Del Verrazano a Central Park (parte dos y final)


INGNYCM13_Course_Map_ForWeb-01… se acuerdan que les dije que en ese puente me siento enorme?

Ahí cayó el miedo. Cuando comencé a correr.

Recordemos que llevaba casi 3 semanas sin correr, luego del reposo al que me sometí por el amago de desgarre. Mi cuerpo comenzó a desplazarse, y me sentí absolutamente feliz. Qué rico correr otra vez. ¡Y aquí! Miré a la izquierda, el flamante helicóptero de NYPD, suspendido junto al puente, cuidándonos de cerca, y el horizonte con el perfil de la ciudad… ahhh. Ya yo no medía un metro 53.  Yo era enorme.

Una parte de mi cerebro comenzó a acordarse de 2011… “Nela estás pasando por segunda vez en tu vida por aquí”. Esto era lo que yo quería. ¡A esto vine!

El puente mide 1298 metros… y se disfruta cada centímetro. Al terminar, entramos a esa belleza llamada Brooklyn.

Iba sin dolor en la pierna – solo con una ligera sensación… cómo les digo… ¿como cuando uno tiene una parte del cuerpo que se golpeó hace días, pero que ya no duele? -. Mentalmente me envié la orden: “Disfrutá, no pensés en eso. Y usted, pierna: corra, no tenga miedo.”

Este año vi más público en las aceras. Tantos rótulos. Tantas caras felices. Sin embargo, procuré mantenerme en el medio de la calle porque si me acercaba a la acera, la inclinación de la calle me podría afectar la pierna izquierda que estaba cuidando. Pero lo reconozco: más de 3 veces me desvié a buscar las palmas de la gente. Te dan energía.

Se me salió el corazón al ver un rótulo que decía “GO CÉSAR!” con la bandera de Costa Rica. ¡César Lizano había pasado por aquí hace rato, con la élite! Igual grité como si el rótulo fuera para mí, dije “COSTA RICAAA” y me contestaron con gritos.

Merengue, bachata, rock, ¡no hay un palmo de Brooklyn sin música! Hasta vi un policía llevando el ritmo con el pie. Estaba feliz el bandido.

Agua, hidratante. Agua, hidratante. Yo iba puntual con mis gomitas – el gel me cae mal – y chequeando el tiempo, por supuesto.

Hay una cuesta… en Brooklyn… cómo decirlo. Es una calle preciosa, los árboles se unen en las copas y la gente casi te toca, tirados en media calle. Pero es una cuesta. Ugh. Dolió. No quise perder el pace pero me costó mucho ese ascenso.

Al pasar los puntos de 5, 10 y 15 kms me sentía bien. Pero una vez más, Brooklyn se me hizo eterno.

Hasta que llegué al puente Queensboro, sabiendo que después vendría Manhattan ¡la meta!

En ese puente, me pasó lo que no quería: sentirme mal.

Y cero que ver con la pierna. Sencillamente se me bajó la presión. Lo sentí. No sé qué pudo haber sido, pero honestamente el viento tan fuerte, tan frío, no me ayudó mucho. Me descompensé.

Y es que en ese puente, ¡todo es de subida! Uno sube y sube, y nunca parece que va a terminar… (curioso: en 2011 venía tan atarantada que nunca sentí cuestas. ¡Qué cosas!)

Pensé que antes de marearme más, lo prudente sería parar, comerme una Tricopilia de inmediato, y no trotar hasta no sentirme de nuevo en mis cinco sentidos.

No sé si fue un error, porque de veras me sentía mal, pero caminar en ese puente, con el golpe de frío que me llegaba, me salió caro después. Cuando quise arrancar otra vez, no pude.

Me salieron dolores que probablemente estaban ocultos mientras mi cuerpo estaba caliente y en movimiento.

¡¡¡No podía correr!!!

¿Cómo  *^)@!$·/&%  no iba a correr si ya estaba en Manhattan? ¿Cómo iba a echar a perder todo?

Peor aún:  ¿Marianella, quién viene a caminar a una maratón?

