esto un final feliz, y que si cree en algún momento que no va a poder, REBÉLESE ante eso, deje de cuestionarse a sí misma y cuestione al cansancio y al dolor.

Vaya. Traiga esa medalla desde Atenas. En Costa Rica la esperan esos rostros que usted conoce y sabe que la esperan.

Y por último, le aseguro que Mafalda estaría orgullosa de usted, porque Mafalda, si pudiera, también correría una maratón, solo para cuestionar el “no se puede”.

¿Usted va a ser menos?

Ya sé la respuesta. Lo mejor, es que usted también.

Lo que pasó en Tamarindo no se queda en Tamarindo


BIBLes voy a contar por qué este año, más que en los tres anteriores, esta carrera – sin duda la mejor del país – me marcó la vida.

Gracias a que entrené mucho mejor que otros años, y que por eso, logré terminar 10 minutos antes de lo acostumbrado – mejorar 10 minutos es un montón, ¿verdad? – pude hacer algo que casi nunca hago: quedarme a esperar en la meta a mis compañeros, y este año, al profe.

Esperándolos a ellos, que venían corriendo maratón, aprendí por qué nos enamoramos de esta carrera, a pesar de la radiación solar, la temperatura, la humedad, la dificultad y el agotamiento que aquí son implacables.

Yo hice mis 30 km – sí sí, los que había prometido no repetir – pero los hice tan feliz, con un pace constante, que se me dibujó una sonrisa que hasta hoy no se me borra. Cuando iba cerrando hacia la meta, escuché lo que sonaba como un club de fans de Chayanne: las chiquillas Lagar. Qué lindas, cómo me animaron. Pao hasta me dio una nalgada – de cariño – y con esa gasolina de ánimo y risas cerré mi carrera, deseando contarle al profe  “Vio, ¡pude bajar el tiempo!“.

1419981_10204881906157532_61966272_n

Lagartrotters + Just Training + TriZone la cosa es que todos nos esperamos a todos. Aquí antes de la llegada del teacher.

Al terminar, me fui con ellas a esperar a los que faltaban. La verdad, desde que me quedaban como 5 km y sentía el calor aumentar en el ambiente, pensé: “Señor, acompañá a mis amigos; yo por lo menos ahorita termino pero ellos hacen 42. No los dejés solos”.

Así fue como el Señor escuchó esa oración, y gracias al esfuerzo enorme que cada uno de ellos hizo, pude ver escenas que me llevo en la retina para siempre.

Empecé por ver a Lorna Solano, la dulce Lorna, tan calladita y serena, la misma que a las 4 y 30 am estaba llorando de emoción porque iba a hacer maratón.  Pero esta Lorna que iba entrando a la meta venía transformada… qué digo… ¡transfigurada! Parecía que se avecinaba una locomotora. Lorna cerraba su maratón sin lágrimas, venía tan feliz, acelerando en la curva y levantando la mano en señal de victoria… ¡épica, Lorna! Una mujer súper fuerte, que hace natación, anda en bicicleta y corre, pero que con humildad se había fijado esta meta… increíble. Uno de los cierres más emotivos que recuerde.

Luego vi que venía Catalina Soto: Catalina, mi amiga, maestra de escuela, que corre con la alegría de una niña, también entró a buen paso, con el rostro aún lleno de bloqueador solar… al verla no lo dudé y  la seguí, iba a la par corriendo y la acompañé hasta la meta, diciéndole lo carga que es; allí entró triunfal esa muchacha, todos sus amigos le aplaudían y la esperaban. ¡Uno, cuando ve a alguien querido terminar una carrera, se emociona tanto! Yo la vi cruzar la meta y llevarse las manos al rostro. Bravo, Cata. Lo lograste. ¡Y en Tamarindo!

Aún faltaba ver entrar al profe y a Milena. El profe la acompañaba en esta carrera y ya comenzamos a inquietarnos. La temperatura – unos 33 grados -, la ausencia de aquella nube que nos había perdonado el calor a los de 30 km todo sumaba preocupación. Los esperábamos y veíamos pasar los minutos, ya con algo de angustia. Si esta maratón era difícil para los que la cerraron en 4 horas, lo sería aún más para los que tardaran en llegar.

Pero cuando por fin los vimos venir, fue precioso. Todos corrimos a acompañarlos, íbamos aplaudiéndoles, diciéndoles lo valientes que habían sido. Nosotros, este grupo grande, corrió detrás de ellos, los llevamos hasta la meta y a 50 metros de entrar, increíble, los dos aceleraron y cerraron como titanes. A pesar del sol, de maltrato acumulado, de esos músculos adoloridos, entraron y se abrazaron, y nosotros los aplaudimos de lejos.

