¡La mente, ese músculo!


Cerrando la 4ta media maratón. ¡Feliz! Foto de Erick Reyes

El cuerpo es muy sabio: desde la una de la mañana ya mis piernas se estaban acordando de la ruta de Powerade del año pasado, y seguro por eso no podía dormir. Recuerdo que la del 2010 fue una carrera llena de calor,  no me imaginaba en ese momento la clase de cuestas que iba a subir, y cuando terminé, luego de 10 kms, me dije “nunca más“. Ah, pero no. Hoy iba a correrla otra vez, y el doble.

Lo que nunca me pasa: fui al baño como 5 veces, perdí 10 minutos buscando las llaves y las había echado ¡entre la hielera! No no. ¡El cuerpo sabía! Llegamos tempranísimo a La Ribera, y estiramos todos juntos. Yo, ignoro por qué, llevaba el #3, así no más, el #3, hasta pena me da porque esos dígitos son  para la gente “pro” y yo estaba nada más con el objetivo de no dejarme amedrentar por esos 21 entre cuestas. Pero ese me tocó y punto. Bonito.

Y llegó el momento de la salida: el déjà vu inevitable. Nomás saliendo, no ha uno calentado ni 50 metros y se topa el primer ascenso… que luego de una ligera bajadita, se funde en la cuesta sin fin. Cuando tenga que castigar a alguien, no sé, un hijo mal portado o insolente,  ¡mándelo a subir esa cuesta! ahí, desde Ojo de Agua hasta…. hasta el fin del mundo! Uno sube y sube y sube y no se acaba la condenada. Uno se desanima un poco porque baja el pace, y en serio que pareciera que no se termina jamás la cuesta; hasta casi llegar ahí por Intel. Luego, todo es manejable. Fue inevitable para mí pensar “Y  ahora te toca pasar por aquí otra vez, ¡mula!“.

A cada paso que encontré agua, la tomé. Me tomé toda el agua que pude, el hidratante que pude, me eché agua en la cabeza constantemente y eso me sirvió mucho para ir atenuando el calor, que ya a las 7 am comenzó a pegar fuerte.

Cuando completé los 10.5 kms en el punto de salida, supe que tenía que poner una actitud diferente hacia las cuestas. Trabajar la mente. Me dije “bueno, ya calentaste: aquí comienza la carrera.” Y así es, en ese 10.5 comencé la cuenta regresiva para acabar mi cuarta media maratón, volví a subir la misma cuesta fea y eterna, no paré, no me dejé, por supuesto que me costó más que la primera vez pero me recuperé mejor y una vez que la terminé supe que lo que quedaba era más sencillo.

A 700 metros de la meta, de nuevo Alvarito, el entrenador, estaba listo para irnos “jalando” a cada uno, le sonreí y le dije “¡vengo pura vida, a pace!” Sí, traté de mantener el pace de 6:30 cuando no estaba en cuestas, y quise cerrar con buen ritmo. “Vamos a cerrar con braceo intenso, concéntrese en eso” dijo Alvaro, y esta vez le hice caso, me concentré, no pensé más en cuánto faltaba sino en ir con buen paso a la par del entrenador. Yo sé que él sabe que para nosotros terminar la carrera a su lado es genial, y cuando me dejó a 10 metros de la meta para entrar sola, me hizo una seña de bien hecho, me sonrió, y yo cerré de nuevo al estilo hot wheels, o sea, a lo loco, rápido, sonriendo y quemando llantas…!

Mi cuarta media maratón, ya sin dolor de panza, sin miedos, respetando las cuestas pero entendiendo que si logro la técnica adecuada, por largas que sean, en algún momento se acaban. Entendiendo que ya los primeros 10 kms son básicos para entrar en el pace de uno, sin ir pensando quién gana o si te pasaron o si le pasaste a alguien, porque hay que guardar combustible para cerrar y la competencia no es con nadie más que con uno mismo. Aprendiendo que antes de que me duela algo, es muy probable que la mente comience a flaquear, y hay que detectar eso a tiempo para no distraerse de hacer una buena carrera.

No llegué ni de #3, ni de 30 ni de 300. Jamás. Ese no era el punto hoy, era llevar el número con dignidad y siento que lo logré.

Ahora sigue un fondo bien toreado en Puntarenas (espero que incluya un delicioso churchill) y después, ¡a empacar el vestido de baño y el bronceador, que Tamarindo nos espera en menos de un mes!

Al que no quiere cuesta… dos vueltas.


Ya quedan doce semanas para la maratón en Nueva York.

Siento que ya puedo ir haciendo maletas. Bueno, la maleta. Una.

Por encima de lo que suceda en Tamarindo, en la media maratón del fin de semana y en el fondo madre que me toque correr antes de irme, comienzo a sentir que el entrenamiento me ha servido montones.

Básicamente lo que me falta es eso: hacer la maleta. Una maleta no muy grande, por cierto, aunque allá haga frío. Me toca pensar con qué ropa correré la maratón (yo soy friolenta, así que  correr a 12ºC es un factor importante); también en ir consiguiendo las tennis con que correré la maratón, para “amansarlas”. Pienso llevar una bandera de Costa Rica, aunque sea pequeñita, y tengo que planear qué llevar en mi cinturón de asistencia, en fin… ¡todas esas cosas! Y también cómo disfrutar el par de días que tengo después para pasear, aunque camine como un pato cansado.

Para este domingo tenemos el Reto Powerade, aquí les muestro la altimetría… no, ¡si es una belleza! No ha salido la carrera y ya uno va con el primer ascenso. Recuerdo que el año pasado, que corrí la distancia de 10, casi me ahogo por dos razones: el calor y las cuestas. Creo haberme jurado a mí misma no volverla a correr, pero toca acumular kilómetros esta vez dando doble vuelta. O sea, dos veces el recorridito bonito. Sin caritas.

¿No le gustan las cuesticas? Suba dos veces...

Reconozco que no me gustan las cuestas, menos tan seguidas y tan marcadas, pero sería aburridísimo correr solo en plano, y estas piernas tienen que ir acostumbrándose a los desafíos, o como dice uno de los principios de correr Chi: a no autodeterminarse.

Eso quiere decir no estar pensando “me va a dar calor”, “me voy a cansar”, “me va a doler” no no, nada de eso. Corre y disfruta, punto. Donde debe subir, sube. Donde debe bajar, baja. Para cuando tiene que parar. Sonría todo el camino.

Es bonito repetir algunas de las carreras que ya había hecho, si bien no necesariamente mejoran los tiempos, mejora la técnica y es diferente correr una carrera porque sí, que correrla pensando en una maratón. El año pasado eran solo eso: carreras. Ahora son entrenamientos y fogueos.

Ya perdí la cuenta de cuántas medias maratones hemos corrido… lo cual es genial. Ya no me asusto por los kilómetros: corro disfrutándolos. Paso a diario a la par de donde cuelgo mis medallas, y ya casi no caben. A ellas les sumo los fondos que hacemos en el grupo. Deben ser cientos de kilómetros ya.

Antier fui a que me hicieran mi respectivo masaje deportivo para deshacer “nudos” y sacar el ácido láctico acumulado. Quedé como nueva. Ya lavé las tennis para el domingo, y espero pasar un bonito amanecer con esos locos que corren, los Chi runners.

Así que este domingo a las 6:30 am  para sacarle el jugo a la mañana, miles de personas correremos por Belén. Qué rico. ¡Ya me hacía falta una carrera!