Creo que del colerón hasta me dio gastritis.

“Por qué me duele tanto TODO”

Yo sola me contesté. Me dije todo al mismo tiempo:

“Recordá lo que dijo el doctor, que básicamente te comiste el músculo. Estás corriendo a puro aire”.

“Y qué importa si te atrasás. ¿A vos te pagan por llegar en  “x” tiempo? Parecés tonta.”

“Si tenés que caminar CAMINÁS, PERO NO PARÁS CARAJO”

y más fuerte aún:

“UNO NO VIENE A ESTA MARATÓN A HACER CUCHARAS”

Caminé. Y bastante.

Me costó mucho aceptar que no estaba en mí obligar al cuerpo. Tenía que escucharlo y hacerle caso. Tocaba tragarme el ego y entender que el tiempo final iba a ser bastante distinto al que yo creí que haría.

Entonces, una vocecita en la Quinta Avenida me gritó: NELAAAAAAAAAA

¡La Majo!

La Majo me iba rastreando con el app de la maratón, y cuando la vi le dije:

“NECESITO SAL. No tengo gasolina”

No sé cómo hizo esa mujer, pero la Majo corrió y en cuestión de cien metros me volvió a gritar, y me dio dos sobrecitos de sal.

Se lo agradecí y le dije que me dolía todo. Pobre Majo, qué cara le habré hecho.

Pero luego de cambiar la actitud, pensé:

“Falta el Bronx”.

Entré al Bronx caminando – era un paso rapidillo, pero caminando -. Me acordé de cuánto me gusta este barrio. A muchos no les hace gracia pero yo lo adoro. Gospel, rap, hip hop…

Y en una esquina pasó lo que no me esperaba. (Presiento que solo los lectores de más de 30 entenderán lo que sigue…)

I hate myself for loving you

Can’t break free from the things that you do

Un grupo de rock de muchachas de pelo colorado, cantaban en la esquina… esa canción me gusta montones, y de inmediato la empecé a cantar. ¡Joan Jett es indispensable para correr! Me acerqué a la esquina donde ellas estaban tocando, como si la música me llamara.

Y en ese aceleroncito hacia la esquina… ahí mismo… troté.

“¡¡¡Ay juepucha… mejor la sigo!!!”

Y me monté en el trote de nuevo.

I want to walk, but I run back to you, that’s why

I hate myself for loving you

Troté. ¡No sin dolor, pero con ritmo otra vez!

“¡Agarrá impulso, dale dale!” me dije.

Ese trote en el Bronx fue el punto para volver a empezar a correr.

Cuando me di cuenta de que otra vez estaba corriendo, no pude disimular la contentera.

Se me quitó la amargazón de “tengo que caminar” y me alegré de que pude recuperar el paso… ¿cómo se llaman esas muchachas? No sé. Han de ser una banda de garaje, nunca entenderán lo que hicieron con esa canción. ¡Les debo el impulso!

El Bronx es tan cool.

Así pude bajar hacia Central Park, ¡pude correr otra vez! Dejé de ver el Garmin – “no pensés en el tiempo, necia” – y me dediqué a disfrutar las últimas 6 millas. Y qué millas.

Las millas donde vi a una muchacha italiana arrastrar una pierna, y avanzar con la otra. ¿Cara de dolor? No. Cara de valiente. “Sei bravissima!” le dije. Me sonrió. ¡Ella estaba disfrutando NY!

También fueron las millas en las que pensé en Rafa y su gente. ¡Estos kilómetros no son míos! ¡Son de #kilometroscontraelcáncer!  Uff. Qué honor.

Leí los carteles más divertidos – “RUN JANE! Hugh Jackman is at the finish line!”  “I bet this seemed like a good idea 4 months ago”

Y casi llegando Columbus Circle, el mejor cartel de todos:

ALL WALLS HAVE DOORS

Demonios que sí. Sobre todo los muros mentales. La música fue la puerta.