Yo como buena llorona alguito de lágrimas solté (tal vez no muchas, porque ya había sudado toda el agua posible), y mientras caminaba para ir a cambiarme empecé a ver más gente, más maratonistas. El sol que nos castigaba a esa hora, quemándonos la espalda, me recordaba que ellos, los maratonistas de Tamarindo, eran más que espartanos, más que valientes. Me detuve cuando vi una familia fotografiarse todos juntos, alrededor de su corredor. Metiche que soy, no lo pude evitar.

– “Hey, muchacho, ¿usted hizo maratón?”

– “Sí…

– “¿Usted tiene idea de lo que acaba de hacer? ¡Usted es un grande!”

nosotros

Aquí yo de metiche con el maratonista de la gran sonrisa… Leonardo Esquivel. Es como para hacerle un monumento. ¡Bravissimo!

La familia le tomaba fotos; viendo el cuadro completo comprendí que el papá, el de la bici, le había dado agua en el recorrido, que la esposa y los otros que llevaban medalla al pecho, también habían corrido… una familia reunida alrededor de él, que con esa sonrisa triunfal no parecía que acabara de padecer 42 kilómetros.

Terminamos tomándonos esta foto juntos, y no me canso de decirle: Leonardo, ¡qué grande! Su doping fue su familia. Es ese apoyo, ese amor, lo que lo trajo hasta la meta. Si usted corrió esta maratón, no hay nada que no pueda lograr. Todo es posible. ¡Sépalo!

Finalmente recordé mis pequeños 10 minutos de diferencia. Le conté al profe, que ya estaba recuperándose. Ya habíamos llorado todos, ya nos habíamos abrazado y aún así me felicitó y se alegró conmigo.

Yo me alegro más por tanta valentía que vi que por mis 10 pequeños minutos. Al final, sí, esta humedad y este esfuerzo en ruta columpiada me sirven de enorme base para mi maratón, pero lo saben ustedes que corren: lo que hay que entrenar más es la cabeza, el espíritu, la mente, y yo me llevo la imagen de tantos valientes, que dudo de que haya cansancio que me pueda quitar las ganas de imitarlos, de ser un poquito como Milena, como el profe, como Lorna, como Cata, como Leonardo. Honor para ellos, y toda mi admiración. Su hazaña no se queda en Tamarindo, me la llevo conmigo.

 

Del Verrazano a Central Park (parte dos y final)


INGNYCM13_Course_Map_ForWeb-01… se acuerdan que les dije que en ese puente me siento enorme?

Ahí cayó el miedo. Cuando comencé a correr.

Recordemos que llevaba casi 3 semanas sin correr, luego del reposo al que me sometí por el amago de desgarre. Mi cuerpo comenzó a desplazarse, y me sentí absolutamente feliz. Qué rico correr otra vez. ¡Y aquí! Miré a la izquierda, el flamante helicóptero de NYPD, suspendido junto al puente, cuidándonos de cerca, y el horizonte con el perfil de la ciudad… ahhh. Ya yo no medía un metro 53.  Yo era enorme.

Una parte de mi cerebro comenzó a acordarse de 2011… “Nela estás pasando por segunda vez en tu vida por aquí”. Esto era lo que yo quería. ¡A esto vine!

El puente mide 1298 metros… y se disfruta cada centímetro. Al terminar, entramos a esa belleza llamada Brooklyn.

Iba sin dolor en la pierna – solo con una ligera sensación… cómo les digo… ¿como cuando uno tiene una parte del cuerpo que se golpeó hace días, pero que ya no duele? -. Mentalmente me envié la orden: “Disfrutá, no pensés en eso. Y usted, pierna: corra, no tenga miedo.”

Este año vi más público en las aceras. Tantos rótulos. Tantas caras felices. Sin embargo, procuré mantenerme en el medio de la calle porque si me acercaba a la acera, la inclinación de la calle me podría afectar la pierna izquierda que estaba cuidando. Pero lo reconozco: más de 3 veces me desvié a buscar las palmas de la gente. Te dan energía.

Se me salió el corazón al ver un rótulo que decía “GO CÉSAR!” con la bandera de Costa Rica. ¡César Lizano había pasado por aquí hace rato, con la élite! Igual grité como si el rótulo fuera para mí, dije “COSTA RICAAA” y me contestaron con gritos.

