Maratón “contra el cielo más azul de todos los cielos”… ¡Tamarindo!


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Y pido permiso a Malpaís por el título, pero es que escribí ésto, escuchando la música que me transporta allá… a Guanacaste.

“Sé que a veces miro para atrás, …pero es para saber de dónde vengo”

Tratándose de 42 km, había que llegar antes. Así como en otras ocasiones, uno llega un par de días antes para aclimatarse – y si hablamos del clima de Tamarindo, con mucha más razón.

Salimos el jueves de San José – Marcella, el doc y yo, el doc piloteando – los tres riéndonos de camino, y reflexionando… “¿qué estábamos pensando cuando nos inscribimos a esta carrera?” Muertos de risa, ilusionados, recorrimos la misma ruta de la carrera, imaginándonos “¿Cómo iremos el sábado por aquí?” 

Habíamos salido a las 5 de la mañana, así que ya a las 10 estábamos en Noguis con el desayuno de rigor, y luego: el momento que no se parece a ninguno antes vivido. Sin “expo”, sin multitudes.

He venido 4 años seguidos a Tamarindo a retirar mi número y kit de corredor. Pero jueves, tan temprano, no había filas. Éramos de los primeros. Abrí mi paquete, y ahí estaba: “F19”. Claro, me inscribí en enero, me tocó un número bajo.

Marce y el doc, con su grupo, quedaron instalados en su condominio, y yo me fui al Westin Conchal, a unos 15 minutos de Tamarindo. No más entrar a la habitación, mi lado OCD se puso en acción.

“Aquí va la ropa corriente. Aquí pongo lo de la carrera. Aparte van los tennis. Bloqueador, repelente. Aquí van los geles, el hidratante, las pastillas de sal”. En 15 minutos todo estaba desempacado, ordenado, dispuesto para el sábado. Seguí tomando agua, y una interminable botella de New Shape, y me fui a almorzar.

Algo extraño pasaba.

Era demasiada serenidad. No estuve así en NY, en Roma, en París, ni en Atenas. “Debe ser porque estoy en mi casa”, pensé. Y tiene lógica. Había ido 4 veces a Tamarindo a hacer 30 km, ya con solo eso, es tremendo ensayo pre maratón. Sabía qué esperar. Sabía cómo era la ruta. Sabía cómo son esos primeros 4 kms de salida a la calle. La sorpresa era qué haría mi cuerpo con 12 km extra, porque ya he tolerado bien 30.

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Sendero Westin Conchal 5k. Apenas fresco.

Esa noche del 10, dormí muy bien. Me desperté feliz, y junto a un pequeño grupo de huéspedes, hicimos un “entrenamiento para aflojar piernas”, en un recorrido de 5 km, algo columpiado. Corrimos con 27-28 grados y cielo nublado. Aunque al terminar estábamos empapados en sudor, la verdad era un clima agradable. “Dios, que siga así mañana también”. Por la tarde llegaron al hotel mis amigos Boris, Alex y Randall, y con ellos cené… Seguía sorprendida de no estar nerviosa. “¿Esto debe ser malo, no?”

Me fui a dormir, puse 3 despertadores, y llamé al concierge para que me despertara también, a la 1:45 am. Había que salir temprano para evitar el cierre de calles – 4 am, – y quería comerme un par de tostadas antes, y alistarme con calma.

El sábado desperté y me levanté como un resorte. Brinqué de la cama sin problema. Cuando pasó por mí el transporte y nos vimos todos juntos en el lobby: ya vestidos, con el número, con la risa nerviosa, ahí sí me dije: “Espero que sepás para lo que vas”. Unos divertidos cubanos apenas iban hacia su habitación después de la fiesta, así que a las 3 am, cerveza en mano nos vieron de arriba abajo y dijeron:

“¿Y ustedes, para dónde van a esta hora?”.

-“Esteeee… para maratón”.

Nos respondieron con una carcajada escandalosa que nos relajó, y yo también me reí.

Llegamos a la salida: 4 am, en medio del ir y venir de gente y carros, era noche todavía. Saludé a un grupo grande de mexicanos que conocí por twitter, ¡qué alegres y qué emocionados estaban! Me encontré con mi grupo – que iban por 30 km, y luego hacían en bici 90 km ¡entrenando para su triatlón, otro nivel! -. Con ellos los abrazos, la oración de Anita… Ana Murillo siempre hace una oración para todos, antes de las competencias. Se me grabó una frase de la oración: “Señor, llévate cualquier pensamiento negativo”.

Desde ese instante rechacé: lesiones, calor, peligro. Borrado. “Aquí no va una paciente. Aquí va una atleta.” La paciente salió del hospital hace rato.

Nos alineamos en la salida. Costó encontrar un espacio entre 4 mil corredores. Al estar ya listos, y verme al lado de Lorna – sí, la dulce Lorna que hace un año entró a la meta con el puño en alto, victoriosa – ahí sí lloré. Tuve miedo. Me abrazó. Ella y las chiquillas,  me dijeron “suerte campeona, vamos”.

Y comenzó el juego de pólvora: el cielo de Tamarindo se iluminó, y cada estallido me reventaba el alma: se me agolparon todos los sentimientos en la boca del estómago. Emoción, incertidumbre, agradecimiento, ahora sí estaba en modo maratón.

Esta era MI salida. ¡Un 12 de febrero salí del hospital, y 7 meses después, un 12 de setiembre iba a alcanzar mi maratón…!

