Maratón “contra el cielo más azul de todos los cielos”… ¡Tamarindo!


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Y pido permiso a Malpaís por el título, pero es que escribí ésto, escuchando la música que me transporta allá… a Guanacaste.

“Sé que a veces miro para atrás, …pero es para saber de dónde vengo”

Tratándose de 42 km, había que llegar antes. Así como en otras ocasiones, uno llega un par de días antes para aclimatarse – y si hablamos del clima de Tamarindo, con mucha más razón.

Salimos el jueves de San José – Marcella, el doc y yo, el doc piloteando – los tres riéndonos de camino, y reflexionando… “¿qué estábamos pensando cuando nos inscribimos a esta carrera?” Muertos de risa, ilusionados, recorrimos la misma ruta de la carrera, imaginándonos “¿Cómo iremos el sábado por aquí?” 

Habíamos salido a las 5 de la mañana, así que ya a las 10 estábamos en Noguis con el desayuno de rigor, y luego: el momento que no se parece a ninguno antes vivido. Sin “expo”, sin multitudes.

He venido 4 años seguidos a Tamarindo a retirar mi número y kit de corredor. Pero jueves, tan temprano, no había filas. Éramos de los primeros. Abrí mi paquete, y ahí estaba: “F19”. Claro, me inscribí en enero, me tocó un número bajo.

Marce y el doc, con su grupo, quedaron instalados en su condominio, y yo me fui al Westin Conchal, a unos 15 minutos de Tamarindo. No más entrar a la habitación, mi lado OCD se puso en acción.

“Aquí va la ropa corriente. Aquí pongo lo de la carrera. Aparte van los tennis. Bloqueador, repelente. Aquí van los geles, el hidratante, las pastillas de sal”. En 15 minutos todo estaba desempacado, ordenado, dispuesto para el sábado. Seguí tomando agua, y una interminable botella de New Shape, y me fui a almorzar.

Algo extraño pasaba.

Era demasiada serenidad. No estuve así en NY, en Roma, en París, ni en Atenas. “Debe ser porque estoy en mi casa”, pensé. Y tiene lógica. Había ido 4 veces a Tamarindo a hacer 30 km, ya con solo eso, es tremendo ensayo pre maratón. Sabía qué esperar. Sabía cómo era la ruta. Sabía cómo son esos primeros 4 kms de salida a la calle. La sorpresa era qué haría mi cuerpo con 12 km extra, porque ya he tolerado bien 30.

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Sendero Westin Conchal 5k. Apenas fresco.

Esa noche del 10, dormí muy bien. Me desperté feliz, y junto a un pequeño grupo de huéspedes, hicimos un “entrenamiento para aflojar piernas”, en un recorrido de 5 km, algo columpiado. Corrimos con 27-28 grados y cielo nublado. Aunque al terminar estábamos empapados en sudor, la verdad era un clima agradable. “Dios, que siga así mañana también”. Por la tarde llegaron al hotel mis amigos Boris, Alex y Randall, y con ellos cené… Seguía sorprendida de no estar nerviosa. “¿Esto debe ser malo, no?”

Me fui a dormir, puse 3 despertadores, y llamé al concierge para que me despertara también, a la 1:45 am. Había que salir temprano para evitar el cierre de calles – 4 am, – y quería comerme un par de tostadas antes, y alistarme con calma.

El sábado desperté y me levanté como un resorte. Brinqué de la cama sin problema. Cuando pasó por mí el transporte y nos vimos todos juntos en el lobby: ya vestidos, con el número, con la risa nerviosa, ahí sí me dije: “Espero que sepás para lo que vas”. Unos divertidos cubanos apenas iban hacia su habitación después de la fiesta, así que a las 3 am, cerveza en mano nos vieron de arriba abajo y dijeron:

“¿Y ustedes, para dónde van a esta hora?”.

-“Esteeee… para maratón”.

Nos respondieron con una carcajada escandalosa que nos relajó, y yo también me reí.

Llegamos a la salida: 4 am, en medio del ir y venir de gente y carros, era noche todavía. Saludé a un grupo grande de mexicanos que conocí por twitter, ¡qué alegres y qué emocionados estaban! Me encontré con mi grupo – que iban por 30 km, y luego hacían en bici 90 km ¡entrenando para su triatlón, otro nivel! -. Con ellos los abrazos, la oración de Anita… Ana Murillo siempre hace una oración para todos, antes de las competencias. Se me grabó una frase de la oración: “Señor, llévate cualquier pensamiento negativo”.

