La uña, los recuerdos, y empezar de cero


ID_9384943-1

Cerrando, a 25 metros de la meta.

Me ha pasado varias veces desde el 17 de marzo. Estoy en cualquier sitio, viendo al vacío, sin pensar, y de repente me digo a mí misma: “o sea, ¿en serio ud. corrió una maratón?”.

Tengo flashbacks de ciertos tramos de la carrera, de la llegada, del frío, de pasar por ciertos lugares y asombrarme de ver tanta gente, como la Piazza del Popolo o la Fontana di Trevi… son como chispazos. No me cae el cuatro de lo que viví. O tal vez se me fue muy rápido todo y ahora solo tengo los recuerdos tangibles: la medalla, el bib, la camiseta, las fotos. Es increíble, ya pasó. Tengo tan vivos algunos momentos, sonidos,… pero luego me salgo de ese recuerdo y no comprendo cómo lo hice. Cómo fue posible.

Apenas terminé en Roma, me fui a pasear a casa de familia y amigos que tengo allá, con la mala suerte de que me resfrié como hace 3 años no me resfriaba. Seguro se me bajaron las defensas y sumémosle los aguaceros y el frío que había llevado la semana antes, y ahí estaba la gripe. Me quedé en cama un día y poco a poco me fui reponiendo. No corrí ni hice ejercicio esa semana.

Al llegar a Costa Rica me di cuenta de dos cosas: una, la maleta venía en otro vuelo; dos, tengo la uña del dedo índice del pie izquierdo completamente morada.

Eso en términos de corredor es parte de la rutina. Sucede, sobre todo al correr largas distancias. Por el golpeteo y la presión al correr, a veces se hacen como burbujas de sangre entre la piel y la uña y bueno, se pone morada, eventualmente se cae y sale otra uña. Así es. Es la primera vez que tengo una uña morada. Es… raro. Es como una cicatriz de guerra. Me siento orgullosa de la uña morada. Se ve fea pero ni modo. Es así.

Por lo demás, el aprendizaje post Roma ha sido enorme. Concluyo que rompí mis límites mentales al ir de menos a más, y no puedo negarlo, ya sueño con mejorar ese tiempo de 4 horas 34. O sea, si pude hacer una hora menos que en NY… ¡tiene que ser posible! Ya comencé a hacer números, toca sentarme a hablar con Alvaro a ver cómo mejorar con miras a noviembre.

Creo que esta vez sí logré correr sonriendo todo el camino. La foto de arriba, aunque no lo parezca, es el cierre de la maratón. No terminé deshecha, terminé fuerte y feliz. Y de nuevo quedé con esa sensación de que todo lo que uno se proponga tiene que salir bien, si trabaja por eso. Tantos fondos, tantas cuestas, la pista – ugh, la pista-. Todo sirvió. Todo salió bien. Como dijo Sako, “no es un milagro, es resultado del esfuerzo”.

El jueves, mientras salí a correr de nuevo -mi primera salida a correr post maratón y post resfrío – un señor así, muy de los nuestros, de pueblo, me vio pasar y me sonrió muy amable. Como contento de verme corriendo, me dijo en un tono paternal:

– “…qué! ¿Va cansada, negrita?”

Yo le sonreí y le dije “No señor, ¡todavía no!”.

Tengo 35 años, dos maratones, como 8 medias maratones y no sé cuántas carreras de 10 kms. Y no estoy cansada. A veces lo que lamento es no haber comenzado a correr más joven, pero sinceramente quedo con el deseo de ver qué puedo hacer mejor, qué hice bien que pueda repetir. Qué se puede alcanzar. Y lo mejor es que ese aprendizaje se traslada a la vida. Te reta a pensar qué podés hacer para vivir mejor, ser mejor en el trabajo, mejor con la gente. Uno se siente capaz de hacer más.