Y comenzamos a movernos. No salí tan rápido, preferí estabilizar mi paso: el objetivo era llegar “entera” al retorno de los 42, y ya después vería cómo medir el esfuerzo.

Salimos hacia la calle principal, me sentía bien, estaba feliz. No fue casualidad que al mirar hacia la derecha encontrara una carita conocida: ¡Chaaaaarlie! Con ojillos de dormilón perezoso, todavía medio en pijamas, ahí estaba, mi amigo Charlie, él sabía que mi kilómetro 13 era para él, por haber sido mi cable a la vida desde New York hasta el hospital. Verlo sonriente a la orilla, me dio un subidón de alegría. ¡Gracias por levantarte temprano a saludarnos, verte fue un buen presagio!

Eso fue esta carrera, de ida y vuelta: caras conocidas, amigos a los lados, siempre amigos. ¿En cuál carrera, por famosa o lejana, podría correr tan acompañada como aquí?

El paisaje se fue haciendo más lindo conforme salía el sol: aquí no hay ruta entre rascacielos ni monumentos históricos. A los lados la llanura, el ganado manso y tierno, allá un árbol de Guanacaste, verdecito verdecito. El perfil azul de las montañas a lo lejos. Entre potreros, alguna casita perdida, cuya familia desde el corredor, en su mecedora, nos aplaudía. Rostros morenos, sonrisas blancas y amplias. Me acordaba de las bailadas con Malpaís, y canté en mi cabeza con Fidel: “¡que me dé el sol nicoyano por toda la eternidad!”… (éste es sol santacruceño, ¡pero que me dé!) Y comenzó a darme con ganas porque ni una nube apareció, pero ¡a quién le importa! “Contra el cielo más azul de todos los cielos”, escribió Fidel.

Y recuerdo que me lo dije en voz alta, “¡Jueeeeeepuña país más lindo!”. Agradecida, sin dolor y sin molestias, seguí corriendo y corriendo. Y corriendo. Y corriendo.

Ya venían de su retorno de 21 y 30 kilómetros, muchos de mis amigos, a todos les pude gritar, aplaudir, saludar. Ahí iba el grande, César Lizano; también mi primer entrenador Alvarito Jiménez – fiel a su estilo, iba más que sonriente -, y el profe Andrés, como alma que lleva el diablo. ¡Qué privilegio encontrarlos en la ruta, aplaudirles y gritarles!

¡Iba yo tan feliz, pensando en qué rico correr una maratón tan en casa, tan cerca de la playa, con el cielo de uno, con las montañas de uno! Así llegué “entera” al retorno de 42. Todo era cuestión de devolverse y ya. Lo hice.

Ya casi llegando a los 30 km era tanta agua la que bebía, como la que me echaba en la cabeza. Empapada y feliz, vi mi pace: tal vez podría terminar en 4:40, aunque nunca me puse una meta de tiempo. A ver, es Tamarindo. Hay que respetar el calor.

Eso pensaba hasta que para las 8:40 am, con un sol que me ardía la espalda, comencé a sentir cómo la temperatura me castigaba, pero iba bien. “Cuál es la prisa” recordé.

Empecé a sentir los columpios, ese subir y bajar de la ruta, comenzaron las palabrotas, “¡¡ otra $%&/ cuesta!! ”, pero ahí fui superándolas. Ya escuchaba gritos de dolor, veía algunos arratonados, gente caminando, algunos que desistían y los subían en carros o motocicletas.

Este era su muro, ¿sería el mío?

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El entrenador. EL entrenador. ¡Cómo agradecer tanto, Andrés!

Me dije “siga siga siga siga siga siga”, y ahí aparecieron mis amigos, aparece Andrés. Una legión de bicicletas, ¡mis compañeros!, ofreciéndome hidratante, agua, echándome más agua en la cabeza, preguntando “¿vas bien?”… Y de ahí hasta la meta, supe lo que es correr con hermanos.
Andrés me alcanzó una papita, Milena una coca sin gas, … venían los más difíciles, esos interminables 4 kilómetros de llegada a Tamarindo. Honestamente ya quería bajar el paso, pero ¿cómo hacerlo, si venía con ellos? ¿Por qué hacerlo? “Viene entera, mantenga la cadencia, vea qué buen paso” dijo Andrés. Y yo hice lo que pude por no fallarle.

Faltan dos kilómetros. Falta uno. La recta final, la gente aplaudiendo a los que vamos cerrando, mis amigos en bici, “Échenle agua en la cara para que se despabile”, mandó Andrés, y con esos baldazos de vida supe que iba a terminar.

– “Neeeeeelaaaa… solo 400 metros”

– “¡¡Noooo mientaaaaaa, profeee, no son 400!!”

– “¡¡¡¡Que sí, que sí son…!!!!! Disfrútelos, disfrute esto, esto es lo que le gusta hacer, ¿verdad?”

Ahí comencé a llorar pero no se me notaba por tanto baldazo, ¡la meta! ¡la meta! ¡la meta!

Las bicis no podían llegar hasta la meta pero me despedí de ellos ahí, y entré tan feliz, casi brincando, ¡TAMARINDO SE ACABÓ!

11998472_10153190656787643_1115006667_nNo hubo nadie más feliz, paré el Garmin, ¡corrí 42 kilómetros en mi casa, estoy en mi casa! Abrazos, abrazos con mis amigos, Randall, Erick, Pablito, Lorna, Silvia, Marcella, el doc, Alex, ¡todos!