Desde ese instante rechacé: lesiones, calor, peligro. Borrado. “Aquí no va una paciente. Aquí va una atleta.” La paciente salió del hospital hace rato.

Nos alineamos en la salida. Costó encontrar un espacio entre 4 mil corredores. Al estar ya listos, y verme al lado de Lorna – sí, la dulce Lorna que hace un año entró a la meta con el puño en alto, victoriosa – ahí sí lloré. Tuve miedo. Me abrazó. Ella y las chiquillas,  me dijeron “suerte campeona, vamos”.

Y comenzó el juego de pólvora: el cielo de Tamarindo se iluminó, y cada estallido me reventaba el alma: se me agolparon todos los sentimientos en la boca del estómago. Emoción, incertidumbre, agradecimiento, ahora sí estaba en modo maratón.

Esta era MI salida. ¡Un 12 de febrero salí del hospital, y 7 meses después, un 12 de setiembre iba a alcanzar mi maratón…!

Y comenzamos a movernos. No salí tan rápido, preferí estabilizar mi paso: el objetivo era llegar “entera” al retorno de los 42, y ya después vería cómo medir el esfuerzo.

Salimos hacia la calle principal, me sentía bien, estaba feliz. No fue casualidad que al mirar hacia la derecha encontrara una carita conocida: ¡Chaaaaarlie! Con ojillos de dormilón perezoso, todavía medio en pijamas, ahí estaba, mi amigo Charlie, él sabía que mi kilómetro 13 era para él, por haber sido mi cable a la vida desde New York hasta el hospital. Verlo sonriente a la orilla, me dio un subidón de alegría. ¡Gracias por levantarte temprano a saludarnos, verte fue un buen presagio!

Eso fue esta carrera, de ida y vuelta: caras conocidas, amigos a los lados, siempre amigos. ¿En cuál carrera, por famosa o lejana, podría correr tan acompañada como aquí?

El paisaje se fue haciendo más lindo conforme salía el sol: aquí no hay ruta entre rascacielos ni monumentos históricos. A los lados la llanura, el ganado manso y tierno, allá un árbol de Guanacaste, verdecito verdecito. El perfil azul de las montañas a lo lejos. Entre potreros, alguna casita perdida, cuya familia desde el corredor, en su mecedora, nos aplaudía. Rostros morenos, sonrisas blancas y amplias. Me acordaba de las bailadas con Malpaís, y canté en mi cabeza con Fidel: “¡que me dé el sol nicoyano por toda la eternidad!”… (éste es sol santacruceño, ¡pero que me dé!) Y comenzó a darme con ganas porque ni una nube apareció, pero ¡a quién le importa! “Contra el cielo más azul de todos los cielos”, escribió Fidel.

Y recuerdo que me lo dije en voz alta, “¡Jueeeeeepuña país más lindo!”. Agradecida, sin dolor y sin molestias, seguí corriendo y corriendo. Y corriendo. Y corriendo.

Ya venían de su retorno de 21 y 30 kilómetros, muchos de mis amigos, a todos les pude gritar, aplaudir, saludar. Ahí iba el grande, César Lizano; también mi primer entrenador Alvarito Jiménez – fiel a su estilo, iba más que sonriente -, y el profe Andrés, como alma que lleva el diablo. ¡Qué privilegio encontrarlos en la ruta, aplaudirles y gritarles!

¡Iba yo tan feliz, pensando en qué rico correr una maratón tan en casa, tan cerca de la playa, con el cielo de uno, con las montañas de uno! Así llegué “entera” al retorno de 42. Todo era cuestión de devolverse y ya. Lo hice.

Ya casi llegando a los 30 km era tanta agua la que bebía, como la que me echaba en la cabeza. Empapada y feliz, vi mi pace: tal vez podría terminar en 4:40, aunque nunca me puse una meta de tiempo. A ver, es Tamarindo. Hay que respetar el calor.

Eso pensaba hasta que para las 8:40 am, con un sol que me ardía la espalda, comencé a sentir cómo la temperatura me castigaba, pero iba bien. “Cuál es la prisa” recordé.