Hace varios meses me inscribí para dos medias maratones muy especiales; la primera es la de Quepos, el 20 de abril, primera edición. Nunca he corrido ahí y no tengo idea de qué esperar. ¡Lo cual es buenísimo! – adoro las sorpresas y como dice Alvaro, no hay que autodeterminarse -.

Y la segunda es una de las paradas de las famosas Rock and Roll Marathon Series. Es la de San Diego, California. No conozco el lugar pero al menos tres amigos han corrido allí y les encantó. Yo en una corazonada, entré al sitio web y pum, me anoté. 21 kms el 2 de junio en California.

De hecho, lo que tengo a la vista son puras “medias”: Quepos, San Diego, y Correcaminos (vuelve la mula al trigo); luego en agosto los 21 de Powerade, en setiembre los 30 kms en Tamarindo, y la reposición de NY en noviembre, 42 kms sin huracán esta vez.

Este lunes comienzo de cero.

Cada vez que se acaba una maratón se comienza de nuevo de cero, y ahora que miro atrás y recuerdo cada instante de la maratón de Roma, me hace tanta falta y siento que se me fue tan rápido, se me escurrió entre los dedos… las cuatro horas y media más lindas que mi memoria tiene a mano. Y ya no están. Ya pasaron. Yo lo llamo “goma maratonera”. Añoranza de algo que te hizo muy, muy feliz.

Las competencias, de la distancia que sean, no son las que hace que uno se gane una medalla: es esa alarma que sonará mañana a las 4 pasadas, es volver a entrenar en la Sabana cuando la gente normal está durmiendo. Las maratones se ganan, se construyen y se sufren en los entrenamientos. El evento, el gran día, la gran fiesta, es sólo el premio a lo que nadie vio. Por eso sabe tan rico. Por eso se siente bonito.

Y será muy cursi, pero estoy feliz de alistar otra vez mis cosas y poner la alarma. Mañana comienzo otra vez. Porque para correr 42 kms en donde sea, hay que hacer la tarea antes y esa se hace entrenando. No hay de otra.

ID_9397574

Las palabras no son suficientes


La transmisión televisiva de la competencia, aquí está. Creo que con las imágenes de la salida queda más claro lo imponente que es la ciudad… desde el Coliseo, el Altar de la Patria, todo. Lo que pasa es que ver correr a los etíopes le acelera a uno el pulso. De las 2 horas 08 en adelante ven el cierre de Negari, desde la cuesta que les contaba hasta la meta. 2horas 7 minutos 56 segundos, con Nessun Dorma de fondo. Vale la pena verlo.

Buongiorno, maratoneta!


frametasticNingún corredor me puede decir que no le ha pasado por la cabeza la frase:

“¿Qué hago yo aquí?”