Merengue, bachata, rock, ¡no hay un palmo de Brooklyn sin música! Hasta vi un policía llevando el ritmo con el pie. Estaba feliz el bandido.

Agua, hidratante. Agua, hidratante. Yo iba puntual con mis gomitas – el gel me cae mal – y chequeando el tiempo, por supuesto.

Hay una cuesta… en Brooklyn… cómo decirlo. Es una calle preciosa, los árboles se unen en las copas y la gente casi te toca, tirados en media calle. Pero es una cuesta. Ugh. Dolió. No quise perder el pace pero me costó mucho ese ascenso.

Al pasar los puntos de 5, 10 y 15 kms me sentía bien. Pero una vez más, Brooklyn se me hizo eterno.

Hasta que llegué al puente Queensboro, sabiendo que después vendría Manhattan ¡la meta!

En ese puente, me pasó lo que no quería: sentirme mal.

Y cero que ver con la pierna. Sencillamente se me bajó la presión. Lo sentí. No sé qué pudo haber sido, pero honestamente el viento tan fuerte, tan frío, no me ayudó mucho. Me descompensé.

Y es que en ese puente, ¡todo es de subida! Uno sube y sube, y nunca parece que va a terminar… (curioso: en 2011 venía tan atarantada que nunca sentí cuestas. ¡Qué cosas!)

Pensé que antes de marearme más, lo prudente sería parar, comerme una Tricopilia de inmediato, y no trotar hasta no sentirme de nuevo en mis cinco sentidos.

No sé si fue un error, porque de veras me sentía mal, pero caminar en ese puente, con el golpe de frío que me llegaba, me salió caro después. Cuando quise arrancar otra vez, no pude.

Me salieron dolores que probablemente estaban ocultos mientras mi cuerpo estaba caliente y en movimiento.

¡¡¡No podía correr!!!

¿Cómo  *^)@!$·/&%  no iba a correr si ya estaba en Manhattan? ¿Cómo iba a echar a perder todo?

Peor aún:  ¿Marianella, quién viene a caminar a una maratón?

Creo que del colerón hasta me dio gastritis.

“Por qué me duele tanto TODO”

Yo sola me contesté. Me dije todo al mismo tiempo:

“Recordá lo que dijo el doctor, que básicamente te comiste el músculo. Estás corriendo a puro aire”.

“Y qué importa si te atrasás. ¿A vos te pagan por llegar en  “x” tiempo? Parecés tonta.”

“Si tenés que caminar CAMINÁS, PERO NO PARÁS CARAJO”

y más fuerte aún:

“UNO NO VIENE A ESTA MARATÓN A HACER CUCHARAS”

Caminé. Y bastante.

Me costó mucho aceptar que no estaba en mí obligar al cuerpo. Tenía que escucharlo y hacerle caso. Tocaba tragarme el ego y entender que el tiempo final iba a ser bastante distinto al que yo creí que haría.

Entonces, una vocecita en la Quinta Avenida me gritó: NELAAAAAAAAAA

¡La Majo!

La Majo me iba rastreando con el app de la maratón, y cuando la vi le dije:

“NECESITO SAL. No tengo gasolina”

No sé cómo hizo esa mujer, pero la Majo corrió y en cuestión de cien metros me volvió a gritar, y me dio dos sobrecitos de sal.

Se lo agradecí y le dije que me dolía todo. Pobre Majo, qué cara le habré hecho.

Pero luego de cambiar la actitud, pensé:

“Falta el Bronx”.

Entré al Bronx caminando – era un paso rapidillo, pero caminando -. Me acordé de cuánto me gusta este barrio. A muchos no les hace gracia pero yo lo adoro. Gospel, rap, hip hop…

Y en una esquina pasó lo que no me esperaba. (Presiento que solo los lectores de más de 30 entenderán lo que sigue…)

I hate myself for loving you

Can’t break free from the things that you do

Un grupo de rock de muchachas de pelo colorado, cantaban en la esquina… esa canción me gusta montones, y de inmediato la empecé a cantar. ¡Joan Jett es indispensable para correr! Me acerqué a la esquina donde ellas estaban tocando, como si la música me llamara.

Y en ese aceleroncito hacia la esquina… ahí mismo… troté.

“¡¡¡Ay juepucha… mejor la sigo!!!”

Y me monté en el trote de nuevo.