Empecé a sentir los columpios, ese subir y bajar de la ruta, comenzaron las palabrotas, “¡¡ otra $%&/ cuesta!! ”, pero ahí fui superándolas. Ya escuchaba gritos de dolor, veía algunos arratonados, gente caminando, algunos que desistían y los subían en carros o motocicletas.

Este era su muro, ¿sería el mío?

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El entrenador. EL entrenador. ¡Cómo agradecer tanto, Andrés!

Me dije “siga siga siga siga siga siga”, y ahí aparecieron mis amigos, aparece Andrés. Una legión de bicicletas, ¡mis compañeros!, ofreciéndome hidratante, agua, echándome más agua en la cabeza, preguntando “¿vas bien?”… Y de ahí hasta la meta, supe lo que es correr con hermanos.
Andrés me alcanzó una papita, Milena una coca sin gas, … venían los más difíciles, esos interminables 4 kilómetros de llegada a Tamarindo. Honestamente ya quería bajar el paso, pero ¿cómo hacerlo, si venía con ellos? ¿Por qué hacerlo? “Viene entera, mantenga la cadencia, vea qué buen paso” dijo Andrés. Y yo hice lo que pude por no fallarle.

Faltan dos kilómetros. Falta uno. La recta final, la gente aplaudiendo a los que vamos cerrando, mis amigos en bici, “Échenle agua en la cara para que se despabile”, mandó Andrés, y con esos baldazos de vida supe que iba a terminar.

– “Neeeeeelaaaa… solo 400 metros”

– “¡¡Noooo mientaaaaaa, profeee, no son 400!!”

– “¡¡¡¡Que sí, que sí son…!!!!! Disfrútelos, disfrute esto, esto es lo que le gusta hacer, ¿verdad?”

Ahí comencé a llorar pero no se me notaba por tanto baldazo, ¡la meta! ¡la meta! ¡la meta!

Las bicis no podían llegar hasta la meta pero me despedí de ellos ahí, y entré tan feliz, casi brincando, ¡TAMARINDO SE ACABÓ!

11998472_10153190656787643_1115006667_nNo hubo nadie más feliz, paré el Garmin, ¡corrí 42 kilómetros en mi casa, estoy en mi casa! Abrazos, abrazos con mis amigos, Randall, Erick, Pablito, Lorna, Silvia, Marcella, el doc, Alex, ¡todos!

No necesité que fuera Central Park, ni un Arco del Triunfo ni un Coliseo ni un estadio Panathenaiko, ¡ahí no había nadie “mío”, en cambio aquí estábamos todos, juntos! Míos, nuestros.

Sin dolor, sin agitarme, sin miedo, calcinada por el calor guanacasteco, pero feliz con la retina llena de sabana… ¡maratonista en casa! Como nunca.

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LORNA: Miss Tamarindo 2014, yo quería cerrar igual que ella, ¡gracias!

Luego lo supe: cerramos a 34 grados, con un 70% de humedad… ¿es eso o no un homenaje a ese Filípides agotado tras la batalla?

Suena raro que diga esto: ¡se me hicieron cortas las horas! ¡No me dolía nada!

Eso se llama felicidad. 7 meses después, la cicatriz del marcapaso ya casi no se ve. Más agradecida y más feliz, celebro esta medalla tan bonita con el cardiólogo, con el hospital, con mi familia, con mis amigos, con el profe Andrés, con este sol que salió a saludarme sin nubes, como si no quisiera perderse este día.

42 kilómetros y 195 metros en Tamarindo, Guanacaste.

“Como un pájaro en la mañana, que sacude el viento, voy llegando en la distancia, como un pájaro, como la primera luz del mes de enero, como un árbol apretado contra el cielo más azul de todos los cielos, olvidado en el horizonte viejo…
Como un árbol, como el canto de los ríos y el silencio. Entonces fue que fui de nuevo un güila, correteando en los potreros;  loco y descamisado me perdí en el verano de caminos polvorientos. Sé que tal vez ya no recordarás los malinches floridos, aquel fuego. ¡Sé que a veces miro para atrás , pero es para saber de donde vengo!”

“Como un pájaro”, Malpaís. Letra & música Fidel Gamboa. Papaya Music

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Cien días para la Maratón de Nueva York


En cien días, correré mi primera maratón en Nueva York.