Yo lo pensé cuando me vi bajando las gradas, de la Via Gregorio hacia el Coliseo. Esta cara del Coliseo casi nunca se la veo porque uno entra del otro lado. Ahora estaba viendo la placa que dice Anfiteatro Flavio. Dios mío, voy en fila con un montón de gente hacia la salida… Qué hago aquí. Estoy chiflada.
Llegamos al corral, y de ahí, a la partenza. Ya había dejado el salveque con la ropa limpia en un camión numerado.
Conocí un par de gemelos holandeses que venían a correr uno su primera maraton, el otro, la sexta. Detrás de mí unos franceses, delante de mí, todos italianos. Podría decir que el corredor promedio en esta maratón tiene 40 años, es flaco y canoso. Yo era la rara, la chiquitilla con una corona de olivo en la cabeza.
A las 9:30 am comenzamos a movernos, y cuando los vi a todos tirar sus abrigos, supe que a partir de este momento y las próximas casi cinco horas, mis piernas no iban a dejar de moverse.
Mi tiempo meta era 4 horas 50 minutos. Lo importante es llegar, pero considerando que en NY había hecho cinco horas y media, mejorar también era importante y no me permitiría durar más de 5 horas esta vez.
En los parlantes, la música de Gladiador,  y en la línea de salida, unos soldados romanos vestidos a la antigua. ¡Qué emoción pasar frente al Vittorio Emanuele y ver una banda de policías, guapos y uniformados, tocando el himno italiano! Qué vacilón pasar frente a la bocca della verità, y salir de los muros de la ciudad hacia una Roma que no conocía.
Los primeros 10 kms fueron bastante buenos, a pace, muy concentrada y muy contenta porque no me dolían las piernas. Luego de los 15 aceleré un poco, pero me dije “chavala no festeje tanto porque le faltan 27 y eso es un montón.” De nuevo me encomendé a Padre Pío que siempre anduvo conmigo. Me lo imagino con todo y hábito capuchino pero en tennis, al lado mío y haciéndome trompas porque para todo lo invoco.
Muchos me felicitaban en el camino por la coronita de olivo,“sei la più carina” me dijo un señor; otra muchacha me dijo que le gustaba el accesorio,  y un grupo de señores de una asociación de atletismo me pasaron a la par y me dijeron “¡Ave!”, muertos de risa.
Se me empezó a hacer lejano el km 20 y recordé a mi amiga Priscilla que ese mismo día corría su media maratón en NY, entonces me dije a mí misma: “Vas con Pri hasta los 21, dale, hasta los 21 vas con ella”.
Y así fue porque justo a los 21 me despedí mentalmente de Priscilla y pensé, “ahora ¿con quién vas a correr?”.
Mi pace era más rápido que al inicio. Yo sabía que eso no estaba bien porque auno se le puede caer el piano a la mitad, pero si iba a ese paso era porque en serio me sentía muy bien. De hecho quise pegármele al grupo de pacers de 4 horas 45 y no sé cómo, les pasé. Ellos iban vestidos de angelitos – ¿?-  y estuve con ese grupo unos minutos, pero cuando me di cuenta los había dejado atrás.
Es que si uno se siente bien y puede sostener ese paso, hay que seguir. No me dolía nada. Pensé que seguro la cantidad tan abundante y sabrosa de pastas que había comido en la semana había funcionado de verdad, porque me acercaba a los 30 kms sin trazas de desgaste o falta de energía.
Luego vi el rótulo de los 30 kms y me emocioné pensando que en tan solo 12 estaría en la meta. “Pero una maratón no son dos medias” dijo Anyo una vez, y supe que tenía que concentrarme mucho y poner la actitud más fuerte de los 30 a los 40 kms.
Iba muy contenta porque seguía pasándole a muchos corredores que a estas alturas ya iban caminando. Es la parte más dura de la maratón, es donde se nos acaba el glucógeno, nos topamos el temido muro y nos comienza a pesar lo corrido.
Cerca de los 32 un señor me comenzó a hablar. Tengo que decir que los italianos no paran de hablar mientras corren. No sé como hacen, de verdad, pero van sonrientes, van conversando de todo – calcio, política, el Papa Francesco, de todo -. El señor iba a un super paso y me contó que esta maratón era para celebrar sus 60 años. Qué carga. Luego se disparó y no lo vi más.
Pronto estuvimos en el kilómetro 37 y comenzó a llover. Otra vez le jalé la sotana a Padre Pío y le dije que porfa, porfa hiciera lo que fuera pero correr el final sobre sampietrini mojados, sería demasiado. Pronto se acabó la llovizna.