I want to walk, but I run back to you, that’s why

I hate myself for loving you

Troté. ¡No sin dolor, pero con ritmo otra vez!

“¡Agarrá impulso, dale dale!” me dije.

Ese trote en el Bronx fue el punto para volver a empezar a correr.

Cuando me di cuenta de que otra vez estaba corriendo, no pude disimular la contentera.

Se me quitó la amargazón de “tengo que caminar” y me alegré de que pude recuperar el paso… ¿cómo se llaman esas muchachas? No sé. Han de ser una banda de garaje, nunca entenderán lo que hicieron con esa canción. ¡Les debo el impulso!

El Bronx es tan cool.

Así pude bajar hacia Central Park, ¡pude correr otra vez! Dejé de ver el Garmin – “no pensés en el tiempo, necia” – y me dediqué a disfrutar las últimas 6 millas. Y qué millas.

Las millas donde vi a una muchacha italiana arrastrar una pierna, y avanzar con la otra. ¿Cara de dolor? No. Cara de valiente. “Sei bravissima!” le dije. Me sonrió. ¡Ella estaba disfrutando NY!

También fueron las millas en las que pensé en Rafa y su gente. ¡Estos kilómetros no son míos! ¡Son de #kilometroscontraelcáncer!  Uff. Qué honor.

Leí los carteles más divertidos – “RUN JANE! Hugh Jackman is at the finish line!”  “I bet this seemed like a good idea 4 months ago”

Y casi llegando Columbus Circle, el mejor cartel de todos:

ALL WALLS HAVE DOORS

Demonios que sí. Sobre todo los muros mentales. La música fue la puerta.

 A estas alturas iba absurdamente feliz. Cualquiera que me vio a esas alturas de la carrera, me vio cantar, me vio brincar. Como si fuera Mutai, grabándome en la mente los colores del otoño en los árboles, el ruido de la gente, que se oyen como un gol en la gradería de un estadio… y por fin, la entrada al parque.

Yo, que el año pasado vine a dar solo una vuelta, porque no hubo maratón, no podía entrar menos que feliz ahora. ¡Estaba repleto! Aquel banderín de 25 miles… ay ay.

La meta tenía dos líneas: una azul, y una amarilla – en recuerdo de Boston -. Me importó muy poco el cronómetro: entré corriendo feliz.

Bienvenida a mi tercera maratón.

Ahhhhhh. Qué bien se siente esto.

MEDALLAQuién sabe qué cara hice porque la señora que me puso la medalla me dijo… “Hey, great job sweetie!”  y yo le contesté “I know! I did it!”

Caminé hacia la salida, nos cobijaron con un poncho, y no sé cómo Majo me encontró ahí no más y me abrazó. ¡Mi salvavidas! Majo, te debo mucho.

Estoy segura de que de la cara de sufrimiento que vio cuando me dio la sal, a la cara de felicidad que se topó en el parque, había una gran diferencia.

Más tarde, me preguntó si estaba contenta o si me había decepcionado por haberme sentido mal y parado a caminar.

“¿Qué? ¿triste? ¡Jamás! ¡Yo estoy super feliz! Me siento muy bien. ¡En serio me siento super campeona!” le contesté. Porque hay que ser fuerte para terminar una maratón, eso lo sé, y eso no es poca cosa.

Cuando en la noche nos vimos con Rafa, Oscar, Julio y Carlos, los abracé muy fuerte. ¡Qué valientes! Los 5 con nuestras medallas, tan bien ganadas. Qué buenos kilómetros. Y en whatsapp…. la felicitación de Laura, ¡de nuevo, maratonista!

Soy una enamorada de la maratón porque en 42 kilómetros deja tantas lecciones. Cada maratonista es un poquito más viejo en la meta. Un viejillo sabio. Porque aprendió a domar cansancio, ego, dolor… en mi caso, además, me dio la lección de dejar de estar presionándome, y valorar el privilegio que tengo de hacer un deporte que quiero, como quiero, donde quiero.

¿Mediocre por no ponerme un tiempo? No. Uno debe adaptarse a sus circunstancias. Este no era el momento de ponerme tiempos. Mi entrenamiento fue distinto. Tuve que dedicarme más al trabajo, hacer muchos cambios, y entender que, como me dijo el Dr. Gálvez, no venía a hacer maravillas: más bien mucho logramos con la terapia, para que mi pierna estuviera apta para correr.

Para velocidades, tendré otra oportunidad.

Ah sí. ¡Porque yo quiero volver a correr otra! Esta ya pasó. Y es única, preciosa y perfecta con todo lo que me pasó. No la cambio.