No necesité que fuera Central Park, ni un Arco del Triunfo ni un Coliseo ni un estadio Panathenaiko, ¡ahí no había nadie “mío”, en cambio aquí estábamos todos, juntos! Míos, nuestros.

Sin dolor, sin agitarme, sin miedo, calcinada por el calor guanacasteco, pero feliz con la retina llena de sabana… ¡maratonista en casa! Como nunca.

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LORNA: Miss Tamarindo 2014, yo quería cerrar igual que ella, ¡gracias!

Luego lo supe: cerramos a 34 grados, con un 70% de humedad… ¿es eso o no un homenaje a ese Filípides agotado tras la batalla?

Suena raro que diga esto: ¡se me hicieron cortas las horas! ¡No me dolía nada!

Eso se llama felicidad. 7 meses después, la cicatriz del marcapaso ya casi no se ve. Más agradecida y más feliz, celebro esta medalla tan bonita con el cardiólogo, con el hospital, con mi familia, con mis amigos, con el profe Andrés, con este sol que salió a saludarme sin nubes, como si no quisiera perderse este día.

42 kilómetros y 195 metros en Tamarindo, Guanacaste.

“Como un pájaro en la mañana, que sacude el viento, voy llegando en la distancia, como un pájaro, como la primera luz del mes de enero, como un árbol apretado contra el cielo más azul de todos los cielos, olvidado en el horizonte viejo…
Como un árbol, como el canto de los ríos y el silencio. Entonces fue que fui de nuevo un güila, correteando en los potreros;  loco y descamisado me perdí en el verano de caminos polvorientos. Sé que tal vez ya no recordarás los malinches floridos, aquel fuego. ¡Sé que a veces miro para atrás , pero es para saber de donde vengo!”

“Como un pájaro”, Malpaís. Letra & música Fidel Gamboa. Papaya Music

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Lo que pasó en Tamarindo no se queda en Tamarindo


BIBLes voy a contar por qué este año, más que en los tres anteriores, esta carrera – sin duda la mejor del país – me marcó la vida.

Gracias a que entrené mucho mejor que otros años, y que por eso, logré terminar 10 minutos antes de lo acostumbrado – mejorar 10 minutos es un montón, ¿verdad? – pude hacer algo que casi nunca hago: quedarme a esperar en la meta a mis compañeros, y este año, al profe.

Esperándolos a ellos, que venían corriendo maratón, aprendí por qué nos enamoramos de esta carrera, a pesar de la radiación solar, la temperatura, la humedad, la dificultad y el agotamiento que aquí son implacables.

Yo hice mis 30 km – sí sí, los que había prometido no repetir – pero los hice tan feliz, con un pace constante, que se me dibujó una sonrisa que hasta hoy no se me borra. Cuando iba cerrando hacia la meta, escuché lo que sonaba como un club de fans de Chayanne: las chiquillas Lagar. Qué lindas, cómo me animaron. Pao hasta me dio una nalgada – de cariño – y con esa gasolina de ánimo y risas cerré mi carrera, deseando contarle al profe  “Vio, ¡pude bajar el tiempo!“.

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Lagartrotters + Just Training + TriZone la cosa es que todos nos esperamos a todos. Aquí antes de la llegada del teacher.

Al terminar, me fui con ellas a esperar a los que faltaban. La verdad, desde que me quedaban como 5 km y sentía el calor aumentar en el ambiente, pensé: “Señor, acompañá a mis amigos; yo por lo menos ahorita termino pero ellos hacen 42. No los dejés solos”.

Así fue como el Señor escuchó esa oración, y gracias al esfuerzo enorme que cada uno de ellos hizo, pude ver escenas que me llevo en la retina para siempre.

Empecé por ver a Lorna Solano, la dulce Lorna, tan calladita y serena, la misma que a las 4 y 30 am estaba llorando de emoción porque iba a hacer maratón.  Pero esta Lorna que iba entrando a la meta venía transformada… qué digo… ¡transfigurada! Parecía que se avecinaba una locomotora. Lorna cerraba su maratón sin lágrimas, venía tan feliz, acelerando en la curva y levantando la mano en señal de victoria… ¡épica, Lorna! Una mujer súper fuerte, que hace natación, anda en bicicleta y corre, pero que con humildad se había fijado esta meta… increíble. Uno de los cierres más emotivos que recuerde.

Luego vi que venía Catalina Soto: Catalina, mi amiga, maestra de escuela, que corre con la alegría de una niña, también entró a buen paso, con el rostro aún lleno de bloqueador solar… al verla no lo dudé y  la seguí, iba a la par corriendo y la acompañé hasta la meta, diciéndole lo carga que es; allí entró triunfal esa muchacha, todos sus amigos le aplaudían y la esperaban. ¡Uno, cuando ve a alguien querido terminar una carrera, se emociona tanto! Yo la vi cruzar la meta y llevarse las manos al rostro. Bravo, Cata. Lo lograste. ¡Y en Tamarindo!

Aún faltaba ver entrar al profe y a Milena. El profe la acompañaba en esta carrera y ya comenzamos a inquietarnos. La temperatura – unos 33 grados -, la ausencia de aquella nube que nos había perdonado el calor a los de 30 km todo sumaba preocupación. Los esperábamos y veíamos pasar los minutos, ya con algo de angustia. Si esta maratón era difícil para los que la cerraron en 4 horas, lo sería aún más para los que tardaran en llegar.