 A estas alturas iba absurdamente feliz. Cualquiera que me vio a esas alturas de la carrera, me vio cantar, me vio brincar. Como si fuera Mutai, grabándome en la mente los colores del otoño en los árboles, el ruido de la gente, que se oyen como un gol en la gradería de un estadio… y por fin, la entrada al parque.

Yo, que el año pasado vine a dar solo una vuelta, porque no hubo maratón, no podía entrar menos que feliz ahora. ¡Estaba repleto! Aquel banderín de 25 miles… ay ay.

La meta tenía dos líneas: una azul, y una amarilla – en recuerdo de Boston -. Me importó muy poco el cronómetro: entré corriendo feliz.

Bienvenida a mi tercera maratón.

Ahhhhhh. Qué bien se siente esto.

MEDALLAQuién sabe qué cara hice porque la señora que me puso la medalla me dijo… “Hey, great job sweetie!”  y yo le contesté “I know! I did it!”

Caminé hacia la salida, nos cobijaron con un poncho, y no sé cómo Majo me encontró ahí no más y me abrazó. ¡Mi salvavidas! Majo, te debo mucho.

Estoy segura de que de la cara de sufrimiento que vio cuando me dio la sal, a la cara de felicidad que se topó en el parque, había una gran diferencia.

Más tarde, me preguntó si estaba contenta o si me había decepcionado por haberme sentido mal y parado a caminar.

“¿Qué? ¿triste? ¡Jamás! ¡Yo estoy super feliz! Me siento muy bien. ¡En serio me siento super campeona!” le contesté. Porque hay que ser fuerte para terminar una maratón, eso lo sé, y eso no es poca cosa.

Cuando en la noche nos vimos con Rafa, Oscar, Julio y Carlos, los abracé muy fuerte. ¡Qué valientes! Los 5 con nuestras medallas, tan bien ganadas. Qué buenos kilómetros. Y en whatsapp…. la felicitación de Laura, ¡de nuevo, maratonista!

Soy una enamorada de la maratón porque en 42 kilómetros deja tantas lecciones. Cada maratonista es un poquito más viejo en la meta. Un viejillo sabio. Porque aprendió a domar cansancio, ego, dolor… en mi caso, además, me dio la lección de dejar de estar presionándome, y valorar el privilegio que tengo de hacer un deporte que quiero, como quiero, donde quiero.

¿Mediocre por no ponerme un tiempo? No. Uno debe adaptarse a sus circunstancias. Este no era el momento de ponerme tiempos. Mi entrenamiento fue distinto. Tuve que dedicarme más al trabajo, hacer muchos cambios, y entender que, como me dijo el Dr. Gálvez, no venía a hacer maravillas: más bien mucho logramos con la terapia, para que mi pierna estuviera apta para correr.

Para velocidades, tendré otra oportunidad.

Ah sí. ¡Porque yo quiero volver a correr otra! Esta ya pasó. Y es única, preciosa y perfecta con todo lo que me pasó. No la cambio.

Mi tercera maratón fue hermosa, y me siento distinta después de lo que viví. Me hizo humilde al dolor, me abrió los ojos. La vida se va en un soplo, no puedo despreciar ni siquiera los momentos que duelen. Me hubiera perdido todo lo que pasaba alrededor.

Y repito: una muchacha que hace 4 años no hacía deporte… hoy ya tiene tres maratones. ¡Tres! ¿Yo? Si yo pude… todo el que quiera y se entrene, podrá. 

Leí una cosa que resume lo que uno siente al ver hacia atrás lo que vive en 42 kms:

“Maratón: Te amo. Te odio. Dame más.”

Aquí estoy, 1.53 cm otra vez. Y comienzo entrenamiento en diciembre. ¡Por la cuarta!

parís

Cumplir sueños es contagioso


Debía la explicación de mi “muro” del fondo madre: para ser breve, dolor de pantorrillas en el km. 30. Y eso no fue lo que me molestó, sino que me volví con un tono muy seguro y le dije al profe “tranquilo profe, creo que con 30 está bueno…”. ¡Esa no soy yo! ¿Qué fue eso? Con esos ojillos que le hace a uno cuando se enoja, me volvió a ver, aplaudió 2 veces, y siguió trotando. Yo lo seguí.  A regañadientes, lo seguí y pensé “si me fijo cuánto falta, me desmotivo: mejor le veo los pies al profe“. Y viéndole los pies, tap tap tap llegamos a la curva y de ahí, a la derecha, tuve un segundo aire.