Mi tercera maratón fue hermosa, y me siento distinta después de lo que viví. Me hizo humilde al dolor, me abrió los ojos. La vida se va en un soplo, no puedo despreciar ni siquiera los momentos que duelen. Me hubiera perdido todo lo que pasaba alrededor.

Y repito: una muchacha que hace 4 años no hacía deporte… hoy ya tiene tres maratones. ¡Tres! ¿Yo? Si yo pude… todo el que quiera y se entrene, podrá. 

Leí una cosa que resume lo que uno siente al ver hacia atrás lo que vive en 42 kms:

“Maratón: Te amo. Te odio. Dame más.”

Aquí estoy, 1.53 cm otra vez. Y comienzo entrenamiento en diciembre. ¡Por la cuarta!

parís

Gineth Soto: un consejo de altura


¿Qué sabe un alpinista de atletismo?

Mucho. En realidad sabe mucho de todo. Un alpinista tiene que aprender a arreglárselas solo o sola con ayuda tal vez de una cuchilla suiza, intuición y control.

Para correr una cuchilla no sirve, pero la constancia y la fuerza sí que son herramientas útiles, al escalar y al correr.

Gineth Soto lo sabe. Esta mujer menudita, de larga cabellera rubia y espíritu luchador lleva mucho más que una cuchilla en su morral. Por segunda vez – y estoy segura que, definitiva – cargará la bandera de Costa Rica para ponerla en la cima del monte Everest.

Esta mañana la conocí porque estuvo en el programa para una entrevista, y recordé haber leído en su página de facebook que suele correr para prepararse.

Gineth ha corrido dos maratones: San Francisco y San Diego, pero lo de ella es la altura, el aire helado de esas montañas famosas que solamente vemos en fotos: Kilimanjaro, Aconcagua, Elbrus, Kosciusko. El Chirripó ya es camino conocido para ella, lo ha subido seis veces.

Aproveché su visita al canal para que nos diera un consejo a los que ese 27 de marzo, justo el mismo día que ella inicia el ascenso a la cima del mundo, estaremos esperando la señal de salida para correr nuestra primera media maratón o maratón completa, en San José.

Creo que todos los deportes tienen cosas en común. El sacrificio, el dolor, y la lucha contra el cansancio por ejemplo. Para ir al Everest, Gineth ha entrenado haciendo caminatas en el Chirripó, también en el volcán Irazú, el Poás, los cerros Pico Blanco y de la Muerte. Ha pasado entre 6 y 8 horas caminando con su mochila, cargada con 30 y hasta 40 libras de equipo, para ir “acostumbrándose”. 

Aunque lo suyo no es correr ni lo mío escalar, nos parecemos en que tenemos una idea fija en la mente: y esa idea nos apasiona.

El 7 de marzo sale hacia Los Angeles, y de ahí hacia Kathmandú. Y así como le deseo suerte y buen término de la maratón a mis amigos que corren, espero que ella logre cruzar también esa meta tan difícil y desafiante, a 8.848 metros de altura. Así como me visualizo en la meta de la media maratón, feliz, entrando al Estadio, la veo a ella feliz, allá en la cima, con nuestra bandera.

“Start spreading the news…” leyendo y cantando para una maratón


Bueno, los 15 kms me dejaron tan motivada, tan feliz, que de inmediato comencé a pensar y a soñar que esta primera maratón podría ser mucho más que sufrimiento o dolor de pantorrillas. : ) Y como me sentí la Mujer Maravilla envuelta en clavo de olor, comencé a leer el domingo en internet todos los artículos posibles acerca de correr, maratones, NY, etc. Por ejemplo, ayer encontré enlaces lindísimos en el NYTimes, entre ellos un recorrido en imágenes de toda la ruta de la maratón. Fue genial encontrar este link, porque así uno se da la idea de por dónde pasa la carrera, qué tan monótono puede ser al inicio el recorrido, cuáles puentes se pasan, etc. Aquí les dejo el link, por si alguien se imagina que uno pasa saludando el Empire State, o algo parecido… nel pastel! Es increíble que el Times lograra meter en poco más de 3 minutos todo lo que uno verá en 42 kms.

http://www.nytimes.com/interactive/2009/10/30/sports/20091101-marathon-timelapse.html?ref=newyorkcitymarathon 

Luego encontré una página buenísima que se llama running.about.com , y de ahí me fui a Amazon a buscar libros sobre correr maratón. No compré ninguno todavía, pero sí encargué una copia del documental Spirit of the Marathon, que narra cómo cinco personas comunes y corrientes deciden correr la maratón de Chicago en el 2005. Este link me lo pasó Alejandro Matamoros, y se lo agradezco porque me atrapó: ojalá llegue rápido mi DVD. Aquí una parte del documental.