Pero cuando por fin los vimos venir, fue precioso. Todos corrimos a acompañarlos, íbamos aplaudiéndoles, diciéndoles lo valientes que habían sido. Nosotros, este grupo grande, corrió detrás de ellos, los llevamos hasta la meta y a 50 metros de entrar, increíble, los dos aceleraron y cerraron como titanes. A pesar del sol, de maltrato acumulado, de esos músculos adoloridos, entraron y se abrazaron, y nosotros los aplaudimos de lejos.

Yo como buena llorona alguito de lágrimas solté (tal vez no muchas, porque ya había sudado toda el agua posible), y mientras caminaba para ir a cambiarme empecé a ver más gente, más maratonistas. El sol que nos castigaba a esa hora, quemándonos la espalda, me recordaba que ellos, los maratonistas de Tamarindo, eran más que espartanos, más que valientes. Me detuve cuando vi una familia fotografiarse todos juntos, alrededor de su corredor. Metiche que soy, no lo pude evitar.

– “Hey, muchacho, ¿usted hizo maratón?”

– “Sí…

– “¿Usted tiene idea de lo que acaba de hacer? ¡Usted es un grande!”

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Aquí yo de metiche con el maratonista de la gran sonrisa… Leonardo Esquivel. Es como para hacerle un monumento. ¡Bravissimo!

La familia le tomaba fotos; viendo el cuadro completo comprendí que el papá, el de la bici, le había dado agua en el recorrido, que la esposa y los otros que llevaban medalla al pecho, también habían corrido… una familia reunida alrededor de él, que con esa sonrisa triunfal no parecía que acabara de padecer 42 kilómetros.

Terminamos tomándonos esta foto juntos, y no me canso de decirle: Leonardo, ¡qué grande! Su doping fue su familia. Es ese apoyo, ese amor, lo que lo trajo hasta la meta. Si usted corrió esta maratón, no hay nada que no pueda lograr. Todo es posible. ¡Sépalo!

Finalmente recordé mis pequeños 10 minutos de diferencia. Le conté al profe, que ya estaba recuperándose. Ya habíamos llorado todos, ya nos habíamos abrazado y aún así me felicitó y se alegró conmigo.

Yo me alegro más por tanta valentía que vi que por mis 10 pequeños minutos. Al final, sí, esta humedad y este esfuerzo en ruta columpiada me sirven de enorme base para mi maratón, pero lo saben ustedes que corren: lo que hay que entrenar más es la cabeza, el espíritu, la mente, y yo me llevo la imagen de tantos valientes, que dudo de que haya cansancio que me pueda quitar las ganas de imitarlos, de ser un poquito como Milena, como el profe, como Lorna, como Cata, como Leonardo. Honor para ellos, y toda mi admiración. Su hazaña no se queda en Tamarindo, me la llevo conmigo.

 

La Revolución de Rebecca


Uno puede decir “qué difícil es correr una maratón“. Y está en lo cierto. Es un esfuerzo enorme para la mente y para el cuerpo.

Pero dejar los hábitos que nos hacen daño también es difícil. Sobre todo si llevamos años con ellos. Es un desafío que solamente se asume con voluntad y determinación, y aunque 50 personas le digan a uno que lo deje, es solo uno, nadie más, quien lo decide. Es una revolución interna. Y por eso es que Rebecca me parece una muchacha fenomenal.

Ella es la muchacha del equipo de “Las Monas” que conocí en Tamarindo, y me dio permiso de compartir su historia en el blog. Lo hago como un homenaje a lo valiente que es, porque hay cientos de miles de personas que no han logrado dar el paso que ella dio, y a diario ponen muchas excusas. Pero Rebecca no. Ella lo hizo. Ella se merece porras, aplausos y admiración. Qué carga, Rebecca. Transcribo su testimonio, y le agradezco que me permita publicarlo con todo y foto. (El subrayado es mío).

Rebecca en sus primeros 10k este 17 de Set, en Tamarindo

“Buenas noches Nela,

Soy Rebecca, la monita de Cartago. Me encantó conocerte personalmente en Tamarindo. Y tengo que subirte la foto que nos tomamos, es que no la tengo a mano.
Durante este tiempo que he formado parte de los seguidores de Una Vuelta a la Manzana, me siento tan identificada con cada una de las experiencias que contás porque yo también las he vivido y sentido en carne propia. Hoy mi vida es diferente: me despierto a las 4:20 a.m. para empezar mi entrenamiento a las 5:00 en el TEC, con mi entrenador y mi equipo las Monas Team (jajajaja qué chistoso nombre ¿no te parece?)
Este fin de semana tuve la oportunidad de hacer mis primeros 10 km en Tamarindo y aunque mi tiempo no fue de los mejores (1 hora 18 min) yo sí acabé con dos metas que llevaba claras en mi mente y en mi corazón: en la suela de mis tennis llevaba escrito Tabaco y Obesidad, dos males que casi acaban con mi vida, pero que hoy gracias al atletismo les voy ganando la batalla. Con cada paso que avanzaba, lograba dejar atrás el sufrimiento que me habían causado a lo largo de estos últimos 16 años.
Sigo en la lucha porque mi vida no es ni similar a lo que era hace cuatro meses atrás, cuando estaba sentada en un sillón frente a la tele comiendo comida chatarra y fumando.
Hoy en cambio soy una atleta, y la medalla que gané en Tamarindo no me deja mentir.