Si ustedes me hubieran conocido en el colegio o en la escuela, estarían pensando que es broma. Ni la prueba Cooper, ni el volleyball, ni brincar mecate, ninguna de esas actividades era mi fuerte. Lo mío era – y es – leer y escribir, supongo que por eso terminé siendo periodista. Pero el deporte jamás fue parte de mi vida, y hasta donde yo sé, tampoco fue parte de la vida de nadie en mi familia.

Cuelgo hoy en el blog este conteo regresivo que me emociona, me quita el sueño, me alegra, me pone ansiosa, me inquieta, me … TODO. Ya pienso en todo. Desde qué desayunaré ese día, hasta qué clase de “caminado” tendré luego de correr 42 kilómetros, todo ha pasado por mi cabeza. Ya me imaginé si al pasar por la meta voy a querer llorar, bailar, gritar, abrazar al primero que tenga a mano, aunque confieso que el momento que más imagino es el de la salida. ¡Me va a temblar todo!

Todo comenzó con Edison Peña, el minero que me inspiró. Luego de la idea, vino la  inscripción. Después, entender lo que había hecho y decirme a mí misma  “te acabás de inscribir en la maratón de Nueva York… ¡estás chiflada!” – y luego, lo mejor: unirme a un grupo con entrenador. Los ChiRunners y Alvaro han sido excepcionales.

A partir de hoy, la cuenta regresiva se acelera, más por un factor psicológico que cronológico… en teoría el tiempo no pasa volando, es decir, todos los días transcurren a la misma velocidad, pero el ir contando hacia atrás hasta el 6 de noviembre, partiendo hoy de cien, acorta la espera y acelera las ansiedades. Vamos en la recta final.

Yo, subiendo el Alto de las Palomas en la Carrera Santaneña, 24 julio

En lo estrictamente deportivo o físico, siento que he llevado un muy buen proceso. Comencé en diciembre con el grupo, y desde entonces fui acostumbrando al cuerpo a rutinas que no tenía como estirar antes y después de correr, entrenar entre semana – antes sólo lo hacía los domingos -, ir al gimnasio, comer bien, buscar suplementos alimenticios,… Poco a poco me volví más fuerte, siento que mis piernas cambiaron y están mejor capacitadas para tolerar un ascenso o un entrenamiento de larga distancia. No podré olvidar el primer fondo, en el que quedé fundida pero regresé a la casa llorando de la felicidad. Ahora no me da miedo correr media maratón, pero eso es porque comencé de cero. Y braceando. Braceando. Braceando. Todo in crescendo, todo poco a poco, pero con la supervisión de un entrenador que sabe cuánto exigir, que siempre me dice que sí cuando le pido permiso para correr un poquito más.

Luego vino el cambio de hábitos y el adaptarme a la rutina de correr: lo resumo en levantarse temprano y acostarse temprano. Creo que cuando alguien comienza a correr, eso es lo que más le cuesta: entender que sí, que estás en pie a las 4 am poniéndote las tennis, y que no estás loco. Mi parte favorita del entrenamiento es cuando al final, cuando ya ha amanecido, todos vamos saliendo de La Sabana y si nos ven a contraluz, nos sale un vapor de la espalda… es el calor que nos sale desde adentro, luego del esfuerzo. Montarse al carro, encender la radio, escuchar el noticiero de la mañana y pasar por un jugo al super. Saber que apenas está comenzando el día y ya te echaste unos 6 kilómetros por lo menos, a veces 10.

Pasada la barrera de la media maratón, ahora viene un “monstruito” desafiante que se llama Tamarindo 30 k. Treinta kilómetros en Tamarindo, Guanacaste. Más adelante escribiré en detalle sobre esta carrera. Estoy leyendo mucho acerca de correr en altas temperaturas, y cómo hidratarse lo mejor posible antes y durante este reto, que será en setiembre.

En cuanto a Nueva York, cada vez que veo el mapa del recorrido y videos de la maratón, siento una especie de tranquilidad, es como la certeza de que de alguna manera lograré terminarla. Yo sé que puedo. Sé que lo puedo hacer. No quiero ir viendo edificios y caminando, no, yo quiero disfrutarla haciendo un buen pace. El mío es entre 5:30 y 6:00, así que evidentemente no voy a dejar asombrado a nadie con mi velocidad, pero quiero  hacer una buena carrera.

Las reservaciones están listas, los tiquetes comprados. Conociéndome, en cualquier momento bajo la maleta para comenzar a empacar. Cien días se van volando… o mejor aún, corriendo.