Y hoy recogí mi edición de Enero de la revista Running, una revista muy completa con todo lo que le interesa a un corredor experto y a uno novato. Trae una lista de las maratones 2011 que se correrán en Estados Unidos, cada una explicada en detalle. Esto es lo que dice sobre la maratón de Nueva York. Lo traduje para el blog:

“Si uno tiene la oportunidad de correr una sola maratón, tiene que ser Nueva York. Ninguna otra ciudad logra convertir mejor una carrera en un evento. Cada año, dos millones de personas y más de 130 bandas se alinean a lo largo del recorrido para apoyarte (y a otros 43 mil corredores). La atmósfera festiva inicia con fuegos artificiales  en Central Park la noche antes de la carrera, y continúa al día siguiente, al arranque, con  Frank Sinatra cantando“Start spreading the news…” El sonido del gospel se apodera de Brooklyn, y luego los gritos de la gente en First Avenue, y finalmente los “¡choca esos cinco!” de los niños en Harlem. De hecho, los corredores dicen que son los espectadores quienes los llevan durante la carrera, especialmente en las últimas millas de Central Park”.

Con sólo leerlo me emocioné tanto, y aunque esta canción no es mi preferida para pensar en Nueva York… era inevitable… ¡¡¡alguna vez la iba a poner por aquí!!! Frank… ¡you still rule! ; )

Comer bien, y más


Luego de una semana con un catarro espantoso que me tumbó y me dejó afónica, logré salir de la casa a hacer una visita muy muy importante. Me senté a conversar con Mario Carballo, nutricionista y entrenador personal, acerca de cómo cambiará de ahora en adelante mi manera de comer para enfrentar el entrenamiento hacia una maratón.

Con esos ojos azules tan sinceros, me lo dijo muy claro y muy contundente: “tiene que comer más”. Yo siempre he sido de comer poco, es decir, en pocas cantidades, pero yo sé lo que me quiso decir: comer más veces al día, comer mejor, reforzar la hidratación. No aflojar. Conversamos acerca de lo importante que es tener un entrenamiento constante en el que mi cuerpo vaya acostumbrándose al esfuerzo y cómo no se puede andar experimentando con tal o cual suplemento.

Con Mario Carballo, Nutricionista y Entrenador, en su consultorio Vida Óptima.

Yo reconozco que me cuesta mucho comer cuando no siento mucho apetito. O bueno, a veces por estar metida en tanta cosa a la vez, se me pasan los horarios o no encuentro el rato para planear las comidas. Pero el reto es muy grande y si quiero que mi cuerpo responda sin perder la salud, pues tengo que hacer caso. No es una opción. Lo tengo que hacer y lo quiero hacer bien.

Mario me recordó que la maratón es un esfuerzo “anormal”, digamos, una actividad “no saludable”, en el sentido de que exige algo salido de los límites del cuerpo, pero por supuesto que estamos mentalizados en que con tanta antelación, puedo ir preparándome mejor y lograrlo.

Luego de salir del consultorio de Mario, me quedé como media hora pensando en que aquí comienza el desafío, y en que aparte de su asesoría como experto en nutrición, quiero buscar entrenamiento para la mente. Claro que mis músculos necesitan entrenamiento, pero a juzgar por lo que me han dicho y lo que he leído, necesito preparar mi mente para lo que viene. Yo sé que a los 20 y tantos kilómetros es probable que ya quiera claudicar, pero necesito estar preparada para inyectarme de voluntad en ese momento, y cada vez que salga a entrenar, a hacer fondos, cuando haga demasiado frío para salir a correr, cuando no tenga ganas de comer o esté cansada.

Lo que me gusta de conversar con Mario es que él entiende que no se trata solamente de comida; es actitud, es salud, es el enfoque con que uno asume sus rutinas. Tampoco lo quiero defraudar a él, y espero que cuando llegue a la meta se sienta contento de haberme orientado bien para resistir, rendir y disfrutar de la maratón.

Por eso Mario llama a su consultorio “Vida óptima”. A eso aspiramos todos, ¿verdad? Gracias Mario, voy a comer más. Y mejor.