Rebecca Morales

Para mí, entre Rebecca y un campeón olímpico hay poca diferencia. ¡Felicidades CAMPEONA! Tu decisión de dejar el sillón te abre muchos caminos para correr en Tamarindo, en San José, en donde sea… Sí, sos una atleta, y detrás tuyo vendrán más. ¡Y que vivan Las Monas y los ChiRunners!

“¡Venga, corra, corra a ver si es cierto…!”


Todo listo... desde la noche anterior. ¡Uniforme nuevo y todo!

La alarma la puse a las 2.30 am pero abrí los ojos a las 2:29. En serio. Estuve alerta un minuto antes de que sonara… a levantarse, y ya. Vea a ver qué hace con el susto que tiene porque nadie va a correr por usted.

Como siempre, dejar todo listo y acomodado la noche antes es la clave para alistarse tranquilo, rápido y sin sobresaltos. A las 3 am comencé a desayunar: yo me traje prácticamente el desayuno para la habitación: jugo, tostadas, miel de abeja, fruta, todo lo tenía aquí a la mano para no estresarme de dónde conseguir la comida. Cuando salí hacia el punto de encuentro, a las 3 y 40 am, todavía estaba oscurísimo, pero en la calle iban decenas de carros hacia la línea de salida. Madrugada de maratón.

Bien uniformada con la camiseta chi, por suerte, me reconocieron dos compañeras que me dieron ride. No me molestaba la idea de caminar los 800 metros que separan el hotel de la salida, pero agradecí el viajecito y llegamos a tiempo para estirar y calentar todos juntos.

Terminamos de estirar y tenía las manos sudando del miedo… creo que nunca me he puesto tan nerviosa antes de correr. Para peores había llovido en la noche y parte de la madrugada, así que la humedad prometía ponerse complicada cuando saliera “el macho”.

Nos colocamos en la salida… ¡tantas caras conocidas! A las 5 en punto, salimos a correr 5, 10, 21, 30 y 42 kms en Tamarindo.

Comencé con la idea de que en cuanto hiciera los primeros 10, lo demás se iría “resbaladito”. Sin embargo de los 10 a los 15 kms. se me hizo bastante largo porque salió “el macho”. Sí. Salió el sol y hay poca sombra en la ruta, sin embargo no lo tuve de frente hasta el retorno.

Pocas veces he visto una carrera con tan buena hidratación. Tomé toda el agua que pude, me eché encima toda el agua que pude, había hidratante por todos lados y nunca sentí sed: en este tipo de clima, menos que eso hubiera sido fatal. Agua y agua, y nada de kilómetro 15.

Cuando por fin apareció el punto de retorno, me dije –“ya vamos con la mitad resuelta, ahora resista y mantenga el paso”. Pero justo dando la vuelta, un grupo de barrigones se estaban haciendo los simpáticos diciéndole cosas a la gente que corría. Los ignoré hasta que uno de ellos dijo:

-“Vaya, ya le faltan como 200 kilómetros… jaja

Y me encachimbé.

No aguanté, y aunque a la gente insolente no se le debe contestar nada, le grité mientras daba la vuelta:

… ENTONCES VENGA! ¡CORRA! ¡CORRA, VENGA A VER SI ES CIERTO!

Sólo escuché detrás de mí los aplausos del juez y las risas de los otros que se quedaron basureando al insolente que obviamente, no corrió detrás de mí. Ese episodio me liberó mucho estrés.

A estas alturas de la carrera ya se veía poca gente en el trayecto, solamente me seguía topando a los de maratón que tenían que dar doble vuelta… agotador, sólo verlos era agotador, pero también me daba fuerza y ánimos pensar que si ellos seguían, yo también seguía.

De los 15 a los 20 se aligeró el asunto, tanto que pude alcanzar a algunos de mis compañeros que se me habían adelantado al inicio, pero de nuevo, los últimos kilómetros fueron los más difíciles. La entrada a Tamarindo se hace eterna, y para ser sincera, sentí que las piernas me dolían. Una leve molestia en la rodilla me asustó, porque a estas alturas no me he lesionado, pero rápidamente me controlé y pensé “diay qué querías, ¿que no te doliera nada…? cancelado, no es lesión”. El dolor se fue al rato yno regresó.

Ya el tránsito se estaba abriendo en las calles, así que me topé los carros de la gente de 5, 10 y 21 kms que ya iban de salida y nos aplaudían para animarnos. Ok. Son 5 kilómetros más y terminamos. Dios mío, sólo 5 pero qué largos.

Hasta que pasó un señor en carro, cuya cara no voy a olvidar nunca, y me vio a los ojos y me dijo “¡valiente!”.

La emoción me ganó, y aunque no tenía lágrimas porque toda el agua y la sal ya las había sudado, lloré y le puse ganas a mis últimos metros.

Atrás, sin camisa: mi entrenador, Alvaro. A la derecha, de blanco: Julio Mena, y los demás compañeros aplaudiendo al cierre...

De nuevo, y parece copy paste de otros post, me topé la cara sonriente de mi entrenador, que me extendió la mano para “chocarla”, choqué la mano con él y aceleré, como me gusta, para cerrar como él nos enseñó: ¡con todo! Otro compañero del equipo, Julio Mena, corrió a la par mía hasta que llegué a la meta.