Ese segundo aire me permitió llegar a completar los 36 kms. Ah, porque además, no fueron 35:  “es un poquitico más, después de la cuesta“… ¿Qué? Bueno diay, ya iba en el segundo aire y no arrugué la cara, pero sí sentí muchas ganas de llorar al terminar, y aún no entiendo qué me pasó, por qué a los 30 me puse vagabunda y “lo iba a dejar así“. Qué irresponsable más grande. Me desconozco. ¿Cómo iba a hacer menos de lo que HAY QUE hacer? Para mí, fue un muro mental y me avergüenzo de haber siquiera pensado en parar.

Y bueno, escribo hoy domingo porque desde temprano muchos de mis amigos corrieron en Chicago. Ver su emoción, ver a Kimetto y a Jeptoo llegar a la meta, me hizo reaccionar: Marianella, usted va a hacer su tercera maratón en 20 días. Jesús.

Creo que del video del post anterior lo que más me gustaba era la parte donde decía que la fuerza más poderosa contra la que uno lucha en la maratón es la inseguridad. El día antes del fondo, Priscilla y Marcela me dijeron “No tenga miedo, ya usted es maratonista, ya lo ha hecho dos veces” pero eso no me quitaba el susto. Por Dios, 35 kms. Por Dios, ahora son 42.

La distancia sigue siendo inmensa y poderosa; admiro mucho a los ultramaratonistas porque sinceramente no me cabe en la mente correr más de 42 kilómetros, pero ahora, a 20 días de esa tercera maratón, tampoco me explico cómo lo hice las dos veces anteriores.

picstitchEl factor NY, es decir, la emoción, la belleza de la ciudad, estar de vuelta ya sin tormenta (espero), escuchar a Sinatra a la salida y saludar a muchos latinos en Brooklyn, la vueltita de Columbus Circle… todo eso, no hace lo que hace el gel, el agua, los gatorades; ¡hace mucho más! Yo creo que el poder vencer la distancia uno solo se lo explica por dos razones, una por supuesto es el entrenamiento, y la otra, esa: la emoción.

Puse esta la foto de estos tres BIB´s porque han sido tres momentos en que esa inseguridad se puso a prueba: el anaranjado, el de la primera maratón, porque ni siquiera me imaginaba a lo que me estaba enfrentando y aún así, lo logré. El segundo, el que aún está en la bolsa, porque aunque iba segura de hacer una buena maratón, no pude: la cancelaron. Pero eso no me quitó la alegría de correr y la certeza de que iba preparada. Y el tercero, que lo usé el 17 de marzo en Roma, los 42 kms más felices de mi vida, que los terminé más contenta que nunca, sin dolores y haciendo un buen tiempo, segurísima de que tenía la fuerza.

No sé si ahora lograré un buen tiempo, no sé nada. Supongo que la inseguridad que me asaltó al km 30 la tendré que disimular con emociones en NY. Pero de esos momentos está hecha la vida. Cuántas veces uno dice “en qué me metí“, pero ni modo, lo tiene que hacer.

Hoy 384 ticos corrieron en Chicago y a esta hora su mente sigue llena de imágenes; sus piernas están cansadas pero no les importa, porque aunque digan que “todo mundo corre” ellos saben que son pocos en el planeta los que pueden levantar la mano y llamarse maratonistas.

No sé si todos cumplieron su tiempo meta, pero sí deberían felicitarse porque no se volvieron “puro cuento“. Hay quienes dicen “yo quiero hacer tal cosa…” pero se quedan en el camino. “Me gustaría hacer tal otra...” y ni siquiera lo intentan.