Los organizadores de esta maratón son muy inteligentes porque los kilómetros más duros y más difíciles coinciden con la entrada a la ciudad y los sitios más hermosos. Era como de película pasar en medio de la Piazza Navona,…frente a la barchetta de la Piazza di Spagna, y aunque llevaba una moneda lista para echarla a la Fontana di Trevi, la cantidad de gente impidió que lo intentara. Pasamos soplados.
Mi pettorale o bib number llevaba mi nombre y la bandera. En NY les costaba mucho leer mi nombre, pero aquí lo gritaban con muchas ganas y lo pronunciaban bien. Esos aplausos y el Bravaaaa Marianelaaaaaaa los llevaré grabados en mi cabeza siempre. No paré de correr y cada vez que escuché esos gritos, le di más fuerte. Più che puoi, me habían dicho.
Tenía aire pero ya en el km 38 se me estaba acabando la fuerza en las piernas, pero no hay razón para aflojar. “Entre más rápido corra, más rápido llega: póngale”.
Nunca se me va a olvidar que en la última vuelta hacia la Via del Corso pasamos por una callecita estrechísima que olía a pan, a pizza, a todo. Había gente comiendo en las mesas, ¡y uno ahí…!
Lo ingrato de leer “ultimo kilometro” era ver que a había que subir una cuesta y darle vuelta al Coliseo por detrás. ¡Una cuesta! Escuché clarito a Alvaro en mi cabeza diciendo “suba a puro braceo” y así subí rápido. Me puse a llorar como estúpida de la emoción, estaba a 200 metros de la meta. Me sequé las lágrimas y entré sonriendo, con aquellos soldados romanos a los lados gritando “Salveeee..”
Y así, rapidísimo, muy rápido, se me fue la maratón.
Llevé a grabar la medalla, que es preciosa, es… ¡bellísima! Y cuando me la dieron ya grabada con el nombre y el tiempo del chip caí en cuenta de lo que había hecho.
Venía por 4 horas 50. Quería hacer 4:45. Pero hice mi maratón en 4 horas 34 minutos. Me felicité mucho, mucho mucho. Logré ir de menos a más y acelerar donde la gente se cansa. Entré a la meta corriendo, corriendo con ganas. Fui fuerte. Mejoré casi una hora en comparación a NY. ¡Qué felicidad! ¡No soy una rala!
Crucé la calle y pedí una cioccolata calda que me cayó deliciosa.
Ahora quisiera ver a esa señora de la feria y decirle que sí corrí tanto como pude, ¡y cuando no pude, también!
Hoy es lunes y sigo llorando a ratos. Tengo tan fresquito cada paso, cada kilómetro, la sonrisa y los saludos y la habladera de los italianos, que te van felicitando y te preguntan come ti senti? Stai bene?
La maratón de Roma resultó hermosa, palmo a palmo. Tan sorprendente el público, tan motivadores los otros corredores. Un día digno de un imperio que tuvo momentos gloriosos y de una ciudad que todavía es imponente.
Aunque mi maratón de NY del 2011 fue linda por ser la primera, esta es con la que verdaderamente me siento corredora, esta es con la que ya puedo decir que soy maratonista. Lo soy.
Amo las distancias largas, seguir y seguir corriendo, y como decía Damaris Wesson, “sin ver al suelo, viendo hacia arriba, viendo todo lo que hay que ver.”
Esta vez mi nombre sí salió en el periódico, porque el Corrierre dello Sport sí publica la lista de todos los que corrieron – hasta el que llegó de último -. Curiosamente de los 12 mil inscritos, solo diez mil llegaron a la meta. Yo fui una.
No fui la más rápida, pero fui valiente.
Tengo unas ganas enormes de regresar a CR y enseñarle a Alvaro mi medalla. Qué entrenador tan bueno tenemos, ¡es un estratega sensacional! Y aunque todavía no levanto los talones tanto como él quisiera, creo que él ya sabe qué esperar de mí. Ahora podemos planear y soñar un tiempo mejor en noviembre, cuando regrese a reconciliarme con NY.
Me subí en el metro para ir a caminar un poco y ando la medalla en el pecho, con tanto orgullo, porque ya soy maratonista, es más, soy maratoneta.
GRACIAS
  • A los amigos con los que corro, que se llaman ChiRunners, porque compartimos tanto y nos aceptamos así, casi en pijamas en el frío de la Sabana, sudados y cansados. Quien diga que uno se vuelve antisocial cuando corre, no nos conoce  :D
  • Por los masajes en Kinetic – gracias Kat y Vero por dejarme dormir siempre un rato más.
  • Por los consejos de Laura Wesson, la mejor nutricionista ¡que también corre y hace cross fit!
  • A Ernesto “Lobito” Fonseca, porque es mi amigo y conocerlo marcó mi vida de la forma más chiva y valiente del mundo. Lo pensé mucho de los 30 a los 40 kms porque necesitaba pensar en campeones. Y él es uno. Es un gladiador. Hace 2 años me dijo “diay si lo hace, hágalo en serio“.  Yo le hice caso.
  • Y a mi familia que aunque no entiendan muy bien la vaina de los 42 kms, me quieren con mi chochera de correr.