¡Llegando!

Ví el reloj: 3,38.41 Apenas 14 minutos más que mi fondo de Turrúcares. Más feliz, imposible. Porque esto es otra cosa, esto es una carrera dura, difícil, intensa.

De inmediato saqué como 4 jaleas de guayaba que andaba en el bolsito, para evitar cualquier bajonazo de azúcar, y ya con la medalla en el pecho me fui por un banano y una sandía.

Abrazar a los compañeros que le aplauden a uno es genial: venimos igual de fundidos, cansados, y nadie entiende mejor a un corredor que otro corredor. Nos quedamos en la meta esperando a los maratonistas, y con cada llegada de ellos – Anyo, Rolando, Andrés, Luis, Luz, Gustavo, don Carlos, Mari, Sasthia y Kike – lloré sin lágrimas de la emoción de verlos.

¡¡¡Lo hicimos!!!

¡De aquí vamos para NY!

Yo sé que mis tiempos no son la octava maravilla, no tengo trofeo especial ni rompí mis marcas, pero aquí uno viene a aprender el valor de vencerse a sí mismo. Esto es un camino largo, se cometen errores, se superan miedos. Y yo miro hacia atrás, cuando hace un año vine por 10 kms, y siento un progreso enorme. No lo hubiera logrado sin un grupo y un entrenador como los que tengo.

Pero quedaba otra sorpresa: de repente me abrazó en la acera una muchacha con camiseta amarilla que decía “Las Monas”. Ella es Rebeca, ella lee este blog y me había mandado un correo contándome que dejó de fumar, que perdió peso, y que hoy había venido por sus primeros diez kilómetros. Wow, qué chavalaza. Qué inspirador conocerla. El blog me sirve a mí para sostenerme en este esfuerzo, pero si le ha servido a alguien como a Rebeca, ¡enhorabuena! Nos tomamos la foto, y estoy segura de que el otro año la veré aquí, en Tamarindo, correr su media maratón. Ó 30 kms. Lo que ella se proponga.

Eso es correr: lo que uno se proponga. No sé en qué punto dejé botado el susto de la salida, pero a esta hora, ya serena y con los pies en alto, veo las tennis maltrechas y la medalla, consciente de que me queda un fondo madre, probablemente en altura, para hacer la carrera que me tiene aquí: la maratón de Nueva York.

Buenas noches, Tamarindo.

Tiempo oficial  3:38:45 / Tiempo del chip 3:37:55

Una sorpresa desde Kenia


Luego de una laaaarga tarde en el bus, llegamos a Tamarindo. El aire se sintió fresco y a pesar del pronóstico de lluvia, la humedad no es tan terrible. ¡Bienvenidos a Tamarindo Beach Marathon!

Entrando no más al hotel, casi me voy de espaldas: en el comedor, tres siluetas negras y delgadas hablaban en un idioma alegre y sonoro. Y la periodista le ganó a la atleta:

Are you the guys from Kenya who came to run on Saturday???

Yes! Come on, have a seat!

Y me senté con ellos. Los saludé, me sentí de verdad honrada de estar a la par de la élite: Reuben Kipkemoi, Sammy Cheptto y Leah Jebiwot, los kenianos invitados por la organización. Ahí estaban los tres, alistando su cena y conversando, invitándome a mí a conversar y comer con ellos.

Comencé a preguntarles de todo: qué comen. Cuánto entrenan. Cuáles son sus mejores tiempos en maratón. Dónde viven. Así fui descubriendo el carácter amable de estos muchachos. Saqué de mi maleta mis semillas, mis frutas secas, y les conté de “la vuelta a la manzana.”

Sammy viene a correr media maratón porque segun dice, “no es bueno en maratón” – eso dice, porque su tiempo es de 2 hrs. 20 min. – Reuben viene a maratón con un récord personal de 2 hrs. 9 min. Leah es la muchacha, la más sonriente, y también viene a correr maratón.

Sus vidas y las nuestras sob muy diferentes: sí, les encanta correr, pero además es su trabajo. Sammy vive en Texas, mientras que Leah y Reuben viven en Zacatecas, México. Los tres coinciden en que si bien en Kenya hay, evidentemente, mejores atletas que en otras partes del mundo, todo se resume en dedicación y entrenamiento.

En cuestión de minutos, Leah sirvió 4 porciones de una deliciosa comida, tan sabrosa como sencilla. Usaron Maseca (valga el comercial) e hicieron masa como la que haríamos para pupusas. Aparte, rallaron repollo, luego lo prepararon sofrito, con tomate picado. Lo sirvieron con aguacate, y listo. Vieran qué rico.

Que me convidaran de su cena fue algo muy especial para mí, que solo les regalé mis semillas y mis paquetes de fruta seca. Compartir la mesa con ellos fue el mejor comienzo de este fin de semana. Luego me invitaron a correr “despacito” con ellos hoy por la mañana, pero qué va… lo que para ellos es rodar, o trotar, es un paso demasiado fuerte para mí, así que solamente pude correr con la élite 20 minutos… luego, aunque me hacían señas de “adelántese, venga“, no pude seguirles el paso. Pero no importa. Mañana los veré volar.

¿Hay mucha presión para atletas tan buenos como ellos? Sammy, el conversador del trío, lo dijo muy simple: “Lo peor que nos puede pasar es ser el número 4 o el 5… porque hay que esforzarse por llegarle al número uno. En cambio, cuando vas adelante, de primero, ya sabés que todos están tratando de alcanzarte…”.