Todo el que cruzó la meta hoy en Chicago pasó de soñador a hacedor, y hasta donde yo sé, esa es la única manera de cumplir un sueño:  hacer lo que hay que hacer. A nadie le van a tocar la puerta para llevarle el título de maratonista. Hay que ir por él a la meta.

Es contagiosa esa plenitud que ellos irradian hoy, y comienzo a contrarrestar cualquier amago de inseguridad con el convencimiento de que quiero ir por ese BIB de 2013, esta vez, usarlo, gastarlo, arrugarlo por las calles de NY. Quiero correr mi tercera maratón, y olvidarme de cualquier pero, grande o chiquito que exista.

Cumplir sueños es contagioso. Sé que con lo que ellos hicieron hoy, están naciendo muchos futuros maratonistas que se antojaron de lograrlo ellos también. Bendita moda ¿verdad?

Confieso que hoy comencé a empacar. Voy por la tercera. Carambas. 

Nota: No hay meta pequeña. Felicidades a mi amigo Alonso, que hoy corrió su primera carrera de 8 kms en San José. : ) Uno más que no es puro cuento. Es pura voluntad.

Koki, los Chi y San Juan


Un recorrido desafiante, una mañana soleada – ¡tal vez demasiado soleada! -, un grupo organizado de amigos y un conejo de lujo: mi carrera San Juan nunca se me va a olvidar, aún no sé si será la primera y la única; o si el otro año me animaré a repetirla. Pero es inolvidable.

Alfredo, Becky, Vicky, don George – sí, ¡está de vuelta! – y Memo, listos en el puesto Chi de asistencia.

Mi grupo, los ChiRunners, organizó varios puestos de asistencia, que se convierten en estaciones, casi oasis, de porras, agüita, Gatorade y ánimos.

Hicimos un pequeño grupo que correría más o menos al mismo pace, capitaneado por el Chi Runner más experimentado: “Koki” Bonilla, que con sus 60 años y decenas de maratones a cuestas, así como una condición física envidiable, se echó al hombro esa responsabilidad de ser nuestro “conejo”, marcarnos un paso y no dejarnos en todo el recorrido. Lo cumplió, y con creces.

Antes de las 7 am nos recibió la neblina y el frío de Ochomogo: en algún momento pensé que era un error haber venido con blusa sin mangas. Calentamos y estiramos juntos, y nos dimos el “que Dios nos acompañe” a la salida.

Sí sí, bajando todo mundo va contento… primeros 10k.

La San Juan comienza con un descenso importante desde Ochomogo hasta Tres Ríos; más o menos la mitad de la carrera se te va en “bajada“, lo cual puede ser engañoso: tal y como nos dijo el entrenador, una buena postura nos evita lesiones. Quizá por ir bajando y porque iba con Koki, Marcela, Liris y Mari, esos primeros 10 k se me pasaron volando, hasta que llegamos casi a Curridabat y me cayó un piano encima.

Ese “piano” se llama calor. Sinceramente me sentí muy agobiada por la humedad tan alta que había, y comenzando a subir hacia EPA en Curridabat se me hicieron más cortos los pasos, estaba casi sin fuerzas. Tanto, que le dije a Koki: “si quiere se adelanta con ellas“. Ya Liris y Marcela iban unos 200 mts adelante, Mari a unos 100. Pero Koki me dijo “no se preocupe, yo voy a la par suya, no la voy presionando: solo voy a la par”. Yo me acordé de la ruta, sabía que faltaba la peor parte. ¿Qué iba a hacer, parar? No. Péguese a Koki, me dije, siga.

¿Qué hubiera pasado si de veras Koki arranca y se va adelante con ellas? ¿Yo hubiera caminado? A ratos creo que sí, o tal vez no… traerlo a la par me sirvió para recordar que no hay que detenerse, y fue tan generoso que cuando encontrábamos puestos de asistencia me echaba el agua en la cabeza, eso me refrescó montones.

Ya por la Subarú vi el otro puesto de asistencia Chi, con mi entrenador, Alvarito… yo creo que le hizo gracia ver que Koki me traía “conejeada” y nos aplaudió, gritó “¡vamos Nela, vamos!” y diay, no sé cómo explicarlo pero eso fue suficiente para agarrar el segundo aire.