No es correr por correr


He tenido un eterno enamoramiento con Italia. Culpa de mi mamá, que estuvo a punto de cruzar el charco y hacer vida allá, y que cultivó un amor por ese país de la mano de su profesora Teresita Rímolo.

La historia es larga – no la voy a contar completa, tranquilos -. En 2007 celebré mis 30 viajando sola, un mes, sin más que un mapa y una libreta de direcciones de desconocidos, a la bota del Mediterráneo. Los días más calientes del verano, la emoción de entrar al Coliseo, sentirlo, olerlo como si hubiéramos estado juntos hace siglos… practicar mi entonces pobre italiano y asombrarme a cada paso con la ciudad eterna. Regresé ese mismo año, en noviembre, cuando gané una beca de la Dante Alighieri, y han pasado ya 5 años de extrañar los gelatos, la pasta, la intensidad de los italianos discutiendo con vehemencia en la calle, ¡todo, todo lo extraño y todo lo disfruté tanto…!

En 2007 no corría, como decimos, ni las cortinas. ¡Nada! Caminé Italia de arriba a abajo con unos crocs espantosos, pero ni pensaba en correr. El año pasado me pregunté “¿habrá una maratón en Roma?” y sí, la había y sin darle mucha cabeza me inscribí.

Y ahora estoy a dos meses y medio de recorrer esas calles adoquinadas, de pasar a un lado de la Fontana di Trevi no tomando fotos sino corriendo. ¡Corriendo!

La maratón de Roma no es la más concurrida, ni la más famosa, ni tampoco la más entusiasta del mundo. Aquí no están las multitudes neoyorquinas gritándote que no parés, que ya casi llegás. El recorrido es rudo. De hecho, aunque pasés por el Vaticano y por tantos sitios hermosos, correr sobre adoquines es pesado. Pero es Roma. La maratón comienza y termina en el Coliseo, para qué decir más. Los eternos enamorados del Imperio sencillamente nos sentimos fascinados con el hecho de estar un poquito más cerca del César, de los gladiadores, de la historia.

La maratón de Roma es categoría Gold Race según la IAAF, es decir, para los corredores élite representa una de las carreras más importantes. Para mí, que no soy ni élite ni lo seré jamás, representa regresar a una ciudad donde viví los mejores días de un verano italiano, sola, caminando como si recordara una vida anterior. No exagero.

roma2Pomencé a leer varios libros: retomé Imperium de Robert Harris; y este “Roma: de la República al Imperio“, que me tiene atrapada. Hay que saber por qué calles estás corriendo, digo yo.

Para acabar de hacerla, los productores del maravilloso documental “The Spirit of the Marathon”, rodaron el año pasado la segunda parte justo ahí, en la maratón de Roma. El estreno no ha sido programado todavía, no han terminado la edición, pero díganme si viendo esto no sienten un deseo de correr hasta allá, en esa ciudad eterna… yo cuento los días, y dado que tengo tanto kilometraje acumulado desde noviembre, el corazón se me acelera mucho mucho más.