Leah nos contó de una ocasión en la que quiso animarse a correr una maratón sin haber entrenado lo suficiente: se desmayó, pero la lección quedó aprendida. “En todo lo que haga, hay que trabajar muy duro: si se comienza, tiene que perseverar: yo pensaba que podía terminar maratón sin entrenar; y puede que lo logre en 10 ó 21 kilómetros. Pero maratón no.

Aquí hay algunas imágenes de esa comida tan sencilla y bonita, y del “trote” de esta mañana… es hermoso verlos correr, y ser el 4, 5, 500 ó 5000 detrás de ellos. Como dijo el señor de la película Spirit of the Marathon, es un honor correr siguiendo sus huellas.

Antes de la Gran Manzana… el Gran Tamarindo


Ruta oficial de TBM para los que corremos 30 kms este sábado 17

La maleta está lista: esta semana nos vamos para Tamarindo. Dos mil quinientos corredores estaremos bien cubiertos de bloqueador el sábado a las 5 am, esperando correr en una de las playas más lindas de Costa Rica lo que para algunos será su primera maratón, o sus primeros 5 kilómetros.

Si bien la ruta no es propiamente en la playa, qué rico es saber que vas a correr en un sitio totalmente distinto a los fondos o a la Sabana. ¡Porque uno se cansa! Claro, si siempre usamos la misma ruta, de repente nos vamos a sentir como hamsters en su ruedita. Por eso estas carreras son tan gustadas, y las inscripciones se van volando. ¿O hay una manera más linda de disfrutar de la playa que agregándole la emoción de una carrera?

Para mí, esta será la segunda vez que corra en “Tama“. La primera vez fue el año pasado, cuando me inscribí para 10 kms. Qué humedad, qué calor. Me fundí muy rápido, no tenía técnica ni idea de lo que era correr en semejantes condiciones; pero me gustó ir a correr allá y hasta recuerdo que fue la primera vez que corrí sin música (olvidé el iPod) así que tomé conciencia de mi respiración, del sonido del mar, de las pisadas de los demás corredores.

Este año no voy sola: voy con 95 compañeros del grupo – leyeron bien, 95 – . Y no es que nos vamos a quedar todos juntos en el mismo lugar, ¡imposible!,  pero solamente el hecho saber que pertenecés a un grupo y que todos vamos con la misma emoción, que vamos a estirar juntos antes de correr y a celebrar juntos al final, le da otro matiz a la carrera. Muchos de mis compañeros van a correr 42 kilómetros en Tamarindo… qué valientes. Me emociono de sólo imaginarlos llegando a la meta. Yo voy por 30 kilómetros, que no es poco, pero es la justa medida de la distancia que necesito y que puedo resistir a estas alturas de mi entrenamiento.

Además vamos a estrenar camisetas del equipo – estas cosas lo estimulan montones a uno – y cada camiseta con nombre, y todo. Supongo que al final del día, al atardecer, podremos sentarnos todos, ya bañados y descansados, a compartir las experiencias de la carrera y a soñar con la que sigue.

Esta es una semana para bajar las cargas de entrenamiento, comer bien e hidratarse. Nos alimentamos con más carbohidratos, frutas, semillas, y dejamos las proteínas para después de la carrera. El sueño es importante, y sobre todo calmar los nervios o la ansiedad. Hay que ir a disfrutar, si no, ¡cuál es el chiste de correr en un lugar tan hermoso!

En mi caso, está clarísimo que solamente quedan dos grandes tareas después de Tamarindo: el fondo madre para mi maratón,…. y mi maratón. Nueva York cada vez se siente más cerca. Miro hacia atrás, hace menos de un año, cuando se me ocurrió ponerme una meta así de grande y bonita. Jamás pensé que el proceso también iba a ser sorprendente.

También me llevo a Tama la última medición del nutricionista: tal y como lo sospechaba, tengo músculos nuevos. Mi sensación de “fortaleza” no era imaginaria: perdí 1.6 kilos de grasa, pero subí 1.3 kilos de masa muscular. ¡Ha valido la pena entrenar y cuidarse! Aparte de comer bien, el complemento de las vitaminas, la glutamina y la proteína GNC han sido buenísimos para reponer el desgaste que sufro luego de correr largas distancias y prevenir cualquier carencia de nutrientes en el cuerpo. Llevo 10 meses de no enfermarme: ni una gripe. Nada.

De una fruta, a la otra: del Tamarindo a la Manzana. Los sueños sí se cumplen. Claro que sí. Lo que pasa es que este es el tipo de sueño que se cumple levantándose a las 3 am, saliendo a correr mientras todos duermen, durmiendo cuando todos andan de fiesta y sacando fuerzas de donde ya no hay cuando te faltan varios kilómetros para descansar, tomar agua o comer. Pero eso, creo yo, es lo que lo hace distinto.

Voy por las sandalias. Nos leemos en Tama.

A lo keniano


Geoffrey Mutai, corredor keniano. Aquí, ganando en Londres. En abril rompió el récord de maratón a nivel mundial: 2:03:02 (Boston); pero esta marca no es reconocida por la IAAF.