Koki, Nela y Mari: faltaba poco. Juntos es más fácil.

Subimos hacia el Parque Nacional donde nos topamos a Mari, que nos esperó, y de ahí en adelante fuimos juntos de nuevo los 3. Al ver mi Garmin pensé “cómo es posible que nos falten sólo 4 kms,… ¿ya casi estamos en Tibás?“, y sí, al doblar en la calle del Hotel Europa vimos esa recta que hace que esta carrera valga la pena.

“Cuando yo corría esta carrera, desde aquí se podía ver la meta” recordó Koki. De las 35 ediciones, Koki ha corrido por lo menos 10. Yo no podía ver la meta pero sí el super columpio que se venía… ah belleza! ¡Pero falta tan poquito! Así que recordando “braceo braceo braceo” subimos la cuesta de los Caribeños, pasamos el puente, y subimos la cuesta de la Pops. ¡Subimos! Punto. Subimos. Casi toda la gente que pasamos iba caminando, yo no puedo decir que no me dolía nada pero le puse cabeza hasta que me di cuenta de que estábamos a 400 mts de la meta.

“Ya la tenés en la bolsa…”

“Ya la tenés en la bolsa. Esta sensación de entrar a la meta es tan única, es como tocar el cielo con las manos…” Mientras Koki decía eso, yo pensaba: cuántas veces, por cuántas metas de cuántas maratones ha pasado él, y sigue siendo emocionante. Yo también tenía que entrar sonriendo. ¡Somos tan afortunados de poder correr y terminar cada prueba, que quejarse por el calor o las cuestas es imperdonable!

Koki tomó a la derecha, yo a la izquierda, y entramos a la meta rápido, como a mí me gusta cerrar, con lo poco que me queda pero “zocado“…

No solo hice un tiempo que me encanta (2 hrs 11 min) sino que puedo decir que la San Juan me dejó lecciones: la sufrí pero me gustó – de nuevo, este es el deporte de los testarudos -. Le di un gran abrazote a mi conejo, a Koki, que es como él mismo lo ha dicho, “el patriarca” de nuestro grupo.

Luego de la cuesta de EPA él me había dicho “te bloqueaste, ¿verdad? Cuando me dijiste que siguiera yo solo, estabas bloqueada… yo te vi, pero ves, ¡qué dicha que no paramos! Eso es un muro, en las maratones suele suceder como al kilómetro 35, pero hay que vencerlo mentalmente”.

Por veteranos como él que conocen de sobra cómo juegan la mente y el cuerpo en desafíos como este, es que las carreras clásicas no deben dejarse morir jamás. Ahora ya puedo “rajar” de que corrí media maratón con Koki. Y adivinen qué: en la meta, ya descansados, me dijo que se iba para su casa, por Rohrmoser… corriendo. Sí, de Tibás a Rohrmoser. ¡Es un campeón!

Algunas conclusiones muy personales sobre la famosa San Juan:

1. No hay que confiarse en lo de “la bajadita” porque las subidas que tiene son fuertes. Hay que entrenar para bajar, por dicha lo veníamos haciendo hace días.

2. El recibimiento en Tibás fue muy bonito, ojalá le dieran más difusión a esta carrera para que a lo largo del recorrido el apoyo a los corredores sea como cuenta Koki que solía ser, una fiesta.

¡Llegándole a una bolsa de hidratante! Gracias CHIRUNNERS

3. Sin la asistencia Chi que se lució con agua fría, hidratante, tapitas de dulce y hasta tricopilias, no hubiera sido igual. Por eso el grupo es un factor extra, uno nunca corre solo: ellos no se van hasta que pase el último chi.

4. Aunque crea que no tiene sed, tómese el agua: y si no se la toma, échesela en la cabeza. Las altas temperaturas hacen más pesada la carrera, el agua es primordial. Ojalá esté fría.

Y mi lección aprendida: no solo las maratones te enfrentan a un muro. Gracias infinitas, Koki.