Como todos saben, los primeros lugares de una carrera de clase mundial suelen estar ocupados por atletas africanos, particularmente kenianos y etíopes. Cuando uno los ve correr, pareciera que es tan fácil,… corren con una suavidad impresionante y te dan ganas de ir detrás de ellos, aunque pensándolo bien, eso está muy difícil. El pace de estos atletas puede andar, por decir algo, en 2:57 por kilómetro.

He leído de todo: hay teorías que afirman que los kenianos tienen cualidades fisiológicas que los llevan a dominar en todas estas pruebas de distancia, es decir, que es algo genético y hasta propio de una tribu en particular; pero también he leído que el secreto de su éxito es, sencillamente, trabajo. Entrenamiento. Rutinas muy bien diseñadas para maximizar su rendimiento.

No voy a venir yo a descubrir en este blog el por qué son tan buenos, no puedo explicarlo y tal vez nunca lo sepamos. Sencillamente lo son. Y bueno, si uno no nació en esa parte del mundo y no comparte esos genes maravillosos, lo que le queda es “ponerle”, sea que uno quiera competir por medalla – que no es mi caso – o que quiera mejorar el rendimiento y hacer una carrera digna y lo mejor posible – que sí es el caso – independientemente del puesto que logre.

Esta semana en el grupo hemos estado apegados a un entrenamiento más fuerte, inclusive hay un “kenyan day” en el que toca correr en la mañana y en la tarde… auch! Pero estamos bien, vamos bien. Estamos más fuertes, nos sentimos desafiados y confiamos en el profe. No quiero sonar como en el futbol, en el caso de nosotros es cierto.

De hecho esto del estilo keniano obedece a que el 17 de setiembre tendremos una prueba realmente dura, que es el Tamarindo Beach Marathon. Varios compañeros del grupo correrán los 42 kms, otros tendrán su primera carrera de 5, otros la de 10 y otros de 21. Yo escogí 30 y la verdad comienzo a asustarme más por esto que por NY, por razones muy particulares:

  1. Nunca en la vida he corrido 30 kilómetros.
  2. La humedad y el calor en Tamarindo pueden derretir a cualquiera que no esté preparado y que no vaya bien hidratado. Con todo y que la carrera sale a las 5 am, ya a las 6 y media uno siente que va como en un sauna.
  3. Básicamente eso. Miedo a lo nuevo.

Releo esa última línea y me lo planteo: ¿miedo? Emoción, mejor. Esta carrera suele tener muy buena organización, de hecho invitan corredores élite – sí, de Kenia – y toda la playa adquiere un ambiente lindísimo. Ya de por sí el lugar es precioso, pero cuando todo mundo está en la noche antes comiendo pasta, es sensacional, todos los “locos que corren” juntos en un solo lugar.

Mi ruta de Tamarindo, 30 k.

Igual, si estamos entrenando bien, ¡cuál es el problema con Tamarindo! Para eso el profe nos puso este ritmo keniano, bien supervisado y controlado. Este sábado haremos un fondo mayor con miras a Tamarindo. Me toca correr 25 kms. Nunca he corrido 25 kms. He corrido media maratón en tres ocasiones,  pero aunque la diferencia suena a poquito – pasar de 21 a 25 – vieran que es tamaño poco añadirle esos 4 kms. Reconozco que estoy ansiosa por que llegue el sábado. Vamos a ser casi 90 almas corriendo, cada uno diferentes distancias, pero pensando en “Tama”. Si terminamos con éxito este fondo, Tamarindo estará a la vuelta esperándonos con una sonrisota.

Es tan hermoso este proceso. Ahora entiendo por qué no es solo la maratón, sino el proceso completo, lo que hay que disfrutar. He aprendido tanto de mí. Me he conocido mejor, lo bueno y lo malo, en estos 9 meses de entrenamiento. Algo que me he ido sacando de la cabeza es el miedo a “no poder”, quizá porque he visto de cerca de mucha gente que sí puede, que logra grandes cosas y entrena con las piernas, la mente y el alma.

Mary Keitany: su tiempo de 1:05:50 es el actual récord mundial femenino en media maratón.

De momento me siento fuerte, tengo que reposar un poco y ponerme hielo. Alistar la hidratación, alistar la actitud y la sonrisa, porque… ¡qué feliz voy a estar cuando termine mis primeros 25 kilómetros este sábado! No seré keniana pero los tengo en mente a ellos, para motivarme: Mutai, Ketainy, Kiptoo,… sus ganas de llegar de primeros, esas piernas largas y esa gracia para correr, que hacen que uno diga: qué dichosos. Sí, qué dichosos. Ellos pueden. Yo también y vos también.

Como dijo el señor de la película Spirit of the Marathon, “we are running on their footprints… and that`s awesome!”

 Notas al pie:

Me conseguí un metrónomo, para cuando no pueda o no quiera correr con música. A veces en la calle por cuestión de seguridad es mejor no cubrirse los oídos. Será un desafío para la concentración, y un buen ejercicio para imponerme un ritmo o un paso. ¡Siempre hay que variar!

Me he dado cuenta de que me cambió el cuerpo. No peso menos, peso igual que siempre, pero creo que estoy un poco más “sólida” jajajaj. Tengo que ir donde Mario Carballo a ver si esa percepción de más músculo y menos grasa es verdadera.

Y estos días, con tanta entrenadera, siento que me veo rara: no hay rato que ande sin tennis o sin vincha, ni chance tengo de maquillarme… ¿A dónde se fue la coqueta del pelo aplanchado y los tacones? ¡Jajajaj! ¡La dejaron atrás los kenianos!